Páginas

Translator

martes, 28 de abril de 2026

Que no se vaya la luz

Hace un año que se fue la luz, literalmente. Lo recuerdo porque fue el cumpleaños de mi amiga Marta. (Felicidades Marta, te quiero.) Teníamos plan, se fundió el día, la ciudad continuaba entre el caos de algunos y la alegría, en el fondo, de muchos. "¡Que se quede así unos días! Adiós tecnología." Decían otros, hartos de ver que el brillo de las miradas cada vez estaba más en el reflejo de las pantallas que en lo tangible o terrenal. Pero la celebración de Marta no era en una pantalla, iba de un local en el que debíamos tener cuidado con el bordillo de la puerta al entrar y de abrazos y cánticos al encontrarnos, así que no se vino abajo. El faro de mi moto siguió el caminito poco a poco algunos kilómetros hasta el destino porque, como ya se sabe, la verdadera luz la ponen los corazones por oscuro que sea el entorno, y mi amiga se lo había currado, sobre todo en ilusión. Finalmente resulta que volvió la luz a los fluorescentes, y la electricidad en general, y la anécdota del día nos sirvió para recordar que, aquello, suponía comodidad y facilidades, pero que lo esencial, como dicen, es invisible a los ojos.

Y aquí podría acabar mi texto de hoy, sin embargo, creo que la idea de hablar de esa luz con posibilidad de expansión no debe desaprovecharse. Creo que hoy en día somos muy tendientes a llevar nuestro farolillo, con la atención puesta en que este no se apague, pero encerrando la llama. Creo que nos falta cuidar más la chispa que nos encendió o la que un día puede hacerlo y dirigir más la mirada hacia la hoguera en la que puede participar, esa que puede permitirnos crecer. Ese sentimiento de comunidad que se ha ido desvaneciendo y que a la vez tanto anhelamos en momentos de flaqueza, requiere de cuidado. Requiere de enfocar a las oportunidades más que en buscar culpables en las derrotas o de recibir sin olvidar dar el calor que dilate la posibilidad de encontrar soluciones y respuestas más sólidas.

Y, ¿por qué, como aquel 28 de abril de 2025, esperar a que algo incómodo o algún contratiempo suceda para acordarnos de todo eso? Porque ahí nos volvemos todos vulnerables y el egoísmo deja de ser un aliado. Por necesidad. "Tranqui, te presto mi cargador portátil", "Tranqui, vente yo te llevo", "Tranqui, yo te lo pago hoy", "Tranqui, puedo hacerte yo la cena", "Tranqui, te ilumino con mi linterna y te sostengo con mi vela...." No cada día se va la luz y podemos volcarnos en ofrecer ayuda, comunidad o facilitar un poco el mundo frente a las adversidades, pero sí que el día a día, aun con luz solar, es bastante fastidiado para muchos corazones a medio gas. Deberíamos poner a disposición del día nuestra mejor versión, la que más pueda brillar y hacer brillar dentro de nuestras posibilidades, para no apagarnos entre nosotros y acabar siendo una sociedad menos tenue, más lucida.

jueves, 26 de marzo de 2026

El ¿aburriqué?

El aburrimiento no es siempre un estado que llegue por unos mismos hechos o por una misma forma de inactividad. El aburrimiento tiene que ver con el contexto, con las expectativas y con el estado anímico. O, mejor dicho, con las oportunidades que te inspira el contexto, con las elevadas, o bien irreales, expectativas, con la regulación emocional ante la nada o la voluntad de ver todo o mucho en nada, en lo repetitivo o en lo familiar.

El aburrimiento también tiene que ver con el estado propio, con la relación con uno/a mismo/a. A veces, con la necesidad de sobreestimulación ante algo que, de entrada, no lo pide o no lo ofrece. Digamos que, hoy en día, parece que lo simple, lo silencioso, lo laborioso o lo no compartido nos lleva a un sentimiento de hecho aburrido. Como si vivir algo sin un fin exacto, sin un reconocimiento externo o sin apasionamiento, lleve al fracaso del gozo. Como si el camino, el probar o la contemplación, fuesen una pérdida de tiempo sin una misión visible al público. 

