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lunes, 17 de junio de 2013

Normalizar diferencias o diferenciar lo normal

Hace ya un año de aquel fatídico día en el que un mazazo me hizo replantear algunas cosas acerca de la muerte, empezando por asimilar que no es, hablar de muerte, lo que da mal fario. Me convencí de que el orgullo es un comportamiento detestable y reafirmé la importancia de mostrar cariño en vida a aquellas personas que lo merecen o a aquellos a quienes se lo tenemos. Aunque sea demostrándolo por nada en concreto y porque sí en general. Es más, sobre todo por eso. Esa época, más que cambiar algo en mí, hizo que reflexionase y que, eso mismo, fuese calmando tristezas. Hasta el punto de llegar a conseguir que, lejos de que ahora mismo sea un mero recuerdo, llegue a significar un empujón en algunos momentos. Una de esas reflexiones quiero compartirla hoy con aquellos que me leáis y se trata de la importancia de normalizar algunas diferencias.

Suele decirse que lo diferente al resto es lo que hace que algo sea especial y, que lo especial, marca. Eso mismo, aplicado a las personas, a veces no es que no sea verdad, sino que puede llegar a no ser tan divertido dependiendo de las consecuencias. En momentos débiles, de ser curioso a sentirte el perro verde, hay un paso. Y todos tenemos momentos débiles. Cuando eso que te hace especial supone un hándicap más que algo curioso, es importante que la gente que te rodea aprenda a convivir con ello pero, sobre todo, que transmita ganas de hacerlo. Es imprescindible que, aquello que todos saben que es complicado, se haga parecer más simple. Quizás no es una solución, pero sí pequeñas dosis de motivación… y la motivación nos impulsa a seguir.

En esta historia y, en ese sentido, hacerlo fácil no fue la solución pero estoy segura de que sí reconfortante. Ir por la calle saltando baldosas del mismo color o poner cara de monstruo al mirarse en un espejo, era divertido para los que no estábamos acostumbrados a hacerlo y un alivio en forma de ayuda para quien lo estaba demasiado. Quizás nadie era tan consciente como espontáneo al hacerlo pero, si algo constaba luego, era la sensación de “uno para todos y todos para uno”, posterior. Normalizar una diferencia, pues, puede ayudar a que, tanto unos como otros, comprendamos que lo normal y lo anormal y loco está en la mente de quien lo vive. Que no es más sensato pensar que alguien lo es sin aceptar  que todos en algún sentido lo somos o podemos llegar a serlo. Es más, que siéndolo, a veces podemos incluso hacer y hacernos un favor.

Hace un año que “el Balsa” murió dejando muchas huellas. En su momento le escribí que los grandes nunca morían del todo y, como grande que era, sigue estando presente. Cuando hablo de amigos sigue apareciendo su nombre y, en un principio, me entra cierta tristeza pero, en cuestión de segundos, llego a sonreír e incluso a reír. Porque juntos nos reímos de muchas cosas y yo me reí de él casi tanto como él de mí. Porque juntos, en su día, conseguimos hacer que reírse de uno mismo fuese normal teniendo, todos, motivos para poder hacerlo. Y porque, si él me viese llorar ahora, se reiría de mí, haciéndome reír. Que un lamento llegue a darnos fuerza porque, más que maldecir los hechos, nos centremos en retener la energía acumulada antes de ellos.

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