Constantemente estamos tomando caminos, eligiendo entre un sinfín de opciones... y es que, aunque en la vida no paremos de decir "ya veremos" como respiro mental, en realidad la vida la hacemos tomando decisiones. Una tras otra, cada una de ellas va creando nuestra historia.
Tomamos decisiones más acertadas o quizás menos, pero tanto en los triunfos como en los fracasos necesitamos atribuirnos la responsabilidad o buena parte de ella para recibir alguna recompensa, aunque sea en forma de aprendizaje. A veces la decisión no nos favorece por no haber actuado bien, a veces por no haber valorado todas las posiciones, a veces por mala comunicación o falta de entendimiento, otras veces por escasez de objetividad o bien, en ocasiones, por influencia... pero, en cualquier caso, de nada sirve estancarse en el arrepentimiento o atribuir la culpa a causas o a personas ajenas. Con muy pocas excepciones, habría que hacerse cargo tanto de lo conseguido con nuestra decisión como de sus consecuencias, para poder crecer o ir ampliando nuestra zona de acierto.
Pero más allá de la inevitable toma de decisiones, ¿de qué forma lo hacemos? ¿De qué forma decidimos? A veces de forma más razonada y otras más por simple intuición pero, seguramente, lo que no se debería hacer sería tomarlas de forma precipitada. Y no lo digo porque pueda salir mejor o peor, sino porque algunas decisiones pierden en dificultad y resultan más claras con un tiempo de por medio. Tomar o dejar zanjadas algunas decisiones es algo lo suficientemente importante como para valorar si debemos tomarnos un tiempo de reflexión previo... o simplemente un tiempo a modo de espacio desde donde contemplar las opciones habiendo soltando antes algo de la ansiedad inicial. De igual manera que el tiempo a veces aprieta, otras nos es revelador. A veces hay que asentar algunas cosas o ideas antes de decidir, otras hay que asentar directamente la cabeza, algunas tan solo hay que priorizar la calma mental para poder llegar a decidir, equívocamente o no pero presente.
Tomar esas decisiones de forma precipitada es probable que lo que revele es que la persona contiene algo de temor a la experiencia emocional que requiere el enfrentarnos a aquello incómodo que la situación en sí nos genera o bien a aquella indecisión enquistada. De hecho, es cuando estamos inmersos en esa experiencia de sentir cuando podemos darnos cuenta de qué necesitamos para decidir, qué sentimos real que puede ser lo mejor y de si nos resulta verdaderamente más o menos complicado hacerlo en ese momento.
Algunas decisiones no pueden prolongarse demasiado en el tiempo, otras sí, pero tanto la decisión como la indecisión o el silencio hablan de nosotros/as en algún sentido. Al fin y al cabo, no tomar decisiones o dejarlas en tejado ajeno, no deja de ser una decisión y puede aportar comodidades, pero consecuencias de algún tipo consigo a la vez.
Sobre eso de cuándo decidir algo, no hay nada escrito. No hay un momento objetivamente exacto en el que sea mejor hacerlo en la gran mayoría de casos, pero sí que quizás deberíamos permitirnos pensar que no siempre esas decisiones tienen por qué llegar a cerrar temas o concluir nada. Por un lado, pensar que ese no es el objetivo ni, a menudo, una necesidad, puede limitar la presión de estar o no equivocándonos porque no siempre algo es tan irreconducible. Por otro lado, no creo que debamos creer que tenemos el poder de determinar algo de forma absoluta e irrevocable sin considerar, también, que ello se puede reactivar en el tiempo y aportar, entonces, una experiencia y una perspectiva adquiridas que ayuden a la acción de decidir... pudiendo incluso llegar a decidir otra cosa o a valorar de distinta manera aquello que decidimos en un pasado.
Por eso, no sé si hay decisiones buenas o malas sino, probablemente, más o menos acertadas en un contexto global. Pero ¿qué pasa con el contexto interno? Ese también importa y es la parte más pasional y egocéntrica de una decisión. Por eso, recuperando la idea de darle tiempo a algunas decisiones, tanto si las tomamos como si las recibimos de forma más impulsiva, tomar una decisión nos alivia por la carga mental que desahoga pero, con el tiempo de por medio, también hace visibles algunos matices en los que no pensamos antes.
Así que creo que, la mejor decisión que podemos tomar es la de estar en paz con nuestras decisiones entendiendo, en primer lugar, que cuando tomamos una decisión nos parece la mejor de las opciones en ese momento y, por eso, también hay que tener muy claro el momento vital que nos llevó a ello. En ese momento tuvo sentido. Me parece importante tener presente eso para sentirnos mínimamente seguros y capaces, no siéndonos injustos una vez han pasado. A la vez, es importante que podamos reflexionar, desde otra época, en qué decisiones pudimos estar mejor y peor para poder extraer de ellas lo que más pueda ayudarnos a tomar otras futuras. Y, por último, creo que deberíamos ser conscientes de la dificultad que supone tomar una decisión "más decisiva" ya de por sí, para sentir valor por haberlo hecho y coraje para seguir haciéndolo con confianza.