De hecho, ¿dónde se siente el aburrimiento? ¿En la cabeza? ¿En el pecho? ¿En el ombligo? Pues puede que me equivoque, pero creo que se siente en la barriga: en forma de ansiedad, en el pecho: en forma de ahogo y en la cabeza: como confusión en la percepción de posibilidades en el ahora. Al final, lo que lleva a aburrirse seguramente sea una alteración mental provocada, en su base, por la poca tolerancia de soporte de uno/a mismo/a, una falta de estrategias personales, o bien una costumbre a lo inmediato, a lo fácil y a lo rápido que hacen de la quietud, de lo lento o de lo que precisa ser pensado, algo incómodo.

Hay momentos que requieren de calma, suavidad y sentidos para que sean disfrutables ampliamente. Hay momentos que no tienen una finalidad, tan solo ganas de sentir el momento o el propio sentimiento, incluso aunque punce, y que se acaban traduciendo en experimentación, en descubrimiento o en estimulación. Momentos que empiezan para matar ese agobio al que llamamos aburrimiento y en el que, gracias a esa misma sensación, se abre un canal interno bien rico y pura inspiración. Es decir, quien se aburre es porque quiere o, quizás, porque lo necesitaba para llegar a descubrirse.

Lo que ahora está siendo aburrimiento, antes pudo haber sido (o le pudiste haber llamado) un momento de descanso, de tranquilidad, de contemplación, de recarga... Si ahora lo sientes aburrimiento, no trates de juzgar el entorno o a quienes te rodean ya que, seguramente, con quien debes hablar es con tu mente. El aburrimiento mismo es una oportunidad para frenar, bajar revoluciones, aprender a escoger o tomar decisiones. El aburrimiento dice más de ti que de lo que te rodea. ¿Lo bueno? Nunca es tarde para reconciliarse con el propio aburrimiento y transformarlo en serenidad y, quizás, incluso disfrute.

miércoles, 8 de octubre de 2025

El contexto interno importa

El otro día volvió a pasar. A lo largo de este tiempo, mi hijo ha ido aprendiendo de mí y de los demás que le rodean y volví a encontrarme con una situación que me obligaba a reflexionar. La típica situación en la que un niño pequeño parece que trate de manipular pero en la que, lo que hace, es simplemente copiar formas, ponerte en efecto espejo para salirse con la suya o conseguir lo que quiere desde una capacidad cognitiva ya más desarrollada. Sin que lo sepa, genera en ti la necesidad de complementar la crianza por instinto con algún que otro momento de revisión i reflexión. Recuerdo la primera vez que viví eso de lo que hablo, aquella primera vez en que, siendo algo más limitada la comprensión del niño, traté de poner límites expresando que "aquello que estaba haciendo, hacía daño al corazón de la mamá". Algunos días después, se convirtió en la frase estrella que él utilizaba para justificar su ira y tristeza ante decisiones mías que le hacían sentir derrota o frustración. Mientras él decía "Esto que me dices o que no me dejas hacer me hace pupa al corazón" para intentar que fuese más permisiva en algún momento, yo pensaba "Oh no, ¡se me ha girado en contra la estrategia comunicativa!". Y quizás no era así, quizás simplemente era que el cerebro del peque había evolucionado ya hasta un punto en el que hacía falta reconsiderar la utilidad de mis palabras dentro del objetivo principal: optimizar la gestión conductual ante el conflicto. Quizás había sido una estrategia temporal que ahora exigía cambio. Pero, en el ejercicio de pensar qué no funcionaba como anteriormente en ella, fui un poco más allá y me pregunté: Es que, ¿era realmente el acto del niño lo que a la mamá le ponía triste, nerviosa o hacía sentir frustrada? 

Llegué a la conclusión de que mi estrategia derivaba de la necesidad propia de hacer llegar a mi hijo que aquella acción suya no llegaba de forma positiva a mí, sino que causaba emociones contrarias. Pero, sinceramente, el hecho en sí mismo, muchas veces no tiene tanta carga real como para impactar de la manera en que lo exponemos, sin embargo, le añadimos peso para generar esa atención necesaria en el otro, para reconsiderar lo dicho o hecho que solo una alerta tiene la capacidad de provocar. Así que, lo que a veces comunicamos, no se ajusta exactamente al kit de la cuestión y, quizás por eso, no permitimos que empaticen realmente  con nuestra inquietud. La clave está en comunicar a partir del contexto, concretamente en el contexto interior... y eso supone hablar desde las necesidades que uno tiene ante una situación, más que entrar en el bucle de lo que nos ha generado conflicto o de las formas de gestión ajenas.

