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martes, 16 de julio de 2013

Lo que fuiste, no se volverá a repetir

Dicen que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. ¿A quién no le ha pasado alguna vez? En algunas vidas, de hecho, parece ser algo corriente. Tanto que, a veces, se tiene la sensación de haberse llegado a acostumbrar, aunque a la hora de la verdad sea algo a lo que nunca nos habituemos. Y, ¿sabes qué creo? Que lo mejor es no conformarse con algo así aunque suponga vivir en guerra. Buscar que nos valoren desde la primera vez, que nos recompensen como primera opción, es algo por lo que merece la pena luchar.

Suele pasar. Media vida deseando tener un romance con alguien para que esa persona vaya tras de ti cuando encuentras otro acompañante o cuando, simplemente, conseguiste cerrar esa historia y sentirte bien. ¿Ley de Murphy? No lo creo, esta vez dejemos al maldito Murphy y culpémonos a nosotros mismos. Nos atrae lo difícil. Lo alcanzable, a menudo, nos resulta aburrido e incluso pesado… Somos insoportables porque de lo mismo que hacemos, nos quejamos cuando quienes sufrimos las consecuencias somos nosotros. Nos atrae lo extraño hasta que vemos que, lo que estábamos acostumbrados a tener de alguna manera, se va. Y eso, tarde o temprano acaba pasando, acaba yéndose, porque no hay quien aguante cien años dando cariño sin recibir. Echamos de menos aquello que un día no buscamos, que nos vino dado y que, en algún sentido, nos hizo más bien que mal. Porque es normal, al final, lo que buscamos es la calma y alguien que nos haga sentirnos, entre muchas otras cosas, sobre todo así.

Hay gente que se regocija en orgullo y siente pura satisfacción al encontrarse ante esa situación en que, alguien que abandonó el nido en su momento, vuelve pidiendo recuperar un lugar privilegiado tras pasarlo mal o pensarlo mejor. Realmente, ríe porque quien ríe el último ríe mejor, pero no porque tenga motivos. ¿Hasta qué punto compensa que busquen su sitio cuando uno ya ha dado carpetazo? Nos exponemos a algo, o muy bueno y esperado, o que reabre heridas, habiendo sido anteriormente rechazados. Eso merece ser bien pensado. De entrada podríamos pensar en cerrarle la puerta en los morros a esa persona por la que en su momento no lo pasamos bien. Algunos asegurarían que es la mejor opción. Pero también creo que, el orgullo, por ambas partes, mata oportunidades y quema deseos y que lo mejor es, una vez más, hacer lo que se siente sin mirar atrás, pensando en presente pero hablando más claro que nunca. Quizás las oportunidades vienen cuando mejor cabida tienen.

Sí, es absolutamente jodido aceptar que hubo un tiempo en el que estuvisteis descompasados y que ahora, sin buscarlo, llega tan fácilmente. Pero, cuando algo así pasa, pensar en eso es absurdo, tanto como vivir empapados de recuerdos hirientes. Mira adelante, decide, pero jamás puedas llegar a sentirte peor de lo que en su momento hiciste. Si es así, cierra ciclo. Si decides abrirlo... reabrirlo junto a esa persona, aprende a seguir comportándote en tu línea, sintiendo y expresándolo. Si tiene que ser será. Porque esta vez tengo que decirte que el problema, si ponen trabas, no lo tienes tú, sino quienes esconden sentimientos. Porque tengo que decirte que no soy quién para juzgar lo que un día no sintieron por ti pero sí para enterrar o celebrar que hayan llegado a hacerlo y puedas sentirte, hoy, menos arrastrado que ilusionado, más primordial y deseado.

jueves, 11 de julio de 2013

No importa dónde sino con quién

Mentira. ¡Claro que importa dónde! El dónde define el punto de partida, la estética, la intuición y el humor con el que nos embarcamos en el viaje. Aun así, lo cierto es que eso ocupa un porcentaje mínimo de importancia cuando nos disponemos a estar una temporada, larga o corta, en otro lugar al que estamos acostumbrados a ocupar. Si echamos la vista a alguno de los viajes que hayamos hecho, nos damos cuenta de que fuese lo esperado o no, te alucinase más o menos, lo que nuestra memoria más retiene y lo que hace que un viaje sea fabuloso son las experiencias que vivimos a lo largo de él. Gran parte de ello no lo genera ni  el paisaje, ni el tiempo, ni la arquitectura que envuelve el regalo, sino la gente con quien lo compartimos, aquellos con quiénes nos cruzamos, las costumbres y lo dispuestos que estemos a adaptarnos a cualquier situación que se nos presente, sea esta premeditada o imprevista.

Vamos al plan. Planear un viaje. Planear, planear, planear… algo saldrá mal. Te pasas medio mes planeando para que luego cualquier motivo lo haga imprevisible; lo que es lo verdaderamente excitante. Si algo tiene que ser un viaje es excitante. Planear el lugar es algo comprensible, informarse previamente, aconsejable, hacer una escaleta al minuto, nada recomendable. Desde luego, planearlo todo supone limitar las sorpresas, y eso es lo primero que sale mal, claro. Además, planear, a veces supone esperar  y, esperar, conlleva fácilmente a la decepción. El viaje lo provoca lo de dentro, tú, y en gran parte lo genera lo de fuera, lo demás, los demás.

Sea como sea, viaja y ensancha el alma. Debería ser un placer más concedido que ansiado. Viaja y odia no tener más dinero para hacerlo. Sea como sea, viaja y no quieras volver, vuelve y quiere esperar volver a volar. Viaja y cruza fronteras, las de tu mente las primeras. Viaja, descubre, reflexiona y que de alguna forma deje huella. Vuelve del viaje y siente ese abismo de querer más, de nunca tener suficiente y la plenitud de sentirte un poco más lleno. Viaja y conoce y date cuenta de cuántas cosas llegas a no conocer. Desea llegar a hacerlo e inventa el plan para ello sin necesidad de milimetrar cada paso que vayas a dar. Viaja a dónde puedas o quieras, pero empapándote de quienes te complementen, aporten o debas. Viaja y vive sintiéndote vivo. Viaja o vente a soñar conmigo.


Berlín'13 imprevisible y excitante. Sorprendente en cuanto al dónde y fabuloso por el con quién.

martes, 2 de julio de 2013

Barcelona cultural, con rima rápida y fácil de usar

Cosmopolita por excelencia y cultural por vocación, Barcelona es bella y en mi causa devoción. Con carácter Mediterráneo, mar, montaña y diversidad, no importa cuántas veces la recorra ni si en compañía o soledad. Ya quiera fiesta o mayor tranquilidad, si tengo algún plan o bien lo quiero encontrar… siempre habrá algo que hacer en esta singular ciudad. "Ciudad condal", no me deja de sorprender, mucho menos de encantar. Barcelona es magenta, amarillo, cyan y de todos los colores; contiene, acoge y suscita cantidad de estilos, marca tendencia y despierta sensaciones. Infinidad de rincones, y espíritu de libertad, son los que tientan a descubrir palmo a palmo la increíble ciudad.

Pero si para mí hay algo que refleja el espíritu de Barcelona y que la hace aun más grande de lo que por si podría ser, es la reunión y explosión de culturas que se mezclan y que se pueden conocer. Si hay algo esencial para entender de convivencia y vida es abrir el coco, estar dispuesto a respetar ideas e intentar empaparte de todo un poco. La cultura es aprendizaje, es afición, placer y acción. Es pedacitos de mundos, mentes, lugares y corrientes y libertad de expresión. Si Barcelona estéticamente me cautiva por todo lo que acoge y transmite, a nivel cultural me gana el corazón. Mezcla de culturas, un sinfín de opciones, conexiones, oportunidades, propuestas u ocasiones, idas y venidas y, como diría la canción, “Barcelona tiene poder” y hace que sienta mucho y que en ella me sienta bien. La ciudad alrededor, la ciudad bajo mis pies, y día tras día miles de cosas por recordar, recorrer, disfrutar y hacer. ¿Y qué más voy a responder? Que me siento afortunada por, a Barcelona, pertenecer.

viernes, 28 de junio de 2013

El gatillazo

El enemigo más temido por el hombre, ese al que suele ser contraproducente intentar combatir, ese fantasma que conspira en las noches salvajes y que placa el orgullo varonil: el gatillazo. Las mujeres, en eso, jugamos con cierta ventaja. Sin embargo, para ellos, en general se convierte en una de las grandes preocupaciones por su efecto-impotencia. “No dar la talla” supone un atentado contra la virilidad personal y un revolcón insatisfecho. Pero ¿es así de verdad?

