“De sangre caliente”, así se nos define. Pero el término “efecto
microondas” no agrupa por razas, sexos, edades o lugares, sino por instintos.
Resulta que no solo la primavera la sangre altera, lo afrodisíaco exalta o el
fuego quema, sino que cualquier mínimo gesto o sensación puede ser decisiva
para poner a tono a algunas personas… y tenemos cinco sentidos para llegar a conseguirlo, ¡ahí es nada! No todas las personas son igual de propensas a “sufrir”
los efectos de esta frecuente ‘revolución hormonal’. Los hay quienes necesitan
provocarlo, los que se escandalizan y se sienten sucios al pensarlo y otros, a
quienes nos referimos, que están hechos de combustible y son rápidamente
inflamables utilizando, a veces, tan solo su mente. Ese tipo de personas son a
las que incluimos dentro de lo que llamamos “personas efecto microondas”.
¿Problema o poder? Personalmente, prefiero pensar que es una ventaja. En
tiempos en los que las malas noticias, crisis y depresiones son actualidad
permanente, retorcer conceptos y llevarlos a nuestro terreno puede, a veces,
hacernos más bien que mal. A nadie hace daño aportar un punto picante a según qué
situaciones, bien al contrario. Aquellos que llevan una sequía a sus espaldas
pueden alimentar el deseo y encontrar humor en su propia situación y, aquellos
que mojan de manera más o menos regular, tienen cómo vacilar sanamente y
mantenerse cálidos. Todo es saber comunicarse y entenderse.
Aun así, “el efecto microondas” está rodeado de fantasmas que generan
un lado negativo a esta forma, más que de comportarse, de ser. Y es que, por
mucho que los tiempos cambien, el sexo siempre produce cierta hipocresía en
personas que se creen con derecho de juzgar para herir más que porque haya
razones. Reflejos de traumas, pero realidades con las que convivimos. Y, tras
estos fantasmas, hay arpías aun peores que se suman a comentarios punzantes para
cubrir sus propias espaldas cuando, ellos, pueden ser los primeros para quienes,
pensar en sexo, sea algo habitual. Por tanto, el problema reside en la
hipocresía social y, por formar parte de ella, es recomendable tener en cuenta el
contexto en el que se juega. No por los demás, sino por nosotros mismos. Tener un punto perverso no va a hacernos menos
inteligentes, así que creo que, en la medida de lo posible, también debemos
saber medir nuestros impulsos y saber cómo dirigirnos y a quién. La inercia
de exteriorizar todo lo que pase por nuestras cabezas, en algunas situaciones
puede ser contraproducente. De todas formas, si respetamos, debemos hacernos
respetar también. A aquellos que tachen de algo a alguien por algo así, cero
permisión. Que les den (¡Ah no! Que igual les gusta más de lo que hacen ver y
se nos pervierten…).
De todas formas, cara uno mismo y personas de nuestra misma calaña, “el
efecto microondas” puede ser muy positivo tratándose, la mayoría de veces, de algo más divertido que excitante en sí
(aunque tampoco se descarte eso último). La naturalidad al hablar de sexo nos
hace más libres, la picaresca nos hace más conquistadores y humanos y, un
lívido más encendido que apagado, como poco, nos evade y predispone a normalizarlo.
Por eso, quizás, “el efecto microondas” afecta como efecto cadena y, a menudo,
se contagia; solo es cuestión de tiempo. Alguien que hable más de sexo no tiene
por qué ser más promiscuo que alguien que no lo haga ni tiene por qué tener una
actividad sexual más activa que el resto… Ya se sabe, algunos las matan callando
o, lo que es peor, apuntando con el dedo a otros por disipar la atención.
En
cualquier caso, debemos tener claro que ser una persona “efecto microondas” y encontrarle
un punto divertido al ‘sexo teórico’ dentro de márgenes razonables, ni nos va a hacer
indignos ni más perturbados de lo que pueda llegar a estar el resto. Y divertirse,
con algo así, siempre es una opción verdadera y marranamente sana.
(Dedico el texto a Axel ya que fue quien me enseñó este término y prometí que un día escribiría sobre él).
(Dedico el texto a Axel ya que fue quien me enseñó este término y prometí que un día escribiría sobre él).
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