Por ejemplo, el otro día estaba en el vestuario de la piscina con mi hijo y este estaba alzando la voz contento e ilusionado por estar con un amigo suyo. Cada vez que yo le escuchaba alzar la voz pensaba que el niño no estaba excediéndose, sinó que escuchaba un niño alegre alegrando el rato a los demás. Alguna persona sonreía, otra comentaba... Sin embargo, una mujer que andaba por allí empezó a resoplar y a expresar descontento ante ello. ¿Por qué una misma situación puede causar efectos tan contrarios? Aquella señora hubiese reñido a mi hijo si por ella hubiese sido y, si le hubiese dicho que no estaba respetando a los demás o que estaba molestando no hubiese sido del todo justa, ya que a la mayoría no nos estaba generando eso mismo. Así, si más allá del hecho analizásemos el contexto interior de cada una, seguramente nos daríamos cuenta de que la diferencia, la base del conflicto, estaría en las necesidades de cada una en ese momento ante esa misma situación, más allá de la conducta del niño en sí. Seguramente mi necesidad en aquel momento era la de sentir alegría por mi hijo al cual había visto algo triste anteriormente y al cual necesitaba volver a percibir disfrutando. Seguramente la necesidad de la mujer era la de descansar la mente y estar en calma tras una jornada laboral intensa o una temporada amarga. Así que, en el supuesto de que la mujer se hubiese dirigido a mi hijo creo que hubiese sido mucho más efectivo trasladar la molestia, no solo desde la queja, sino desde la demanda por necesidad, para dar la oportunidad a la otra persona de empatizar y poder cambiar la conducta desde la no-culpa, sino desde la posibilidad de cambiar esa situación con unos argumentos con los que hubiésemos podido conectar. Pero nos cuesta hacer eso... y más con desconocidos, porque aun nos resulta extraño recibir explicaciones sobre necesidades de personas a las que no conocemos pero con las que, por contra, sí compartimos espacios y momentos.

Personalmente, esto de lo que hablo lo había llevado a cabo muchas veces en el mundo adulto pero, en el mundo infantil, creo que muchas veces se escogen vías rápidas y fáciles de comunicación para hacerse entender o respetar más deprisa que profundamente, más desviando la atención que atendiendo las necesidades que hay detrás de un conflicto en sí. Pero los niños también sienten y necesitan comprender lo que sienten para aprender a autorregularse poco a poco. Qué mejor que hacerlo desde el modelaje ya que, lo que hoy parece que no entienden, mañana ya lo han integrado en sus dinámicas.

Creo entonces que, ante una situación incómoda o desagradable para nosotros, podría ser más adecuado ajustar lo que expresamos acerca de las emociones que esta nos provoca, partiendo de las necesidades del contexto interior de cada uno ante esa situación. Atribuirle a alguien la responsabilidad de estar haciéndote sentir mal sin analizar nuestro estado en el momento en que lo recibimos, puede no ser del todo justo. Entre adultos solemos darnos cuenta de ello aunque no todo el mundo lo apliques. Pero, ¿qué tal ser más concretos también con los niños? Creo que funciona a modo de educación constructiva, basada más en la reflexión y la argumentación que en la culpa y el reproche por sistema. Así, los adultos deberíamos tener el compromiso con nosotros mismos de saber identificar nuestras necesidades (sean estas momentáneas o generales) para poder trasladar queja, disconformidad o disgusto con la responsabilidad de hacer introspección de nuestro estado en ese momento de conflicto: de si nos está afectando más o menos porque realmente hay una conducta inadmisible por corregir o de si hay algo interno nuestro que añada drama o intensidad a la situación.

