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miércoles, 7 de octubre de 2026

Transitar suena a oportunidades

En un periodo de transición a veces nos sentimos perdidos/as, nos cuesta discernir los objetivos, perdemos los nervios esperando señales, oportunidades, dopamina... Pero, seguramente, lo que necesitamos es volver a lo básico, a la propia raíz, agarrarla fuerte y transitar el tiempo con flexibilidad, alma, calma, seguridad... hasta la ubicación exacta a donde nos acabe llevando "ello": nuestra esencia recuperada puesta en cada presente con el que nos vamos topando en el camino... con sus necesidades, inquietudes y virtudes.

Necesitamos tenernos con convicción, creer en nosotros/as mismos/as y en nuestras posibilidades con las menores rigideces ni prisas posibles. Porque la rigidez nos vuelve exigentes y, la exigencia, ciega nuestras responsabilidades, transpira miedos y situaciones enquistadas y pone nuestra mirada y culpa a fuera, en los demás. Y no, nadie tiene ni más culpa ni más mérito que tú. Aprende de lo primero y aliméntate de lo segundo, con los pies en el suelo pero sin perder de vista tu creatividad ni ambición de inspiración.

Cuando pensamos que el mundo corre a otra velocidad, que estamos a la espera de que algo suceda, que notamos que algo sucede o resurge en nosotros/as, que no importa a nadie pero que pesa o llena mucho a uno/a mismo/a, que sentimos que hay más gente que personas o que necesitamos que algo nos ubique en cierto halo de individualismo contemporáneo en el que incluso nosotros/as nos hemos refugiado, seguramente solo necesitamos agarrarnos fuerte y recordarnos que siempre acaba pasando algo, a la vez que a veces es mejor que no pase nada, y que la contemplación, en movimiento, acaba avistando claridad y apertura en un sentido u otro. 

Nos cuesta y se nos hace pesado transitar pero, de vez en cuando, hacerlo me inspira oportunidades. Con paciencia y sin el deber de tomar decisiones precipitadas, sino simplemente sentidas, siempre se acaban descubriendo situaciones y lugares donde identificarse o donde quererse quedar, anclajes que soltar e ideas preconcebidas que reacondicionar.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Paralelismos con la naturaleza

Aunque toda persona se ve
no toda persona se hace ver
ni toda persona tiene buena vista.
Y no hablo de ceguera real
hablo de ir ciega en varios sentidos
por siempre,
por la vida
o por algún tramo del camino.

Aunque toda persona se ve
no toda persona brilla
ni a todas nos hace brillar
ni su historia misma ilumina.
La luz propia no se compra
quizás se adquiere
o solo se tiene
o no se tiene
pero si se recupera 
solita se brinda.

Todas compartimos la misma luna
el mismo sol
y hoy todo se une y a algunas nos mantiene unidas
en un evento que parece histórico
en una anécdota que unirá nuestros días.
"En 2026 esto pasó.", diremos por el camino,
y recordaremos qué hicimos
o quizás no
pero sí en quién pensamos 
cuando lo de fuera se ensombreció
y nuestro corazón mantuvo encendido.

Hoy por la noche la lluvia de estrellas
y en cada una de ellas
algunos de los nuestros que ya no están
y otras que caen o pasan de largo
para poder desear.
Hoy por el día la luna y el sol
aunque en realidad no se toquen, eso parecerá 
y eso imaginaré yo.

Como a veces pasamos unos y otros por delante nuestro
y en ocasiones parece que nos quedemos dentro.
Paralelismos con la naturaleza que merece la pena no obviar,
sin duda algo importante, impactante, especial.
Un eclipse con menor expectación fuera
que no tiene nada que ocultar,
más bien celebrar y recordar de manera certera
ya que esa fusión tuya
o más bien vuestra,
en concreto será única
y no le pasará a cualquiera.

lunes, 10 de agosto de 2026

Promesas que no valen nada

Ya se dieron cuenta "Los Piratas", al escribir su canción, de que las promesas no valen nada, a la vez que valen para ilusionar/nos. Ese es el efecto y, muchas veces, podríamos ahorrárnoslo y así, muchas otras, evitar alguna que otra decepción. Pero, ¿cuál es, de la promesa, la finalidad? Pues, seguramente, tan solo ganar tiempo de ventaja.

