Mentira. ¡Claro que importa dónde! El dónde define el punto
de partida, la estética, la intuición y el humor con el que nos embarcamos en
el viaje. Aun así, lo cierto es que eso ocupa un porcentaje mínimo de importancia
cuando nos disponemos a estar una temporada, larga o corta, en otro lugar al
que estamos acostumbrados a ocupar. Si echamos la vista a alguno de los viajes
que hayamos hecho, nos damos cuenta de que fuese lo esperado o no, te alucinase
más o menos, lo que nuestra memoria más retiene y lo que hace que un viaje sea
fabuloso son las experiencias que vivimos a lo largo de él. Gran parte de ello
no lo genera ni el paisaje, ni el tiempo,
ni la arquitectura que envuelve el regalo, sino la gente con quien lo compartimos,
aquellos con quiénes nos cruzamos, las costumbres y lo dispuestos que
estemos a adaptarnos a cualquier situación que se nos presente, sea esta premeditada
o imprevista.
Vamos al plan. Planear un viaje. Planear, planear, planear… algo
saldrá mal. Te pasas medio mes planeando para que luego cualquier motivo lo
haga imprevisible; lo que es lo verdaderamente excitante. Si algo tiene que
ser un viaje es excitante. Planear el lugar es algo comprensible, informarse
previamente, aconsejable, hacer una escaleta al minuto, nada recomendable.
Desde luego, planearlo todo supone limitar las sorpresas, y eso es lo primero
que sale mal, claro. Además, planear, a veces supone esperar y, esperar, conlleva fácilmente a la decepción.
El viaje lo provoca lo de dentro, tú, y en gran parte lo genera lo de fuera, lo demás, los
demás.
Berlín'13 imprevisible y excitante. Sorprendente en cuanto al dónde y fabuloso por el con quién.
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