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viernes, 12 de junio de 2026

¿Más vale solo que mal acompañado?

¿Más vale solo que mal acompañado? Lo decimos, lo repetimos, sobre todo desde la adultez, como queriéndolo asumir a modo de tatuaje en la consciencia, a modo de escudo protector teórico. Porque ya se sabe que la repetición lleva a la costumbre y la costumbre la relacionamos con la identidad. "¿Y quién soy yo, persona adulta, sino alguien capaz de relacionarme con capacidad de no ser dañado? ¡Ya he sufrido demasiado y me he sacado un máster en controlar con la cabeza los impulsos o mazazos que llegan al corazón!" Supongo que así intenta autoconvencerse la mente de alguien que, con este tipo de argumentos intenta aparentar madurez, ese término tan amplio como subjetivo, que nos atemoriza no tener pasados los 30. 

Pero, seguramente, es pasados los 30 cuando menos buena compañía podemos encontrar, a la vez que de la buena la mejor cuando la encuentras entre un millón. Y no es que todos estemos tarados, es que: a) La mitad seguramente sí por traumas del pasado mal gestionados contra los que todavía intentan luchar y que, al no poder y no aguantarse a ellos/as mismos, buscan compañía que se los resuelvan o a quien atribuírselos o desahogarlos y en realidad acaban con la paciencia y el desquicio de otros con egoísmo; y b) La otra mitad no, pero han vivido tantas atribuciones de quebraderos de cabeza ajenos que asocian la idea de socializar a pensamientos igual de atractivos como asociados a la volatibilidad que poco quieren en sus vidas, desde tentativas añadidas de desconfianza y distancia.

Pero lo cierto es que nuestro cerebro no está programado para que estemos solos o para soportar más la soledad que la compañía. Somos seres sociales y también hemos tenido buenas o bonitas experiencias, fugaces o duraderas, que nos llevan a intentar conectar. La mente tiende a quedarse más, y por suerte, más con lo bueno que con lo malo que, aunque se recuerde, suele ir perdiendo intensidad o lo bueno a exagerarse, y sino, con una canción nostálgica de fondo lo puede conseguir. Con mil escudos y mejor o peor armados, pero nos buscamos. Buscamos individualidad pero también sentirnos importantes o parte del equipo para alguien... o para el grupo. Y toda esta introducción la he hecho para llegar a este punto. Este texto no va de amor tan solo, va también de estrategia, de cómo la gente vive el grupo y está dispuesta a comportarse según el fin. Al fin y al cabo, de como a veces la gente solo se relaciona en grupo o bien hace equipo. 

Pertenecer a un grupo nos da identidad, sensación de pertenencia, de aceptación y de respaldo. Pero en un grupo, a veces, (y nunca reconoceré que en los míos sea así porque los míos son los mejores y llenos de gente sana permanentemente y sin excepciones ;) ) se crean dinámicas chungas. En los últimos tiempos (seguramente pasados esos 30 años, para unos de esplendor y para otros traumatizantes, de los que hablaba antes) he observado y experimentado algunas de esas dinámicas inquietantes, repelentes e incluso destructivas. Voy a resumir 4 de ellas y, después, la clave, seguramente, para cualquier dinámica relacional sana. Empiezo por las dinámicas chungas:

1) "Follow the leader": En esta, una persona es la líder y es seguida por el resto más por admiración de lo que "quise y nunca llegué a ser" que por su verdadera amistad, que no tienen por qué no tenerla, pero dentro de un ambiente inquietante de poder y admiración involuntaria que, a la vez, ya le va bien al/a la otro/a. El grupo (personas con cierta falta de autoestima, de liderazgo o de personalidad) idealiza a esa persona que les hace visibles en el mundo y, la persona líder, puede ser buena o jugar, sobre todo a que sus decisiones se impongan sin tener apenas que argumentarlas. Y eso marca la diferencia de cómo pueda evolucionar esa amistad en sí, si ganando todos/as a partir del modelaje y reforzando el autoconcepto general, o bien jugando con personas que sienten pavor a no sentirse parte de algo y se aferran a un clavo ardiendo, convirtiéndose en algo súbditos en tiempos modernos.