Comparémoslo con un caracol por extraño que parezca. Un caracol saca el cuerpo por su concha, alarga al máximo sus cuernos dando los buenos días y, sin embrago, cuando interpones algo a su paso, de nuevo se esconde deprisa y le cuesta volver a salir. Para un hombre, eso podría ser similar. A veces, el temor, el cansancio, las preocupaciones o un día torcido, pueden bastar para provocar, más que un “coitus interruptus”, un "preliminares infinitos" aparentemente poco exitoso. Pero la verdad es que no tiene por qué significar precisamente desmotivación o desgana, es algo más común de lo que pueda pensarse. Digamos que es más preocupante de lo que a algunos parece preocuparle, si es demasiado frecuente, y mucho menos catastrófico de lo que otros piensan si un día, por lo que sea, no acaba de mantenerse la cosa tiesa.

¿Qué le hace falta al caracol para que salga de nuevo? Un poco de tiempo, decisión y que llueva otra vez. Pues parecido en el otro caso. Supongo que  lo que hace falta, a parte de comprensión, es disposición y ganas de, más que abandonar, posponer el juego. No temáis hombres, el gatillazo esporádico se supera no temiéndolo ni juzgándolo, sino retándolo a una partida nueva.

martes, 25 de junio de 2013

A la consulta de un hombre

Las chicas y su temor, vergüenza y pudor de ir al ginecólogo por primera vez no son un mito. Es verdad, te planteas que alguien va a tocar tu almejita, a veces incluso antes que cualquier otra persona ajena a ti lo haya hecho, y es horrible, una imagen que atenta contra tu intimidad de una forma bastante fría y bruta. Se alarga, se alarga y se alarga pero llega ese día en que, ya bien por recomendación o por necesidad, decides pedir cita. De una forma de lo más discreta (no vaya a enterarse alguien y piense que me follo a todo quisqui o que estoy embarazada) acudes a esa cita. Pero, espera, espera… doctor ¿qué? ¡¿Has dicho “doctor”?! Y saltan todas las alarmas: "¡Es un hombre!" Síndrome de la chica que rehuye del ginecólogo varón prefiriendo, por una vez (o no) que atienda a su vagina otra mujer.

Personalmente, mi primera vez fue en la consulta de un hombre. ¡Eh! Me refiero a mi primera experiencia ginecológica. En principio la situación me pareció violenta, pero acudí igualmente. Me habían hablado muy bien de él y creí que debía cerrar los ojos y darle una oportunidad. El hombre en sí, digamos que no era Brad Pitt y que bien podía ser su padre por edad. De camino a la consulta forzaba un paso seguro y la mirada al frente como quien va a comprar el pan, con la excusa ya preparada por si acaso: "Mmmm... ¿Qué dónde voy? Ah, nada, aquí, a visitar a mis abuelos un rato". Meec, tú cara pálida indica que mientes. 

Una vez allí, quería salir corriendo. Solo pensaba en huir de aquella sala de espera y solicitar a la doctora… González? Capdevila? Xouxou? ¡Me daba igual! ¡¿Hay alguna mujer en esta sala?! Sí, la enfermera. La misma que, tras la ronda de preguntas privadas y atrevidas más que indiscretas y osadas, me pidió que fuese quitándome la ropa de cintura para abajo. ¿Te puedes sentir más indefensa? Sí. Me quité la ropa tras la cortina (hace falta?) para un minuto después estar abierta de piernas frente a una cara de hombre. Te haces la sueca (aunque seas morena y él vaya a descubrirlo), la “no me importa, miraré la bonita lámpara con fluorescentes de ahorro energético que tenéis en el techo y…”... ¡y acaba ya coño! Y nunca mejor dicho.

Digamos que todo eso transcurre durante los primeros tres y eternos minutos de inspección a fondo. De pronto, compruebas que el trato es tan o más delicado que el que cualquier otro hombre vaya a darle a esa zona, que la manipulación es totalmente profesional, que no… no te pones perraca (oh gracias señor), que ese hombre sabe más de mujeres que tú misma y que sus consejos son los mejores que te han podido dar en los últimos seis meses (que es probablemente cuando solicitaste la visita). Por eso, animo a todas las chicas a que visiten al ginecólogo (sea mujer, hombre o mezcla) tantas veces como lo crean necesario. Más vale prevenir que curar y preguntar que ser ignorante. No voy a decir que sea la cita más placentera del mundo, pero la sensación de tranquilidad con la que sueles salir de esa consulta, lo vale. A fin de cuentas, entras a la consulta tensa y nerviosa y sales satisfecha y relajada… ¡no todos consiguen eso!

domingo, 23 de junio de 2013

Noches misti-mágicas

Hay días que vienen marcados en el calendario. Días destacados de fiesta, compañía, júbilo, gozo… días que quizás ni celebras y días que a veces celebras casi sin saber qué día es. Hay días que son relevantes por sus noches, es curioso. Quizás media docena de noches al año son especiales como la de hoy porque, más allá de la luna llena que vaya a haber o del santo al que conmemoren, les damos un significado místico. ¿Cuántos San Juanes haciendo planes y olvidando felicitar a nuestro amigo Juan? Pues eso. Para mí, noches como la de hoy, si se celebran, son más místicas que mágicas. Por mucho que las pócimas huelan básicamente a alcohol. Porque, ¿cuáles son vuestras noches mágicas?

Creo que las noches místicas podemos compartirlas, tenerlas en común y cada uno hacerlas suyas dependiendo de lo que le transmitan, el plan que tenga, los deseos que pida, escriba o queme, o según la compañía  o el lugar. Las noches mágicas, sin embargo…¿Cuántas noches mágicas recuerdas?¿Cuántas noches mágicas algo ha hecho que tu mente se elevase al limbo y realmente pareciese arte de magia? Probablemente no compartamos ni una. Porque... ¿estaba yo en esa noche? Si lo estaba, “Hola, espero que lo disfrutases”, si no lo estaba, quizás se deba a que un momento mágico lo designamos a algo más privado. Es un título asignado, por cada persona en particular, a una experiencia más concreta. A las noches mágicas, parte de la magia se la aportas tú, a diferencia del misticismo, el cual, en gran parte, ya viene dado. Lo mágico lo creas, lo místico lo personalizas… y eso es lo que hará, por ejemplo hoy, cada uno con esta noche de San Juan.

Pues eso, que, aquellos que lo celebréis y podáis, hagáis un combi y mezcléis el tan atractivo misticismo de noches como esta con la magia personal que podáis aportarle. Y, los que tengáis que conformaros con una de las dos... cuidado con el misticismo que es un aliciente de cebo para los lobos en noches de luna llena, y fuego para petardos.

lunes, 17 de junio de 2013

Normalizar diferencias o diferenciar lo normal

Hace ya un año de aquel fatídico día en el que un mazazo me hizo replantear algunas cosas acerca de la muerte, empezando por asimilar que no es, hablar de muerte, lo que da mal fario. Me convencí de que el orgullo es un comportamiento detestable y reafirmé la importancia de mostrar cariño en vida a aquellas personas que lo merecen o a aquellos a quienes se lo tenemos. Aunque sea demostrándolo por nada en concreto y porque sí en general. Es más, sobre todo por eso. Esa época, más que cambiar algo en mí, hizo que reflexionase y que, eso mismo, fuese calmando tristezas. Hasta el punto de llegar a conseguir que, lejos de que ahora mismo sea un mero recuerdo, llegue a significar un empujón en algunos momentos. Una de esas reflexiones quiero compartirla hoy con aquellos que me leáis y se trata de la importancia de normalizar algunas diferencias.

