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martes, 28 de abril de 2026

Que no se vaya la luz

Hace un año que se fue la luz, literalmente. Lo recuerdo porque fue el cumpleaños de mi amiga Marta. (Felicidades Marta, te quiero.) Teníamos plan, se fundió el día, la ciudad continuaba entre el caos de algunos y la alegría, en el fondo, de muchos. "¡Que se quede así unos días! Adiós tecnología." Decían otros, hartos de ver que el brillo de las miradas cada vez estaba más en el reflejo de las pantallas que en lo tangible o terrenal. Pero la celebración de Marta no era en una pantalla, iba de un local en el que debíamos tener cuidado con el bordillo de la puerta al entrar y de abrazos y cánticos al encontrarnos, así que no se vino abajo. El faro de mi moto siguió el caminito poco a poco algunos kilómetros hasta el destino porque, como ya se sabe, la verdadera luz la ponen los corazones por oscuro que sea el entorno, y mi amiga se lo había currado, sobre todo en ilusión. Finalmente resulta que volvió la luz a los fluorescentes, y la electricidad en general, y la anécdota del día nos sirvió para recordar que, aquello, suponía comodidad y facilidades, pero que lo esencial, como dicen, es invisible a los ojos.

Y aquí podría acabar mi texto de hoy, sin embargo, creo que la idea de hablar de esa luz con posibilidad de expansión no debe desaprovecharse. Creo que hoy en día somos muy tendientes a llevar nuestro farolillo, con la atención puesta en que este no se apague, pero encerrando la llama. Creo que nos falta cuidar más la chispa que nos encendió o la que un día puede hacerlo y dirigir más la mirada hacia la hoguera en la que puede participar, esa que puede permitirnos crecer. Ese sentimiento de comunidad que se ha ido desvaneciendo y que a la vez tanto anhelamos en momentos de flaqueza, requiere de cuidado. Requiere de enfocar a las oportunidades más que en buscar culpables en las derrotas o de recibir sin olvidar dar el calor que dilate la posibilidad de encontrar soluciones y respuestas más sólidas.

Y, ¿por qué, como aquel 28 de abril de 2025, esperar a que algo incómodo o algún contratiempo suceda para acordarnos de todo eso? Porque ahí nos volvemos todos vulnerables y el egoísmo deja de ser un aliado. Por necesidad. "Tranqui, te presto mi cargador portátil", "Tranqui, vente yo te llevo", "Tranqui, yo te lo pago hoy", "Tranqui, puedo hacerte yo la cena", "Tranqui, te ilumino con mi linterna y te sostengo con mi vela...." No cada día se va la luz y podemos volcarnos en ofrecer ayuda, comunidad o facilitar un poco el mundo frente a las adversidades, pero sí que el día a día, aun con luz solar, es bastante fastidiado para muchos corazones a medio gas. Deberíamos poner a disposición del día nuestra mejor versión, la que más pueda brillar y hacer brillar dentro de nuestras posibilidades, para no apagarnos entre nosotros y acabar siendo una sociedad menos tenue, más lucida.

jueves, 26 de marzo de 2026

El ¿aburriqué?

El aburrimiento no es siempre un estado que llegue por unos mismos hechos o por una misma forma de inactividad. El aburrimiento tiene que ver con el contexto, con las expectativas y con el estado anímico. O, mejor dicho, con las oportunidades que te inspira el contexto, con las elevadas, o bien irreales, expectativas, con la regulación emocional ante la nada o la voluntad de ver todo o mucho en nada, en lo repetitivo o en lo familiar.

El aburrimiento también tiene que ver con el estado propio, con la relación con uno/a mismo/a. A veces, con la necesidad de sobreestimulación ante algo que, de entrada, no lo pide o no lo ofrece. Digamos que, hoy en día, parece que lo simple, lo silencioso, lo laborioso o lo no compartido nos lleva a un sentimiento de hecho aburrido. Como si vivir algo sin un fin exacto, sin un reconocimiento externo o sin apasionamiento, lleve al fracaso del gozo. Como si el camino, el probar o la contemplación, fuesen una pérdida de tiempo sin una misión visible al público. 

De hecho, ¿dónde se siente el aburrimiento? ¿En la cabeza? ¿En el pecho? ¿En el ombligo? Pues puede que me equivoque, pero creo que se siente en la barriga: en forma de ansiedad, en el pecho: en forma de ahogo y en la cabeza: como confusión en la percepción de posibilidades en el ahora. Al final, lo que lleva a aburrirse seguramente sea una alteración mental provocada, en su base, por la poca tolerancia de soporte de uno/a mismo/a, una falta de estrategias personales, o bien una costumbre a lo inmediato, a lo fácil y a lo rápido que hacen de la quietud, de lo lento o de lo que precisa ser pensado, algo incómodo.

Hay momentos que requieren de calma, suavidad y sentidos para que sean disfrutables ampliamente. Hay momentos que no tienen una finalidad, tan solo ganas de sentir el momento o el propio sentimiento, incluso aunque punce, y que se acaban traduciendo en experimentación, en descubrimiento o en estimulación. Momentos que empiezan para matar ese agobio al que llamamos aburrimiento y en el que, gracias a esa misma sensación, se abre un canal interno bien rico y pura inspiración. Es decir, quien se aburre es porque quiere o, quizás, porque lo necesitaba para llegar a descubrirse.

Lo que ahora está siendo aburrimiento, antes pudo haber sido (o le pudiste haber llamado) un momento de descanso, de tranquilidad, de contemplación, de recarga... Si ahora lo sientes aburrimiento, no trates de juzgar el entorno o a quienes te rodean ya que, seguramente, con quien debes hablar es con tu mente. El aburrimiento mismo es una oportunidad para frenar, bajar revoluciones, aprender a escoger o tomar decisiones. El aburrimiento dice más de ti que de lo que te rodea. ¿Lo bueno? Nunca es tarde para reconciliarse con el propio aburrimiento y transformarlo en serenidad y, quizás, incluso disfrute.