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jueves, 22 de octubre de 2026

Aplique intimidad a sus brechas

La multiplicidad de opciones ha estado ante nosotros/as desde que nacimos pero, de un tiempo a esta parte, ¿no ha exagerado sus posibilidades? Lo ha hecho en la medida en la que cada uno lo ha asumido, pero ha abierto el abanico sin tener en cuenta una gradualidad en los acontecimientos, sino a modo de "tonto quien no se adapte". Ha sucedido esto en la vida de personas que pasamos de tener "muchos amigos" (los de tu clase, tu pueblo y algún hijo/a de amigos/as de tus padres) o de quienes registraban los números de teléfono en una agenda de papel y aun les sobraba espacio (excepto en la "A", que siempre se solía llenar). 

Mi generación ha vivido un salto de época que no ha sido catalogado aun pero que sigo convencida de que se marcará como "edad tecnológica, a partir del 2000 y poco" dentro de pocos años. Y ha sido de forma rápida, a lo "corre o te quedas atrás", "normaliza porque esta es la nueva y única normalidad", "digitalízate o no eres nadie". Y aunque ahora me sienta un poco mi abuela hablando en estos términos sobre avances (supongo) tan importantes, entiendo que lo hago desde un recuerdo de habernos nutrido de lo malo y bueno del pasado, criado con valores de personas de postguerra, lanzado a la promesa de "triunfa quien estudia", frustrado ante lo menguante de ello en la realidad y lo exigente económicamente de todo y de las expectativas... Resulta que un día fuimos muy importantes, hicimos tribu y picamos a timbres de los de nuestra infancia y, otro, nos convertimos en una opción entre infinitas en un estado de mundo globalizado. Tampoco voy a hacer un drama de ello pero me parece, sin duda, algo sorprendente. Esto ha sido y sigue siendo un ejercicio de adaptación y de aprendizaje a fuerza de necesidades con las que nos hemos ido topando y de oportunidades que hemos querido aprovechar pero, a la vez, también ha generado un poso de nostalgia de aquella época que, como de costumbre, en la mente de uno/a, después de unos años, parece que siempre fue mejor. 

Creo que detenerse a pensar en ello en uno de esos espacios de tiempo que decimos no tener, nos hace más conscientes de hasta dónde queremos asumir o bien de hasta dónde necesitamos hacerlo. Y es que realmente poco tiempo tenemos porque, cuando no son tareas, tenemos tecnologia, cuando no son quedadas, tenemos tecnologia, cuando no son compromisos (y aun cuando lo son), contamos o nos vemos atrapados, por responsabilidades o simple pasatiempo, en la tecnología... en la múltiple opción de todo y en la sensación de que todo está pensado, dicho y creado, del FOMO constante y de que no somos nadie más que para nosotros porque ya no triunfa el esfuerzo más que cualquier contacto bien atado, "ridículo" bien hecho o aleatoriedad impredecible bien llevada. 

Y ahí llega el individualismo como refugio... seguramente una forma de protección hacia un esfuerzo que ahora ha tenido que ser focalizado, ya no solo hacia lo externo, sino hacia un refuerzo constante de autoestima, confianza y búsqueda de la calma mental no siempre disponible. Y ahí entra lo íntimo, todo aquello que sí podemos celebrar de la etapa actual: la necesidad de introspección que se acaba teniendo entre tanto ruido alrededor.  Ahí es desde donde nos hundimos o nos involucramos en rescatarnos y reconvencernos de que el control, por ahora, seguimos teniéndolo nosotros en cuestiones de salud mental porque también existe esa opción, la más acertada entre las más acertadas. En un espacio de ese tiempo que decimos no tener, deberíamos no tenerlo por utilizarlo en detenernos a revisar a menudo nuestra forma de mirar el mundo, de respetarnos a nosotros/as mismos/as y de establecer vínculos con los/as demás... de encontrar cierto orden y equilibrio entre nuestro corazón, nuestra mente y nuestras acciones... y crear, a fin de cuentas, nuestro kit de supervivencia al caos en el que creo que a veces todos/as pensamos que hemos sido lanzados/as.

De igual manera que toda esta época ha entrado con calzador y ha llegado con suscripciones para quedarse, seguramente no debemos presuponer que signifique el fin de la verdad que, de repente, al levantar los ojos de la pantalla, te muestran otros ojos delante. Y es que siempre, al escoger una opción, estamos haciendo algunas renuncias y no hay renuncia más bonita que la de alguien que, de todas las opciones, elige fijarse en los ojos de otro alguien ya bien sea para un rato, para un tiempo o para cada día de nuestras vidas. Esa intimidad nace del lado más humano y más cercano, de lo que nos protege del alrededor impersonal, de lo que nos recuerda la importancia de no perder valores ni sensibilidad y de lo que, al fin y al cabo, traspasa cualquier era, etapa o época. La ciencia nos hará descubrir, nos salvará y, espero, no nos mate pero, la verdadera vida, tal y como nuestra condición de humanos la reclama y debería defenderla, está más en lo tangible, intuitivo, sensitivo y perceptible que en un algoritmo.

Ahora que tanto exponemos, que tanto seguimos y que a tanto accedemos... qué desacierto me parece ver la elección como la renuncia constante de otras múltiples opciones o la pérdida de oportunidad de haber vivido otro algo antes que sentirlo como elección consciente que puede convertirse en el mejor de los aciertos poniendo el foco en lo acertado. Nos lleve ello a algo exitoso o justo lo contrario, seguramente combata la ansiedad y traiga calma al alma el apostar y apuntar yendo con todo a lo que vibra con nosotros/as. Ahora que tanto nos exponemos, que tanto nos perdemos y que de tanto/s dudamos, no dejemos de buscar esos espacios en los que aplicar intimidad sepan a hogar, acompañen nuestros trances y reparen nuestras brechas.

miércoles, 7 de octubre de 2026

Transitar suena a oportunidades

En un periodo de transición a veces nos sentimos perdidos/as, nos cuesta discernir los objetivos, perdemos los nervios esperando señales, oportunidades, dopamina... Pero, seguramente, lo que necesitamos es volver a lo básico, a la propia raíz, agarrarla fuerte y transitar el tiempo con flexibilidad, alma, calma, seguridad... hasta la ubicación exacta a donde nos acabe llevando "ello": nuestra esencia recuperada puesta en cada presente con el que nos vamos topando en el camino... con sus necesidades, inquietudes y virtudes.

Necesitamos tenernos con convicción, creer en nosotros/as mismos/as y en nuestras posibilidades con las menores rigideces ni prisas posibles. Porque la rigidez nos vuelve exigentes y, la exigencia, ciega nuestras responsabilidades, transpira miedos y situaciones enquistadas y pone nuestra mirada y culpa a fuera, en los demás. Y no, nadie tiene ni más culpa ni más mérito que tú. Aprende de lo primero y aliméntate de lo segundo, con los pies en el suelo pero sin perder de vista tu creatividad ni ambición de inspiración.

Cuando pensamos que el mundo corre a otra velocidad, que estamos a la espera de que algo suceda, que notamos que algo sucede o resurge en nosotros/as, que no importa a nadie pero que pesa o llena mucho a uno/a mismo/a, que sentimos que hay más gente que personas o que necesitamos que algo nos ubique en cierto halo de individualismo contemporáneo en el que incluso nosotros/as nos hemos refugiado, seguramente solo necesitamos agarrarnos fuerte y recordarnos que siempre acaba pasando algo, a la vez que a veces es mejor que no pase nada, y que la contemplación, en movimiento, acaba avistando claridad y apertura en un sentido u otro. 

Nos cuesta y se nos hace pesado transitar pero, de vez en cuando, hacerlo me inspira oportunidades. Con paciencia y sin el deber de tomar decisiones precipitadas, sino simplemente sentidas, siempre se acaban descubriendo situaciones y lugares donde identificarse o donde quererse quedar, anclajes que soltar e ideas preconcebidas que reacondicionar.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Paralelismos con la naturaleza

Aunque toda persona se ve
no toda persona se hace ver
ni toda persona tiene buena vista.
Y no hablo de ceguera real
hablo de ir ciega en varios sentidos
por siempre,
por la vida
o por algún tramo del camino.

Aunque toda persona se ve
no toda persona brilla
ni a todas nos hace brillar
ni su historia misma ilumina.
La luz propia no se compra
quizás se adquiere
o solo se tiene
o no se tiene
pero si se recupera 
solita se brinda.

Todas compartimos la misma luna
el mismo sol
y hoy todo se une y a algunas nos mantiene unidas
en un evento que parece histórico
en una anécdota que unirá nuestros días.
"En 2026 esto pasó.", diremos por el camino,
y recordaremos qué hicimos
o quizás no
pero sí en quién pensamos 
cuando lo de fuera se ensombreció
y nuestro corazón mantuvo encendido.

Hoy por la noche la lluvia de estrellas
y en cada una de ellas
algunos de los nuestros que ya no están
y otras que caen o pasan de largo
para poder desear.
Hoy por el día la luna y el sol
aunque en realidad no se toquen, eso parecerá 
y eso imaginaré yo.

Como a veces pasamos unos y otros por delante nuestro
y en ocasiones parece que nos quedemos dentro.
Paralelismos con la naturaleza que merece la pena no obviar,
sin duda algo importante, impactante, especial.
Un eclipse con menor expectación fuera
que no tiene nada que ocultar,
más bien celebrar y recordar de manera certera
ya que esa fusión tuya
o más bien vuestra,
en concreto será única
y no le pasará a cualquiera.

lunes, 10 de agosto de 2026

Promesas que no valen nada

Ya se dieron cuenta "Los Piratas", al escribir su canción, de que las promesas no valen nada, a la vez que valen para ilusionar/nos. Ese es el efecto y, muchas veces, podríamos ahorrárnoslo y así, muchas otras, evitar alguna que otra decepción. Pero, ¿cuál es, de la promesa, la finalidad? Pues, seguramente, tan solo ganar tiempo de ventaja.

Cuando no nos atrevemos a algo ahora, prometemos para ganar tiempo de decisión. Cuando no podemos algo en este momento, prometemos para ganar tiempo de planificación. Cuando rezamos o deseamos, prometemos a cambio para ganar el tiempo que necesitamos para saber cómo resolverlo, al fin y al cabo, nosotros. Cuando hemos fallado, prometemos para ganar tiempo para recuperar confianza hacia nosotros de nuevo.  Cuando mentimos, prometemos por miedo. Cuando se tienen ganas pero desorden, prometemos como persuasión. Cuando se promete amor, reclamamos la misma respuesta a cambio a modo de búsqueda de seguridad que, en ello, todavía no encontramos. Etc. Pero prometer es algo ilusorio e ilusionante más que una verdad. Es una idea abstracta a futuro pero con fin inexacto. 

Yo me prometí que no iba a jurar, que iba a prometer porque suena menos divino y parece que dios, o lo que sea, vaya a seguir amparándote si no acabas cumpliendo. Reconozco, de todas formas, que a veces esa promesa no se ha acabado llevando a cabo... Digamos que, a día de hoy, podría decirse que en algunas ocasiones mentí o exageré al prometer... y, por supuesto, creo que todos/as lo hacemos y que, sin sentirnos orgullosos pero tampoco culpables del todo, nos damos cuenta de ello a toro pasado. Hemos prometido, a veces por vergüenza, a veces por miedo, a veces por protección o qué sé yo... pero, a veces, simplemente porque las personas cambiamos, también de parecer o de pretensión, no por traición a la palabra o mala intención. Cuando me di cuenta de ello, recuerdo que me prometí que intentaría ni siquiera prometer, aunque a veces seguro e inevitablemente, a modo de muletilla ante la incredulidad, lo siga haciendo. Y, sobre todo, me prometí intentar recordar todo esto antes de creerme promesas. Creí que, sin prometer, obligas a creer, a desear sin presiones y a confiar en que los tiempos de la vida desembocarán en ello o no porque será lo natural en ese momento, no algo forzado o una decepción con difícil retorno, porque "Prometer y no dar, es lo mismo que robar.".