Suele decirse que lo diferente al resto es lo que hace que algo sea especial y, que lo especial, marca. Eso mismo, aplicado a las personas, a veces no es que no sea verdad, sino que puede llegar a no ser tan divertido dependiendo de las consecuencias. En momentos débiles, de ser curioso a sentirte el perro verde, hay un paso. Y todos tenemos momentos débiles. Cuando eso que te hace especial supone un hándicap más que algo curioso, es importante que la gente que te rodea aprenda a convivir con ello pero, sobre todo, que transmita ganas de hacerlo. Es imprescindible que, aquello que todos saben que es complicado, se haga parecer más simple. Quizás no es una solución, pero sí pequeñas dosis de motivación… y la motivación nos impulsa a seguir.

En esta historia y, en ese sentido, hacerlo fácil no fue la solución pero estoy segura de que sí reconfortante. Ir por la calle saltando baldosas del mismo color o poner cara de monstruo al mirarse en un espejo, era divertido para los que no estábamos acostumbrados a hacerlo y un alivio en forma de ayuda para quien lo estaba demasiado. Quizás nadie era tan consciente como espontáneo al hacerlo pero, si algo constaba luego, era la sensación de “uno para todos y todos para uno”, posterior. Normalizar una diferencia, pues, puede ayudar a que, tanto unos como otros, comprendamos que lo normal y lo anormal y loco está en la mente de quien lo vive. Que no es más sensato pensar que alguien lo es sin aceptar  que todos en algún sentido lo somos o podemos llegar a serlo. Es más, que siéndolo, a veces podemos incluso hacer y hacernos un favor.

Hace un año que “el Balsa” murió dejando muchas huellas. En su momento le escribí que los grandes nunca morían del todo y, como grande que era, sigue estando presente. Cuando hablo de amigos sigue apareciendo su nombre y, en un principio, me entra cierta tristeza pero, en cuestión de segundos, llego a sonreír e incluso a reír. Porque juntos nos reímos de muchas cosas y yo me reí de él casi tanto como él de mí. Porque juntos, en su día, conseguimos hacer que reírse de uno mismo fuese normal teniendo, todos, motivos para poder hacerlo. Y porque, si él me viese llorar ahora, se reiría de mí, haciéndome reír. Que un lamento llegue a darnos fuerza porque, más que maldecir los hechos, nos centremos en retener la energía acumulada antes de ellos.

martes, 11 de junio de 2013

Cierra los ojos y abre… la mente

La imaginación es una de las capacidades más poderosas que tenemos, si no la que más. Con imaginación nos ilusionamos, nos arriesgamos y, también con imaginación, sentimos placer. Si algo nos permite imaginar, es moldear los pensamientos haciéndolos nuestros y distorsionar la realidad según nos convenga. Es esa la primera muestra de que, todos alguna vez, somos tan ilusos como inteligentes al utilizar algo así para satisfacernos. Desde luego, si de algo no pueden privarnos es de imaginar. Más de una noche en vela ha matado pero más de varias de ellas ha hecho gozar.  

En ocasiones los sentidos nos traicionan siendo la vista el que a más prejuicios nos ata… y, en según qué momentos, lo que más ansiamos es sentirnos desatados, simplemente sentirnos y sentir. Fantasía por excelencia, cerrar o que nos cierren los ojos nos hace tan vulnerables como deseosos. Vendados, cubiertos, de cara al suelo, luz apagada…  sea en persona o en pensamiento, si nos los tapa la persona adecuada podemos llegar a ver más allá de lo que la propia mirada ve. ¿Quién no va a aprovechar algo así?

Cuando nuestros ojos desaparecen tras la propia mente, nuestra habilidad para traspasar cada fantasía y hacerla casi tan real, como que así lo parezca, es increíble. Así, con la mirada puesta en la mente, podemos provocar que, de repente, cada palabra pueda llegar a agitarnos o que cada roce se multiplique en intensidad. Lo que puede parecer un instante de auténtico relax, llega a convertirse en escalofriante; una sensación cargada de excitación. Con imaginación podemos alcanzar aquello que ansiamos, que nos apetece probar y que callamos (o no), con aquellos con quienes podemos o no compartirlo en nuestro día a día visible.

Sobran esquemas en la cabeza, tan solo dejarse llevar y no anticiparse al siguiente pensamiento que nos invada o se nos ocurra. De esta manera, la imaginación saldrá directamente del deseo para, de un modo u otro, realizar nuestras fantasías. ¡Podemos ser tan autosuficientes y generosos a la vez con una libre y amplia imaginación…! De hecho, nada tenemos tan libre y amplio.

domingo, 9 de junio de 2013

Lo que la rabia esconde

Cuando nos enamoramos o simplemente nos gusta alguien, podemos ser desde muy tiernos hasta extremadamente imbéciles. ‘Nuevo amor, nueva ilusión’, hasta ahí todo correcto pero, ¿acaso hace falta infravalorar épocas pasadas para darle importancia a una nueva compañía sentimental? A eso me refería con lo de “imbéciles”. Y es que algunas personas parecen ver, en las nuevas relaciones, una manera de crecerse un tanto extraña, procurando demostrar a sus relaciones anteriores que nunca antes fueron tan felices, ni nada fue ni más ni tan especial. Desde luego, un comportamiento bastante falso, vengativo e inmaduro para justificar, innecesariamente, un nuevo bienestar.

La verdad es que me parece triste que alguien pueda sentirse bien intentando incordiar, e incluso llegando a hacer sentir mal, a alguien con quien ha compartido buenos momentos de amor, pasión o ambos.  Decir que ahora te dan más y mejor, cuando en su momento nada pareció ser tan malo, está fuera de lugar. Igual que manifestar no haberse sentido tan pleno nunca antes o asegurar haber encontrado, por fin, la mujer/el hombre de tu vida, cuando no se sabe cómo de desencantado se puede acabar o qué puede llegar a suceder. Menospreciar a otras personas que han jugado alguna baza en tu terreno sentimental para demostrar que una relación va bien y que te sientes a gusto es bastante ruin. Y mucho más si llega a intentarse ridiculizar, porque más ridículo es pretender hacerlo. 

Sinceramente, me da la sensación de que alguien que se comporta así lo hace porque tiene dudas y siente rabia; y esa rabia solamente es fruto de alguna frustración no sanada. Quizás únicamente pretende autoconvencerse de que aquella otra persona es menos importante ya de lo que en realidad aun siente. Quizás intenta ponerse una especie de escudo que le proteja de levantar sospechas y, sobre todo, de preguntas al respecto. Quizás su nueva pareja tan solo hace la función de clavo que intenta sacar otro clavo, por cruel que pueda sonar.

Por eso, soy de las partidarias de que, si nos hablan de relaciones anteriores, más vale fiarse de alguien que, hable bien o mal basándose en su experiencia, hable sin rencor de ellas. En primer lugar porque puede ser una pesadilla (un insoportable coñazo) y, en segundo, porque puede ser que ese/a de quien hablan mal, acabes siendo tú algún día. Por último, creo que debemos respetar más y exigir más respeto por las personas que nos han querido o que nos han satisfecho, en algún sentido, por mucho que ahora podamos sentirnos bien en otra situación, sin ellas o ellas sin nosotros.

domingo, 2 de junio de 2013

Caer como niños

Cumplimos años, desarrollamos actitudes, aprendemos en base a experiencias y, supuestamente, estamos cada vez más preparados para ser independientes. Pero, en la práctica, la realidad es que, emocionalmente hablando, mucha gente depende en excesivo de otras personas. La sociedad va perdiendo calidez en conjunto, vive rápido y se centra en historias, más o menos fugaces, pero historias sin contrato vitalicio. En un contexto así, depender emocionalmente de lo que te aporten los demás, ya no solo en calidad sino también en cantidad, es inmolarse.