A modo de ejemplo: "Yo no estoy triste porque tú hayas rallado la pared con colores (algo que puede ser atractivo para un/a niño/a), sino que estoy triste porque mi necesidad es la de orden y limpieza del hogar y esa acción no va acorde a ello, generándome malestar. ¿Quizás podemos estar de acuerdo con que la casa está mejor ordenada y limpia, que esa no ha sido la mejor de las ideas y con que podemos buscar otra alternativa donde colorear?". Y, en el contexto adulto igual: "¿Me pone triste que pases de mi y no contestes a mis mensajes?"- por ejemplo.- "Quizás lo que me pone triste es no poder subsanar mi necesidad de recibir cariño por tu parte porque eres alguien especial para mí y encima estoy falto de cariño en general. Pero tú no generas mi malestar porque hayas querido dañarme directamente o porque sí, sino porque tu contexto interior era distinto al mío. Lo más probable es que tus necesidades de desconnexión, por ejemplo, hayan generado en mí enfado, decepción o intranquilidad, porque justamente lo que yo necesitaba era lo contrario: atención y cariño por tu parte." 

Tanto en el mundo infantil como en el adulto, creo que las situaciones más comunes en un desencuentro pueden venir causadas por frustraciones, miedos o inseguridades, carencia de liderazgo o de atención, celos, envidias... Así que creo que, utilizando un vocabulario adecuado para cada edad, podemos llegar a entendernos. Si a la hora de comunicarnos pudiésemos ser sinceros y reconocer el foco de la cuestión de nuestro malestar en la necesidad de fondo que ha quedado sin cubrir con la acción del/de la otro/a, creo que podríamos evitar hablar desde el victimismo y la culpabilidad, pasando a fomentar empatía y colaboración en el bienestar mútuo. 

No digo que sea fácil, y mucho menos que lo sea la comprensión de ello para un/a niño/a. Soy la primera a quien repiten constantemente que hablo demasiado con mi hijo, que le doy demasiadas explicaciones ante un conflicto, así que puede que me salga fatal. Tengo poca idea de niños en etapas tempranas y voy improvisando por instinto y desde el amor. Pero sí trato diariamente con niños/as algo más mayores y veo diferencias entre los que traen un trabajo hecho en gestión de conflictos y los que no. Por eso, hoy por hoy pienso que puede ser una vía para enriquecer la educación emocional a largo plazo.

lunes, 11 de agosto de 2025

El secreto de las vacaciones

Las buenas vacaciones van de dejar de sentir tanta carga mental latente. Las buenas vacaciones van de paz mental, de mayor tiempo libre (que viene de libertad), de menor golpe de reloj, de comer relajado y de caprichos lentos o con peso emocional. Las buenas vacaciones hacen ganar en salud (como mínimo mental) y hacen perder la noción del tiempo en algunos momentos... y qué gusto por favor. En las buenas vacaciones pasan vivencias u ocurrencias que explicaremos durante años y otras que "lo que pase en Vacacioneslandia (o llámale "X"), se queda en Vacacioneslandia (o "X")". Las buenas vacaciones saben siempre a poco aunque cundan mucho, cunden incluso cuando no se tiene nada concreto por hacer y hacen que nos nutramos, curtamos y/o aprendamos a través de una observación más consciente y de un disfrute más intenso o frecuente. Las buenas vacaciones, ya se sabe, no van de dónde, sino de cómo y de con quién. Mejor compartirlas con los mejores o, sino, por cuenta propia... porque la energia compartida debería sumar y, en vacaciones, no hay ni tiempo que perder ni motivación que restar. Pero, sobre todo y como decía, creo que van de "cómo" porque, con compañía en ellas o no, van de actitud y de saber aprovechar del lugar o de lo que se haga... con mirada curiosa y romantizada, con mente amplia y alegre y con corazón disfrutón y generoso. Porque estar de vacaciones no es lo mismo que sentirse en vacaciones... y de eso realmente van.

Cosas como escribir esto hago yo en un tren de vuelta... de estas vacaciones que aun no acaban :)

jueves, 26 de junio de 2025

Se viene

Se vienen las vacaciones. Hace años, no tantos de hecho, eran solo foco de alegría, de descanso y acción a partes iguales, de motivación y de creatividad sin fin. Desde hace un año aproximadamente, las vacaciones son todo eso pero, entre el sol y yo se instala una nube: se llama custodia compartida. En periodo vacacional, siendo este para mí bastante largo y libre, se hace duro a veces pensar que podrías estar disfrutando de tu hijo y él de ti más que nunca, haciendo planes increíbles y cogiendo más energía juntos que nunca. Pero no, eso solo podemos hacerlo a tiempo parcial, la mitad del tiempo, como durante el curso nos ha ido pasando pero durante periodos más largos, tanto los presentes como los de ausencia.