Cuando no nos atrevemos a algo ahora, prometemos para ganar tiempo de decisión. Cuando no podemos algo en este momento, prometemos para ganar tiempo de planificación. Cuando rezamos o deseamos, prometemos a cambio para ganar el tiempo que necesitamos para saber cómo resolverlo, al fin y al cabo, nosotros. Cuando hemos fallado, prometemos para ganar tiempo para recuperar confianza hacia nosotros de nuevo.  Cuando mentimos, prometemos por miedo. Cuando se tienen ganas pero desorden, prometemos como persuasión. Cuando se promete amor, reclamamos la misma respuesta a cambio a modo de búsqueda de seguridad que, en ello, todavía no encontramos. Etc. Pero prometer es algo ilusorio e ilusionante más que una verdad. Es una idea abstracta a futuro pero con fin inexacto. 

Yo me prometí que no iba a jurar, que iba a prometer porque suena menos divino y parece que dios, o lo que sea, vaya a seguir amparándote si no acabas cumpliendo. Reconozco, de todas formas, que a veces esa promesa no se ha acabado llevando a cabo... Digamos que, a día de hoy, podría decirse que en algunas ocasiones mentí o exageré al prometer... y, por supuesto, creo que todos/as lo hacemos y que, sin sentirnos orgullosos pero tampoco culpables del todo, nos damos cuenta de ello a toro pasado. Hemos prometido, a veces por vergüenza, a veces por miedo, a veces por protección o qué sé yo... pero, a veces, simplemente porque las personas cambiamos, también de parecer o de pretensión, no por traición a la palabra o mala intención. Cuando me di cuenta de ello, recuerdo que me prometí que intentaría ni siquiera prometer, aunque a veces seguro e inevitablemente, a modo de muletilla ante la incredulidad, lo siga haciendo. Y, sobre todo, me prometí intentar recordar todo esto antes de creerme promesas. Creí que, sin prometer, obligas a creer, a desear sin presiones y a confiar en que los tiempos de la vida desembocarán en ello o no porque será lo natural en ese momento, no algo forzado o una decepción con difícil retorno, porque "Prometer y no dar, es lo mismo que robar.".

"Quien de ligero promete, despacio se arrepiente.". Y es que no está bien querer amarrar a alguien a través de la ilusión para ganar tiempo o ventaja. Coge, suelta, resuelve o gestiona, pero sin decir "siempre" ni comprometiendo a tu yo futuro en un acto de fe. A veces las promesas suenan bonitas pero, ya dicen que, a veces "Prometen, prometen hasta que la meten." (no podía faltar esta en este texto). Me parecen más bonitas las palabras con acciones repetidas en un presente constante. Por ejemplo, dime que me quieres hoy, o demuéstrame que me quieres ahora, y no que me vas a querer... porque ambos sabemos que puede o no llegar a ser. Aprovecha querer hoy y, mañana, hoy de nuevo, con todas las letras y la boca bien grande, porque sonará más real y lugar seguro. Con más hechos en presente que ya nadie nos quitará y menos deducciones en futuro que nadie nos asegura, seremos más conscientes día a día de la crudeza o de la ternura. La vida, a veces, es más bonita en su ideal pero sabe más a oportunidad de progreso si somos conscientes de lo cambiante de su locura, actuando y aprendiendo, más que de lo que nos gustaría adquirir, de lo que hoy llevamos puesto.

lunes, 3 de agosto de 2026

¿Nos decidimos?

Constantemente estamos tomando caminos, eligiendo entre un sinfín de opciones... y es que, aunque en la vida no paremos de decir "ya veremos" como respiro mental, en realidad la vida la hacemos tomando decisiones. Una tras otra, cada una de ellas va creando nuestra historia. 

Tomamos decisiones más acertadas o quizás menos, pero tanto en los triunfos como en los fracasos necesitamos atribuirnos la responsabilidad o buena parte de ella para recibir alguna recompensa, aunque sea en forma de aprendizaje. A veces la decisión no nos favorece por no haber actuado bien, a veces por no haber valorado todas las posiciones, a veces por mala comunicación o falta de entendimiento, otras veces por escasez de objetividad o bien, en ocasiones, por influencia... pero, en cualquier caso, de nada sirve estancarse en el arrepentimiento o atribuir la culpa a causas o a personas ajenas. Con muy pocas excepciones, habría que hacerse cargo tanto de lo conseguido con nuestra decisión como de sus consecuencias, para poder crecer o ir ampliando nuestra zona de acierto.