"Quien de ligero promete, despacio se arrepiente.". Y es que no está bien querer amarrar a alguien a través de la ilusión para ganar tiempo o ventaja. Coge, suelta, resuelve o gestiona, pero sin decir "siempre" ni comprometiendo a tu yo futuro en un acto de fe. A veces las promesas suenan bonitas pero, ya dicen que, a veces "Prometen, prometen hasta que la meten." (no podía faltar esta en este texto). Me parecen más bonitas las palabras con acciones repetidas en un presente constante. Por ejemplo, dime que me quieres hoy, o demuéstrame que me quieres ahora, y no que me vas a querer... porque ambos sabemos que puede o no llegar a ser. Aprovecha querer hoy y, mañana, hoy de nuevo, con todas las letras y la boca bien grande, porque sonará más real y lugar seguro. Con más hechos en presente que ya nadie nos quitará y menos deducciones en futuro que nadie nos asegura, seremos más conscientes día a día de la crudeza o de la ternura. La vida, a veces, es más bonita en su ideal pero sabe más a oportunidad de progreso si somos conscientes de lo cambiante de su locura, actuando y aprendiendo, más que de lo que nos gustaría adquirir, de lo que hoy llevamos puesto.

lunes, 3 de agosto de 2026

¿Nos decidimos?

Constantemente estamos tomando caminos, eligiendo entre un sinfín de opciones... y es que, aunque en la vida no paremos de decir "ya veremos" como respiro mental, en realidad la vida la hacemos tomando decisiones. Una tras otra, cada una de ellas va creando nuestra historia. 

Tomamos decisiones más acertadas o quizás menos, pero tanto en los triunfos como en los fracasos necesitamos atribuirnos la responsabilidad o buena parte de ella para recibir alguna recompensa, aunque sea en forma de aprendizaje. A veces la decisión no nos favorece por no haber actuado bien, a veces por no haber valorado todas las posiciones, a veces por mala comunicación o falta de entendimiento, otras veces por escasez de objetividad o bien, en ocasiones, por influencia... pero, en cualquier caso, de nada sirve estancarse en el arrepentimiento o atribuir la culpa a causas o a personas ajenas. Con muy pocas excepciones, habría que hacerse cargo tanto de lo conseguido con nuestra decisión como de sus consecuencias, para poder crecer o ir ampliando nuestra zona de acierto.

Pero más allá de la inevitable toma de decisiones, ¿de qué forma lo hacemos? ¿De qué forma decidimos? A veces de forma más razonada y otras más por simple intuición pero, seguramente, lo que no se debería hacer sería tomarlas de forma precipitada. Y no lo digo porque pueda salir mejor o peor, sino porque algunas decisiones pierden en dificultad y resultan más claras con un tiempo de por medio. Tomar o dejar zanjadas algunas decisiones es algo lo suficientemente importante como para valorar si debemos tomarnos un tiempo de reflexión previo... o simplemente un tiempo a modo de espacio desde donde contemplar las opciones habiendo soltando antes algo de la ansiedad inicial. De igual manera que el tiempo a veces aprieta, otras nos es revelador. A veces hay que asentar algunas cosas o ideas antes de decidir, otras hay que asentar directamente la cabeza, algunas tan solo hay que priorizar la calma mental para poder llegar a decidir, equívocamente o no pero presente. 

Tomar esas decisiones de forma precipitada es probable que lo que revele es que la persona contiene algo de temor a la experiencia emocional que requiere el enfrentarnos a aquello incómodo que la situación en sí nos genera o bien a aquella indecisión enquistada. De hecho, es cuando estamos inmersos en esa experiencia de sentir cuando podemos darnos cuenta de qué necesitamos para decidir, qué sentimos real que puede ser lo mejor y de si nos resulta verdaderamente más o menos complicado hacerlo en ese momento. 

Algunas decisiones no pueden prolongarse demasiado en el tiempo, otras sí, pero tanto la decisión como la indecisión o el silencio hablan de nosotros/as en algún sentido. Al fin y al cabo, no tomar decisiones o dejarlas en tejado ajeno, no deja de ser una decisión y puede aportar comodidades, pero consecuencias de algún tipo consigo a la vez. 

Sobre eso de cuándo decidir algo, no hay nada escrito. No hay un momento objetivamente exacto en el que sea mejor hacerlo en la gran mayoría de casos, pero sí que quizás deberíamos permitirnos pensar que no siempre esas decisiones tienen por qué llegar a cerrar temas o  concluir nada. Por un lado, pensar que ese no es el objetivo ni, a menudo, una necesidad, puede limitar la presión de estar o no equivocándonos porque no siempre algo es tan irreconducible. Por otro lado, no creo que debamos creer que tenemos el poder de determinar algo de forma absoluta e irrevocable sin considerar, también, que ello se puede reactivar en el tiempo y aportar, entonces, una experiencia y una perspectiva adquiridas que ayuden a la acción de decidir... pudiendo incluso llegar a decidir otra cosa o a valorar de distinta manera aquello que decidimos en un pasado.

Por eso, no sé si hay decisiones buenas o malas sino, probablemente, más o menos acertadas en un contexto global. Pero ¿qué pasa con el contexto interno? Ese también importa y es la parte más pasional y egocéntrica de una decisión. Por eso, recuperando la idea de darle tiempo a algunas decisiones, tanto si las tomamos como si las recibimos de forma más impulsiva, tomar una decisión nos alivia por la carga mental que desahoga pero, con el tiempo de por medio, también hace visibles algunos matices en los que no pensamos antes. 

Así que creo que, la mejor decisión que podemos tomar es la de estar en paz con nuestras decisiones entendiendo, en primer lugar, que cuando tomamos una decisión nos parece la mejor de las opciones en ese momento y, por eso, también hay que tener muy claro el momento vital que nos llevó a ello. En ese momento tuvo sentido. Me parece importante tener presente eso para sentirnos mínimamente seguros y capaces, no siéndonos injustos una vez han pasado. A la vez, es importante que podamos reflexionar, desde otra época, en qué decisiones pudimos estar mejor y peor para poder extraer de ellas lo que más pueda ayudarnos a tomar otras futuras. Y, por último, creo que deberíamos ser conscientes de la dificultad que supone tomar una decisión "más decisiva" ya de por sí, para sentir valor por haberlo hecho y coraje para seguir haciéndolo con confianza.

viernes, 31 de julio de 2026

Nadie es de nadie

Nadie es de nadie y eso no significa que estemos solos. Podemos compartir con otras personas pero no tenerlas, podemos comunicarnos pero no someterlas, podemos acompañarlas pero no poseer. Podemos incluso parir y ser nuestros/as hijos/as más de la vida misma que nuestros/as aunque escueza. Y confieso que, esta reflexión en un día agridulce como es final de quincena vacacional con mi peque, me lleva hoy a este texto. Pero eso no quiere decir que me dé cuenta ahora de lo que digo, por suerte.

Que nadie es de nadie, aunque yo creía que mi madre sí que era mía por mucho que huyese de la simple idea de que ella pudiese llegar a querer atarme, lo aprendí en la adolescencia. Y es que no, no lo somos y lo interioricé conscientemente con uno de mis primeros amores. Me pegó fuerte y vivimos nuestra historia, pero nunca llegué a alcanzar con él lo que yo fantaseaba tener con esos 17 años. Él, seguramente me vio demasiado entregada (aunque nunca se me ha dado bien el filtro de saber cuánto es "demasiado" cuando sientes. Quizás eso daría para otro texto.). Yo, le vi demasiado "fluído", resbaladizo, como para que nada fuese a acabar en compromiso, aunque le gustase. Aun así, acepté por primera vez ese rol intermedio, eso sí, con mucha inexperiencia en comunicación (cosa que ahora veo fundamental en cualquier tipo de relación y más cuando se generan incomodidades). Pero, para bien y para mal, de ello siento que aprendí.

Aprendí a reflexionar a base de sentimientos encontrados, a aprender a disfrutar de esa situación de no-seguridad ganando poco a poco en compromiso conmigo misma, a contar para alguien y viceversa sin dependencia, a convencerme de que "estar para alguien" no es algo que deba ni mendigarse ni hacer por compromiso, sino por amor en la forma que sea pero a no exigir menos (aunque años después tropezaría, espero que por última vez, con una gran piedra en ese sentido. Creo a la vez que, de ello, supe salir gracias a tener claro el título de este texto.) Aprendí, por entonces, a utilizar la escritura como medio para desahogarme y, entre otros más, a que nadie era de nadie... ni en el amor, ni en la amistad, ni del todo en la familia, ni en el universo en general. Pensar así, después, me ha llevado a parecer demasiado libre para otras personas y a que eso se percibiese como amenaza a la hora de estar en pareja conmigo. Personalmente, creo y sé que, aceptar eso, no quiere decir que no puedas decidir estar con alguien cuando lo sientes, sino a que también aceptas que las cosas a veces se acaban o simplemente cambian porque, podemos querer o habernos querido, pero no nos pertenecemos. Porque, podemos intentar controlar una situación o la actitud de alguien, pero no tenemos el poder final para hacerlo.

Quizás os parece que, esa que contaba, fue una historia frustrante y con carencia inicial en autoamor, y seguramente en ese momento adolescente fuese así. Pero años después, y habiendo podido comparar perspectivas con aquella persona en cuestión y reír de todo aquello, reflexiono en positivo y creo que, entre otras cosas, si algo me enseñó aquella historia, y bastante a tiempo por cierto, fue que: a quien hay que querer y en quien hay que creer con fuerza es en uno/a mismo/a primero, que nadie es de nuestra propiedad y que debemos centrarnos en la suerte del tiempo que decidimos disfrutarnos mientras nos hagamos bien y a que, no ser tan apenas celosa, fue una consecuencia de una situación temprana que no pude controlar pero que me sirvió en positivo de ahí en adelante.

Nadie es de nadie... y lo escribo mientras pienso que quizás cada uno sí que somos bastante de nosotros mismos y nos debemos a esa condición humana pero también en forma de oportunidad. Porque, si no somos nosotros quienes hacemos por tenernos y por tratar de pertenecer, ¿quien lo va a hacer? Nadie es de nadie pero tenemos la responsabilidad de lo que emitimos y de cómo y desde dónde nos relacionamos... Siempre hay alguien para otro alguien, dicen, pero ¿por qué cuesta tanto a veces aceptar que nadie es nuestro o nosotros suyo aunque así lo digamos con palabras? Pues se me ocurre que por amor, o bien por la energía, tiempo o ilusión invertidas en la otra persona o, a veces por la frustración ante la conveniencia o el interés personal que se tuviese inicialmente aunque cueste pensarlo, o por el miedo a estar solo afectivamente hablando, por una mala gestión de la soledad con uno/a mismo/a o por la maldita inseguridad. Seguramente hay más respuestas pero todas acaban en lo mismo: en una gestión por solucionar con uno/a mismo/a más que por exigir ningún afecto a nadie (aunque alguna explicación sincera desde la responsabilidad afectiva del/la otro/a no esté de más para poder recomponerse más fácil y rápidamente).

Entonces y a modo de conclusión, si alguien es algo nuestro no puede ser porque nosotros lo digamos, es porque esa persona así lo quiere, nos lo transmite y conjugamos. Y qué bonito cuando eso pasa libremente, aun sabiendo que nadie tiene el deber ni el reclamo de ser de nadie, cuando alguien siente que quiere ser o que es algo de alguien sin ataduras, por emoción. Ponerle o no ponerle nombre ya es pura decoración o designación social. Lo que sí que creo es que igual que nos vinculamos podría suponernos normal llegar a desvincularnos... incluso llegando a sufrir el dolor, el duelo y todas las fases por las que se pasan a veces, claro. Nadie dice que sea fácil desde que somos seres que sentimos pero, asumiendo que pueda pasar aunque sea de un gran fastidio, creo que ahorraríamos en rabia, evitaríamos forzar y favoreceríamos soltar, con mayor serenidad, algunas situaciones... sin querer eso decir que sea algo gustoso.