2) "Lobo con piel de cordero": Una persona o unas pocas es/son líder/es y es/son seguida/s por el resto más porque al resto le da miedo tener a esa/s persona/s en contra, que por vínculo real. Son grupos que giran en torno a parte de buen rollo y parte de falsedad y que, normalmente, acaban sumiéndose en critiqueos. Primero iniciados por "el pastor" (quien destaca en poder de convicción y decisión sobre el resto) y seguidos por el rebaño. Y, después, el rebaño, por agradar y ganarse el buen rollo del líder, sigue los rumores y el chisme al ver que al pastor le gusta estar enterado de todo para controlar mejor el cotarro. Primero son critiqueos externos y eso une, porque nada une más como gener un enemigo en común. Pero tarde o temprano, lo hacen entre ellos/as mismos/as. "Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar". Eso se debería tener en cuenta muchas veces y más aun si se ha visto alguien enmedio de una dinámica así. Mejor salir aunque se tenga que ser criticado por ello.

3) "Por interés te quiero Andrés": Personas movidas por intereses. Intereses del status que te otorgue pertenecer a ese grupo, de opciones de escalada social o laboral o bien más místicos y relacionados con el robo de energía de otros, por ejemplo. Los primeros, un poco trepas o sin escrúpulos muchas veces y, los últimos, más cercanos a trastornos narcisistas. El grupo de los primeros, no tiene nada que perder pero tampoco demasiado que ganar, al menos no una amistad real aunque, por un tiempo, seguramente sí alguien a su lado leal. Por un tiempo (hasta conseguir lo anhelado). En el último caso, el de los vampiros de energía, acaban siendo rechazados, pero por el camino han mareado y machacado a los demás, seguramente a personas con bastante serenidad, calma y bondad. Justo eso es aquello que esos seres envidian y ansían y, al no ser capaces de sentirse ellos también así, intentan destruir la de los demás para no sentirse ellos tan minúsculos y desgraciados. Terapia real o expulsión creo que son la única solución.

4) "El reality show de la amistad": Personas que, más que en un grupo, están en un juego constante de poder. Todos/as quieren ser la cabeza más visible y con más poder del grupo y conocen más o menos las fortalezas y debilidades de unos y otros. Siendo así, van aliándose, según el momento o el contexto, a quien más fuerza le pueda sumar en ese momento. Bajo, mi parecer, son relaciones bastante falsas en las que un día el/la que era tu gran amigo/a resulta que mañana puede dejarte en segundo plano, aunque sin retirarte del todo su amistad por si acaso, porque le interesa más otro/a. Su fidelidad hacia ti entonces resulta dudosa pero su amistad no descartable porque, a la vez, a uno/a misma le puede volver a ser beneficiaria... y así se entra en una rueda y un enganche en que hoy uno se puede sentir el amo y mañana ir a remolque y jugar para volver a ser el amo porque, poderse, con táctica se puede. Se aprecian todos/as pero la amistad les sirve, en primer plano, para utilizar y aparentar y, en segundo, para disfrutarla. Son grupos que suelen durar por la bondad y generosidad de ese o de esos pocos a los que, cuando se percatan de ello, no les importa quedar en la sombra de aquellos que necesitan destacar y ejercer el rol de rescatistas de aquellos que no brillan o a quienes no se acoge tanto en un momento dado. Todos en este tipo de grupos acaban aceptando el juego porque algo ganan, ya bien sea reconocimiento o simple compañía.

Y, bien, por supuesto, siempre hay grupos buenos, tanto grandes como pequeños, sobre todo los no demasiado grandes. Pero ni estos se libran de épocas con dinámicas más sanas o más tóxicas ya que, al final, somos personas, con nuestras taras, luces y sombras, y momentos y Momentos, las que los formamos. Pero, lo que creo que marca la diferencia entre un grupo algo podrido de un grupo bueno, es la comunicación. Una buena comunicación, sincera y directa, sin ofendidos y ofensores, sino con personas que viven el grupo más desde el corazón que desde la cabeza y que hablan, escuchan, sostienen, aceptan, aclaran, ríen y lloran, desde el desinterés de nada más que conectar, entre personas distintas y en evolución, todo aquello que en positivo sí resuena, remueve o inspira. Eso se pasa el juego de grupo incluso y hace equipo.