Pero más allá de la inevitable toma de decisiones, ¿de qué forma lo hacemos? ¿De qué forma decidimos? A veces de forma más razonada y otras más por simple intuición pero, seguramente, lo que no se debería hacer sería tomarlas de forma precipitada. Y no lo digo porque pueda salir mejor o peor, sino porque algunas decisiones pierden en dificultad y resultan más claras con un tiempo de por medio. Tomar o dejar zanjadas algunas decisiones es algo lo suficientemente importante como para valorar si debemos tomarnos un tiempo de reflexión previo... o simplemente un tiempo a modo de espacio desde donde contemplar las opciones habiendo soltando antes algo de la ansiedad inicial. De igual manera que el tiempo a veces aprieta, otras nos es revelador. A veces hay que asentar algunas cosas o ideas antes de decidir, otras hay que asentar directamente la cabeza, algunas tan solo hay que priorizar la calma mental para poder llegar a decidir, equívocamente o no pero presente. 

Tomar esas decisiones de forma precipitada es probable que lo que revele es que la persona contiene algo de temor a la experiencia emocional que requiere el enfrentarnos a aquello incómodo que la situación en sí nos genera o bien a aquella indecisión enquistada. De hecho, es cuando estamos inmersos en esa experiencia de sentir cuando podemos darnos cuenta de qué necesitamos para decidir, qué sentimos real que puede ser lo mejor y de si nos resulta verdaderamente más o menos complicado hacerlo en ese momento. 

Algunas decisiones no pueden prolongarse demasiado en el tiempo, otras sí, pero tanto la decisión como la indecisión o el silencio hablan de nosotros/as en algún sentido. Al fin y al cabo, no tomar decisiones o dejarlas en tejado ajeno, no deja de ser una decisión y puede aportar comodidades, pero consecuencias de algún tipo consigo a la vez. 

Sobre eso de cuándo decidir algo, no hay nada escrito. No hay un momento objetivamente exacto en el que sea mejor hacerlo en la gran mayoría de casos, pero sí que quizás deberíamos permitirnos pensar que no siempre esas decisiones tienen por qué llegar a cerrar temas o  concluir nada. Por un lado, pensar que ese no es el objetivo ni, a menudo, una necesidad, puede limitar la presión de estar o no equivocándonos porque no siempre algo es tan irreconducible. Por otro lado, no creo que debamos creer que tenemos el poder de determinar algo de forma absoluta e irrevocable sin considerar, también, que ello se puede reactivar en el tiempo y aportar, entonces, una experiencia y una perspectiva adquiridas que ayuden a la acción de decidir... pudiendo incluso llegar a decidir otra cosa o a valorar de distinta manera aquello que decidimos en un pasado.

Por eso, no sé si hay decisiones buenas o malas sino, probablemente, más o menos acertadas en un contexto global. Pero ¿qué pasa con el contexto interno? Ese también importa y es la parte más pasional y egocéntrica de una decisión. Por eso, recuperando la idea de darle tiempo a algunas decisiones, tanto si las tomamos como si las recibimos de forma más impulsiva, tomar una decisión nos alivia por la carga mental que desahoga pero, con el tiempo de por medio, también hace visibles algunos matices en los que no pensamos antes. 

Así que creo que, la mejor decisión que podemos tomar es la de estar en paz con nuestras decisiones entendiendo, en primer lugar, que cuando tomamos una decisión nos parece la mejor de las opciones en ese momento y, por eso, también hay que tener muy claro el momento vital que nos llevó a ello. En ese momento tuvo sentido. Me parece importante tener presente eso para sentirnos mínimamente seguros y capaces, no siéndonos injustos una vez han pasado. A la vez, es importante que podamos reflexionar, desde otra época, en qué decisiones pudimos estar mejor y peor para poder extraer de ellas lo que más pueda ayudarnos a tomar otras futuras. Y, por último, creo que deberíamos ser conscientes de la dificultad que supone tomar una decisión "más decisiva" ya de por sí, para sentir valor por haberlo hecho y coraje para seguir haciéndolo con confianza.

viernes, 31 de julio de 2026

Nadie es de nadie

Nadie es de nadie y eso no significa que estemos solos. Podemos compartir con otras personas pero no tenerlas, podemos comunicarnos pero no someterlas, podemos acompañarlas pero no poseer. Podemos incluso parir y ser nuestros/as hijos/as más de la vida misma que nuestros/as aunque escueza. Y confieso que, esta reflexión en un día agridulce como es final de quincena vacacional con mi peque, me lleva hoy a este texto. Pero eso no quiere decir que me dé cuenta ahora de lo que digo, por suerte.

