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martes, 25 de junio de 2013

A la consulta de un hombre

Las chicas y su temor, vergüenza y pudor de ir al ginecólogo por primera vez no son un mito. Es verdad, te planteas que alguien va a tocar tu almejita, a veces incluso antes que cualquier otra persona ajena a ti lo haya hecho, y es horrible, una imagen que atenta contra tu intimidad de una forma bastante fría y bruta. Se alarga, se alarga y se alarga pero llega ese día en que, ya bien por recomendación o por necesidad, decides pedir cita. De una forma de lo más discreta (no vaya a enterarse alguien y piense que me follo a todo quisqui o que estoy embarazada) acudes a esa cita. Pero, espera, espera… doctor ¿qué? ¡¿Has dicho “doctor”?! Y saltan todas las alarmas: "¡Es un hombre!" Síndrome de la chica que rehuye del ginecólogo varón prefiriendo, por una vez (o no) que atienda a su vagina otra mujer.

Personalmente, mi primera vez fue en la consulta de un hombre. ¡Eh! Me refiero a mi primera experiencia ginecológica. En principio la situación me pareció violenta, pero acudí igualmente. Me habían hablado muy bien de él y creí que debía cerrar los ojos y darle una oportunidad. El hombre en sí, digamos que no era Brad Pitt y que bien podía ser su padre por edad. De camino a la consulta forzaba un paso seguro y la mirada al frente como quien va a comprar el pan, con la excusa ya preparada por si acaso: "Mmmm... ¿Qué dónde voy? Ah, nada, aquí, a visitar a mis abuelos un rato". Meec, tú cara pálida indica que mientes. 

Una vez allí, quería salir corriendo. Solo pensaba en huir de aquella sala de espera y solicitar a la doctora… González? Capdevila? Xouxou? ¡Me daba igual! ¡¿Hay alguna mujer en esta sala?! Sí, la enfermera. La misma que, tras la ronda de preguntas privadas y atrevidas más que indiscretas y osadas, me pidió que fuese quitándome la ropa de cintura para abajo. ¿Te puedes sentir más indefensa? Sí. Me quité la ropa tras la cortina (hace falta?) para un minuto después estar abierta de piernas frente a una cara de hombre. Te haces la sueca (aunque seas morena y él vaya a descubrirlo), la “no me importa, miraré la bonita lámpara con fluorescentes de ahorro energético que tenéis en el techo y…”... ¡y acaba ya coño! Y nunca mejor dicho.

Digamos que todo eso transcurre durante los primeros tres y eternos minutos de inspección a fondo. De pronto, compruebas que el trato es tan o más delicado que el que cualquier otro hombre vaya a darle a esa zona, que la manipulación es totalmente profesional, que no… no te pones perraca (oh gracias señor), que ese hombre sabe más de mujeres que tú misma y que sus consejos son los mejores que te han podido dar en los últimos seis meses (que es probablemente cuando solicitaste la visita). Por eso, animo a todas las chicas a que visiten al ginecólogo (sea mujer, hombre o mezcla) tantas veces como lo crean necesario. Más vale prevenir que curar y preguntar que ser ignorante. No voy a decir que sea la cita más placentera del mundo, pero la sensación de tranquilidad con la que sueles salir de esa consulta, lo vale. A fin de cuentas, entras a la consulta tensa y nerviosa y sales satisfecha y relajada… ¡no todos consiguen eso!

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