Desde luego, más vale solo que bien acompañado. Y qué bien le sienta cierta soledad a todo el mundo en alguna época o ámbito de su vida. Pero, seres en positivo que comparten y unen enegías, suman en la vida y en sus vidas y eso es brutal. Siempre pienso en que siempre hay alguien para alguien y que, no hace falta buscar pero que, cuando se encuentra, se debe de saber cuidar.

martes, 28 de abril de 2026

Que no se vaya la luz

Hace un año que se fue la luz, literalmente. Lo recuerdo porque fue el cumpleaños de mi amiga Marta. (Felicidades Marta, te quiero.) Teníamos plan, se fundió el día, la ciudad continuaba entre el caos de algunos y la alegría, en el fondo, de muchos. "¡Que se quede así unos días! Adiós tecnología." Decían otros, hartos de ver que el brillo de las miradas cada vez estaba más en el reflejo de las pantallas que en lo tangible o terrenal. Pero la celebración de Marta no era en una pantalla, iba de un local en el que debíamos tener cuidado con el bordillo de la puerta al entrar y de abrazos y cánticos al encontrarnos, así que no se vino abajo. El faro de mi moto siguió el caminito poco a poco algunos kilómetros hasta el destino porque, como ya se sabe, la verdadera luz la ponen los corazones por oscuro que sea el entorno, y mi amiga se lo había currado, sobre todo en ilusión. Finalmente resulta que volvió la luz a los fluorescentes, y la electricidad en general, y la anécdota del día nos sirvió para recordar que, aquello, suponía comodidad y facilidades, pero que lo esencial, como dicen, es invisible a los ojos.

Y aquí podría acabar mi texto de hoy, sin embargo, creo que la idea de hablar de esa luz con posibilidad de expansión no debe desaprovecharse. Creo que hoy en día somos muy tendientes a llevar nuestro farolillo, con la atención puesta en que este no se apague, pero encerrando la llama. Creo que nos falta cuidar más la chispa que nos encendió o la que un día puede hacerlo y dirigir más la mirada hacia la hoguera en la que puede participar, esa que puede permitirnos crecer. Ese sentimiento de comunidad que se ha ido desvaneciendo y que a la vez tanto anhelamos en momentos de flaqueza, requiere de cuidado. Requiere de enfocar a las oportunidades más que en buscar culpables en las derrotas o de recibir sin olvidar dar el calor que dilate la posibilidad de encontrar soluciones y respuestas más sólidas.

Y, ¿por qué, como aquel 28 de abril de 2025, esperar a que algo incómodo o algún contratiempo suceda para acordarnos de todo eso? Porque ahí nos volvemos todos vulnerables y el egoísmo deja de ser un aliado. Por necesidad. "Tranqui, te presto mi cargador portátil", "Tranqui, vente yo te llevo", "Tranqui, yo te lo pago hoy", "Tranqui, puedo hacerte yo la cena", "Tranqui, te ilumino con mi linterna y te sostengo con mi vela...." No cada día se va la luz y podemos volcarnos en ofrecer ayuda, comunidad o facilitar un poco el mundo frente a las adversidades, pero sí que el día a día, aun con luz solar, es bastante fastidiado para muchos corazones a medio gas. Deberíamos poner a disposición del día nuestra mejor versión, la que más pueda brillar y hacer brillar dentro de nuestras posibilidades, para no apagarnos entre nosotros y acabar siendo una sociedad menos tenue, más lucida.

jueves, 26 de marzo de 2026

El ¿aburriqué?

El aburrimiento no es siempre un estado que llegue por unos mismos hechos o por una misma forma de inactividad. El aburrimiento tiene que ver con el contexto, con las expectativas y con el estado anímico. O, mejor dicho, con las oportunidades que te inspira el contexto, con las elevadas, o bien irreales, expectativas, con la regulación emocional ante la nada o la voluntad de ver todo o mucho en nada, en lo repetitivo o en lo familiar.

El aburrimiento también tiene que ver con el estado propio, con la relación con uno/a mismo/a. A veces, con la necesidad de sobreestimulación ante algo que, de entrada, no lo pide o no lo ofrece. Digamos que, hoy en día, parece que lo simple, lo silencioso, lo laborioso o lo no compartido nos lleva a un sentimiento de hecho aburrido. Como si vivir algo sin un fin exacto, sin un reconocimiento externo o sin apasionamiento, lleve al fracaso del gozo. Como si el camino, el probar o la contemplación, fuesen una pérdida de tiempo sin una misión visible al público. 