Igual que con 17 años aprendí que nadie era de nadie, también con 17 otra persona me dijo por primera vez una frase que a día de hoy aun recuerdo y utilizo: "Nunca estará solo un corazón que ocupa un lugar en otro corazón". Quizás nadie es de nadie pero formamos parte de las vidas de álguienes y significamos en ellas... y eso es igual de interesante o más, merecedor de ser mínimamente cuidado y, sobre todo, valorado. Porque eso es lo que, falsamente o no, nos hace sentir que son o somos de alguien pero, sobre todo, que nos sentimos mejor con su acompañamiento y afecto que sin él, que la no pertenencia no se sienta soledad o ausencia de sentido y que experimentemos esa capacidad relacional de nuestra especie con más calma que ansiedad.

lunes, 13 de julio de 2026

No es publicidad aunque va de publi

Publicidad: esa carrera que casi hago en el momento más decisivo de mi vida estudiantil por ir más que perdida y esa que, de haberla hecho, hubiese exprimido mi creatividad pero "vocacionado" nada. No sé cuánto podría haber aportado en ese mundillo, pero sí tengo claro que podría haber aprendido de compras, de ventas y a venderme. Y no sé hasta qué punto me gusta la idea, así que me alegro en cualquier caso de haber escogido otro camino pero, ¿acaso no es condición del ego humano publicitarse? Hay quienes lo hacen con una imagen, otros/as con la palabra y, otros tantos, lo mezclan todo a través de redes sociales. Se rumorea que, incluso, hay quienes no saben exactamente si son más quienes son, sienten y padecen o quienes hacen ver que son... pero insisten y, a veces, les acaba funcionando en forma de admiración manipulada.

La "publicidad" designa un nombre a un concepto, a un deseo o a una aspiración: la de que alguien se fije e interese en algo o en otro alguien de forma inducida pero por decisión propia, no siempre creándose un interés real por el producto en sí, sino en la forma. Por eso, según cómo publicitamos, atraemos un tipo de público determinado. 

Otra cosa que genera la publicidad si nos dejamos llevar por ella es, seguramente, decepción. Ni lo tan grande es al final tan grande, ni la estética real tal y como la pintan, ni lo perfecto o innecesario dejará de ser imperfecto como todo o se convertirá en algo imprescindible. Por eso, sea cual sea el producto, debería leerse toda la letra pequeña y pensar en su utilidad real en nuestro contexto, distinto a cualquier otro al fin y al cabo; conlleve eso el tiempo que conlleve, ya que hay aspectos que no se nos muestran a los ojos durante ese tiempo de publicidad y que vale la pena analizar. Creo que, para ello, hay que tener en cuenta que, los ojos con los que miramos, no son más ojos que nuestra mente, la que realmente observa y revisa.

La publicidad se da en un instante. La publicidad se da en un instante en el que te convence o no te convence pero, un instante que repetido en el tiempo o repetido con constancia, te capta o te pierde, te atrapa o la odias. Y digo "te capta" y no "te gana" porque hay una diferencia abismal entre lo que te elige y te convence de que lo elijas y lo que eliges personalmente y de verdad. Y, de nuevo, cuidado con si lo que te capta es una nueva cafetera, el plan de la plataforma de música compartida con amigos o bien una persona. Para escoger, deberíamos mirar y escuchar a nuestros sentidos (más influenciables), pero sentir desde el punto de vista y el ruido de nuestra propia mente (más sabia), que es la que ha seguido nuestro recorrido hasta hoy.

Pero no quiero que parezca que todo es negativo alrededor de la publicidad, creo que también tiene cosas buenas, y es que nos hace reflexionar de forma inconsciente volviéndonos más conscientes, ya no tanto sobre el producto en sí o en si está este más o menos sobrevalorado, sino en nuestra forma de dimensionar la realidad, la estética, "los targets" o las palabras según nuestros objetivos. Nos aporta consciencia sobre nuestra forma de darnos cuenta qué tiene más peso en nosotros a la hora de desear, de ansiar o de dejarnos convencer y en qué orden y medida tiene influencia cada uno de esos puntos para nosotros. A veces nos equivocamos y apostamos, invertimos y almacenamos algo que no estaba hecho para nuestro día a día. A veces, aprendemos de ello y de ver la publicidad como un arte en el que algunas personas tienen un verdadero don, pero desde el punto de vista de espectador consciente. Creo que todos/as de alguna manera publicitamos, por costumbre, por creencia o por contagio, y nos publicitamos, por ganas de ser descubiertos, por ambición o por necesidad. 

El otro día tenía la TV encendida de fondo y en ella aparecieron unos anuncios publicitarios. Había activado el piloto automático de TV como compañía más que como oferta en divulgación. De repente, escuché una frase que captó mi atención. Y, ¿por qué? Porque resonó conmigo. Creo que esa es la clave principal de la publicidad... crear vínculo emocional para despertar interés. "No se trata de ir más lejos, sino de llegar más cerca.", decía. Instantáneamente, un anuncio sobre alojamientos que no me interesaba hizo que su eslogan, neutro, directo y traspolable a otros ámbitos como el social, conectase conmigo, hasta el punto de llevarme a escribir este texto. 

Así, el texto de hoy no pretende captar, convencer, ni crear una necesidad a nadie, sino: 1- Fomentar la reflexión acerca de cuánto más o menos tenemos de vendehumos, cuánto potencial confiamos que tenemos para ser exitosos/as siendo como somos fuera del escaparate y cuánto más o menos nos esforzamos por ser aceptados llamando la atención, copiando o intentando contentar. Y 2- Acercar la idea que me surge del eslogan del anuncio: quererlo y provocarlo todo para conseguir algo, puede llegar a ser útil en cierta medida, con cierta efimeridad y con el peligro de que la caída sea más dura pero, obtenerlo descubriendo desde cerca, puede conllevar tiempo e inversión, pero a la vez conectar desde la conciencia que lleva a querer quedarse o defender que esa es, o la mejor, o una de las mejores marcas.

jueves, 18 de junio de 2026

Lo de detrás de lo indecible

¿Quién no ha tenido un secreto o a intentado tenerlo alguna vez? Seguramente, tarde o temprano acabó destapándose porque hay gente a la que gusta más el chisme por sentirse centro de algo que el respeto hacia la intimidad discreta que se crea entre unos pocos. Dicen que los secretos tienen las patas cortas pero también muchos secretos se habrán ido a la tumba. Y, ¿por qué a veces no decimos cosas que en realidad querríamos poder gritar, cuando nos causan sentimientos, nos remueven o nos reviven, pero lo decidimos callar? En ocasiones por vergüenza, a veces por miedo, a veces por ambas... y a veces por el miedo de dañar a alguien/es. Y el que no dice algo por no dañar a alguien, daña, aunque igualmente iba a dañar diciéndolo, al menos de forma precipitada.

Hoy me han contado un secreto, desde la ansiedad que ya no podía callar, desde esa confianza extraña que a veces solo se crea con (casi)desconocidos por la desconfianza que nos crea a veces compartir entre los que estamos conectados en la experiencia de habernos sentido juzgados. Sentirse juzgado por un extraño pisa pero pasa, sentirse juzgado por alguien a quien aprecias, pesa y se posa. Hoy, alguien me ha contado que estaba enamorándose de "un amor prohibido" y que temía, sobre todo, que una persona muy cercana a ella pudiera enterarse porque no quería dañar sus sentimientos. Yo, al principio no estaba entendiendo nada, me parecía extraño el convencimiento de no poder explicar que dos personas se estuviesen enamorando. ¿A quién podía dañar eso? ¿Hay algo más bonito y que se debiera respetar y admirar más que el amor? Pero enseguida lo he entendido todo: Alguien que ama, con su amor o forma de amar, puede dañar a alguien que lo ama. Indirectamente, consciente o inconscientemente, sin culpa alguna... pero esperemos, como me ha parecido en este caso, que con sensibilidad.

Los vínculos y los tiempos, a veces nos hacen rehenes de situaciones que nos atrapan. El grado de intimidad y de cariño por alguien y el cuándo suceden o se comparten algunas cosas ("quién primero o quién después", "qué significas tú para mí o qué significaste", "si había expectativas ante la situación, o bien idealización o nada de ello", etc.) nos lleva a repensarnos la manera de cómo poder hacer que todos/as los implicados salgan lo mejor posible de una situación así. Si esta chica se hubiese avanzado en el tiempo a explicar su historia a la persona a la que ahora no quería dañar (y eso solo hubiese podido pasar si su historia hubiese pasado mucho antes en el tiempo y resulta imposible), ahora seguramente no estaría agobiada por la idea de estar dañando a alguien por amar a otro alguien, porque no estaría sucediendo aun la historia como ahora mismo. Pero todo, confluyendo a la vez y haciéndolo también en el tiempo, está creando amor por un lado y agobio absoluto por otro.

A veces queremos desaparecer porque no es que no queramos dar explicaciones, es que necesitamos un paréntesis de reflexión para entender los primeros lo que sucede para luego poder expresarlo lo mejor posible. Todo ello junto a un acto de fe en la capacidad de los demás de ponerse en los zapatos ajenos, sin descuidar los matices y no solo la idea genérica. Mucha fe en realidad. Esto le estaba pasando hoy a mi semiconocida, pero esto pasa hasta en las mejores familias, entre padres e hijos, entre parejas, entre amigos o amigos con derecho a roce o incluso entre compañeros/as de trabajo. En muchas ocasiones, cuando alguien expresa no querer dañar a alguien es que le va a dañar pero quiere encontrar la manera de cómo dañar menos, dañándose a sí mismo más si cabe de por medio, para conseguir llegar al momento en el que considere que el daño global puede ser más leve en el desenlace para todos. Eso teniendo en cuenta que alguien no se adelante de por medio, pisotee ese esfuerzo por afán de protagonismo y heroicidad, y arruine algo que podía acabar resolviéndose de una mejor forma. Abajo "los metiches".

Puede que una persona que no dice pero sí está buscando la manera de decir, no sea egoísta, ni cobarde, ni desleal siempre, sino que esté pasando por varias fases (autoculpa, introspección, interconciencia, autocompasión, reflexión, resolución...), depende de cuál sea el caso. Me parece que antes de juzgar también podríamos pensar que esa persona es alguien que justamente quiere, que trata de proteger de alguna manera se equivoque o no y que sus tiempos pueden ser un acto de sensatez frente a lo contrario, que podría ser lo impulsivo o lo irresponsable emocionalmente hablando. Equivocarnos o meternos/vernos metidos en pequeños líos a veces forma parte de la condición humana pero, en la resolución del caso, puede estar la diferencia.

Por un lado están aquellos/as que necesitan pensar en cómo comunicar y así hacerlo. Por otro, aquellos/as que prefieren llevar siempre el muerto encima pero callarlo por, seguramente, sentimiento de culpabilidad que no creen que les represente, que les avergüenza y que deberían revisar. Pero también están los/as que hacen ghosting, huyendo de la incomodidad y haciendo sentir a los demás alguien sin importancia, aunque no fuese así pero prefieran esa técnica de escapismo. No supieron hacerlo mejor, pero qué injusto que a veces nos quede mejor recuerdo de esos que de quienes hicieron por afrontar o dar espacio a las emociones ajunas por poco que fuese.

Finalmente, después de haber escuchado con atención a mi semidesconocida, le compartí que, se descubriese o no su situación, me parecía coherente cómo estaba actuando. Estaba omitiendo información con prudencia para encontrar la mejor manera de poder asumir esa situación amorosa entre todos/as. Su enamoramiento me parece bonito, pero también puede que contenga algo de romanticismo la delicadeza de comerse la cabeza por no querer dañar a alguien que siente por ella y seguro que de la gestión de ello aprende y crece. El trato de lo indecible, creo que dice algo de uno/a mismo/a y de su manera de gestionar pero, con reflexión y análisis, puede decir también mucho a uno/a mismo/a.

viernes, 12 de junio de 2026

¿Más vale solo que mal acompañado?

¿Más vale solo que mal acompañado? Lo decimos, lo repetimos, sobre todo desde la adultez, como queriéndolo asumir a modo de tatuaje en la consciencia, a modo de escudo protector teórico. Porque ya se sabe que la repetición lleva a la costumbre y la costumbre la relacionamos con la identidad. "¿Y quién soy yo, persona adulta, sino alguien capaz de relacionarme con capacidad de no ser dañado? ¡Ya he sufrido demasiado y me he sacado un máster en controlar con la cabeza los impulsos o mazazos que llegan al corazón!" Supongo que así intenta autoconvencerse la mente de alguien que, con este tipo de argumentos intenta aparentar madurez, ese término tan amplio como subjetivo, que nos atemoriza no tener pasados los 30. 