Como cuando un niño pequeño cae al suelo y por inercia empieza a llorar asegurando haberse hecho daño, algunas personas, también por inercia, tiran del victimismo buscando esa figura protectora que no son capaces de encontrar en sí mismos. Mi pregunta, entonces, es: ¿Crecen o decrecen? ¿Viven o desviven? No voy a extenderme mucho más porque es un flash que me ha venido hoy viendo caer un niño al suelo y automáticamente fingiendo dolor para llamar la atención, pero hay actitudes que no pueden mantenerse de por vida esperando, a cambio, el aprobado y cobijo eternos.

Está claro que podemos pedir consejo, dejarnos guiar y apoyarnos en otros en un momento dado. Quizás es incluso necesario. Sin embargo, lo que no podemos hacer es lamentarnos infinitamente cada vez que tropezamos con una piedra y dejar caer nuestro peso encima de otro para amortiguar el golpe, una vez tras otra. Es absurdo pensar que alguien vaya a poder salvarte cuando tú mismo generas el peligro. Nadie va a poder solucionarnos la vida más que nosotros mismos, ni nosotros vamos a llamar la atención de nadie si nuestro objetivo es encontrar, más que personas, colchones donde caer parezca más blando.

domingo, 26 de mayo de 2013

El efecto microondas (versión 2)

Tras escribir, en la última entrada, sobre una de las versiones de “el efecto microondas” apuntando a las personas que se calientan con cierta facilidad, hoy voy a por la segunda versión que me aportaron a raíz de esa primera. Y es que se ve que la versión oficial lo aplica a las personas que excitan a otras sin querer, luego, nada más que eso. Es decir, aquellos que calientan lo que después no se van a comer. ¡Bastante cruel! Suelo defender a las mujeres siempre que tengo ocasión, pero esta vez voy a ejemplificar el término con nosotras. Porque, por mucho que no todas actuemos así (y lo remarco), por lo que he podido observar hay más pecadoras que pecadores en este sentido, aunque también los haya.

Él suele dar, más que el primer paso, la primera mirada. Ella, lo capta rápido, lo provoca anteriormente si lo cree necesario, y se siente deseada. De hecho, le encanta ir de aquí para allá para que le puedan contemplar. Intenta disimularlo (bastante mal por norma general) pero es su meta primordial desde que se levanta hasta cuando decide acostarse. Le encanta ser el centro de atención, sentirse la envidia y el deseo al mismo tiempo; resaltar sus habilidades sin tener muy en cuenta si deja o no en evidencia al resto. Ser bruja y embrujar y, que beban los mares por ella es su ambición principal. Y el chico, mientras tanto, no solo se los bebe sino que por ella babea. Seguramente, un perfil de chica microondas, así sea.

Personalmente, creo que ese tipo de comportamiento se desarrolla por una autoestima cuestionable que busca el aprobado y el elogio ajeno con insistencia, y por algún otro motivo por el que no solo la culpo a ella.  Por ejemplo, en primer lugar, por creerse bella, más bella que ninguna porque probablemente así se lo hayan hecho creer toda la vida. Regalar la oreja está bien pero, si se le regala a alguien que no tenga los pies bien en la tierra, pueden fomentarse seres prepotentes. En segundo lugar, y ligado con lo anterior, por la tendencia de algunas personas a sobrevalorar el físico ya que, si no fuese así, ni se fijarían en ellas ni mucho menos babearían por conseguirlas, partiendo de que, en el sentido emocional al menos, son bastante huecas y egocéntricas. Por último (y seguramente me deje algún apunte más), por el bucle solitario que van creando a su alrededor. Buscan sentirse deseadas y necesarias constantemente combatiendo la soledad personal que ellas mismas provocan con su propia conducta. No digo que el fondo de su fondo no pueda ser bondadoso, pero sí que no llegan a demostrarlo. Al final, se acaba calando a las personas simplemente observándolas y el sentido común se encarga de apartar a según quienes de nuestras vidas como plan de autoprotección. Así es como, personas que en un momento dado pueden verse en el centro de todas las miradas y alabadas, en cuestión de días pueden encontrarse en la más absoluta soledad afectiva. 

En definitiva, a todas las mujeres nos gusta sentirnos guapas y, por qué no, nos gusta gustar. Pero una cosa no lleva a la otra y, manipular a las personas no debería ser una opción aceptable sino rechazada, así como tampoco debería poner en duda las buenas intenciones de las demás. Las “efecto microondas” gastan cartuchos con pólvora peligrosa que, fácil y rápidamente, se les puede volver en contra. Depende de cómo las integremos. Aun así, no nos engañemos, siempre habrá quienes caigan ante sus armas confundiendo el juego sucio con ideas como que "son tías duras". Probablemente sean las más débiles (que para nada sensibles). Las ensalzarán mientras ellas calienten pero no coman ni dejen comer, simulando intenciones de que sí lo harán. O sea, alimentarán esperanzas de personas que aguanten sus modales por la quimera de llegar a conseguir lo que ellos consideran el premio final. Con un poco de suerte, las cosas acaban cayendo por su propio peso. Aunque también puede que para ellas simplemente sea un “vuelta a empezar” hasta que alguien que de verdad les guste les ponga los puntos sobre las íes. De todas formas, confío en que cada vez son menos los ilusos y más los escarmentados.

lunes, 20 de mayo de 2013

El efecto microondas (versión 1)


“De sangre caliente”, así se nos define. Pero el término “efecto microondas” no agrupa por razas, sexos, edades o lugares, sino por instintos. Resulta que no solo la primavera la sangre altera, lo afrodisíaco exalta o el fuego quema, sino que cualquier mínimo gesto o sensación puede ser decisiva para poner a tono a algunas personas… y tenemos cinco sentidos para llegar a conseguirlo, ¡ahí es nada! No todas las personas son igual de propensas a “sufrir” los efectos de esta frecuente ‘revolución hormonal’. Los hay quienes necesitan provocarlo, los que se escandalizan y se sienten sucios al pensarlo y otros, a quienes nos referimos, que están hechos de combustible y son rápidamente inflamables utilizando, a veces, tan solo su mente. Ese tipo de personas son a las que incluimos dentro de lo que llamamos “personas efecto microondas”.

¿Problema o poder? Personalmente, prefiero pensar que es una ventaja. En tiempos en los que las malas noticias, crisis y depresiones son actualidad permanente, retorcer conceptos y llevarlos a nuestro terreno puede, a veces, hacernos más bien que mal. A nadie hace daño aportar un punto picante a según qué situaciones, bien al contrario. Aquellos que llevan una sequía a sus espaldas pueden alimentar el deseo y encontrar humor en su propia situación y, aquellos que mojan de manera más o menos regular, tienen cómo vacilar sanamente y mantenerse cálidos. Todo es saber comunicarse y entenderse.

Aun así, “el efecto microondas” está rodeado de fantasmas que generan un lado negativo a esta forma, más que de comportarse, de ser. Y es que, por mucho que los tiempos cambien, el sexo siempre produce cierta hipocresía en personas que se creen con derecho de juzgar para herir más que porque haya razones. Reflejos de traumas, pero realidades con las que convivimos. Y, tras estos fantasmas, hay arpías aun peores que se suman a comentarios punzantes para cubrir sus propias espaldas cuando, ellos, pueden ser los primeros para quienes, pensar en sexo, sea algo habitual. Por tanto, el problema reside en la hipocresía social y, por formar parte de ella, es recomendable tener en cuenta el contexto en el que se juega. No por los demás, sino por nosotros mismos. Tener un punto perverso no va a hacernos menos inteligentes, así que creo que, en la medida de lo posible, también debemos saber medir nuestros impulsos y saber cómo dirigirnos y a quién. La inercia de exteriorizar todo lo que pase por nuestras cabezas, en algunas situaciones puede ser contraproducente. De todas formas, si respetamos, debemos hacernos respetar también. A aquellos que tachen de algo a alguien por algo así, cero permisión. Que les den (¡Ah no! Que igual les gusta más de lo que hacen ver y se nos pervierten…).