De hecho, ¿dónde se siente el aburrimiento? ¿En la cabeza? ¿En el pecho? ¿En el ombligo? Pues puede que me equivoque, pero creo que se siente en la barriga: en forma de ansiedad, en el pecho: en forma de ahogo y en la cabeza: como confusión en la percepción de posibilidades en el ahora. Al final, lo que lleva a aburrirse seguramente sea una alteración mental provocada, en su base, por la poca tolerancia de soporte de uno/a mismo/a, una falta de estrategias personales, o bien una costumbre a lo inmediato, a lo fácil y a lo rápido que hacen de la quietud, de lo lento o de lo que precisa ser pensado, algo incómodo.

Hay momentos que requieren de calma, suavidad y sentidos para que sean disfrutables ampliamente. Hay momentos que no tienen una finalidad, tan solo ganas de sentir el momento o el propio sentimiento, incluso aunque punce, y que se acaban traduciendo en experimentación, en descubrimiento o en estimulación. Momentos que empiezan para matar ese agobio al que llamamos aburrimiento y en el que, gracias a esa misma sensación, se abre un canal interno bien rico y pura inspiración. Es decir, quien se aburre es porque quiere o, quizás, porque lo necesitaba para llegar a descubrirse.

Lo que ahora está siendo aburrimiento, antes pudo haber sido (o le pudiste haber llamado) un momento de descanso, de tranquilidad, de contemplación, de recarga... Si ahora lo sientes aburrimiento, no trates de juzgar el entorno o a quienes te rodean ya que, seguramente, con quien debes hablar es con tu mente. El aburrimiento mismo es una oportunidad para frenar, bajar revoluciones, aprender a escoger o tomar decisiones. El aburrimiento dice más de ti que de lo que te rodea. ¿Lo bueno? Nunca es tarde para reconciliarse con el propio aburrimiento y transformarlo en serenidad y, quizás, incluso disfrute.

miércoles, 8 de octubre de 2025

El contexto interno importa

El otro día volvió a pasar. A lo largo de este tiempo, mi hijo ha ido aprendiendo de mí y de los demás que le rodean y volví a encontrarme con una situación que me obligaba a reflexionar. La típica situación en la que un niño pequeño parece que trate de manipular pero en la que, lo que hace, es simplemente copiar formas, ponerte en efecto espejo para salirse con la suya o conseguir lo que quiere desde una capacidad cognitiva ya más desarrollada. Sin que lo sepa, genera en ti la necesidad de complementar la crianza por instinto con algún que otro momento de revisión i reflexión. Recuerdo la primera vez que viví eso de lo que hablo, aquella primera vez en que, siendo algo más limitada la comprensión del niño, traté de poner límites expresando que "aquello que estaba haciendo, hacía daño al corazón de la mamá". Algunos días después, se convirtió en la frase estrella que él utilizaba para justificar su ira y tristeza ante decisiones mías que le hacían sentir derrota o frustración. Mientras él decía "Esto que me dices o que no me dejas hacer me hace pupa al corazón" para intentar que fuese más permisiva en algún momento, yo pensaba "Oh no, ¡se me ha girado en contra la estrategia comunicativa!". Y quizás no era así, quizás simplemente era que el cerebro del peque había evolucionado ya hasta un punto en el que hacía falta reconsiderar la utilidad de mis palabras dentro del objetivo principal: optimizar la gestión conductual ante el conflicto. Quizás había sido una estrategia temporal que ahora exigía cambio. Pero, en el ejercicio de pensar qué no funcionaba como anteriormente en ella, fui un poco más allá y me pregunté: Es que, ¿era realmente el acto del niño lo que a la mamá le ponía triste, nerviosa o hacía sentir frustrada? 