Que nadie es de nadie, aunque yo creía que mi madre sí que era mía por mucho que huyese de la simple idea de que ella pudiese llegar a querer atarme, lo aprendí en la adolescencia. Y es que no, no lo somos y lo interioricé conscientemente con uno de mis primeros amores. Me pegó fuerte y vivimos nuestra historia, pero nunca llegué a alcanzar con él lo que yo fantaseaba tener con esos 17 años. Él, seguramente me vio demasiado entregada (aunque nunca se me ha dado bien el filtro de saber cuánto es "demasiado" cuando sientes. Quizás eso daría para otro texto.). Yo, le vi demasiado "fluído", resbaladizo, como para que nada fuese a acabar en compromiso, aunque le gustase. Aun así, acepté por primera vez ese rol intermedio, eso sí, con mucha inexperiencia en comunicación (cosa que ahora veo fundamental en cualquier tipo de relación y más cuando se generan incomodidades). Pero, para bien y para mal, de ello siento que aprendí.

Aprendí a reflexionar a base de sentimientos encontrados, a aprender a disfrutar de esa situación de no-seguridad ganando poco a poco en compromiso conmigo misma, a contar para alguien y viceversa sin dependencia, a convencerme de que "estar para alguien" no es algo que deba ni mendigarse ni hacer por compromiso, sino por amor en la forma que sea pero a no exigir menos (aunque años después tropezaría, espero que por última vez, con una gran piedra en ese sentido. Creo a la vez que, de ello, supe salir gracias a tener claro el título de este texto.) Aprendí, por entonces, a utilizar la escritura como medio para desahogarme y, entre otros más, a que nadie era de nadie... ni en el amor, ni en la amistad, ni del todo en la familia, ni en el universo en general. Pensar así, después, me ha llevado a parecer demasiado libre para otras personas y a que eso se percibiese como amenaza a la hora de estar en pareja conmigo. Personalmente, creo y sé que, aceptar eso, no quiere decir que no puedas decidir estar con alguien cuando lo sientes, sino a que también aceptas que las cosas a veces se acaban o simplemente cambian porque, podemos querer o habernos querido, pero no nos pertenecemos. Porque, podemos intentar controlar una situación o la actitud de alguien, pero no tenemos el poder final para hacerlo.

Quizás os parece que, esa que contaba, fue una historia frustrante y con carencia inicial en autoamor, y seguramente en ese momento adolescente fuese así. Pero años después, y habiendo podido comparar perspectivas con aquella persona en cuestión y reír de todo aquello, reflexiono en positivo y creo que, entre otras cosas, si algo me enseñó aquella historia, y bastante a tiempo por cierto, fue que: a quien hay que querer y en quien hay que creer con fuerza es en uno/a mismo/a primero, que nadie es de nuestra propiedad y que debemos centrarnos en la suerte del tiempo que decidimos disfrutarnos mientras nos hagamos bien y a que, no ser tan apenas celosa, fue una consecuencia de una situación temprana que no pude controlar pero que me sirvió en positivo de ahí en adelante.

Nadie es de nadie... y lo escribo mientras pienso que quizás cada uno sí que somos bastante de nosotros mismos y nos debemos a esa condición humana pero también en forma de oportunidad. Porque, si no somos nosotros quienes hacemos por tenernos y por tratar de pertenecer, ¿quien lo va a hacer? Nadie es de nadie pero tenemos la responsabilidad de lo que emitimos y de cómo y desde dónde nos relacionamos... Siempre hay alguien para otro alguien, dicen, pero ¿por qué cuesta tanto a veces aceptar que nadie es nuestro o nosotros suyo aunque así lo digamos con palabras? Pues se me ocurre que por amor, o bien por la energía, tiempo o ilusión invertidas en la otra persona o, a veces por la frustración ante la conveniencia o el interés personal que se tuviese inicialmente aunque cueste pensarlo, o por el miedo a estar solo afectivamente hablando, por una mala gestión de la soledad con uno/a mismo/a o por la maldita inseguridad. Seguramente hay más respuestas pero todas acaban en lo mismo: en una gestión por solucionar con uno/a mismo/a más que por exigir ningún afecto a nadie (aunque alguna explicación sincera desde la responsabilidad afectiva del/la otro/a no esté de más para poder recomponerse más fácil y rápidamente).