De todas formas, cara uno mismo y personas de nuestra misma calaña, “el efecto microondas” puede ser muy positivo tratándose, la mayoría de veces,  de algo más divertido que excitante en sí (aunque tampoco se descarte eso último). La naturalidad al hablar de sexo nos hace más libres, la picaresca nos hace más conquistadores y humanos y, un lívido más encendido que apagado, como poco, nos evade y predispone a normalizarlo. Por eso, quizás, “el efecto microondas” afecta como efecto cadena y, a menudo, se contagia; solo es cuestión de tiempo. Alguien que hable más de sexo no tiene por qué ser más promiscuo que alguien que no lo haga ni tiene por qué tener una actividad sexual más activa que el resto… Ya se sabe, algunos las matan callando o, lo que es peor, apuntando con el dedo a otros por disipar la atención.

En cualquier caso, debemos tener claro que ser una persona “efecto microondas” y encontrarle un punto divertido al ‘sexo teórico’ dentro de márgenes razonables, ni nos va a hacer indignos ni más perturbados de lo que pueda llegar a estar el resto. Y divertirse, con algo así, siempre es una opción verdadera y marranamente sana.


(Dedico el texto a Axel ya que fue quien me enseñó este término y prometí que un día escribiría sobre él).

martes, 14 de mayo de 2013

Soltero y entero



Cuando era más pequeña, recuerdo que imaginaba que, cuando fuese más mayor, tendría novio, viviría con él, me casaría y tendría hijos. Conforme fui creciendo, fui entendiendo que la historia del príncipe azul y su amada era un cuento que no muchas veces se hacía realidad en mi generación, al menos no desde tan jóvenes e inexpertos. De hecho, a medida que empezaba a madurar y a raíz de varias experiencias, comprendí que lo mejor era empezar a vivir creyendo en la historia inversa. Desde ese punto de vista es mucho más fácil ceñirse a que todo lo que venga, bienvenido sea y que, todo lo que no venga, que al menos no suponga un síntoma de trauma. Del mismo modo que otras veces he escrito sobre la repulsa al compromiso, esta vez lo hago sobre el polo opuesto, sobre el temor de algunas personas a la soltería.

Una cosa es que nos agrade dar y recibir amor o sentirnos  queridos y otra distinta es ir en su búsqueda. A menudo, cuando las cosas se buscan es cuando menos se encuentran y, obviamente, lo que no es forzado sabe mucho mejor. Toparse con el amor es estupendo, no tengo duda, sin embargo, buscar el amor, muchas veces significa perseguir una dependencia o bien buscar un parche a una etapa desinflada o falta de cariño. Muchas personas centran el amor en sus vidas de manera que en el momento en que no lo tienen se sienten profundamente frustradas. Unas lo reconocen, otras no y otras se pasan la vida lamentándolo pero, sea como sea, la mayoría de estas no han aprendido a vivir sin depender de alguien. El estado de ánimo con el que afrontan cualquier día deja caer el peso sobre la actuación de esa persona con la que les gustaría estar o depende en excesivo de no tener, hoy, alguien con quien dormir. 

Algunos prefieren besar el romanticismo a través de unos labios algo vacíos día tras día y, otros, prefieren besar con convencimiento aunque sea de manera menos asidua. Sinceramente, la primera opción me parece un sinvivir. Está claro que es algo que nos influye y que, que esa persona a quien deseamos pase de nosotros o bien nos muestre atención, va a repercutir de alguna manera u otra en nuestras emociones. Sin embargo, lo que no es ni sensato ni sano es entregar las riendas de nuestro estado de ánimo a una persona, al fin y al cabo, ajena. ¡Como si no tuviésemos otras cosas que hacer y se acabase el mundo por ello! Se puede sentir tristeza, pero también debe dejarse que otros ámbitos de la vida llamen nuestra atención del mismo modo y puedan llegar a satisfacernos de otras formas. Nuestro estado de ánimo, podamos ejercer más o menos control sobre él, nos pertenece y es lo que nos impulsa a vivir. Y, sin vitalidad, probablemente nadie vaya a querer estar con nosotros. Obviando eso es como empieza el bucle depresivo de las personas amorosodependientes a quienes, no tener pareja, resulta un vacío en el autoestima.

Observar ese tipo de actuaciones desde fuera en repetidas ocasiones y negarme a comprender los motivos de personas permanentemente tristes por no encontrar el amor, hizo que me volviese adversa a esa finalidad, como principal, en la vida. Por muy pasional que se pueda ser, creo que vivir condenado a depender de ello es elegir un modo de vida torturador. Dejarse llevar significa arriesgar, depender, sin embargo, conlleva restringir y anular. Al fin y al cabo, ni es algo que dependa únicamente de nosotros mismos ni la atracción o la química con otros es algo sobre lo que podamos ejercer el control. Por tanto, centrando el amor en nuestras vidas, creo que estaremos destinados a sufrir más por él que estar expuestos y dispuestos a disfrutarlo.

No creo que ser soltero tenga que llegar a suponer una frustración ni mucho menos un problema y me gustaría que aquellos que están en esa situación y se sienten desgraciados cambiasen el chip por su bien. Es cierto que muchas veces se echa de menos esa complicidad algo más estable con alguien pero, ya se sabe, a menudo se quiere lo que no se tiene. A fin de cuentas, algunos acaban añorando la soltería… ¡sus cosas buenas tendrá! Y es que, supongo, que cambiar de estado es algo que, si se hace, debe hacerse para sentirse igual de bien o mejor. Por eso, lo mejor que podemos hacer es intentar aprovechar al máximo ese estado en el que en este momento nos encontremos porque seguramente no será el peor. Hasta que cambie, si lo hace.

Al final, como suele decirse, encontraremos la fortaleza y el éxito suficiente cuando hayamos aprendido a estar bien antes con nosotros mismos que con otra persona. Si dejamos que todo surja de manera más fortuita que añorada quizás nos sorprenda antes de lo que pensamos y no tengamos que arriesgarnos a buscar sin, quizás, llegar a encontrar. Sentirse soltero y entero puede ser la solución a muchas depresiones y, aunque al principio pueda asustar, puede suponer un refuerzo a la hora de compartir con alguien un bienestar personal que aprendió antes a sentirse a gusto en soledad que acompañado.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Chicos calzonazos



Hombres… A veces aúllan como lobos, a veces muerden como tigres y a veces mueven el rabo como perritos falderos. El instinto animal lo tienen, pero el lado salvaje o bien doméstico ya depende más de cómo, cuánto y por quién se dejen llevar. Está claro que ni todo es tan 100% macho dominante ni vamos a decir que sea absolutamente dócil pero, a veces, el término medio acaba cayendo más hacia uno u otro lado de la balanza dependiendo de sus intenciones y de con quién traten. Del mismo modo, también a veces, tengo que decir que se equivocan. En cuestión de cuatro días, cuatro chicos me han reconocido haber sido unos calzonazos en alguna de sus relaciones y confesado que no se dieron cuenta de estar siéndolo hasta que algo, un día, les hizo abrir los ojos. Y es que, a menudo reaccionan a tiempo, pero otras veces ya es algo tarde y, eso, no reconforta, ni para ellos ni para los que lo vemos desde fuera.

Que las chicas somos fácilmente absorbibles por algún chico en alguna ocasión, es más que probable, sino vaya usted al listón y busque por “primer enamoramiento”, por ejemplo, ya verá. Pero, ¿están los chicos destinados a ser alguna o reiteradas veces unos calzonazos? ¿Depende más de la personalidad de cada uno de ellos o de la de la conquista con la que se topen? Pues bien, tras alguna charla, y al final pocas cosas que debatir, creo que el comportamiento de la chica con la que se enchochan tiene bastante que ver (y ya me libraré de culparla en cualquier caso). Tengo amigos que, en su momento, tuvieron un carácter fuerte, un ego considerable e ideas claras. Amigos que, también en su momento, se reían de los calzonazos en tercera persona y ahora no hay duda de que son ellos los que se comportan como tal, hasta el punto de ya no ser tan amigos como desaparecidos a los que casi casi ya damos por perdidos. Y que conste que, hablando de calzonazos no me refiero a chicos que tratan bien a sus parejas, que son algo caballerosos o que miman un poco a su chica. No, creo que eso es incluso necesario. Me refiero a chicos que se pasan de eso y son más que nada serviciales y conformistas con todo lo que se decide por dos desde el punto de vista único de la otra persona. Por suerte o por desgracia, algunos de ellos acaban volviendo, recaigan o no, a tiempo o ya no.