Pero, ¿sabéis qué? Siento que algo está empezando a cambiar en mí, quizás ya por el hartazgo de miedos, inseguridades y desprecios aceptados que llevo encima desde que decidí separarme o incluso desde antes. Creo que me estoy haciendo fuerte... sensible de corazón pero más fuerte de mente (para prueba, que esté escribiendo esto). Y no, no fría, nada fría de hecho, solo con ganas de poder seguir teniendo la oportunidad de disfrutar la vida así como vaya viniendo y decidiendo. No había estado más sensible desde mi adolescencia, de lágrima fácil, pero empiezo a no sentirme frágil y sí capaz de llevar esto sin quererlo pero con firmeza, sin torturas pero con ganas de comerme el mundo hasta donde este se deje dentro de mi relativa ambición. Ganas de disfrutar cada momento y pedacito de vida que me sea disfrutable y de gestionar lo antes posible y mejor que pueda/sepa esos momentos de mierdx (dentro de la realidad de cada uno) que la vida me ha demostrado que, aunque merezcas cero, existen. C'est la vie, ¿no?

¿Sabéis qué también? Si algo he aprendido durante este tiempo y que me sirve pensar para este y para cualquier otro contexto en la vida es que si algo no puedo controlar, solo me queda soltar, confiar y dejar que suceda lo que tenga que suceder. El verdadero control solo se debería ejercer en mantener esa esencia, que al menos de mí, siempre me ha gustado tanto: la positiva, la reparadora, la motivada, la desde el corazón y desde el amor, empezando por uno mismo y repartiendo a quienes te cuidan, te quieren, te motivan, inspiran y te hacen la vida tan fácil, bonita y tranquila como se pueda... para que todo, como suceda, se lleve lo mejor posible.

Si la vida son decisiones y a veces seguramente nos equivoquemos en algunas de ellas y paguemos sus consecuencias (tanto las buenas como las malas), quiero no dejar de decidir nunca seguir buscando el lado bueno de las cosas y la felicidad en cada resquicio o pequeño acto que surja de la bondad. Al final, con la separación, perdí algunas esperanzas que tocaba perder, algunas ilusiones que parecían ser alucinaciones y algunas creencias que seguramente solo fuesen fruto de lo que quería creer. Perdí un amor, dañino en demasiados sentidos que lo hacían un sinsentido, y encontré el recuerdo de un enamoramiento con mucha intención, el desamor impotente por el camino y un penoso final. Pero también gané, y ese era justamente el principal objetivo. Gané el autoamor y la validación que tanto me hacía falta recuperar y que es imprescindible. Seguro que mi hijo prefiere y merece una mamá así, la que estoy recuperando actualmente, así como seguro querría para mí que, dentro de lo que puedo controlar, me permita disfrutar con y sin él. Porque si algo sí sé es que eso se acaba convirtiendo en energía en positivo, en amor acumulado y en ganas de vivir cada momento juntos con la intensidad de ese instante y de todos los anteriormente no vividos.

Así que se viene un periodo agridulce en parte, pero una oportunidad temporal para dar a las oportunidades y para seguir esa reconciliación conmigo, con los míos y con lo que me gusta. Unas ansiadas vacaciones sin grandes planes pero dispuesta a seguir el instinto básico de "lo que surja y apetezca", simple pero reconfortante. Mi único propósito antes de empezar estas vacaciones es el de la calma (que no la inactividad). El del descanso desde lo placentero y la revolución desde la paz y desde esa conciencia tranquila que por suerte me lo permite. Espero seguir haciendo reflexiones que potencien mi alegría y la suerte que sí tengo como lo estoy haciendo, "poc a poc", respetando y comprendiendo todo lo que me está pasando, "amb bona lletra". 