Entonces y a modo de conclusión, si alguien es algo nuestro no puede ser porque nosotros lo digamos, es porque esa persona así lo quiere, nos lo transmite y conjugamos. Y qué bonito cuando eso pasa libremente, aun sabiendo que nadie tiene el deber ni el reclamo de ser de nadie, cuando alguien siente que quiere ser o que es algo de alguien sin ataduras, por emoción. Ponerle o no ponerle nombre ya es pura decoración o designación social. Lo que sí que creo es que igual que nos vinculamos podría suponernos normal llegar a desvincularnos... incluso llegando a sufrir el dolor, el duelo y todas las fases por las que se pasan a veces, claro. Nadie dice que sea fácil desde que somos seres que sentimos pero, asumiendo que pueda pasar aunque sea de un gran fastidio, creo que ahorraríamos en rabia, evitaríamos forzar y favoreceríamos soltar, con mayor serenidad, algunas situaciones... sin querer eso decir que sea algo gustoso.

Igual que con 17 años aprendí que nadie era de nadie, también con 17 otra persona me dijo por primera vez una frase que a día de hoy aun recuerdo y utilizo: "Nunca estará solo un corazón que ocupa un lugar en otro corazón". Quizás nadie es de nadie pero formamos parte de las vidas de álguienes y significamos en ellas... y eso es igual de interesante o más, merecedor de ser mínimamente cuidado y, sobre todo, valorado. Porque eso es lo que, falsamente o no, nos hace sentir que son o somos de alguien pero, sobre todo, que nos sentimos mejor con su acompañamiento y afecto que sin él, que la no pertenencia no se sienta soledad o ausencia de sentido y que experimentemos esa capacidad relacional de nuestra especie con más calma que ansiedad.

lunes, 13 de julio de 2026

No es publicidad aunque va de publi

Publicidad: esa carrera que casi hago en el momento más decisivo de mi vida estudiantil por ir más que perdida y esa que, de haberla hecho, hubiese exprimido mi creatividad pero "vocacionado" nada. No sé cuánto podría haber aportado en ese mundillo, pero sí tengo claro que podría haber aprendido de compras, de ventas y a venderme. Y no sé hasta qué punto me gusta la idea, así que me alegro en cualquier caso de haber escogido otro camino pero, ¿acaso no es condición del ego humano publicitarse? Hay quienes lo hacen con una imagen, otros/as con la palabra y, otros tantos, lo mezclan todo a través de redes sociales. Se rumorea que, incluso, hay quienes no saben exactamente si son más quienes son, sienten y padecen o quienes hacen ver que son... pero insisten y, a veces, les acaba funcionando en forma de admiración manipulada.

La "publicidad" designa un nombre a un concepto, a un deseo o a una aspiración: la de que alguien se fije e interese en algo o en otro alguien de forma inducida pero por decisión propia, no siempre creándose un interés real por el producto en sí, sino en la forma. Por eso, según cómo publicitamos, atraemos un tipo de público determinado. 

Otra cosa que genera la publicidad si nos dejamos llevar por ella es, seguramente, decepción. Ni lo tan grande es al final tan grande, ni la estética real tal y como la pintan, ni lo perfecto o innecesario dejará de ser imperfecto como todo o se convertirá en algo imprescindible. Por eso, sea cual sea el producto, debería leerse toda la letra pequeña y pensar en su utilidad real en nuestro contexto, distinto a cualquier otro al fin y al cabo; conlleve eso el tiempo que conlleve, ya que hay aspectos que no se nos muestran a los ojos durante ese tiempo de publicidad y que vale la pena analizar. Creo que, para ello, hay que tener en cuenta que, los ojos con los que miramos, no son más ojos que nuestra mente, la que realmente observa y revisa.

La publicidad se da en un instante. La publicidad se da en un instante en el que te convence o no te convence pero, un instante que repetido en el tiempo o repetido con constancia, te capta o te pierde, te atrapa o la odias. Y digo "te capta" y no "te gana" porque hay una diferencia abismal entre lo que te elige y te convence de que lo elijas y lo que eliges personalmente y de verdad. Y, de nuevo, cuidado con si lo que te capta es una nueva cafetera, el plan de la plataforma de música compartida con amigos o bien una persona. Para escoger, deberíamos mirar y escuchar a nuestros sentidos (más influenciables), pero sentir desde el punto de vista y el ruido de nuestra propia mente (más sabia), que es la que ha seguido nuestro recorrido hasta hoy.