Chicos, algunas chicas no entendemos esa actitud de cierta sumisión porque hay historias que ya huelen a eso antes siquiera de ser empezadas, solo hay que fijarse en actitudes. De todas formas, ahora me queda comprobado que vosotros tampoco os entendéis y que os metéis en ello sin pretenderlo a veces, así que en cierto modo alivia un poco. Con algunas chicas tan tercos y con otras tan débiles, con unas un comportamiento tan mejorable y con otras uno tan permisivo hasta el punto de ser reprochable por las primeras. Y al final, muchas veces, la que se lleva el gato al agua y convierte al chico de hierro en el hombre gominola es la típica hija de su madre celosa, algo posesiva, que se enfada si no se sale con la suya, que incluso echa algún llanto para generar ternura y que requiere exclusiva atención la mayor parte del tiempo. Y la justificación de algunos es: “Es que al principio no era así. Todo bien. Ni celosa, ni absorbente ni nada de eso. Pero poco a poco su comportamiento fue cambiando y, yo ya veía que no acababa de estar a gusto y quería cortar con ella… Pero iba a cortar, se ponía así, y no podía. No podía ni exponer lo que sentía realmente porque había algo que me daba pena. Luego llegaba a casa y me daba cuenta de que ya lo había vuelto a hacer, me había vuelto a liar… Pero era un bucle constante y convincente. Hasta que dije "hasta aquí." No te creas, aun me costó.”

Espero que, experiencias de este tipo, de verdad nos sirvan tanto a chicos como a chicas para darnos cuenta de quiénes merecen realmente ser tratados de una manera u otra y quienes tienen de atractivos lo que de avispados... porque muchas veces, entre nosotros, la cagamos. En cualquier caso, no pretendo juzgar la elección/absorción de un calzonazos pero, bien es cierto que ellos (ahora incluyendo a ambos géneros), a menudo critican 'a posteriori' el tiempo en que lo fueron. Y es que se dan cuenta de que, mientras tanto, tuvieron cosas mejores que hacer, objetivos mejores donde fijar el ojo y cosas o personas valiosas que no perder y que quizás perdieron. Sea comos sea,  dicen que los peores errores son los que no cometemos y que, al fin y al cabo, de todo puede aprenderse algo.

lunes, 6 de mayo de 2013

Lo que no duele, jode



Tenemos algunas partes de nuestra personalidad más desarrolladas que otras. Como bien decían ‘Los Piratas’ en una de sus canciones, ‘el equilibrio es imposible’, tanto en lo racional como en lo que no lo es. Por mucho que nos esforcemos en controlarlo todo (en controlarnos), nuestro lado emocional es la más pura imperfección y, a la vez, el primer ejemplo de que en la imperfección reside la belleza. Es aquello que nos hace distintos pero igual de humanos a todos. Forzarse a sentir de una manera concreta es tan cobarde e inútil como aparentar que así lo sientes actuando como tal… y algunos se pasan la vida fingiendo o luchando a contracorriente. Preocuparnos por tomar consciencia de que el lado irracional supera a nuestras intenciones es primordial pero no suficiente ya que, como siempre, la maestra  que pone los límites basándose en vivencias es la experiencia. Por eso, rías, sufras o tantees, experimenta.

La alegría es algo que todos necesitamos, merecemos y buscamos. Constantemente lo hacemos, lo tenemos claro: “¿Qué quieres de la vida? Felicidad. ¿Cómo la encuentras? No sé, simplemente intento ir  topándome con ella. ¿Y el resto del tiempo? Voy haciendo.” Y, por ambigua que parezca la respuesta, ahí está lo más importante, en ir haciendo. Constantemente estamos sintiendo y, entre que nos topamos y no con la alegría, pasamos por momentos impasibles o tristes. Es algo necesario también, ya no solo para saber distinguir los momentos alegres, como suele decirse, sino para inmunizar nuestro corazón. Como si de una vacuna a través de la cual inyectan una pequeña cantidad de virus para adaptar nuestro cuerpo y protegernos de la gran enfermedad, recibimos chutes de tristeza que nos van preparando y haciendo más fuertes ante el dolor ajeno que pueda venirnos y que vendrá. Porque, otra cosa no, pero ninguno nos libramos de sentir dolor ya que hay cosas que no eliges y vienen dadas.

Sentirse triste, pues, no es malo aunque no nos haga sentir bien. Nos obliga a reflexionar y reencaminarnos. Son ‘resets’ más o menos largos que te permiten seguir por el camino por el que andabas o escoger otro un nivel por encima. Ahora bien, sentir tristeza no es sinónimo de sentir dolor. El dolor nos viene dado. Ni lo necesitamos, ni lo buscamos, ni lo merecemos, por eso nuestro cuerpo lo repudia. El dolor es un sentimiento no menos maduro que el resto pero que, cuando está inmaduro, cubrimos con tristeza. Es decir, cuando el dolor incide repetidamente en nuestras vidas, aprendemos  que la misma experiencia es la que inmuniza ese malestar. Entonces aparece otro sentimiento en combate y es que, un dolor reiterado, a veces ya no duele, sino jode.

Así es como un buen día descubres que, del mismo modo que sentimos alegría, por ejemplo, cuando el amor nos corresponde, o tristeza cuando no sienten por nosotros lo que desearíamos, cuando no llega ni a alegría ni a tristeza, sino por enésima vez a decepción, a veces ya no duele, sino simplemente jode. Es un sentimiento que huele a quemado. Por eso, que algo duela, mata, que joda, más bien pesa hasta que pasa a reconducirte a un nuevo principio. Digamos que, llegados a ese punto hay que plantearse si es más llevadero sentirse dolido o sentirse jodido. Y es que lo primero incide más y alarga la agonía pero, para lo segundo, han tenido que herirte varias veces con anterioridad. Así que, quizás, si te duele más que jode, date a la larga por jodido y, si te jode más que duele, jodido ya estás. Estar jodido, entonces, conlleva estar un nivel por encima en el rango de heridas pero puede llevarse mejor y con más calma. Por tanto, que orgulloso esté el jodido de pasar de nivel sin morir por el camino.

lunes, 29 de abril de 2013

Atención, que vienen curvas


Si algo hace sexy a una mujer, eso son las curvas y sus movimientos, o los movimientos de sus curvas. Sacarse partido, cuidarse y mimarse a partes iguales o mirarnos al espejo sintiéndonos bellas como lo que somos, deberían ser tareas obligatorias en nuestro día a día. Ya no por el qué dirán, sino por nosotras mismas, para sentirnos especiales por lo que tenemos como realmente somos y no tan imperfectas como, a menudo, nos hacemos creer. Aceptarse y quererse exigiéndonos un mínimo pero nunca por encima de sacrificios, prototipos inalcanzables o lenguas viperinas que influyan sobre nuestros sentimientos y principios, que son lo máximo, no nos olvidemos. Y llegados a este punto, quiero destacar que hoy dedico el escrito a las mujeres pero que perfectamente podría estar tratando lo mismo acerca de los hombres.

Lo que enfea a una persona es la sociedad y el conjunto de nuestras propias críticas (parece que cada vez más críticas). Eso no va a cambiar, asumámoslo. Exponemos opiniones constantemente aun sin que nadie nos las pida. Asumamos, de hecho, que eso forma parte de la comunicación humana. Lo que sí que podemos hacer es ser más o menos discretos o bien mostrarnos crueles y egoístas pensando única y exclusivamente en nosotros y no en el impacto que nuestras palabras puedan tener en los demás. Gustos y preferencias los tenemos todos, no por eso quiere decir que sean más válidos que otros. También podemos dejarnos llevar más o menos por la publicidad y los prototipos de mujer triunfadora estipulados por, únicamente, unos cuantos (que no tienen ni idea, y parece que tampoco del daño que ello causa). De verdad, seamos más humanos y no tan dominados, tengamos opiniones dispares pero propias y le daremos sentido a esa gran verdad que dice que ‘el buen gusto reside en la variedad’. Y es que, por suerte, lo que a uno puede parecerle un horror, a otro siempre puede gustar.