Pero, seguramente, es pasados los 30 cuando menos buena compañía podemos encontrar, a la vez que de la buena la mejor cuando la encuentras entre un millón. Y no es que todos estemos tarados, es que: a) La mitad seguramente sí por traumas del pasado mal gestionados contra los que todavía intentan luchar y que, al no poder y no aguantarse a ellos/as mismos, buscan compañía que se los resuelvan o a quien atribuírselos o desahogarlos y en realidad acaban con la paciencia y el desquicio de otros con egoísmo; y b) La otra mitad no, pero han vivido tantas atribuciones de quebraderos de cabeza ajenos que asocian la idea de socializar a pensamientos igual de atractivos como asociados a la volatibilidad que poco quieren en sus vidas, desde tentativas añadidas de desconfianza y distancia.

Pero lo cierto es que nuestro cerebro no está programado para que estemos solos o para soportar más la soledad que la compañía. Somos seres sociales y también hemos tenido buenas o bonitas experiencias, fugaces o duraderas, que nos llevan a intentar conectar. La mente tiende a quedarse más, y por suerte, más con lo bueno que con lo malo que, aunque se recuerde, suele ir perdiendo intensidad o lo bueno a exagerarse, y sino, con una canción nostálgica de fondo lo puede conseguir. Con mil escudos y mejor o peor armados, pero nos buscamos. Buscamos individualidad pero también sentirnos importantes o parte del equipo para alguien... o para el grupo. Y toda esta introducción la he hecho para llegar a este punto. Este texto no va de amor tan solo, va también de estrategia, de cómo la gente vive el grupo y está dispuesta a comportarse según el fin. Al fin y al cabo, de como a veces la gente solo se relaciona en grupo o bien hace equipo. 

Pertenecer a un grupo nos da identidad, sensación de pertenencia, de aceptación y de respaldo. Pero en un grupo, a veces, (y nunca reconoceré que en los míos sea así porque los míos son los mejores y llenos de gente sana permanentemente y sin excepciones ;) ) se crean dinámicas chungas. En los últimos tiempos (seguramente pasados esos 30 años, para unos de esplendor y para otros traumatizantes, de los que hablaba antes) he observado y experimentado algunas de esas dinámicas inquietantes, repelentes e incluso destructivas. Voy a resumir 4 de ellas y, después, la clave, seguramente, para cualquier dinámica relacional sana. Empiezo por las dinámicas chungas:

1) "Follow the leader": En esta, una persona es la líder y es seguida por el resto más por admiración de lo que "quise y nunca llegué a ser" que por su verdadera amistad, que no tienen por qué no tenerla, pero dentro de un ambiente inquietante de poder y admiración involuntaria que, a la vez, ya le va bien al/a la otro/a. El grupo (personas con cierta falta de autoestima, de liderazgo o de personalidad) idealiza a esa persona que les hace visibles en el mundo y, la persona líder, puede ser buena o jugar, sobre todo a que sus decisiones se impongan sin tener apenas que argumentarlas. Y eso marca la diferencia de cómo pueda evolucionar esa amistad en sí, si ganando todos/as a partir del modelaje y reforzando el autoconcepto general, o bien jugando con personas que sienten pavor a no sentirse parte de algo y se aferran a un clavo ardiendo, convirtiéndose en algo súbditos en tiempos modernos.

2) "Lobo con piel de cordero": Una persona o unas pocas es/son líder/es y es/son seguida/s por el resto más porque al resto le da miedo tener a esa/s persona/s en contra, que por vínculo real. Son grupos que giran en torno a parte de buen rollo y parte de falsedad y que, normalmente, acaban sumiéndose en critiqueos. Primero iniciados por "el pastor" (quien destaca en poder de convicción y decisión sobre el resto) y seguidos por el rebaño. Y, después, el rebaño, por agradar y ganarse el buen rollo del líder, sigue los rumores y el chisme al ver que al pastor le gusta estar enterado de todo para controlar mejor el cotarro. Primero son critiqueos externos y eso une, porque nada une más como gener un enemigo en común. Pero tarde o temprano, lo hacen entre ellos/as mismos/as. "Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar". Eso se debería tener en cuenta muchas veces y más aun si se ha visto alguien enmedio de una dinámica así. Mejor salir aunque se tenga que ser criticado por ello.

3) "Por interés te quiero Andrés": Personas movidas por intereses. Intereses del status que te otorgue pertenecer a ese grupo, de opciones de escalada social o laboral o bien más místicos y relacionados con el robo de energía de otros, por ejemplo. Los primeros, un poco trepas o sin escrúpulos muchas veces y, los últimos, más cercanos a trastornos narcisistas. El grupo de los primeros, no tiene nada que perder pero tampoco demasiado que ganar, al menos no una amistad real aunque, por un tiempo, seguramente sí alguien a su lado leal. Por un tiempo (hasta conseguir lo anhelado). En el último caso, el de los vampiros de energía, acaban siendo rechazados, pero por el camino han mareado y machacado a los demás, seguramente a personas con bastante serenidad, calma y bondad. Justo eso es aquello que esos seres envidian y ansían y, al no ser capaces de sentirse ellos también así, intentan destruir la de los demás para no sentirse ellos tan minúsculos y desgraciados. Terapia real o expulsión creo que son la única solución.

4) "El reality show de la amistad": Personas que, más que en un grupo, están en un juego constante de poder. Todos/as quieren ser la cabeza más visible y con más poder del grupo y conocen más o menos las fortalezas y debilidades de unos y otros. Siendo así, van aliándose, según el momento o el contexto, a quien más fuerza le pueda sumar en ese momento. Bajo, mi parecer, son relaciones bastante falsas en las que un día el/la que era tu gran amigo/a resulta que mañana puede dejarte en segundo plano, aunque sin retirarte del todo su amistad por si acaso, porque le interesa más otro/a. Su fidelidad hacia ti entonces resulta dudosa pero su amistad no descartable porque, a la vez, a uno/a misma le puede volver a ser beneficiaria... y así se entra en una rueda y un enganche en que hoy uno se puede sentir el amo y mañana ir a remolque y jugar para volver a ser el amo porque, poderse, con táctica se puede. Se aprecian todos/as pero la amistad les sirve, en primer plano, para utilizar y aparentar y, en segundo, para disfrutarla. Son grupos que suelen durar por la bondad y generosidad de ese o de esos pocos a los que, cuando se percatan de ello, no les importa quedar en la sombra de aquellos que necesitan destacar y ejercer el rol de rescatistas de aquellos que no brillan o a quienes no se acoge tanto en un momento dado. Todos en este tipo de grupos acaban aceptando el juego porque algo ganan, ya bien sea reconocimiento o simple compañía.

Y, bien, por supuesto, siempre hay grupos buenos, tanto grandes como pequeños, sobre todo los no demasiado grandes. Pero ni estos se libran de épocas con dinámicas más sanas o más tóxicas ya que, al final, somos personas, con nuestras taras, luces y sombras, y momentos y Momentos, las que los formamos. Pero, lo que creo que marca la diferencia entre un grupo algo podrido de un grupo bueno, es la comunicación. Una buena comunicación, sincera y directa, sin ofendidos y ofensores, sino con personas que viven el grupo más desde el corazón que desde la cabeza y que hablan, escuchan, sostienen, aceptan, aclaran, ríen y lloran, desde el desinterés de nada más que conectar, entre personas distintas y en evolución, todo aquello que en positivo sí resuena, remueve o inspira. Eso se pasa el juego de grupo incluso y hace equipo.

Desde luego, más vale solo que bien acompañado. Y qué bien le sienta cierta soledad a todo el mundo en alguna época o ámbito de su vida. Pero, seres en positivo que comparten y unen enegías, suman en la vida y en sus vidas y eso es brutal. Siempre pienso en que siempre hay alguien para alguien y que, no hace falta buscar pero que, cuando se encuentra, se debe de saber cuidar.

martes, 28 de abril de 2026

Que no se vaya la luz

Hace un año que se fue la luz, literalmente. Lo recuerdo porque fue el cumpleaños de mi amiga Marta. (Felicidades Marta, te quiero.) Teníamos plan, se fundió el día, la ciudad continuaba entre el caos de algunos y la alegría, en el fondo, de muchos. "¡Que se quede así unos días! Adiós tecnología." Decían otros, hartos de ver que el brillo de las miradas cada vez estaba más en el reflejo de las pantallas que en lo tangible o terrenal. Pero la celebración de Marta no era en una pantalla, iba de un local en el que debíamos tener cuidado con el bordillo de la puerta al entrar y de abrazos y cánticos al encontrarnos, así que no se vino abajo. El faro de mi moto siguió el caminito poco a poco algunos kilómetros hasta el destino porque, como ya se sabe, la verdadera luz la ponen los corazones por oscuro que sea el entorno, y mi amiga se lo había currado, sobre todo en ilusión. Finalmente resulta que volvió la luz a los fluorescentes, y la electricidad en general, y la anécdota del día nos sirvió para recordar que, aquello, suponía comodidad y facilidades, pero que lo esencial, como dicen, es invisible a los ojos.

Y aquí podría acabar mi texto de hoy, sin embargo, creo que la idea de hablar de esa luz con posibilidad de expansión no debe desaprovecharse. Creo que hoy en día somos muy tendientes a llevar nuestro farolillo, con la atención puesta en que este no se apague, pero encerrando la llama. Creo que nos falta cuidar más la chispa que nos encendió o la que un día puede hacerlo y dirigir más la mirada hacia la hoguera en la que puede participar, esa que puede permitirnos crecer. Ese sentimiento de comunidad que se ha ido desvaneciendo y que a la vez tanto anhelamos en momentos de flaqueza, requiere de cuidado. Requiere de enfocar a las oportunidades más que en buscar culpables en las derrotas o de recibir sin olvidar dar el calor que dilate la posibilidad de encontrar soluciones y respuestas más sólidas.

Y, ¿por qué, como aquel 28 de abril de 2025, esperar a que algo incómodo o algún contratiempo suceda para acordarnos de todo eso? Porque ahí nos volvemos todos vulnerables y el egoísmo deja de ser un aliado. Por necesidad. "Tranqui, te presto mi cargador portátil", "Tranqui, vente yo te llevo", "Tranqui, yo te lo pago hoy", "Tranqui, puedo hacerte yo la cena", "Tranqui, te ilumino con mi linterna y te sostengo con mi vela...." No cada día se va la luz y podemos volcarnos en ofrecer ayuda, comunidad o facilitar un poco el mundo frente a las adversidades, pero sí que el día a día, aun con luz solar, es bastante fastidiado para muchos corazones a medio gas. Deberíamos poner a disposición del día nuestra mejor versión, la que más pueda brillar y hacer brillar dentro de nuestras posibilidades, para no apagarnos entre nosotros y acabar siendo una sociedad menos tenue, más lucida.

jueves, 26 de marzo de 2026

El ¿aburriqué?

El aburrimiento no es siempre un estado que llegue por unos mismos hechos o por una misma forma de inactividad. El aburrimiento tiene que ver con el contexto, con las expectativas y con el estado anímico. O, mejor dicho, con las oportunidades que te inspira el contexto, con las elevadas, o bien irreales, expectativas, con la regulación emocional ante la nada o la voluntad de ver todo o mucho en nada, en lo repetitivo o en lo familiar.

El aburrimiento también tiene que ver con el estado propio, con la relación con uno/a mismo/a. A veces, con la necesidad de sobreestimulación ante algo que, de entrada, no lo pide o no lo ofrece. Digamos que, hoy en día, parece que lo simple, lo silencioso, lo laborioso o lo no compartido nos lleva a un sentimiento de hecho aburrido. Como si vivir algo sin un fin exacto, sin un reconocimiento externo o sin apasionamiento, lleve al fracaso del gozo. Como si el camino, el probar o la contemplación, fuesen una pérdida de tiempo sin una misión visible al público. 

De hecho, ¿dónde se siente el aburrimiento? ¿En la cabeza? ¿En el pecho? ¿En el ombligo? Pues puede que me equivoque, pero creo que se siente en la barriga: en forma de ansiedad, en el pecho: en forma de ahogo y en la cabeza: como confusión en la percepción de posibilidades en el ahora. Al final, lo que lleva a aburrirse seguramente sea una alteración mental provocada, en su base, por la poca tolerancia de soporte de uno/a mismo/a, una falta de estrategias personales, o bien una costumbre a lo inmediato, a lo fácil y a lo rápido que hacen de la quietud, de lo lento o de lo que precisa ser pensado, algo incómodo.