Pero no quiero que parezca que todo es negativo alrededor de la publicidad, creo que también tiene cosas buenas, y es que nos hace reflexionar de forma inconsciente volviéndonos más conscientes, ya no tanto sobre el producto en sí o en si está este más o menos sobrevalorado, sino en nuestra forma de dimensionar la realidad, la estética, "los targets" o las palabras según nuestros objetivos. Nos aporta consciencia sobre nuestra forma de darnos cuenta qué tiene más peso en nosotros a la hora de desear, de ansiar o de dejarnos convencer y en qué orden y medida tiene influencia cada uno de esos puntos para nosotros. A veces nos equivocamos y apostamos, invertimos y almacenamos algo que no estaba hecho para nuestro día a día. A veces, aprendemos de ello y de ver la publicidad como un arte en el que algunas personas tienen un verdadero don, pero desde el punto de vista de espectador consciente. Creo que todos/as de alguna manera publicitamos, por costumbre, por creencia o por contagio, y nos publicitamos, por ganas de ser descubiertos, por ambición o por necesidad. 

El otro día tenía la TV encendida de fondo y en ella aparecieron unos anuncios publicitarios. Había activado el piloto automático de TV como compañía más que como oferta en divulgación. De repente, escuché una frase que captó mi atención. Y, ¿por qué? Porque resonó conmigo. Creo que esa es la clave principal de la publicidad... crear vínculo emocional para despertar interés. "No se trata de ir más lejos, sino de llegar más cerca.", decía. Instantáneamente, un anuncio sobre alojamientos que no me interesaba hizo que su eslogan, neutro, directo y traspolable a otros ámbitos como el social, conectase conmigo, hasta el punto de llevarme a escribir este texto. 

Así, el texto de hoy no pretende captar, convencer, ni crear una necesidad a nadie, sino: 1- Fomentar la reflexión acerca de cuánto más o menos tenemos de vendehumos, cuánto potencial confiamos que tenemos para ser exitosos/as siendo como somos fuera del escaparate y cuánto más o menos nos esforzamos por ser aceptados llamando la atención, copiando o intentando contentar. Y 2- Acercar la idea que me surge del eslogan del anuncio: quererlo y provocarlo todo para conseguir algo, puede llegar a ser útil en cierta medida, con cierta efimeridad y con el peligro de que la caída sea más dura pero, obtenerlo descubriendo desde cerca, puede conllevar tiempo e inversión, pero a la vez conectar desde la conciencia que lleva a querer quedarse o defender que esa es, o la mejor, o una de las mejores marcas.

jueves, 18 de junio de 2026

Lo de detrás de lo indecible

¿Quién no ha tenido un secreto o a intentado tenerlo alguna vez? Seguramente, tarde o temprano acabó destapándose porque hay gente a la que gusta más el chisme por sentirse centro de algo que el respeto hacia la intimidad discreta que se crea entre unos pocos. Dicen que los secretos tienen las patas cortas pero también muchos secretos se habrán ido a la tumba. Y, ¿por qué a veces no decimos cosas que en realidad querríamos poder gritar, cuando nos causan sentimientos, nos remueven o nos reviven, pero lo decidimos callar? En ocasiones por vergüenza, a veces por miedo, a veces por ambas... y a veces por el miedo de dañar a alguien/es. Y el que no dice algo por no dañar a alguien, daña, aunque igualmente iba a dañar diciéndolo, al menos de forma precipitada.

Hoy me han contado un secreto, desde la ansiedad que ya no podía callar, desde esa confianza extraña que a veces solo se crea con (casi)desconocidos por la desconfianza que nos crea a veces compartir entre los que estamos conectados en la experiencia de habernos sentido juzgados. Sentirse juzgado por un extraño pisa pero pasa, sentirse juzgado por alguien a quien aprecias, pesa y se posa. Hoy, alguien me ha contado que estaba enamorándose de "un amor prohibido" y que temía, sobre todo, que una persona muy cercana a ella pudiera enterarse porque no quería dañar sus sentimientos. Yo, al principio no estaba entendiendo nada, me parecía extraño el convencimiento de no poder explicar que dos personas se estuviesen enamorando. ¿A quién podía dañar eso? ¿Hay algo más bonito y que se debiera respetar y admirar más que el amor? Pero enseguida lo he entendido todo: Alguien que ama, con su amor o forma de amar, puede dañar a alguien que lo ama. Indirectamente, consciente o inconscientemente, sin culpa alguna... pero esperemos, como me ha parecido en este caso, que con sensibilidad.