Llegué a la conclusión de que mi estrategia derivaba de la necesidad propia de hacer llegar a mi hijo que aquella acción suya no llegaba de forma positiva a mí, sino que causaba emociones contrarias. Pero, sinceramente, el hecho en sí mismo, muchas veces no tiene tanta carga real como para impactar de la manera en que lo exponemos, sin embargo, le añadimos peso para generar esa atención necesaria en el otro, para reconsiderar lo dicho o hecho que solo una alerta tiene la capacidad de provocar. Así que, lo que a veces comunicamos, no se ajusta exactamente al kit de la cuestión y, quizás por eso, no permitimos que empaticen realmente  con nuestra inquietud. La clave está en comunicar a partir del contexto, concretamente en el contexto interior... y eso supone hablar desde las necesidades que uno tiene ante una situación, más que entrar en el bucle de lo que nos ha generado conflicto o de las formas de gestión ajenas.

Por ejemplo, el otro día estaba en el vestuario de la piscina con mi hijo y este estaba alzando la voz contento e ilusionado por estar con un amigo suyo. Cada vez que yo le escuchaba alzar la voz pensaba que el niño no estaba excediéndose, sinó que escuchaba un niño alegre alegrando el rato a los demás. Alguna persona sonreía, otra comentaba... Sin embargo, una mujer que andaba por allí empezó a resoplar y a expresar descontento ante ello. ¿Por qué una misma situación puede causar efectos tan contrarios? Aquella señora hubiese reñido a mi hijo si por ella hubiese sido y, si le hubiese dicho que no estaba respetando a los demás o que estaba molestando no hubiese sido del todo justa, ya que a la mayoría no nos estaba generando eso mismo. Así, si más allá del hecho analizásemos el contexto interior de cada una, seguramente nos daríamos cuenta de que la diferencia, la base del conflicto, estaría en las necesidades de cada una en ese momento ante esa misma situación, más allá de la conducta del niño en sí. Seguramente mi necesidad en aquel momento era la de sentir alegría por mi hijo al cual había visto algo triste anteriormente y al cual necesitaba volver a percibir disfrutando. Seguramente la necesidad de la mujer era la de descansar la mente y estar en calma tras una jornada laboral intensa o una temporada amarga. Así que, en el supuesto de que la mujer se hubiese dirigido a mi hijo creo que hubiese sido mucho más efectivo trasladar la molestia, no solo desde la queja, sino desde la demanda por necesidad, para dar la oportunidad a la otra persona de empatizar y poder cambiar la conducta desde la no-culpa, sino desde la posibilidad de cambiar esa situación con unos argumentos con los que hubiésemos podido conectar. Pero nos cuesta hacer eso... y más con desconocidos, porque aun nos resulta extraño recibir explicaciones sobre necesidades de personas a las que no conocemos pero con las que, por contra, sí compartimos espacios y momentos.

Personalmente, esto de lo que hablo lo había llevado a cabo muchas veces en el mundo adulto pero, en el mundo infantil, creo que muchas veces se escogen vías rápidas y fáciles de comunicación para hacerse entender o respetar más deprisa que profundamente, más desviando la atención que atendiendo las necesidades que hay detrás de un conflicto en sí. Pero los niños también sienten y necesitan comprender lo que sienten para aprender a autorregularse poco a poco. Qué mejor que hacerlo desde el modelaje ya que, lo que hoy parece que no entienden, mañana ya lo han integrado en sus dinámicas.

Creo entonces que, ante una situación incómoda o desagradable para nosotros, podría ser más adecuado ajustar lo que expresamos acerca de las emociones que esta nos provoca, partiendo de las necesidades del contexto interior de cada uno ante esa situación. Atribuirle a alguien la responsabilidad de estar haciéndote sentir mal sin analizar nuestro estado en el momento en que lo recibimos, puede no ser del todo justo. Entre adultos solemos darnos cuenta de ello aunque no todo el mundo lo apliques. Pero, ¿qué tal ser más concretos también con los niños? Creo que funciona a modo de educación constructiva, basada más en la reflexión y la argumentación que en la culpa y el reproche por sistema. Así, los adultos deberíamos tener el compromiso con nosotros mismos de saber identificar nuestras necesidades (sean estas momentáneas o generales) para poder trasladar queja, disconformidad o disgusto con la responsabilidad de hacer introspección de nuestro estado en ese momento de conflicto: de si nos está afectando más o menos porque realmente hay una conducta inadmisible por corregir o de si hay algo interno nuestro que añada drama o intensidad a la situación.