Hay momentos que requieren de calma, suavidad y sentidos para que sean disfrutables ampliamente. Hay momentos que no tienen una finalidad, tan solo ganas de sentir el momento o el propio sentimiento, incluso aunque punce, y que se acaban traduciendo en experimentación, en descubrimiento o en estimulación. Momentos que empiezan para matar ese agobio al que llamamos aburrimiento y en el que, gracias a esa misma sensación, se abre un canal interno bien rico y pura inspiración. Es decir, quien se aburre es porque quiere o, quizás, porque lo necesitaba para llegar a descubrirse.

Lo que ahora está siendo aburrimiento, antes pudo haber sido (o le pudiste haber llamado) un momento de descanso, de tranquilidad, de contemplación, de recarga... Si ahora lo sientes aburrimiento, no trates de juzgar el entorno o a quienes te rodean ya que, seguramente, con quien debes hablar es con tu mente. El aburrimiento mismo es una oportunidad para frenar, bajar revoluciones, aprender a escoger o tomar decisiones. El aburrimiento dice más de ti que de lo que te rodea. ¿Lo bueno? Nunca es tarde para reconciliarse con el propio aburrimiento y transformarlo en serenidad y, quizás, incluso disfrute.

miércoles, 8 de octubre de 2025

El contexto interno importa

El otro día volvió a pasar. A lo largo de este tiempo, mi hijo ha ido aprendiendo de mí y de los demás que le rodean y volví a encontrarme con una situación que me obligaba a reflexionar. La típica situación en la que un niño pequeño parece que trate de manipular pero en la que, lo que hace, es simplemente copiar formas, ponerte en efecto espejo para salirse con la suya o conseguir lo que quiere desde una capacidad cognitiva ya más desarrollada. Sin que lo sepa, genera en ti la necesidad de complementar la crianza por instinto con algún que otro momento de revisión i reflexión. Recuerdo la primera vez que viví eso de lo que hablo, aquella primera vez en que, siendo algo más limitada la comprensión del niño, traté de poner límites expresando que "aquello que estaba haciendo, hacía daño al corazón de la mamá". Algunos días después, se convirtió en la frase estrella que él utilizaba para justificar su ira y tristeza ante decisiones mías que le hacían sentir derrota o frustración. Mientras él decía "Esto que me dices o que no me dejas hacer me hace pupa al corazón" para intentar que fuese más permisiva en algún momento, yo pensaba "Oh no, ¡se me ha girado en contra la estrategia comunicativa!". Y quizás no era así, quizás simplemente era que el cerebro del peque había evolucionado ya hasta un punto en el que hacía falta reconsiderar la utilidad de mis palabras dentro del objetivo principal: optimizar la gestión conductual ante el conflicto. Quizás había sido una estrategia temporal que ahora exigía cambio. Pero, en el ejercicio de pensar qué no funcionaba como anteriormente en ella, fui un poco más allá y me pregunté: Es que, ¿era realmente el acto del niño lo que a la mamá le ponía triste, nerviosa o hacía sentir frustrada? 

Llegué a la conclusión de que mi estrategia derivaba de la necesidad propia de hacer llegar a mi hijo que aquella acción suya no llegaba de forma positiva a mí, sino que causaba emociones contrarias. Pero, sinceramente, el hecho en sí mismo, muchas veces no tiene tanta carga real como para impactar de la manera en que lo exponemos, sin embargo, le añadimos peso para generar esa atención necesaria en el otro, para reconsiderar lo dicho o hecho que solo una alerta tiene la capacidad de provocar. Así que, lo que a veces comunicamos, no se ajusta exactamente al kit de la cuestión y, quizás por eso, no permitimos que empaticen realmente  con nuestra inquietud. La clave está en comunicar a partir del contexto, concretamente en el contexto interior... y eso supone hablar desde las necesidades que uno tiene ante una situación, más que entrar en el bucle de lo que nos ha generado conflicto o de las formas de gestión ajenas.

Por ejemplo, el otro día estaba en el vestuario de la piscina con mi hijo y este estaba alzando la voz contento e ilusionado por estar con un amigo suyo. Cada vez que yo le escuchaba alzar la voz pensaba que el niño no estaba excediéndose, sinó que escuchaba un niño alegre alegrando el rato a los demás. Alguna persona sonreía, otra comentaba... Sin embargo, una mujer que andaba por allí empezó a resoplar y a expresar descontento ante ello. ¿Por qué una misma situación puede causar efectos tan contrarios? Aquella señora hubiese reñido a mi hijo si por ella hubiese sido y, si le hubiese dicho que no estaba respetando a los demás o que estaba molestando no hubiese sido del todo justa, ya que a la mayoría no nos estaba generando eso mismo. Así, si más allá del hecho analizásemos el contexto interior de cada una, seguramente nos daríamos cuenta de que la diferencia, la base del conflicto, estaría en las necesidades de cada una en ese momento ante esa misma situación, más allá de la conducta del niño en sí. Seguramente mi necesidad en aquel momento era la de sentir alegría por mi hijo al cual había visto algo triste anteriormente y al cual necesitaba volver a percibir disfrutando. Seguramente la necesidad de la mujer era la de descansar la mente y estar en calma tras una jornada laboral intensa o una temporada amarga. Así que, en el supuesto de que la mujer se hubiese dirigido a mi hijo creo que hubiese sido mucho más efectivo trasladar la molestia, no solo desde la queja, sino desde la demanda por necesidad, para dar la oportunidad a la otra persona de empatizar y poder cambiar la conducta desde la no-culpa, sino desde la posibilidad de cambiar esa situación con unos argumentos con los que hubiésemos podido conectar. Pero nos cuesta hacer eso... y más con desconocidos, porque aun nos resulta extraño recibir explicaciones sobre necesidades de personas a las que no conocemos pero con las que, por contra, sí compartimos espacios y momentos.

Personalmente, esto de lo que hablo lo había llevado a cabo muchas veces en el mundo adulto pero, en el mundo infantil, creo que muchas veces se escogen vías rápidas y fáciles de comunicación para hacerse entender o respetar más deprisa que profundamente, más desviando la atención que atendiendo las necesidades que hay detrás de un conflicto en sí. Pero los niños también sienten y necesitan comprender lo que sienten para aprender a autorregularse poco a poco. Qué mejor que hacerlo desde el modelaje ya que, lo que hoy parece que no entienden, mañana ya lo han integrado en sus dinámicas.

Creo entonces que, ante una situación incómoda o desagradable para nosotros, podría ser más adecuado ajustar lo que expresamos acerca de las emociones que esta nos provoca, partiendo de las necesidades del contexto interior de cada uno ante esa situación. Atribuirle a alguien la responsabilidad de estar haciéndote sentir mal sin analizar nuestro estado en el momento en que lo recibimos, puede no ser del todo justo. Entre adultos solemos darnos cuenta de ello aunque no todo el mundo lo apliques. Pero, ¿qué tal ser más concretos también con los niños? Creo que funciona a modo de educación constructiva, basada más en la reflexión y la argumentación que en la culpa y el reproche por sistema. Así, los adultos deberíamos tener el compromiso con nosotros mismos de saber identificar nuestras necesidades (sean estas momentáneas o generales) para poder trasladar queja, disconformidad o disgusto con la responsabilidad de hacer introspección de nuestro estado en ese momento de conflicto: de si nos está afectando más o menos porque realmente hay una conducta inadmisible por corregir o de si hay algo interno nuestro que añada drama o intensidad a la situación.

A modo de ejemplo: "Yo no estoy triste porque tú hayas rallado la pared con colores (algo que puede ser atractivo para un/a niño/a), sino que estoy triste porque mi necesidad es la de orden y limpieza del hogar y esa acción no va acorde a ello, generándome malestar. ¿Quizás podemos estar de acuerdo con que la casa está mejor ordenada y limpia, que esa no ha sido la mejor de las ideas y con que podemos buscar otra alternativa donde colorear?". Y, en el contexto adulto igual: "¿Me pone triste que pases de mi y no contestes a mis mensajes?"- por ejemplo.- "Quizás lo que me pone triste es no poder subsanar mi necesidad de recibir cariño por tu parte porque eres alguien especial para mí y encima estoy falto de cariño en general. Pero tú no generas mi malestar porque hayas querido dañarme directamente o porque sí, sino porque tu contexto interior era distinto al mío. Lo más probable es que tus necesidades de desconnexión, por ejemplo, hayan generado en mí enfado, decepción o intranquilidad, porque justamente lo que yo necesitaba era lo contrario: atención y cariño por tu parte." 

Tanto en el mundo infantil como en el adulto, creo que las situaciones más comunes en un desencuentro pueden venir causadas por frustraciones, miedos o inseguridades, carencia de liderazgo o de atención, celos, envidias... Así que creo que, utilizando un vocabulario adecuado para cada edad, podemos llegar a entendernos. Si a la hora de comunicarnos pudiésemos ser sinceros y reconocer el foco de la cuestión de nuestro malestar en la necesidad de fondo que ha quedado sin cubrir con la acción del/de la otro/a, creo que podríamos evitar hablar desde el victimismo y la culpabilidad, pasando a fomentar empatía y colaboración en el bienestar mútuo. 

No digo que sea fácil, y mucho menos que lo sea la comprensión de ello para un/a niño/a. Soy la primera a quien repiten constantemente que hablo demasiado con mi hijo, que le doy demasiadas explicaciones ante un conflicto, así que puede que me salga fatal. Tengo poca idea de niños en etapas tempranas y voy improvisando por instinto y desde el amor. Pero sí trato diariamente con niños/as algo más mayores y veo diferencias entre los que traen un trabajo hecho en gestión de conflictos y los que no. Por eso, hoy por hoy pienso que puede ser una vía para enriquecer la educación emocional a largo plazo.

lunes, 11 de agosto de 2025

El secreto de las vacaciones

Las buenas vacaciones van de dejar de sentir tanta carga mental latente. Las buenas vacaciones van de paz mental, de mayor tiempo libre (que viene de libertad), de menor golpe de reloj, de comer relajado y de caprichos lentos o con peso emocional. Las buenas vacaciones hacen ganar en salud (como mínimo mental) y hacen perder la noción del tiempo en algunos momentos... y qué gusto por favor. En las buenas vacaciones pasan vivencias u ocurrencias que explicaremos durante años y otras que "lo que pase en Vacacioneslandia (o llámale "X"), se queda en Vacacioneslandia (o "X")". Las buenas vacaciones saben siempre a poco aunque cundan mucho, cunden incluso cuando no se tiene nada concreto por hacer y hacen que nos nutramos, curtamos y/o aprendamos a través de una observación más consciente y de un disfrute más intenso o frecuente. Las buenas vacaciones, ya se sabe, no van de dónde, sino de cómo y de con quién. Mejor compartirlas con los mejores o, sino, por cuenta propia... porque la energia compartida debería sumar y, en vacaciones, no hay ni tiempo que perder ni motivación que restar. Pero, sobre todo y como decía, creo que van de "cómo" porque, con compañía en ellas o no, van de actitud y de saber aprovechar del lugar o de lo que se haga... con mirada curiosa y romantizada, con mente amplia y alegre y con corazón disfrutón y generoso. Porque estar de vacaciones no es lo mismo que sentirse en vacaciones... y de eso realmente van.

Cosas como escribir esto hago yo en un tren de vuelta... de estas vacaciones que aun no acaban :)

jueves, 26 de junio de 2025

Se viene

Se vienen las vacaciones. Hace años, no tantos de hecho, eran solo foco de alegría, de descanso y acción a partes iguales, de motivación y de creatividad sin fin. Desde hace un año aproximadamente, las vacaciones son todo eso pero, entre el sol y yo se instala una nube: se llama custodia compartida. En periodo vacacional, siendo este para mí bastante largo y libre, se hace duro a veces pensar que podrías estar disfrutando de tu hijo y él de ti más que nunca, haciendo planes increíbles y cogiendo más energía juntos que nunca. Pero no, eso solo podemos hacerlo a tiempo parcial, la mitad del tiempo, como durante el curso nos ha ido pasando pero durante periodos más largos, tanto los presentes como los de ausencia.