Como decía, pues, les demos mayor o menor importancia, debemos acostumbrarnos a vivir bajo críticas porque siempre vamos a estar expuestas a ello, pero también debemos saber defendernos de ellas sin esforzarnos en hacer grandes demostraciones. Esto requiere que aprendamos a valorarnos constantemente y sin tregua como aquellas que somos y a sentirnos bien con nosotras mismas tanto por dentro como por fuera. Estaría bien valorarnos como los que más ya que, pasarnos el día envidiando, va a ser lo más inútil que podamos hacer. Al fin y al cabo, con el que vamos a tener que convivir es con ese otro cuerpo que, en demasiadas ocasiones, desprestigiamos. “Saber vender el pescao” también es importante porque, en definitiva, aun con toda la importancia que pueda tener un físico, el lado psicológico es más poderoso. Para ello no sirve aparentar (eso se percibe descaradamente, chicas), sino estar convencida de que el conjunto que tienes, sea grande o más chico, con los rasgos, facciones o formas que siempre quisiste tener (que es probablemente justo aquello que no tienes) o no, es calidad y puede dar mucho juego y mucha vida.

Que el físico es nuestra carta de presentación, es evidente. Que en él va parte de nuestra atracción (sea para lo que sea) también. Pero, pasada esa primera toma de contacto, lo realmente interesante es nuestra psique, no nos engañemos. ¿Ninguno de vosotros ha dejado o se ha quitado de encima al típico bombón pero petarda/o de turno? ¿Ninguno se ha sentido atraído por alguien de quien, en un principio, no se había fijado por su físico? Cuidar un físico, no vamos a engañarnos, es importante tanto para el resto como para nosotros mismos, pero que lo que destaque sea nuestra personalidad, es esencial. Así que una personalidad que tenga claro que va unida a un físico de calidad es primordial para que, incluso, así sea percibido. El envoltorio llama la atención, el interior es el que causa impresión, y mi impresión es que todas tenemos motivos para impresionar desde el envoltorio y para eso hace falta algo más que tener un físico subjetivamente bonito. Al final, todo es un juego y saber jugar, también con nuestro cuerpo, es lo que nos hace, a menudo, ganar.

Por eso, quiero apoyar que, tengamos unas u otras preferencias, os deis la oportunidad de, por qué no, agarraros a un  michelín o a unas buenas caderas, si surge, o simplemente de mirar cuerpos sin necesidad de compararlos. Daos la oportunidad de comprobar que ‘tener donde agarrar’ es más que una frase, que la sensualidad no está reñida con la chicha, que la celulitis (que todas, flacas  o más gordas, tenemos) no es asquerosa sino algo de lo más natural en una mujer y que, un vestido en un culo más respingón o en una tripita más voluminosa, puede quedar igual o mejor que en el cuerpo de una mujer con escasas curvas. Sin duda, hay algo más allá de las curvas que quiero destacar y que considero mucho más sugerente, incitante, excitante y atractivo, y es el lado sexy de la mujer. Eso se tiene o no se tiene, y si no se tiene, se trabaja en explotarlo o no. Pero la mujer que es sexy y, de forma más o menos consciente, tiene un toque sensual pícaro y juguetón, ya puede pesar más que la de al lado o ser menos agraciada, pero será un pivón y, a la larga o a la corta, valdrá y cautivará mil veces más que la otra que solo tenga un cuerpo mono. No sé si estaréis de acuerdo conmigo pero esa es mi opinión. Y de nuevo entramos en la idea de que, el físico, con más o menos recursos, puede al menos llegar a sugerir otros valores más interesantes de los que pueden verse a simple vista y que hacen que, sin duda, embellezca el conjunto.

Al final, las curvas podrán ser más discretas o bien más pronunciadas pero, por suerte, las opiniones variarán dependiendo de la mirada que las esté observando y de lo que esta esté queriendo observar. Desde las más gordas hasta las más flacas, pasando por todos sus intermedios, toda mujer es preciosa cuando llega a estar a gusto consigo misma. Porque recordad que, como hace poco leí en algún lugar, ‘la curva más bella de una mujer es la sonrisa’ y esa es la que, al final, más pesa.

sábado, 27 de abril de 2013

¿Quién se moja más?


“Llueve, ¡coge el paraguas!”, es esa frase que se repite tan frecuentemente en los hogares los días de lluvia. Pero, ¿en todos los lugares por igual? Pues no lo creo… me temo que en los que predomina el sexo femenino se dice bastante más. La estadística que he hecho en 5 minutos y a ojímetro, concluye que aproximadamente 8 o 9 de cada 10 personas que se resguardan de la lluvia con un paraguas son mujeres y que, ese par de personas que no lo son, probablemente pertenezcan a la categoría senior o infantil. Luego está la variedad “señor-padre-de-familia”, de esos que dominguean haciendo barbacoas familiares en el campo, los cuales sostienen un paraguas tamaño XXL y cobijan bajo él a mujer, hijos, suegros e incluso sobrinos.

Sea porque somos más presumidas y “Aish, es que se me moja el pelo”, porque no siempre llevamos una capucha encima o porque prefiramos que el agua no nos cale hasta las… bueno, hasta los huesos, solemos usar la mayoría de los paraguas que se venden. También puede ser que a los chicos os falte un bolso donde plegarlo y guardarlo cuando para de llover o llegáis a vuestro destino. O que seáis más despistados, lo asumáis y no lo saquéis para no perderlo. Porque en eso tengo que daros la razón… si hay algo fácil de olvidar en algún lugar, eso es un paraguas. ¿Hay algo más incordiante que tener que cargar con él? Sí, tener que cargar con él una vez ha parado de llover. Creo que solo a unos cuantos asiáticos (a quienes únicamente les falta ponerse piel de lichis como complemento) les gusta la idea de llevarlo por placer, como decoración o para cubrirles incluso cuando hace sol. Eso sí, sea para lo que sea y para quien vaya a usarlo, elegir un paraguas no es tarea fácil. Los hay de distintos tamaños, formas y colores, plegables o de bastón, discretos o más cantones, pero si te decantas por los estampados, ¡a cuál más hortera! “Aish, vamos, que si no fuese porque se me moja el pelo y se me empapa el trasero igual me pensaba eso de prescindir de él.”

En conclusión, los hombres adolescentes y de mediana edad sois mucho más reticentes a los paraguas que nosotras, quienes empezamos siendo niñas con paraguas de topos y botas de agua a conjunto y acabamos siendo señoras que se ponen bolsas de la compra en la cabeza cuando la lluvia les pilla desprevenidas. No quiero influenciar, pero ¿aceptamos, pues, paraguas como complemento de señoritas y otras minorías?

lunes, 22 de abril de 2013

Sexo casual, sexo por cuidar



Estaremos de acuerdo en que el sexo es uno de los grandes placeres de la vida. Aun siendo sexo de principios del siglo XXI, lo es. ¿Por qué digo esto? En la época actual podemos gozar del sexo libremente de forma mucho más fácil que hace unos años, con más medios y sin tantos reparos aunque siempre existan algunos prejuicios y personas entrometidas. Vivimos una revolución sexual que casi podríamos calificar como “era sexual”, y no hablo de promiscuidad. Pero, de la misma manera que el sexo frecuentemente apacigua problemas, a la vez puede generar otros y, en ocasiones, o te paras a reflexionar sobre ellos o puedes acabar dejando de lado los valores de aquello que haces, llegando a automatizar el acto. Me refiero a que me da la sensación de que, demasiado a menudo, se cosifica el sexo y se promueve su inmediatez hasta el punto de desnaturalizar el erotismo. Y sí, eso me parece un problema.