A modo de ejemplo: "Yo no estoy triste porque tú hayas rallado la pared con colores (algo que puede ser atractivo para un/a niño/a), sino que estoy triste porque mi necesidad es la de orden y limpieza del hogar y esa acción no va acorde a ello, generándome malestar. ¿Quizás podemos estar de acuerdo con que la casa está mejor ordenada y limpia, que esa no ha sido la mejor de las ideas y con que podemos buscar otra alternativa donde colorear?". Y, en el contexto adulto igual: "¿Me pone triste que pases de mi y no contestes a mis mensajes?"- por ejemplo.- "Quizás lo que me pone triste es no poder subsanar mi necesidad de recibir cariño por tu parte porque eres alguien especial para mí y encima estoy falto de cariño en general. Pero tú no generas mi malestar porque hayas querido dañarme directamente o porque sí, sino porque tu contexto interior era distinto al mío. Lo más probable es que tus necesidades de desconnexión, por ejemplo, hayan generado en mí enfado, decepción o intranquilidad, porque justamente lo que yo necesitaba era lo contrario: atención y cariño por tu parte." 

Tanto en el mundo infantil como en el adulto, creo que las situaciones más comunes en un desencuentro pueden venir causadas por frustraciones, miedos o inseguridades, carencia de liderazgo o de atención, celos, envidias... Así que creo que, utilizando un vocabulario adecuado para cada edad, podemos llegar a entendernos. Si a la hora de comunicarnos pudiésemos ser sinceros y reconocer el foco de la cuestión de nuestro malestar en la necesidad de fondo que ha quedado sin cubrir con la acción del/de la otro/a, creo que podríamos evitar hablar desde el victimismo y la culpabilidad, pasando a fomentar empatía y colaboración en el bienestar mútuo. 

No digo que sea fácil, y mucho menos que lo sea la comprensión de ello para un/a niño/a. Soy la primera a quien repiten constantemente que hablo demasiado con mi hijo, que le doy demasiadas explicaciones ante un conflicto, así que puede que me salga fatal. Tengo poca idea de niños en etapas tempranas y voy improvisando por instinto y desde el amor. Pero sí trato diariamente con niños/as algo más mayores y veo diferencias entre los que traen un trabajo hecho en gestión de conflictos y los que no. Por eso, hoy por hoy pienso que puede ser una vía para enriquecer la educación emocional a largo plazo.

lunes, 11 de agosto de 2025

El secreto de las vacaciones

Las buenas vacaciones van de dejar de sentir tanta carga mental latente. Las buenas vacaciones van de paz mental, de mayor tiempo libre (que viene de libertad), de menor golpe de reloj, de comer relajado y de caprichos lentos o con peso emocional. Las buenas vacaciones hacen ganar en salud (como mínimo mental) y hacen perder la noción del tiempo en algunos momentos... y qué gusto por favor. En las buenas vacaciones pasan vivencias u ocurrencias que explicaremos durante años y otras que "lo que pase en Vacacioneslandia (o llámale "X"), se queda en Vacacioneslandia (o "X")". Las buenas vacaciones saben siempre a poco aunque cundan mucho, cunden incluso cuando no se tiene nada concreto por hacer y hacen que nos nutramos, curtamos y/o aprendamos a través de una observación más consciente y de un disfrute más intenso o frecuente. Las buenas vacaciones, ya se sabe, no van de dónde, sino de cómo y de con quién. Mejor compartirlas con los mejores o, sino, por cuenta propia... porque la energia compartida debería sumar y, en vacaciones, no hay ni tiempo que perder ni motivación que restar. Pero, sobre todo y como decía, creo que van de "cómo" porque, con compañía en ellas o no, van de actitud y de saber aprovechar del lugar o de lo que se haga... con mirada curiosa y romantizada, con mente amplia y alegre y con corazón disfrutón y generoso. Porque estar de vacaciones no es lo mismo que sentirse en vacaciones... y de eso realmente van.

Cosas como escribir esto hago yo en un tren de vuelta... de estas vacaciones que aun no acaban :)

jueves, 26 de junio de 2025

Se viene

Se vienen las vacaciones. Hace años, no tantos de hecho, eran solo foco de alegría, de descanso y acción a partes iguales, de motivación y de creatividad sin fin. Desde hace un año aproximadamente, las vacaciones son todo eso pero, entre el sol y yo se instala una nube: se llama custodia compartida. En periodo vacacional, siendo este para mí bastante largo y libre, se hace duro a veces pensar que podrías estar disfrutando de tu hijo y él de ti más que nunca, haciendo planes increíbles y cogiendo más energía juntos que nunca. Pero no, eso solo podemos hacerlo a tiempo parcial, la mitad del tiempo, como durante el curso nos ha ido pasando pero durante periodos más largos, tanto los presentes como los de ausencia.