Así que se vienen, ojalá, unas vacaciones de estas que gestionas, limpias basura, ordenas, respiras y también puedes saborear. En las que, cuando esté con mi hijo se multipliquen los motivos de celebración y en las que, cuando no esté con él, pueda disfrutar de estar conmigo y también aprovechar para rodearme o comunicarme con personas que desde el corazón me dan cariño, me disfrutan, se dejan disfrutar y sostienen e inspiran a partes iguales. Así que se viene, seguro, algún periodo en el que voy a tener que querer a mi hijo igual aunque en la distancia, pero en el que tengo ganas de disfrutarme por mí, por él y por los que me quieren. Por todo lo que creo que sería tan positivo que él acabase mamando de mí y que los que me quieren pudiesen seguir encontrando en mí. 

Y si este texto puede ayudar a que alguien que esté pasando o vaya a pasar por lo mismo se sienta acompañado/a, estupendo. 

sábado, 26 de abril de 2025

Cosas brutales de mi día a día siendo maestra

Hoy estaba haciendo clase y ha venido un niño de otro curso al cual no doy clase y quien me conocía más que nada de los saludos por los pasillos, por alguna hora del patio, alguna celebración de escuela y por la vibra. He pensado que venía a que le dejase algo para su clase pero de repente ha dicho:

- "Araitz, perdona que interrumpa, pero estaba muy agobiado ahora mismo en mi clase y necesitaba un abrazo tuyo, así que he venido por eso."

¡Pues ya podéis imaginaros mi respuesta! Me ha parecido brutal.

Sin pretensión de ponerme medallas, como esta podría contar muchos otros momentos y alguna que otra anécdota sobre abrazos realmente significativos, conversaciones profundas y mejoras asombrosas de alumnos/as a lo largo de este curso y de estos años como maestra. 

Y es que, la parte de trabajo emocional es la que más disfruto siendo maestra. La más dura, a veces, pero la más gratificante, siempre. Creo que es de lo que más cala en el alumnado y, seguramente, lo más valioso que se llevan en muchos casos de su escolarización. Para mí, son los cimientos esenciales de todo ya que, una base o gestión emocional sana, o más buena que mala, favorece cualquier otro tipo de gestión o de aprendizaje en la escuela y en la vida. 

Por eso, y ahora ya mezclando mi trabajo de maestra con mi rol de madre, os diría que habléis mucho y de todo lo que surja con vuestros hijos/as, que los abracéis mucho y que les hagáis mucho refuerzo positivo. Ya hay muchos factores negativos en el día a día de todos/as nosotros/as que nos pueden llevar a la desconfianza en las propias capacidades, a la frustración, a la desilusión, a la inexpresión... También pasa en el día a día de los/as niños/as. Es necesario e imprescindible hacerles sentir capaces, queridos, comprendidos o buenos, y darles herramientas y estrategias útiles de gestión emocional, para que se lancen a ser también más curiosos, tolerantes, colaboradores o resolutivos, por ejemplo.

La edad no importa. Cada edad tiene sus características en base a cada niño/a y su forma de expresar, de percibir y de llegar a comprender. Pero, bajo mi experiencia, considero que no hay edad para tratar unos u otros temas, sino que el momento es ese en el que cada niño/a siente inquietud, curiosidad, dudas o ilusión por algo. Es responsabilidad y tarea del/de la adulto/a el pensar en cómo abordarlo o qué vocabulario utilizar pero, si el/la niño/a exterioriza un tema es porque dentro de él/ella ya hay cierto conocimiento o, al revés, desinformación, sobre ello. Por eso mismo, creo que es importante darle su espacio adaptado a su momento evolutivo porque, echando la vista hacia otro lado, esperando el momento en el que nosotros/as lo/as adultos/as consideremos adequado o el momento el que nos sintamos más a gusto o menos incómodos/as para abordarlo, lo que hacemos es infravalorar o desproteger.