Pero, ¿sabéis qué? Siento que algo está empezando a cambiar en mí, quizás ya por el hartazgo de miedos, inseguridades y desprecios aceptados que llevo encima desde que decidí separarme o incluso desde antes. Creo que me estoy haciendo fuerte... sensible de corazón pero más fuerte de mente (para prueba, que esté escribiendo esto). Y no, no fría, nada fría de hecho, solo con ganas de poder seguir teniendo la oportunidad de disfrutar la vida así como vaya viniendo y decidiendo. No había estado más sensible desde mi adolescencia, de lágrima fácil, pero empiezo a no sentirme frágil y sí capaz de llevar esto sin quererlo pero con firmeza, sin torturas pero con ganas de comerme el mundo hasta donde este se deje dentro de mi relativa ambición. Ganas de disfrutar cada momento y pedacito de vida que me sea disfrutable y de gestionar lo antes posible y mejor que pueda/sepa esos momentos de mierdx (dentro de la realidad de cada uno) que la vida me ha demostrado que, aunque merezcas cero, existen. C'est la vie, ¿no?

¿Sabéis qué también? Si algo he aprendido durante este tiempo y que me sirve pensar para este y para cualquier otro contexto en la vida es que si algo no puedo controlar, solo me queda soltar, confiar y dejar que suceda lo que tenga que suceder. El verdadero control solo se debería ejercer en mantener esa esencia, que al menos de mí, siempre me ha gustado tanto: la positiva, la reparadora, la motivada, la desde el corazón y desde el amor, empezando por uno mismo y repartiendo a quienes te cuidan, te quieren, te motivan, inspiran y te hacen la vida tan fácil, bonita y tranquila como se pueda... para que todo, como suceda, se lleve lo mejor posible.

Si la vida son decisiones y a veces seguramente nos equivoquemos en algunas de ellas y paguemos sus consecuencias (tanto las buenas como las malas), quiero no dejar de decidir nunca seguir buscando el lado bueno de las cosas y la felicidad en cada resquicio o pequeño acto que surja de la bondad. Al final, con la separación, perdí algunas esperanzas que tocaba perder, algunas ilusiones que parecían ser alucinaciones y algunas creencias que seguramente solo fuesen fruto de lo que quería creer. Perdí un amor, dañino en demasiados sentidos que lo hacían un sinsentido, y encontré el recuerdo de un enamoramiento con mucha intención, el desamor impotente por el camino y un penoso final. Pero también gané, y ese era justamente el principal objetivo. Gané el autoamor y la validación que tanto me hacía falta recuperar y que es imprescindible. Seguro que mi hijo prefiere y merece una mamá así, la que estoy recuperando actualmente, así como seguro querría para mí que, dentro de lo que puedo controlar, me permita disfrutar con y sin él. Porque si algo sí sé es que eso se acaba convirtiendo en energía en positivo, en amor acumulado y en ganas de vivir cada momento juntos con la intensidad de ese instante y de todos los anteriormente no vividos.

Así que se viene un periodo agridulce en parte, pero una oportunidad temporal para dar a las oportunidades y para seguir esa reconciliación conmigo, con los míos y con lo que me gusta. Unas ansiadas vacaciones sin grandes planes pero dispuesta a seguir el instinto básico de "lo que surja y apetezca", simple pero reconfortante. Mi único propósito antes de empezar estas vacaciones es el de la calma (que no la inactividad). El del descanso desde lo placentero y la revolución desde la paz y desde esa conciencia tranquila que por suerte me lo permite. Espero seguir haciendo reflexiones que potencien mi alegría y la suerte que sí tengo como lo estoy haciendo, "poc a poc", respetando y comprendiendo todo lo que me está pasando, "amb bona lletra". 

Así que se vienen, ojalá, unas vacaciones de estas que gestionas, limpias basura, ordenas, respiras y también puedes saborear. En las que, cuando esté con mi hijo se multipliquen los motivos de celebración y en las que, cuando no esté con él, pueda disfrutar de estar conmigo y también aprovechar para rodearme o comunicarme con personas que desde el corazón me dan cariño, me disfrutan, se dejan disfrutar y sostienen e inspiran a partes iguales. Así que se viene, seguro, algún periodo en el que voy a tener que querer a mi hijo igual aunque en la distancia, pero en el que tengo ganas de disfrutarme por mí, por él y por los que me quieren. Por todo lo que creo que sería tan positivo que él acabase mamando de mí y que los que me quieren pudiesen seguir encontrando en mí. 

Y si este texto puede ayudar a que alguien que esté pasando o vaya a pasar por lo mismo se sienta acompañado/a, estupendo. 

sábado, 26 de abril de 2025

Cosas brutales de mi día a día siendo maestra

Hoy estaba haciendo clase y ha venido un niño de otro curso al cual no doy clase y quien me conocía más que nada de los saludos por los pasillos, por alguna hora del patio, alguna celebración de escuela y por la vibra. He pensado que venía a que le dejase algo para su clase pero de repente ha dicho:

- "Araitz, perdona que interrumpa, pero estaba muy agobiado ahora mismo en mi clase y necesitaba un abrazo tuyo, así que he venido por eso."

¡Pues ya podéis imaginaros mi respuesta! Me ha parecido brutal.

Sin pretensión de ponerme medallas, como esta podría contar muchos otros momentos y alguna que otra anécdota sobre abrazos realmente significativos, conversaciones profundas y mejoras asombrosas de alumnos/as a lo largo de este curso y de estos años como maestra. 

Y es que, la parte de trabajo emocional es la que más disfruto siendo maestra. La más dura, a veces, pero la más gratificante, siempre. Creo que es de lo que más cala en el alumnado y, seguramente, lo más valioso que se llevan en muchos casos de su escolarización. Para mí, son los cimientos esenciales de todo ya que, una base o gestión emocional sana, o más buena que mala, favorece cualquier otro tipo de gestión o de aprendizaje en la escuela y en la vida. 

Por eso, y ahora ya mezclando mi trabajo de maestra con mi rol de madre, os diría que habléis mucho y de todo lo que surja con vuestros hijos/as, que los abracéis mucho y que les hagáis mucho refuerzo positivo. Ya hay muchos factores negativos en el día a día de todos/as nosotros/as que nos pueden llevar a la desconfianza en las propias capacidades, a la frustración, a la desilusión, a la inexpresión... También pasa en el día a día de los/as niños/as. Es necesario e imprescindible hacerles sentir capaces, queridos, comprendidos o buenos, y darles herramientas y estrategias útiles de gestión emocional, para que se lancen a ser también más curiosos, tolerantes, colaboradores o resolutivos, por ejemplo.

La edad no importa. Cada edad tiene sus características en base a cada niño/a y su forma de expresar, de percibir y de llegar a comprender. Pero, bajo mi experiencia, considero que no hay edad para tratar unos u otros temas, sino que el momento es ese en el que cada niño/a siente inquietud, curiosidad, dudas o ilusión por algo. Es responsabilidad y tarea del/de la adulto/a el pensar en cómo abordarlo o qué vocabulario utilizar pero, si el/la niño/a exterioriza un tema es porque dentro de él/ella ya hay cierto conocimiento o, al revés, desinformación, sobre ello. Por eso mismo, creo que es importante darle su espacio adaptado a su momento evolutivo porque, echando la vista hacia otro lado, esperando el momento en el que nosotros/as lo/as adultos/as consideremos adequado o el momento el que nos sintamos más a gusto o menos incómodos/as para abordarlo, lo que hacemos es infravalorar o desproteger.

Por lo demás, hoy por hoy espero que no nos prohíban nunca abrazar en las escuelas porque, siempre y cuando se haga desde la voluntad del/de la niño/a, el cariño, el consuelo, el reconfortar, la voluntad de ayudar y, sobre todo, el respeto, creo que se está llevando a cabo una gran tarea sobre empatía y canalización y compartición de emociones en el contexto escolar, pudiéndose trasladar fácilmente al entorno del/de la niño/a, si hay voluntad por parte de sus adultos de confianza.

jueves, 3 de abril de 2025

Conversaciones con nadie pero de mucho

A veces converso sola como terapia que me saco de la manga. Y os lo cuento porque creo que va estupendamente. No decíroslo y quedar como una loca, sino hacerlo. Pero, ¿sabéis qué? A mí no me engañáis... ¿quién no lo ha hecho o necesitaría hacerlo alguna vez?

Hace tiempo alguien me dijo que, conversando solo ante el espejo, repitiendo diálogos de Harry Potter, logró perfeccionar su inglés. Y doy fe de que a poco estuvo de sacarse el Proficiency después de ello. De pequeña, escuchaba a veces a una vecina cantando por casa cual artista en un concierto y, un poco más mayor, encontraba algunos borrachos por Marina desarrollando con almas libres y a media lengua su gran mundo interior a las 5 a.m. mientras esperaban a que el metro abriese.

Sea como fuere, hablar solo y conversar con uno mismo, creo que es la mar de sano en la mente, pero que el pensamiento exteriorizado está a otro nivel. Seguramente a diferente nivel de necesidad, provocada esta por una emoción algo polarizada. Creo que puede llegar a ser terapéutico y me atreveré a decir que, sobre todo, cuando lleva días rondando en tu cabeza en forma de ideas o en forma de pensamientos que no tienes oportunidad de decir, que no te atreves a decir (aun) o simplemente de soltar. Pensamientos dichos que, una vez fuera de la boca, llegan incluso a replantearse el deseo, las ganas o la necesidad de ser dichos a alguien en realidad. 

Personalmente, he verbalizado exposiciones orales que tenía al día siguiente como si el jurado estuviese delante de mí... ese sería el nivel básico. Pero también he inventado temazos y poemas que, por no haber sido grabados, luego he sido incapaz de recordar pero que me han hecho sentir una genia por momentos. O también he hablado en la radio como si a un millón de oyentes estuviese llegando el mensaje aun sabiendo que lo hacían cantidades con varios ceros menos por detrás. Y, por supuesto, me he autoanimado en voz alta: "Vamos nena, tú puedes.", o he dado las buenas noches en voz alta a alguien en una foto y recibido un abrazo imaginario de vuelta. He incluso rezado como si algún ser divino o llámale universo o energías me fuese a oir o canturreado algún mantra intentando conectar con mensajes secretos de mamá Tierra. 

Pero hay una conversación que me fascina: la del desahogo. Esas palabras que piensas y quieres decir a alguien a la cara pero que no sabes cómo ni/o cuándo y proyectas en forma de teatrillo para ver cómo queda, para sentir, de oído, cómo las recibirías o si realmente las quieres decir así. Porque en la mente todo tiene sentido a la vez que todo está a veces intensificado en bucle pero, una vez a fuera, recibido como espectador o a modo de ensayo, a veces el peso que ese discurso tenía dentro de uno/a mismo/a se reduce o aligera. Seguramente, de esas palabras se vaya a hacer llegar algo a aquel/lla a quien iban dirigidas, pero quizás la parte más incorrecta se autorregula y acaba llegando mejor, desde un punto más tenue. O bien, puede pasar que se relativice incluso la importancia de llegar a decirlo porque ya haya sido así dicho de alguna manera o porque fuésemos a equivocarnos del contenedor al que abocarlo: otro corazón. Quizás acabemos eligiendo empáticamente el del aire. 

Al final, probablemente la necesidad fuese sacar una emoción en forma de palabras y, una vez fuera la capa más visceral, uno/a es más capaz de ordenar y de adecuar mejor el discurso. A modo de grito, de lloro, de monólogo o de narración, sueltas la basura, reflexionas en voz alta y te quedas con la parte del mensaje que realmente es esencial. En conclusión, lo que vendría a ser exteriorizar pensamientos por escrito, sería equivalente a verbalizar conversaciones pendientes con tu persona imaginaria. 