Pero, ¿sabéis qué? Siento que algo está empezando a cambiar en mí, quizás ya por el hartazgo de miedos, inseguridades y desprecios aceptados que llevo encima desde que decidí separarme o incluso desde antes. Creo que me estoy haciendo fuerte... sensible de corazón pero más fuerte de mente (para prueba, que esté escribiendo esto). Y no, no fría, nada fría de hecho, solo con ganas de poder seguir teniendo la oportunidad de disfrutar la vida así como vaya viniendo y decidiendo. No había estado más sensible desde mi adolescencia, de lágrima fácil, pero empiezo a no sentirme frágil y sí capaz de llevar esto sin quererlo pero con firmeza, sin torturas pero con ganas de comerme el mundo hasta donde este se deje dentro de mi relativa ambición. Ganas de disfrutar cada momento y pedacito de vida que me sea disfrutable y de gestionar lo antes posible y mejor que pueda/sepa esos momentos de mierdx (dentro de la realidad de cada uno) que la vida me ha demostrado que, aunque merezcas cero, existen. C'est la vie, ¿no?

¿Sabéis qué también? Si algo he aprendido durante este tiempo y que me sirve pensar para este y para cualquier otro contexto en la vida es que si algo no puedo controlar, solo me queda soltar, confiar y dejar que suceda lo que tenga que suceder. El verdadero control solo se debería ejercer en mantener esa esencia, que al menos de mí, siempre me ha gustado tanto: la positiva, la reparadora, la motivada, la desde el corazón y desde el amor, empezando por uno mismo y repartiendo a quienes te cuidan, te quieren, te motivan, inspiran y te hacen la vida tan fácil, bonita y tranquila como se pueda... para que todo, como suceda, se lleve lo mejor posible.

Si la vida son decisiones y a veces seguramente nos equivoquemos en algunas de ellas y paguemos sus consecuencias (tanto las buenas como las malas), quiero no dejar de decidir nunca seguir buscando el lado bueno de las cosas y la felicidad en cada resquicio o pequeño acto que surja de la bondad. Al final, con la separación, perdí algunas esperanzas que tocaba perder, algunas ilusiones que parecían ser alucinaciones y algunas creencias que seguramente solo fuesen fruto de lo que quería creer. Perdí un amor, dañino en demasiados sentidos que lo hacían un sinsentido, y encontré el recuerdo de un enamoramiento con mucha intención, el desamor impotente por el camino y un penoso final. Pero también gané, y ese era justamente el principal objetivo. Gané el autoamor y la validación que tanto me hacía falta recuperar y que es imprescindible. Seguro que mi hijo prefiere y merece una mamá así, la que estoy recuperando actualmente, así como seguro querría para mí que, dentro de lo que puedo controlar, me permita disfrutar con y sin él. Porque si algo sí sé es que eso se acaba convirtiendo en energía en positivo, en amor acumulado y en ganas de vivir cada momento juntos con la intensidad de ese instante y de todos los anteriormente no vividos.

Así que se viene un periodo agridulce en parte, pero una oportunidad temporal para dar a las oportunidades y para seguir esa reconciliación conmigo, con los míos y con lo que me gusta. Unas ansiadas vacaciones sin grandes planes pero dispuesta a seguir el instinto básico de "lo que surja y apetezca", simple pero reconfortante. Mi único propósito antes de empezar estas vacaciones es el de la calma (que no la inactividad). El del descanso desde lo placentero y la revolución desde la paz y desde esa conciencia tranquila que por suerte me lo permite. Espero seguir haciendo reflexiones que potencien mi alegría y la suerte que sí tengo como lo estoy haciendo, "poc a poc", respetando y comprendiendo todo lo que me está pasando, "amb bona lletra". 

