Páginas

Translator

lunes, 6 de mayo de 2013

Lo que no duele, jode



Tenemos algunas partes de nuestra personalidad más desarrolladas que otras. Como bien decían ‘Los Piratas’ en una de sus canciones, ‘el equilibrio es imposible’, tanto en lo racional como en lo que no lo es. Por mucho que nos esforcemos en controlarlo todo (en controlarnos), nuestro lado emocional es la más pura imperfección y, a la vez, el primer ejemplo de que en la imperfección reside la belleza. Es aquello que nos hace distintos pero igual de humanos a todos. Forzarse a sentir de una manera concreta es tan cobarde e inútil como aparentar que así lo sientes actuando como tal… y algunos se pasan la vida fingiendo o luchando a contracorriente. Preocuparnos por tomar consciencia de que el lado irracional supera a nuestras intenciones es primordial pero no suficiente ya que, como siempre, la maestra  que pone los límites basándose en vivencias es la experiencia. Por eso, rías, sufras o tantees, experimenta.

La alegría es algo que todos necesitamos, merecemos y buscamos. Constantemente lo hacemos, lo tenemos claro: “¿Qué quieres de la vida? Felicidad. ¿Cómo la encuentras? No sé, simplemente intento ir  topándome con ella. ¿Y el resto del tiempo? Voy haciendo.” Y, por ambigua que parezca la respuesta, ahí está lo más importante, en ir haciendo. Constantemente estamos sintiendo y, entre que nos topamos y no con la alegría, pasamos por momentos impasibles o tristes. Es algo necesario también, ya no solo para saber distinguir los momentos alegres, como suele decirse, sino para inmunizar nuestro corazón. Como si de una vacuna a través de la cual inyectan una pequeña cantidad de virus para adaptar nuestro cuerpo y protegernos de la gran enfermedad, recibimos chutes de tristeza que nos van preparando y haciendo más fuertes ante el dolor ajeno que pueda venirnos y que vendrá. Porque, otra cosa no, pero ninguno nos libramos de sentir dolor ya que hay cosas que no eliges y vienen dadas.

Sentirse triste, pues, no es malo aunque no nos haga sentir bien. Nos obliga a reflexionar y reencaminarnos. Son ‘resets’ más o menos largos que te permiten seguir por el camino por el que andabas o escoger otro un nivel por encima. Ahora bien, sentir tristeza no es sinónimo de sentir dolor. El dolor nos viene dado. Ni lo necesitamos, ni lo buscamos, ni lo merecemos, por eso nuestro cuerpo lo repudia. El dolor es un sentimiento no menos maduro que el resto pero que, cuando está inmaduro, cubrimos con tristeza. Es decir, cuando el dolor incide repetidamente en nuestras vidas, aprendemos  que la misma experiencia es la que inmuniza ese malestar. Entonces aparece otro sentimiento en combate y es que, un dolor reiterado, a veces ya no duele, sino jode.

Así es como un buen día descubres que, del mismo modo que sentimos alegría, por ejemplo, cuando el amor nos corresponde, o tristeza cuando no sienten por nosotros lo que desearíamos, cuando no llega ni a alegría ni a tristeza, sino por enésima vez a decepción, a veces ya no duele, sino simplemente jode. Es un sentimiento que huele a quemado. Por eso, que algo duela, mata, que joda, más bien pesa hasta que pasa a reconducirte a un nuevo principio. Digamos que, llegados a ese punto hay que plantearse si es más llevadero sentirse dolido o sentirse jodido. Y es que lo primero incide más y alarga la agonía pero, para lo segundo, han tenido que herirte varias veces con anterioridad. Así que, quizás, si te duele más que jode, date a la larga por jodido y, si te jode más que duele, jodido ya estás. Estar jodido, entonces, conlleva estar un nivel por encima en el rango de heridas pero puede llevarse mejor y con más calma. Por tanto, que orgulloso esté el jodido de pasar de nivel sin morir por el camino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario