Si hay que hablar de sexos, hablemos claro. Si hay que
hablar de sentimientos, también. Si hay que debatir diferencias, ¿por qué no? Empecemos
por admitir que, en una relación entre dos personas del sexo opuesto, ya no se
trata tan solo de quién siente más o quién menos, de qué manera se diga, se
demuestre o se calle, sino de cómo es interpretado. Un sentimiento de amor,
transmitido, en principio es existente y positivo de raíz. El mismo
sentimiento, mal interpretado, es dañino e impide crear vínculos. Pero, en
cuestión de sexos, ¿hay algún tipo de diferencia a la hora de quién sea el que
se interese por el otro? Pues en base a la observación, quizás podríamos
extraer alguna regla general. Me refiero, principalmente, a casos en los que el
amor no está definido desde un inicio y en que el interés que se va mostrando
es, quizás mutuo, pero progresivo, con sus fases y su tiempo para acabar asentándose
o distanciándose.
No me gusta generalizar y quizás no estáis de acuerdo, pero
me apetece hacer esta reflexión. ¿Juega, el sexo de una persona, algún papel
importante a la hora de establecer una relación? ¿Hay alguna diferencia en la
declaración de intenciones de unos y otros? A menudo se apunta a que las
mujeres solemos ser más psíquicas que los hombres, los cuales parece que se
dejan llevar más por instintos físicos (no únicamente, sino más, aparentemente).
Quizás eso tenga algo que ver y juegue un papel importante en esta teoría. Y es
que creo que, si una mujer se muestra interesada por un hombre y lo demuestra,
desde un punto de vista externo y del propio hombre, se interpreta como una
reacción un tanto precipitada o incluso ansiosa. Sin embargo,
si es un varón quien se muestra interesado por una mujer, se le atribuye un rol
más guerrero, atento o centrado.
En los casos en los que esto se da (he especificado cuándo al final del primer párrafo), puede
que se deba a cierto miedo a que la mujer pueda llegar a establecer sentimientos
de amor, y ya no de atracción, de una manera más rápida que el hombre, y que eso
parezca precipitado. Puede que también
influya, en cierto modo, la idea que aún se conserva de alguna manera de que el
hombre es conquistador por naturaleza y la mujer la que se deja conquistar y
coquetea, él el cazador y ella la enamoradiza. Una mujer conquistadora (fuera
ya del romanticismo que muestre) quizás asusta por su valentía y confianza. Eso
debería ser una característica positiva pero, en ocasiones, es un rol que el
hombre prefiere desempeñar, sintiendo más dominio y entereza, alejándose de mostrarse
excesivamente sentimental, evitando mostrar ciertas debilidades. Quizás se
espera de nosotras, ya no que no conquistemos (a un chico también le resulta
cómodo y placentero sentirse deseado), sino que seamos más sutiles
a la hora de hacerlo en comparación a las formas que ellos tienen, puede que porque les cueste
más procesar los sentimientos y aceptarlos como tal. Supongo que, a fin de cuentas, si nos andamos con tonterías, mientras descubrimos la mejor manera para conquistar al otro, nos distanciamos de la naturalidad y, lo que acaba alejándose, por consecuencia, es la oportunidad de que surja algo sincero y con sentido de todo eso. Como con todo.
Así es como, en las ocasiones de las que hablo,
llega un momento de colapso en la conquista en el que no se deja que esta fluya.
No se da pie a aceptar, de forma natural, que puedan expresarse intenciones y
emociones, positivas o negativas, tal cual surgen, lleguen estas a ser mayores o menores. Los descompases emocionales
nos horrorizan y desmotivan. Ante esto, a veces la conquista se convierte en un juego de
estrategias que se centra más de lo que debería en la atención del adversario
y no tanto en nuestras propias voluntades. Y cuando, en una
relación o periodo de conquista, los actos dejan de ser espontáneos para convertirse
en una constante estrategia, todo se va al traste. Ni es cierto que las mujeres
seamos absolutamente emocionales, ni que los hombres carezcan de sentimientos,
ni el hecho de sentirse atraído por alguien significa no saber vivir fuera de
los márgenes de esa persona. Es más, a veces, eso mismo juega algún papel en la
atracción que hemos sentido inicialmente por la otra persona y, por miedo y con mal ojo, tratamos de cambiar cosas durante en proceso que no nos favorecen. ¿A quién
tratamos de engañar entonces?
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