Así que se vienen, ojalá, unas vacaciones de estas que gestionas, limpias basura, ordenas, respiras y también puedes saborear. En las que, cuando esté con mi hijo se multipliquen los motivos de celebración y en las que, cuando no esté con él, pueda disfrutar de estar conmigo y también aprovechar para rodearme o comunicarme con personas que desde el corazón me dan cariño, me disfrutan, se dejan disfrutar y sostienen e inspiran a partes iguales. Así que se viene, seguro, algún periodo en el que voy a tener que querer a mi hijo igual aunque en la distancia, pero en el que tengo ganas de disfrutarme por mí, por él y por los que me quieren. Por todo lo que creo que sería tan positivo que él acabase mamando de mí y que los que me quieren pudiesen seguir encontrando en mí. 

Y si este texto puede ayudar a que alguien que esté pasando o vaya a pasar por lo mismo se sienta acompañado/a, estupendo. 

sábado, 26 de abril de 2025

Cosas brutales de mi día a día siendo maestra

Hoy estaba haciendo clase y ha venido un niño de otro curso al cual no doy clase y quien me conocía más que nada de los saludos por los pasillos, por alguna hora del patio, alguna celebración de escuela y por la vibra. He pensado que venía a que le dejase algo para su clase pero de repente ha dicho:

- "Araitz, perdona que interrumpa, pero estaba muy agobiado ahora mismo en mi clase y necesitaba un abrazo tuyo, así que he venido por eso."

¡Pues ya podéis imaginaros mi respuesta! Me ha parecido brutal.

Sin pretensión de ponerme medallas, como esta podría contar muchos otros momentos y alguna que otra anécdota sobre abrazos realmente significativos, conversaciones profundas y mejoras asombrosas de alumnos/as a lo largo de este curso y de estos años como maestra. 

Y es que, la parte de trabajo emocional es la que más disfruto siendo maestra. La más dura, a veces, pero la más gratificante, siempre. Creo que es de lo que más cala en el alumnado y, seguramente, lo más valioso que se llevan en muchos casos de su escolarización. Para mí, son los cimientos esenciales de todo ya que, una base o gestión emocional sana, o más buena que mala, favorece cualquier otro tipo de gestión o de aprendizaje en la escuela y en la vida. 

Por eso, y ahora ya mezclando mi trabajo de maestra con mi rol de madre, os diría que habléis mucho y de todo lo que surja con vuestros hijos/as, que los abracéis mucho y que les hagáis mucho refuerzo positivo. Ya hay muchos factores negativos en el día a día de todos/as nosotros/as que nos pueden llevar a la desconfianza en las propias capacidades, a la frustración, a la desilusión, a la inexpresión... También pasa en el día a día de los/as niños/as. Es necesario e imprescindible hacerles sentir capaces, queridos, comprendidos o buenos, y darles herramientas y estrategias útiles de gestión emocional, para que se lancen a ser también más curiosos, tolerantes, colaboradores o resolutivos, por ejemplo.

La edad no importa. Cada edad tiene sus características en base a cada niño/a y su forma de expresar, de percibir y de llegar a comprender. Pero, bajo mi experiencia, considero que no hay edad para tratar unos u otros temas, sino que el momento es ese en el que cada niño/a siente inquietud, curiosidad, dudas o ilusión por algo. Es responsabilidad y tarea del/de la adulto/a el pensar en cómo abordarlo o qué vocabulario utilizar pero, si el/la niño/a exterioriza un tema es porque dentro de él/ella ya hay cierto conocimiento o, al revés, desinformación, sobre ello. Por eso mismo, creo que es importante darle su espacio adaptado a su momento evolutivo porque, echando la vista hacia otro lado, esperando el momento en el que nosotros/as lo/as adultos/as consideremos adequado o el momento el que nos sintamos más a gusto o menos incómodos/as para abordarlo, lo que hacemos es infravalorar o desproteger.

Por lo demás, hoy por hoy espero que no nos prohíban nunca abrazar en las escuelas porque, siempre y cuando se haga desde la voluntad del/de la niño/a, el cariño, el consuelo, el reconfortar, la voluntad de ayudar y, sobre todo, el respeto, creo que se está llevando a cabo una gran tarea sobre empatía y canalización y compartición de emociones en el contexto escolar, pudiéndose trasladar fácilmente al entorno del/de la niño/a, si hay voluntad por parte de sus adultos de confianza.