Tenemos algunas partes de nuestra personalidad más desarrolladas que
otras. Como bien decían ‘Los Piratas’ en una de sus canciones, ‘el equilibrio
es imposible’, tanto en lo racional como en lo que no lo es. Por mucho que nos
esforcemos en controlarlo todo (en controlarnos), nuestro lado emocional es la
más pura imperfección y, a la vez, el primer ejemplo de que en la imperfección
reside la belleza. Es aquello que nos hace distintos pero igual de humanos a
todos. Forzarse a sentir de una manera concreta es tan cobarde e inútil como
aparentar que así lo sientes actuando como tal… y algunos se pasan la vida
fingiendo o luchando a contracorriente. Preocuparnos por tomar consciencia de que
el lado irracional supera a nuestras intenciones es primordial pero no
suficiente ya que, como siempre, la maestra que pone los límites basándose en vivencias es
la experiencia. Por eso, rías, sufras o tantees, experimenta.
La alegría es algo que todos necesitamos, merecemos y buscamos.
Constantemente lo hacemos, lo tenemos claro: “¿Qué quieres de la vida?
Felicidad. ¿Cómo la encuentras? No sé, simplemente intento ir topándome con ella. ¿Y el resto del tiempo?
Voy haciendo.” Y, por ambigua que parezca la respuesta, ahí está lo más importante,
en ir haciendo. Constantemente estamos sintiendo y, entre que nos topamos y no
con la alegría, pasamos por momentos impasibles o tristes. Es algo necesario
también, ya no solo para saber distinguir los momentos alegres, como suele
decirse, sino para inmunizar nuestro corazón. Como si de una vacuna a través de
la cual inyectan una pequeña cantidad de virus para adaptar nuestro cuerpo y
protegernos de la gran enfermedad, recibimos chutes de tristeza que nos van
preparando y haciendo más fuertes ante el dolor ajeno que pueda venirnos y que
vendrá. Porque, otra cosa no, pero ninguno nos libramos de sentir dolor ya que
hay cosas que no eliges y vienen dadas.
Sentirse triste, pues, no es malo aunque no nos haga sentir bien. Nos
obliga a reflexionar y reencaminarnos. Son ‘resets’ más o menos largos que te
permiten seguir por el camino por el que andabas o escoger otro un nivel por
encima. Ahora bien, sentir tristeza no es sinónimo de sentir dolor. El dolor
nos viene dado. Ni lo necesitamos, ni lo buscamos, ni lo merecemos, por eso
nuestro cuerpo lo repudia. El dolor es un sentimiento no menos maduro que el
resto pero que, cuando está inmaduro, cubrimos con tristeza. Es decir, cuando
el dolor incide repetidamente en nuestras vidas, aprendemos que la misma experiencia es la que inmuniza
ese malestar. Entonces aparece otro sentimiento en combate y es que, un dolor
reiterado, a veces ya no duele, sino jode.
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