Los vínculos y los tiempos, a veces nos hacen rehenes de situaciones que nos atrapan. El grado de intimidad y de cariño por alguien y el cuándo suceden o se comparten algunas cosas ("quién primero o quién después", "qué significas tú para mí o qué significaste", "si había expectativas ante la situación, o bien idealización o nada de ello", etc.) nos lleva a repensarnos la manera de cómo poder hacer que todos/as los implicados salgan lo mejor posible de una situación así. Si esta chica se hubiese avanzado en el tiempo a explicar su historia a la persona a la que ahora no quería dañar (y eso solo hubiese podido pasar si su historia hubiese pasado mucho antes en el tiempo y resulta imposible), ahora seguramente no estaría agobiada por la idea de estar dañando a alguien por amar a otro alguien, porque no estaría sucediendo aun la historia como ahora mismo. Pero todo, confluyendo a la vez y haciéndolo también en el tiempo, está creando amor por un lado y agobio absoluto por otro.

A veces queremos desaparecer porque no es que no queramos dar explicaciones, es que necesitamos un paréntesis de reflexión para entender los primeros lo que sucede para luego poder expresarlo lo mejor posible. Todo ello junto a un acto de fe en la capacidad de los demás de ponerse en los zapatos ajenos, sin descuidar los matices y no solo la idea genérica. Mucha fe en realidad. Esto le estaba pasando hoy a mi semiconocida, pero esto pasa hasta en las mejores familias, entre padres e hijos, entre parejas, entre amigos o amigos con derecho a roce o incluso entre compañeros/as de trabajo. En muchas ocasiones, cuando alguien expresa no querer dañar a alguien es que le va a dañar pero quiere encontrar la manera de cómo dañar menos, dañándose a sí mismo más si cabe de por medio, para conseguir llegar al momento en el que considere que el daño global puede ser más leve en el desenlace para todos. Eso teniendo en cuenta que alguien no se adelante de por medio, pisotee ese esfuerzo por afán de protagonismo y heroicidad, y arruine algo que podía acabar resolviéndose de una mejor forma. Abajo "los metiches".

Puede que una persona que no dice pero sí está buscando la manera de decir, no sea egoísta, ni cobarde, ni desleal siempre, sino que esté pasando por varias fases (autoculpa, introspección, interconciencia, autocompasión, reflexión, resolución...), depende de cuál sea el caso. Me parece que antes de juzgar también podríamos pensar que esa persona es alguien que justamente quiere, que trata de proteger de alguna manera se equivoque o no y que sus tiempos pueden ser un acto de sensatez frente a lo contrario, que podría ser lo impulsivo o lo irresponsable emocionalmente hablando. Equivocarnos o meternos/vernos metidos en pequeños líos a veces forma parte de la condición humana pero, en la resolución del caso, puede estar la diferencia.

Por un lado están aquellos/as que necesitan pensar en cómo comunicar y así hacerlo. Por otro, aquellos/as que prefieren llevar siempre el muerto encima pero callarlo por, seguramente, sentimiento de culpabilidad que no creen que les represente, que les avergüenza y que deberían revisar. Pero también están los/as que hacen ghosting, huyendo de la incomodidad y haciendo sentir a los demás alguien sin importancia, aunque no fuese así pero prefieran esa técnica de escapismo. No supieron hacerlo mejor, pero qué injusto que a veces nos quede mejor recuerdo de esos que de quienes hicieron por afrontar o dar espacio a las emociones ajunas por poco que fuese.

Finalmente, después de haber escuchado con atención a mi semidesconocida, le compartí que, se descubriese o no su situación, me parecía coherente cómo estaba actuando. Estaba omitiendo información con prudencia para encontrar la mejor manera de poder asumir esa situación amorosa entre todos/as. Su enamoramiento me parece bonito, pero también puede que contenga algo de romanticismo la delicadeza de comerse la cabeza por no querer dañar a alguien que siente por ella y seguro que de la gestión de ello aprende y crece. El trato de lo indecible, creo que dice algo de uno/a mismo/a y de su manera de gestionar pero, con reflexión y análisis, puede decir también mucho a uno/a mismo/a.