Hace ya un año de aquel fatídico día en el que un mazazo me
hizo replantear algunas cosas acerca de la muerte, empezando por asimilar que
no es, hablar de muerte, lo que da mal fario. Me convencí de que el orgullo es
un comportamiento detestable y reafirmé la importancia de mostrar cariño en
vida a aquellas personas que lo merecen o a aquellos a quienes se lo tenemos.
Aunque sea demostrándolo por nada en concreto y porque sí en general. Es más,
sobre todo por eso. Esa época, más que cambiar algo en mí, hizo que reflexionase
y que, eso mismo, fuese calmando tristezas. Hasta el punto de llegar a
conseguir que, lejos de que ahora mismo sea un mero recuerdo, llegue a
significar un empujón en algunos momentos. Una de esas reflexiones quiero
compartirla hoy con aquellos que me leáis y se trata de la importancia de
normalizar algunas diferencias.
Suele decirse que lo diferente al resto es lo que hace que
algo sea especial y, que lo especial, marca. Eso mismo, aplicado a las
personas, a veces no es que no sea verdad, sino que puede llegar a no ser tan
divertido dependiendo de las consecuencias. En momentos débiles, de ser curioso
a sentirte el perro verde, hay un paso. Y todos tenemos momentos débiles.
Cuando eso que te hace especial supone un hándicap más que algo curioso, es
importante que la gente que te rodea aprenda a convivir con ello pero, sobre
todo, que transmita ganas de hacerlo. Es imprescindible que, aquello que todos
saben que es complicado, se haga parecer más simple. Quizás no es una solución,
pero sí pequeñas dosis de motivación… y la motivación nos impulsa a seguir.
En esta historia y, en ese sentido, hacerlo fácil no fue la solución
pero estoy segura de que sí reconfortante. Ir por la calle saltando baldosas
del mismo color o poner cara de monstruo al mirarse en un espejo, era divertido
para los que no estábamos acostumbrados a hacerlo y un alivio en forma de ayuda
para quien lo estaba demasiado. Quizás nadie era tan consciente como espontáneo
al hacerlo pero, si algo constaba luego, era la sensación de “uno para todos y
todos para uno”, posterior. Normalizar una diferencia, pues, puede ayudar a
que, tanto unos como otros, comprendamos que lo normal y lo anormal y loco está
en la mente de quien lo vive. Que no es más sensato pensar que alguien lo es
sin aceptar que todos en algún sentido
lo somos o podemos llegar a serlo. Es más, que siéndolo, a veces podemos
incluso hacer y hacernos un favor.
un escrito muy inteligente
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