Por lo demás, hoy por hoy espero que no nos prohíban nunca abrazar en las escuelas porque, siempre y cuando se haga desde la voluntad del/de la niño/a, el cariño, el consuelo, el reconfortar, la voluntad de ayudar y, sobre todo, el respeto, creo que se está llevando a cabo una gran tarea sobre empatía y canalización y compartición de emociones en el contexto escolar, pudiéndose trasladar fácilmente al entorno del/de la niño/a, si hay voluntad por parte de sus adultos de confianza.

jueves, 3 de abril de 2025

Conversaciones con nadie pero de mucho

A veces converso sola como terapia que me saco de la manga. Y os lo cuento porque creo que va estupendamente. No decíroslo y quedar como una loca, sino hacerlo. Pero, ¿sabéis qué? A mí no me engañáis... ¿quién no lo ha hecho o necesitaría hacerlo alguna vez?

Hace tiempo alguien me dijo que, conversando solo ante el espejo, repitiendo diálogos de Harry Potter, logró perfeccionar su inglés. Y doy fe de que a poco estuvo de sacarse el Proficiency después de ello. De pequeña, escuchaba a veces a una vecina cantando por casa cual artista en un concierto y, un poco más mayor, encontraba algunos borrachos por Marina desarrollando con almas libres y a media lengua su gran mundo interior a las 5 a.m. mientras esperaban a que el metro abriese.

Sea como fuere, hablar solo y conversar con uno mismo, creo que es la mar de sano en la mente, pero que el pensamiento exteriorizado está a otro nivel. Seguramente a diferente nivel de necesidad, provocada esta por una emoción algo polarizada. Creo que puede llegar a ser terapéutico y me atreveré a decir que, sobre todo, cuando lleva días rondando en tu cabeza en forma de ideas o en forma de pensamientos que no tienes oportunidad de decir, que no te atreves a decir (aun) o simplemente de soltar. Pensamientos dichos que, una vez fuera de la boca, llegan incluso a replantearse el deseo, las ganas o la necesidad de ser dichos a alguien en realidad. 

Personalmente, he verbalizado exposiciones orales que tenía al día siguiente como si el jurado estuviese delante de mí... ese sería el nivel básico. Pero también he inventado temazos y poemas que, por no haber sido grabados, luego he sido incapaz de recordar pero que me han hecho sentir una genia por momentos. O también he hablado en la radio como si a un millón de oyentes estuviese llegando el mensaje aun sabiendo que lo hacían cantidades con varios ceros menos por detrás. Y, por supuesto, me he autoanimado en voz alta: "Vamos nena, tú puedes.", o he dado las buenas noches en voz alta a alguien en una foto y recibido un abrazo imaginario de vuelta. He incluso rezado como si algún ser divino o llámale universo o energías me fuese a oir o canturreado algún mantra intentando conectar con mensajes secretos de mamá Tierra. 

Pero hay una conversación que me fascina: la del desahogo. Esas palabras que piensas y quieres decir a alguien a la cara pero que no sabes cómo ni/o cuándo y proyectas en forma de teatrillo para ver cómo queda, para sentir, de oído, cómo las recibirías o si realmente las quieres decir así. Porque en la mente todo tiene sentido a la vez que todo está a veces intensificado en bucle pero, una vez a fuera, recibido como espectador o a modo de ensayo, a veces el peso que ese discurso tenía dentro de uno/a mismo/a se reduce o aligera. Seguramente, de esas palabras se vaya a hacer llegar algo a aquel/lla a quien iban dirigidas, pero quizás la parte más incorrecta se autorregula y acaba llegando mejor, desde un punto más tenue. O bien, puede pasar que se relativice incluso la importancia de llegar a decirlo porque ya haya sido así dicho de alguna manera o porque fuésemos a equivocarnos del contenedor al que abocarlo: otro corazón. Quizás acabemos eligiendo empáticamente el del aire. 

Al final, probablemente la necesidad fuese sacar una emoción en forma de palabras y, una vez fuera la capa más visceral, uno/a es más capaz de ordenar y de adecuar mejor el discurso. A modo de grito, de lloro, de monólogo o de narración, sueltas la basura, reflexionas en voz alta y te quedas con la parte del mensaje que realmente es esencial. En conclusión, lo que vendría a ser exteriorizar pensamientos por escrito, sería equivalente a verbalizar conversaciones pendientes con tu persona imaginaria. 

Y ya está. Aunque no sea algo que haga diariamente, bien loca acabo proyectándome hoy y doy un poco de visibilidad a un recurso de gestión emocional como tantos otros.