Y ya está. Aunque no sea algo que haga diariamente, bien loca acabo proyectándome hoy y doy un poco de visibilidad a un recurso de gestión emocional como tantos otros.

miércoles, 22 de enero de 2025

La no-justicia

En pleno revuelo sobre cómo la justicia trata a las mujeres en los juzgados de Violencia de Género, mi interior me pide aprovechar el momento para hablar de algo por aquí de lo que no me he atrevido ni he tenido ganas de escribir hasta ahora pero de lo que supongo que tengo derecho y que puede servir de consuelo para nadie pero de apoyo para muchas. Algo que, personalmente, ha sido un golpe de realidad dura para mí, pero de lo que no puedo avergonzarme por encima de expresar mi verdad y mi opinión al respecto y, aunque sirva de consuelo para nadie, me ayuda a ofrecer mi apoyo hacia todas las víctimas que los juzgados han dejado si cabe más debilitadas y desamparadas aun. Voy a intentar resumirlo en forma de relato-denunciapública y supongo que lo hago en mi blog porque sigue siendo como parte de mi refugio. Intentaré no extenderme en forma de diario como con otros temas porque ya es lo suficientemente extenso aun así y porque, después de todo, necesito mentalmente dedicarle poco tiempo a la mierdx y más a lo que reconforta y suma.

Hace un tiempo tuve que pasar por ese juzgado del que tanto se está hablando últimamente, el de violencia de género en Barcelona. Digo "tuve" porque, aunque es una decisión, a la gran mayoría de mujeres que acaban allí (pero estoy segura de que gran gran mayoría) no les hubiese gustado nunca acabar allí. Allí te lleva el temor y la búsqueda de ayuda ante ello, de conocimiento de tu situación personal y de alguna medida o lugar donde quede constancia de lo que has vivido o estás viviendo. En mi caso, una amenaza que consideré lo suficientemente grave como para sentir miedo y desprotección, en una situación que, bajo mi parecer, lo agravaba aun más. 

Anteriormente, entre los hechos y el juzgado, pasé por comisaría. Ese, en principio, es el primer paso, pensaréis... pues no, después acabas descubriendo que lo primero que tienes que hacer es asesorarte de que si no hay palos o sangre de por medio parece que te van a tomar por el pito del sereno, cuestionar cualquier frase y mirarte desde el minuto uno con el filtro de aprovechada, de exagerada, de sobreprotectora y de mujer despechada con pretensión de quitar custodias (si eres madre)... entre otros y aunque nada de ello sea verdad, ni des muestras de ello ,ni tenga que ver con ello la denuncia en sí. 

Como nos han metido en la cabeza que nuestro deber moral es no sentirnos y quedarnos acobardadas y escondidas y denunciar según qué cosas, fui a denunciar siendo coherente con ello y no habiendo deseado nunca llegar a sentirlo. En comisaría, la Mosso d'Esquadra me tomó declaración durante horas, con muchas preguntas en forma de investigación pero con tacto, con voluntad de escucharme más que quitárseme de encima, de escuchar pruebas y ajustarse al valor de estas, pero dándoles su valor real. Me convenció de que estaba haciendo lo que tenía que hacer y supo argumentármelo con lógica. Me advirtió de que en los juzgados me podían juzgar 4 personas: que la peor no me iba a tocar por horarios pero que, de los/s otros 3 jueces/zas estaba "la segunda peor". Se ve que cada uno/a ya tiene su fama y que, "la peor" es la jueza decano, a la que todos siguen un poco. Una maravilla todo, vamos. Podía tocarme entonces "la que siempre hace salir a las mujeres llorando y que apoya a los hombres descaradamente dicho por su propio círculo", tal y como la describió el otro día una chica a la que conocí (spoiler: me tocó esa). Me facilitaron una abogada de oficio. De nuevo, ella, me transmitió apoyo y acierto ante lo que estaba haciendo y aun más teniendo una prueba de audio sobre ello (gracias o no al consejo que me había dado otro abogado hacía un tiempo sobre grabar algunos momentos de mi vida justamente para tener pruebas). Me avisaron de que no llevase otro tipo de pruebas porque lo que iba a denunciar era una amenaza (juicio penal) no un trato global del cual ya tenía quejas anteriores de tema civil. Pues bien, ahora hago el resumen porque no me apetece nada ni alargarme ni dedicarle tiempo a la injusticia, solo pretendo bolcar información y decepción:

- TEORÍA: Me citaron para una "vista" dos días después, supuestamente para tomarme declaración, haciéndome preguntas incómodas y menos incómodas pero para permitir que me explicase antes del juicio e investigar anteriormente un poco lo ocurrido. 
REALIDAD: Sin avisar previamente me dijeron que no me iban a tomar declaración, sino que se iba a celebrar un juicio exprés, en una habitación muy pequeña, con la persona agresora (la que me había hecho sentir temor) literalmente en la silla de al lado. Por suerte, mi abogada consiguió que el juicio se celebrase en una sala más grande, con más espacio entre todos. 
PRIMEROS INDICIOS DE QUE TODO IBA A IR premeditadamente (bajo mi opinión) MAL, visto a toro pasado. No querían escucharme, querían hacerlo rapidito y les importaba un carajo cómo pudiese sentirme yo ante las formas.

- TEORÍA: La persona que se siente víctima debería ser, cómo mínimo, bien tratada y escuchada. 
REALIDAD: La jueza nos trató fatal desde el inicio del juicio tanto a mi abogada como a mí, gritándonos, mandándonos callar incluso cuando ella misma me había preguntado, cortándome cuando tenía más que decir al respecto de lo que estaba hablando. No entendí nada y mi ilusa mente pensó "Tranquila, son formas jurídicas, tienen que hablar así.". Pues no, resulta que la persona denunciada y su abogada en ningún momento recibieron ese mismo trato.
SEGUNDOS INDICIOS DE QUE TODO IBA A IR premeditadamente (bajo mi opinión) MAL.

- TEORÍA: Tenía una prueba de audio en la que se escuchaba la amenaza hasta tres veces. Dos mal y una bien porque se escuchaba de lejos y con lloros de un niño de por medio. REALIDAD: La jueza puso el audio en el móvil sin cascos ni nada, dos veces, concluyendo que ella no escuchaba lo que la otra persona decía pero sí lo que yo supuestamente le contestaba (digo "supuestamente" porque mintió, en ningún momento decía lo que ella dijo ni como ella lo expresó en la sala a viva voz). Cuando intenté corregirla respetuosamente con incredulidad, imagináos la crudeza con la que me contestó. TERCEROS INDICIOS DE QUE TODO IBA A IR premeditadamente (bajo mi opinión) MAL.

- TEORÍA: La denuncia iba por un hecho de tipo penal. Era una denuncia penal. En comisaría se me había aconsejado no aportar pruebas de otro tipo (aun teniéndolas) porque eso podía hacer pensar a la jueza que pretendía otros fines. (Tócate las narices ya solo por tener que renunciar a presentar pruebas que pueden justificar más todo, porque la jueza pueda decidir, injustificadamente, que pretendes otras cosas más allá de lo que pone expresamente en la denuncia. Para mí es querer escuchar solo una parte de la realidad, cuando todos sabemos que en estos casos los matices y cualquier prueba cuentan tremendamente.) 
REALIDAD: La sentencia se hizo basada en argumentos de otro tipo (efectuados básicamente por la otra parte) que no eran para nada de tipo penal ni relacionados con la amenaza (que era lo que yo estaba denunciando). 
CONCLUSIÓN DE UN JUICIO INJUSTO en el que premeditadamente (bajo mi opinión) se había decidido que no se me iba a dar la razón. No convenía.

- TEORÍA: En un juicio se debe hacer justicia y se debe amparar a la víctima. 
REALIDAD: Nada de lo de la teoría se cumplió en mi caso (y lo digo con la boca bien grande porque, habrá una sentencia injusta que diga barbaridades y mentiras, pero yo sé lo que viví y cuál fue la verdad).

-TEORÍA: Aunque una jueza concluya que no se puede condenar a la persona agresora por una amenaza (para mí grave, para ella leve), considero que debería exponerse que no hay condena, pero basar la sentencia en verdades y en lo expuesto en las declaraciones. De hecho, mi denuncia no fue buscando condena, sino conocimiento y protección.
REALIDAD: La jueza mintió en la sentencia frase tras frase y descaradamente. Y puedo decirlo sin temor porque sigo teniendo, como mínimo, la prueba de audio en la que yo digo lo que digo y la otra persona dice lo que dice y que puede probar que en ningún momento digo lo que la jueza transcribe supuestamente literalmente de mis palabras. Muy fuerte. A parte de eso, destina muchas fuerzas en dejarme a mí (seguiré defendiendo que "la víctima", odiando a la vez tener que atribuir ese término a mi persona) como provocadora y otras ideas que desprende a través de la sentencia que por aquí no creo que deba explicitar pero con las que estoy completamente en desacuerdo. (Hacia el final escribo la explicación que se me ha dado por parte de los profesionales sobre todo este relato falso que se extrae de todo este proceso -y parece que tantos otros por lo que me ha ido llegando a oídos después-).

- TEORÍA: Tienes derecho a interponer un recurso para que alguien revise tu caso por si la jueza primera ha errado o ha podido no valorar bien alguna prueba. 
REALIDAD: Contacté con varios buffets de abogados, de los más caros incluso, dispuesta a que se hiciese justicia aunque tuviese que pagar. Pues todos los buffets me dijeron lo mismo sin ponerse anteriormente de acuerdo entre ellos: "Por supuesto, pon el recurso para que conste que no estás de acuerdo en absoluto con la sentencia que se ha hecho, ahora bien, no vamos a coger el caso y hacerte pagar, siendo además caro, porque sabemos de sobras que un recurso de una sentencia absolutoria de una falta leve (así catalogaron en juzgados la denuncia) ni se la miran. La cogen, leen el tipo de sentencia que es y ni se miran el recurso ni las pruebas, suelen ratificar lo que el juez o la jueza anterior ha dicho y no desmerecer su criterio. Nos sabe mal, pero lo más seguro es que lo tiren a la papelera directamente." Eso me dijeron todos. 

- TEORÍA: El recurso iba a salir desfavorable hacia mí, según lo que todos los profesionales me habían advertido, solo porque la anterior jueza había decidido catalogar así la sentencia basada en mentiras que ella hizo. 
REALIDAD: Por supuesto, interpuse el recurso impotente y resignada pero decidida a hacerlo con o sin esperanzas y aunque fuese ya solo por dignidad. Aporté la misma prueba que en el juicio y una más, porque no me dejaron aportar todo lo que yo querría haber aportado viendo que la sentencia no se había basado en la amenaza en sí, sino en otros argumentos inventados y sin prueba alguna sobre en los que, en un inicio, en comisaría, me habían recomendado ni entrar por no mezclar temas. Pues bien, sin saber si alguien en juzgados llegó a mirarse el recurso, me dio la sensación de que no, que a nadie importó que se hubiese hecho injusticia, porque todo concluyó igual: desfavorable para mí, con los mismos prejuicios y argumentos que no podía ni podré comprender.

- EXPLICACIÓN DE LOS PROFESIONALES a la vergüenza de proceso judicial que considero que viví: "No te lo tomes como algo personal aunque leyendo la sentencia lo parezca. La jueza ha tenido que crear un relato injusto e hiriente hacia ti para que no puedas interponer otro juicio a raíz de este si lo hubiese concluído como favorable hacia ti. Lo ha considerado una falta leve y no quiere que le des más trabajo, vamos. Desde lo del Covid llevan trabajo acumulado en los juzgados y casos como el tuyo (supongo que se referían a sin sangre o sin moratones de por medio), los deshechan y quitan del medio." 

La chica de "atención a la víctima" de los juzgados (que es lo mejor y lo único con sensibilidad que me llevo de mi experiencia allí) me dijo después que no entendía nada y que era una pena porque la mayoría de chicas que pasaban por un juicio con la jueza que me tocó o con la otra (la que la mosso d'esquadra calificó anteriormente como "la peor" y por el mote que popularmente ya tenía) salían llorando desconsoladas y con la misma sensación de injusticia con la que salí yo. Ella misma, tras haber vivido con impotencia en repetidas ocasiones esto, me facilitó varias ayudas y asesoramiento sobre algunos pasos posteriores a los que podía, más allá de la impotencia, acogerme, como desajogo más wue como cualquier otra cosa, eso sí. 

La verdad, hubiese denunciado a la jueza de mi juicio sin dudarlo pero, sin embargo, adivinad: a ningún profesional le pareció buena idea y sí me lo desaconsejaron por completo asegurándome que nunca eso iba a resultar favorable a mí aun con pruebas de que hubiese, esta, mentido. Estupendo el blindaje de la señora, vaya. Y ahí sigue, ejerciendo con todo lo que ello conlleva. Meses después, me consta que ya existen grupos de mujeres que están reuniendo fuerzas, testimonios y apoyos para protestar contra un sistema judicial que, en temas de violencia de género al menos, tanto está errando bajo nuestro punto de vista y experiencia.