En los últimos años, el sexo ha pasado a un primer plano bastante interesante e inquietante en las relaciones interpersonales. Generalizando, tenemos un mayor número de relaciones y, si ya no eso, nos acostamos con más personas que tiempo atrás. Eso en parte se debe a que, antes, la experimentación sexual no se veía de manera tan positiva y a que, actualmente, tenemos más posibilidades porque ya no vivimos en contextos limitados en cuanto a espacio físico, sino que hay muchos medios para conocer posibles compañías. Todo esto hace que la vida amorosa también haya variado y que cada vez sea más frecuente encontrar casos de reticencia al compromiso o en los que una relación pasa, rápidamente, a suponer una carga. Se crea un clima, pues, de cierta dependencia sexual pero absoluta independencia personal (lo cual no juzgo, simplemente expongo). Abundan las relaciones pasionales pero rápidas y luego nos dejamos atrás, quizás porque la mayor de nuestras pretensiones es básicamente la autorrealización. Para algunos, eso conlleva a la filosofía de “no dejar nada en el camino y coger todas las opciones”, experimentando al máximo sin renunciar a ninguna oportunidad, propuesta o tentación, sin “tener” que dar explicaciones. Para otros, simplemente se trata de no arriesgarse a fracasar en algo evitable que tampoco consideran necesario en ese momento dado de su vida. Otros, creen no dar con nadie que conjugue bien con ellos en el terreno amoroso, sin más.

Aunque la libertad sexual de exploración y experimentación suele considerarse saludable, esta dimensión sexual, por lo que comentaba antes, llega a crear también peligros asociados con la psicología de las personas en los que pueden crearse dependencias, adicciones o trastornos de la intimidad o identidad emocional. Por eso, como consejo, nos amemos o no nos amemos, al menos comuniquémonos e irá todo mucho más rodado y gratificante. No creo que esté mal disfrutar del sexo libremente y no quiero caer en considerar como catastrófica la mera autorrealización (si es con unos mínimos humanos), pero sí que me parece decepcionante oír hablar de cada vez más casos en los que las experiencias sexuales se convierten, ya no solo en algo común, sino en algo casi obligatorio con escasez de deseo, sensualidad o una atmósfera apropiada para sentirse satisfecho. ¿No creéis que es una pena? Pienso que el sexo indiferente, irreflexivo y meramente superficial no debería convertirse en el sexo predominante porque merecemos o necesitamos más para percibirlo como lo que es, como placer. Para eso, mejor pasar sequía.

Entonces, ¿existe alguna solución? No sé si es una solución o una alternativa interesante, pero desde luego no tener sexo casual o solo tenerlo cuando existe compromiso no me parece la solución ni tampoco algo natural ni más digno. Sin embargo, desde que el sexo es ‘tan fácil de conseguir’ y el romanticismo ha quedado en un plano más discreto (no por ello no existente, claro), quizás lo más sensato es buscar la buena compenetración, comunicación y armonía. Es decir, si tener pareja estable se ha convertido en algo difícil, secundario o, al menos no uno de los objetivos primordiales, aspirar a tener una relación de complicidad es, seguramente (junto a hacerlo cuando y con quien realmente quieras), lo más satisfactorio para no llegar a banalizar el sexo (y ya no solo el sexo). Esa complicidad no es que sea tan fácil de conseguir como de llegar a disfrutarla cuando se consigue, pero ya que hablamos de autorrealización, siempre será más pleno que el sexo gane en calidad, placer y deseo, ¿no?


(Reflexión/Adaptación de unos artículos de "El Confidencial")

sábado, 20 de abril de 2013

Cerveza-beer


Te odiaba. Detestaba tu sabor y hasta tu olor. Pero en un verano lúcido, el espíritu taja de las fiestas de la Bur y una espléndida juventud hicieron lo inevitable: que entre agua y el alcohol de la barra, me cautivaras tú.

Sea cuál sea tu denominación de origen y sea cuál sea tu color, no estás tú para hacerte desprecios y eres una clara tentación. Haya o no acompañamiento, sueles ser la gran opción. Eres la caña en caña, quinto, vaso, copa, litro o palangana. Me rociaron contigo en alguna celebración. A modo de confesión, incluso me bañé contigo en algún momento. Y aunque te quiero fría, el culo caliente también irá para adentro. De amargo, aunque exquisito, solo tienes tu sabor, sea en las tardes-noches de terraza o en cualquier noche de apalanque o bien de acción. En barril, botellín o botella, más grande o más pequeña, suavizas el instante, agravas la alegría  y refrescas la garganta… otras veces vas y te me ofreces en plan lata barata. Imposible rechazarte; venero tu efecto afrodisíaco, curandero y bien entrante adaptándose al ambiente… te cojo entre mis manos, te elevo hasta mis labios, te bebo de un trago y entre lengua y paladar te noto ahí al instante.

Pequeña... la adrenalina me aceleras. Tomarte es buen ritual para ahogar penas, para darlo todo o para simplemente conversar o compartir, pero por el cual, tras pasar... repetir y repetir.

miércoles, 17 de abril de 2013

Voz feroz


- No sabes quién soy y, si lo sabes, te haré creer que solo te sueno a conocido. “¿Quieres fantasear conmigo?” Vas a tener que confiar. No nos vamos a ver, pero tu mente me va a pensar. Me conoces por sonido y tu forma de atender mi llamada la misma noche de cada semana sugiere que quieres que lo siga haciendo. Probablemente te enciendo y es exactamente esa mi intención.

Descuelgas el teléfono y contestas con voz impaciente, algo tímida y exasperada. El número oculto te inquieta, pero siempre menos de lo que lo hace mi voz. Yo ya voy bajando, a todo esto, la bragueta, llámame perturbado o, por decírtelo, perturbador. Imagino cómo se mueven tus dedos entre el aparato y tu pelo… cómo se deslizan como los míos al marcar: sin prisa, con deseo. “¿Qué me vas a proponer?” “Busca un sitio cómodo y tranquilo porque te quiero entretener.”

Hoy vas a imaginar que estamos en un iglú de Laponia, vas muy tapada y el color de tu nariz me dice que te dé de lo bueno. Te vendo los ojos con tu bufanda de terciopelo negro y me escuchas solo, mientras yo te veo contonearte entre mis dedos de nuevo. No sabes ni cuál es mi olor pero te da igual, me pides sensación y te la voy a dar. Me pones la capucha y perspicazmente me río mientras, refirmada en el suelo, ya notas su pelo por debajo de tu ombligo… Hoy no vas a dormir… ni siquiera conmigo esquimal. “Acerca más tu boca al auricular. Oigo lejos tu respiración y quiero sentirte intensa… atenta, ahora te voy a tocar.” La piel de gallina ya no es por frío y me pides que te siga hablando cerca mientras desabrocho el último botón. Tiene vaho esta habitación y tu sujetador ya puede ser de piel de zorro (seguro que menos que yo), pero me lo voy a comer deprisa a traición. Tu abrigo queda tendido y aísla tus curvas del hielo que se empieza a fundir. "Antes de que te ahogues por agua, te ahogo de erección". Mi abrigo se desliza por la espalda y cae a un palmo de tu nalga. Te doy un cachete, nos hará de edredón. Sabes más de mí de lo que puedo pensar, desconoces mi rostro pero ya lo ha creado tu imaginación. De mi sabes que soy cálido y yo sé que tú necesitas calor… No estoy seguro de querer llegar a conocerte pero, por favor, de momento deja que la próxima semana tampoco sea esa en la que me responda el contestador. -
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La voz. No la eliges ni, a veces, la controlas. Expresa y también, en ocasiones, la pifia. Se alterna con el silencio queriendo expresar pero, sobre todo, transmitir. Solo a través de una voz, podemos descifrar estados de ánimo, intenciones e incluso muecas ocultas según la entonación. Podemos imaginar y crear ambientes y llegar a confiar más o menos en alguna gente. Sea como sea, si la proyectas con intención puede ser uno de los puntos fuertes de atracción y fantaseo. ¿Jamás has querido conocer a nadie tras escuchar, tan solo, su voz, sea este un cantante, un anónimo o ese perfecto locutor? De todas formas, hay que pensarse bien eso de ponerle cara a una voz; no siempre la imagen será lo que era y te arriesgas a que la tuya fuese mejor.