Aunque no consuela, se agradece que al menos algunos "profesionales de segunda" (diciéndolo con rintintín e ironía, por supuesto, refiriéndome al poco poder que tienen ante la posibilidad de revertir lo que saben que sucede en algunos juzgados cada día) te den explicaciones que pueden hacerte entender lo ocurrido... entender, que jamás comprender. Porque, sí, yo antes era de las que hubiese apoyado denunciar este tipo de actuaciones pero, ahora, dudo y no me atrevo a aconsejarlo. Estoy más unida que nunca al pensamiento de que pocas víctimas mueren o se libran de enloquecer para el desamparo real al que se ven expuestas y que no me extraña que algunas no denuncien. Como creo que eso es fatídico sí que OS PIDO, a quienes leáis esto, que:

1- Sigáis exigiendo que se haga justicia de verdad y que no haya violencia machista , o violencia a secas, desde dentro de los mismos juzgados, haciendo con ello doblemente víctimas a las víctimas.

2- Que no creáis nunca que los jueces y las juezas siempre hacen justicia (como quizás yo hubiese creído antes, al menos sobre temas de violencia de género en nuestro país en tiempos actuales). Por desconocimiento, se puede creer que la palabra de un/a magistrado/a va a misa porque se supone que ha escuchado todas las partes, considerado unas pruebas y tomando una decisión con todas las de la ley. Ahora he comprobado que a veces no se hace justicia, sino que, por conveniencia u otras variantes y sin ceñirse a la realidad, pueden sentenciar todo con un relato paralelo y bien atado (cosa en la que ya tienen práctica). Como un cuento en el que giras la tortilla justo en los puntos claves de la historia. También, ahora pero tras pasar la experiencia, he sabido que simplemente el trabajo acumulado, por ejemplo, puede servir como motivación a hacer algo así y, los niveles de gravedad, pueden acabar estableciéndose como que lo menos grave pase a carecer de gravedad si no es algo descarado. Me pregunto cuántas sentencias injustas estarán rondando por el mundo y personas que se las estén creyendo o a quienes, aunque duden, convenga creer porque les vaya bien como excusa para apoyar su relación con otros en lo allí redactado.

3- Que recordéis siempre que la violencia psicológica o a través de palabras o lenguaje no verbal también es violencia porque, aunque cueste demostrarla, aunque se intente demostrar, para algunos profesionales queda en la sombra como si no estuviese traspasando la vida de nadie. De la misma manera, a nada que haya un juicio injusto o pasado por el filtro machista, la salud mental de una mujer luchadora se ve mermada y la violencia psicológica la recibe así, también, desde el lugar al que la desesperación la ha llevado a pedir constancia oficial de su caso y soluciones.

No voy a nombrar a nadie en concreto aunque creo que no estaría de más pero, ¿sabéis qué? Los juzgados muchas veces te dejan con una sensación de desprotección y miedos añadidos que no sabes cómo puede tomarse una realidad que, pasada por su filtro y por sus mentiras y conclusiones falsas, no ha sido valorada como tal. A sabiendas de que esta es tan solo una historia personal y de las más flojas que en sociedad actualmente se pueden leer o escuchar, considero que poco juicio le hace demasiadas veces el nombre de "Justicia" al estamento que representa. Al final, pensamientos como asumir que el mundo no siempre es justo, que "allá cada uno con su consciencia" y que debes seguir tu vida con el viento a favor o en contra, es lo que a veces acaba arropando. Eso y, por supuesto, los que más te quieren y conocen. Esos a quienes les sobra el papel de pantomima para creerte, apoyarte y hacer que dejes ese clavo en el camino o en el cajón de "experiencias de mierdx en las que no basarte", deseando que sigas adelante y seas todo lo feliz que te mereces.

martes, 21 de enero de 2025

La revolución de los abrazos

Si hay algo que para mí es importante, de lo más importante si no lo más imprescindible en la vida, son los abrazos sinceros. Si hay algo que te haga sentir importante, bien importante, si no de los más importantes para alguien, puede ser un abrazo. Si hay algo poderoso, súper poderoso, de lo que más puede crear una revolución interior y frenar una mundial, creo que diría que son los abrazos. Creo firmemente que los abrazos son sanadores, regenerativos, portadores de serenidad, de equilibrio y de liviandad mental, un chute de oxitocina inmediato y gratuíto e imprescindibles para el bienestar.

Personalmente, por encima de los pequeños placeres de la vida, este estaría como uno de los grandes, por encima incluso de los besos. Creo que el abrazo raramente se da por dar y, si se hace, no es un abrazo. Sin embargo, creo que muchas veces sí se da por necesidad, acompañados casi siempre de una sonrisa... en la cara o en el corazón... expresando sin tener por qué hablar pero, según cómo se dé, diciendo mucho. Igual que un día me dijeron "No te fíes de alguien que no baila.", yo te diría "Nunca te enamores de alguien que no te sabe hablar a través de abrazos o que no se puede calmar a través de ellos.".

Valientes, los abrazos, cuando no se procesan y salen directamente del canal emocional... esos de valor incalculable. Y no, lo de los golpecitos en la espalda no son abrazos. Como gran abrazadora, los conozco todos: los tímidos, los cordiales y los emocionalmente distantes; los inesperados, los deseados y los que se buscan; los familiares, los llenos de cariño y los que directamente te hacen el amor. ¿O es que acaso soy la única que en alguna ocasión ha sentido querer mimetizarse con alguien a través de un abrazo? Extasis puro, amor verdadero.

En el día internacional del abrazo, reinvindico que cada día lo sea, porque está demostrado que algo más de media docena de abrazos pueden salvarnos el día y, a largo plazo, entiendo que la vida. Y escribo esto hoy, paradójicamente un día en el que no he abrazado a nadie ni nadie me ha abrazado. No me digáis que no es una pena queriendo abrazarnos tanto algunos/as de nosotros/as y abrazándonos a veces más en la distancia, en pensamientos o a través de palabras escritas en "helvética neue", que de verdad cuando nos tenemos delante.

lunes, 13 de enero de 2025

Siempre positivo, nunca negativo

Estos últimos días han pasado cosas, frases y personas increíbles. Un concierto que me ha atravesado, una mirada a modo de dardo, una familia que es una suerte, calidez en el trabajo, un par de conversaciones que me han calado, algún abrazo del pasado, alguno de ellos tan solo pensado, una ayuda imprescindible, varios achuchones a una mano amada, unas cuantas oportunidades aprovechadas, una decisión heavy y atrevida pero firme y algún momento de soledad más reflexivo que sobrante, como el de ahora.

Este inicio de año no ha parado de exponerme que, constantemente, hay una de cal y una de arena y que eso es inevitable, que relativizar importancias es, más que cuestión de subjetividad, supervivencia, y que merezco priorizar básicamente a las personas que me priorizan, a modo de propósito, igual que ellas así lo merecen. Que el foco debe realzar todo lo bueno y bonito que me pasa y que el basurero debe ser mi objetivo para aquello injusto, poco claro o negativo que me venga dado. Self-care, self-love, self-confidence.

El día de hoy aun no ha acabado y la experiencia siempre me ha dicho que valorar cada detalle y cada minuto es lo que más plena, sea exactamente como se imaginó o no, así como que un domingo tonto, igual que la vida misma, siempre puede sorprenderte, a veces para mal pero, muchas veces, para muy bien. No será este, tampoco, un domingo que en mi mente tan solo se prepare para el lunes, ni debe ser este el año en el que deje de ilusionarme con lo que me emociona y apostar por ello, porque creo que solo así se avanza, con altibajos e inquietudes, como todos en definitiva, pero satisfecho con uno mismo.

martes, 31 de diciembre de 2024

Lo del balance del año y algunos deseos

Un año más pasa y otro llega. Este año no ha sido ni bueno, ni malo... no ha sido nada, sino que hemos sido en él... hemos hecho nuestro año con lo venido y con lo decidido. El otro día hablaba con mis amigas acerca de lo de hacer un balance final... y no veo dónde empieza y acaba ese final. Podría decir que este año ha sido una mierdx y no os mentiría, pero también podría decir que ha sido estupendo y tampoco estaría mintiendo. El balance final creo que, muchas veces, depende de hacia dónde decidimos inclinar más la balanza, seguramente incluso como arma de autoprotección. Me explico. 

Repasando fines de año anteriores me he fijado en que, hace un par de años, mi balance final fue que el año había tenido sus sombras pero que todo lo malo saca muchas cosas buenas y bla bla. Estaba fastidiada emocionalmente hablando y, sin embargo, mi balance final era un mensaje de fuerza. Necesitaba autoanimarme, autoconvencerme, no ser objetiva, creer en el cambio, en la resiliencia o en los milagros. Y mi balance era un "bueno, pero..." como una catedral. Me convenía hacerlo así y luego leerme e impulsarme y autoconvencerme. Yo, este año, tengo emociones encontradas que contrastan mucho. Vuelvo a sentirme yo, he disfrutado muchísimo de la maternidad con mi pequeño cuando la situación me lo ha permitido, de mi trabajo buscando cambios, de mis amigos volviendo a ellos y volviéndome a dejar querer. He vuelto a darle a mi familia el lugar que merecía en mí y ellos me han aportado con creces lo que necesitaba y lo que me quieren. Me lo he pasado bien, muy bien, y he tenido el placer de compartir días o vidas de personas muy bonitas. Eso entre muchas cosas que podría explicar y solo un tema espina que me ha llevado a momentos muy malos, sin duda de los más duros de mi vida hasta ahora. No voy a comentar más sobre este tema por aquí, solo a exponer su existencia y lo duro de tener que vivirlo y lo expongo para seguir explicando el tema del balance.

Este año, entonces, mi cabeza y mi corazón me piden que haga un balance bastante imparcial, equilibrado entre el bien y el mal. A veces, muchos momentos bonitos se ven eclipsados por uno malo y pesado. Y si no lo vale así en peso, nuestra mente nos lleva a hacerlo. A fin de cuentas somos humanos... las vivencias y los momentos alegres nos generan una emoción efímera y más o menos constante porque constantemente podemos encontrar belleza y alegría si entrenamos nuestra mente para ello. Sin embargo, lo triste y destructivo deja más poso... normalmente no lo escogemos, nos viene dado y encima nos lleva a tener que dedicarle un tiempo duro para gestionarlo. Lo triste y duro nos hace aprender (a veces cuando tocamos fondo) a cómo volver a valorar lo bueno y a cómo reinventar nuestro bienestar. Así que, con todo esto, vengo a decir que, como persona que me considero positiva, con confianza pero también confiada, este año siento que necesito hacer un balance bastante neutro dándole un peso mayor del que querría a lo malo. Sin querer devaluar todo lo bueno que he experimentado, necesito no restar importancia a eso malo, ni olvidarlo aunque queme para, teniéndolo presente, crecer y fortalecerme aun más. Es a eso a lo que me refería con que a veces las personas hacemos un balance escogido de una situación, o de un año entero, como síntoma de autoprotección, otorgándole un mayor peso de lo que seguramente merecería nuestra vida a uno de los lados, como ayuda para salir reforzados del año.

Del año que viene no espero nada porque, cuando mucho esperé, mucho tiempo perdí esperando. Por el año que viene siento ilusión de que la vida me sorprenda...es decir, de que mis decisiones, mis pasos y mis hazañas, junto a lo que me venga de fuera, generen paz en mi conciencia y satisfacción en el alma, atendiendo pero también atendiéndome. Al año que viene le pido mucho, sí, porque por pedir que no quede y porque merezco mucho bueno, igual que las personas a las que quiero. Que si el universo confabula, que lo haga favorable a mí y a los míos que, de aprovechar lo bueno, sabemos bastante. Que si algo tiene que afectarme, haya aprendido a que sea lo justo y necesario, lo que merezca llamar la atención, relativizando y destacando lo realmente importante sobre lo realmente impertinente. Deseo un "Hakuna Matata" grabado a fuego en el corazón de muchas personas y menos rabia añadida a este mundo crispado y cruel con demasiados. Qué importantes los detalles tontos y los pequeños placeres de la vida a la hora de salvarnos un poco, no sé si el año entero, pero sí día a día.