(Vacío, comunicación a medias tintas, devaluación caprichosa y mucha tontería).
"- Ei, com estas?
- No cal que facis veure que et preocupes."
Cuando repetido es el desengaño, el borrón y cuenta nueva no se hace más fácil, pero tampoco ya inalcanzable. Cada vez que conoces a alguien hay que entrar en el apestoso juego de defensa y despiedad esperados, competencia por todos los lados e incertidumbre llevada al extremo. Pues eso no es lo que quiero. "A prendre pel cul" ("A tomar por culo" en su defecto) va a ser, al final, la mejor filosofía y la gran solución alternativa.
viernes, 13 de junio de 2014
sábado, 31 de mayo de 2014
Subir por las escaleras
Hay que tener
siempre una excusa por la que subir por las escaleras cuando se tiene a mano el
ascensor. Raramente es algo que se escoja como primera opción, pero acabamos habituándonos,
empezando por las del metro. Recuerdo
que, hace unos años, un amigo me comentó que él siempre subía a su casa por las
escaleras pese a vivir en una sexta planta. Le daba miedo al ascensor, como a
mi vecina del tercero desde que se quedó atrapada. Ella intenta superar su
fobia por comodidad y por la edad. Él,
apasionado del deporte, simplemente prefería no forzarlo. Ahora, me he dado
cuenta de que este amigo pudo descubrir bastantes más cosas en 6 pisos y 2
minutos que los demás en 30 segundos tensos mirando los botones y el cartel
rallado de “prohibido fumar” de el ascensor, que el vecino del primero nunca
respeta. Esto último lo descubrí el otro día subiendo por las escaleras.
Pasas por el
entresuelo y ya no está el característico olor del perro que murió hace unos
meses. El mismo que se empeñaba en meter su hocico en lugares impertinentes, a
las chicas, cuando coincidíamos con él en el ascensor. Los vecinos del
entresuelo no ven tan raro que subas por las escaleras… a fin de cuentas, ellos
son los únicos que de normal lo hacen. Bueno, lo cierto es que no todos… quizás
aquel no era el único perro que por allí había. Alcanzas el primero… Ni
siquiera recuerdas quién vive ahí pero enseguida te viene a la cabeza. Es el
“vecino-tobacco”, del que mencionaba algo antes. Solo hace falta alcanzar los
cinco últimos peldaños antes de llegar a su rellano para notar el olor de las
500 cajetillas que deben fundirse en ese piso diariamente. De pocas no subo por
la bocanada repentina. Ahora, siempre recuerdo evitar respirar durante los
segundos que paso por delante de su puerta. Llegar al segundo con suficiente aire
supone poder alcanzar tu casa con éxito. Llega cuando le restas mérito a la admiración
que sentías por el vecino de ese rellano que recuerdas subiendo siempre, en
carrera, por los peldaños. El segundo solía oler a betún por el zapatero
jubilado. Ahora, los potajes a partir de las 12 y las croquetas recién hechas, lo
han substituido. En el tercero te mosquea el juego de felpudos… dos de cuatro. Las
puertas sin felpudo te sugieren, de repente, individualismo y poca hospitalidad.
Las que lo tienen, un gusto retro que se quedó en diseños de los años 80. Corro
hacia el siguiente, dando un último empujón. Y así hasta que llega tu piso, en
el que la ventana que da al patio de luces, siempre abierta, hace que se
mezclen todos los olores, para bien y para mal. Los de tu bloque y los del lado.
El de sardina y el de asado. Tu vecino se echa mucha pero buena colonia, no es
un mal fin del trayecto si te paras a pensarlo. Pero no te paras. Sin duda tu
rellano te parece el mejor y más acogedor y, la puerta de tu casa casi lleva escrito: "estás a
salvo".
Subir las escaleras
andando, pues, no es solo cosa de deportistas o desafortunados que viven en
bloques sin ascensor, sino también de detallistas. Subir por las escaleras, ha
pasado de ser un simple esfuerzo para mantener el culo respingón y las piernas
fuertes, para dejar descubrir un poco más por encima de quién vives. Se
convierte en un deporte al más puro estilo radiopatio, por oído y por olfato.
Como el vaso que se le ha caído a esa vecina patosa mientras pasaba y que ha
acabado roto y te percatas. Eso sí, si huele a gas… escalera o ventana pero echa a volar.
martes, 6 de mayo de 2014
Creatividad cohibida, comunicación perdida
Actividades como dibujar,
cantar, hacer manualidades o jugar, a menudo se relacionan con las etapas
infantiles. Los adultos repetimos una y otra vez: “No sé dibujar.”, “¿Cantar? ¿Quieres
que llueva?”, “¡Yo no bailo!”, “Esto no es lo mío...” No sé hacer esto, no sé hacer
lo otro... Pasamos por alto que, más allá de simples actividades lúdicas, son
formas de comunicación: lenguajes alternativos al escrito y hablado a los
que estamos más acostumbrados. Sabemos utilizarlos, otra cosa es que queramos. Y ya no es cuestión de eso, sino de lo cómodos que nos resulte personalmente o de lo libres que nos sintamos de hacerlo de cara a la galería.
A través de formas de
expresión más artísticas, reflejamos estados de ánimo y rasgos de identidad
que posiblemente solo a través de estas técnicas somos capaces de mostrar en estado
puro, tal y como nosotros los percibimos. Eso nos ayuda a mostrarnos. Se trata de libertad de expresión amplia
y sin códigos, tan válida como cualquier otra, pero no menos. No sé en qué momento decidimos
abandonar ese lado más artístico o “infantil” (para los que prefieran llamarlo
así, aun equívocamente) pero prescindir de ello supone limitar nuestras capacidades comunicativas
y perder en creatividad personal.
Avergonzarnos de utilizar
estos lenguajes nos hace más inútiles. Una cosa es la estética y otra la
profundidad. Quizás las personas nos volvemos excesivamente superficiales con
los años y nos creemos muy capaces de juzgar si esto está bien o lo otro está mejor. A veces obviamos aspectos más importantes. Aunque sea a diferente
escala, los niños tienen una mente más prodigiosa en ese sentido. No creo
que sea cuestión de que las personas adultas seamos más o menos creativas que
ellos, sino de que tendemos a restringir nuestra creatividad restándole
importancia y dedicándole menos tiempo a actividades que pueden ampliarla. Quizás,
aunque conscientemente no la tengamos tan presente, por nuestro propio bien no deberíamos olvidarla.
martes, 22 de abril de 2014
Ser bueno es ser justo
“Te voy a dar
algún consejo y pretendo que lo tomes a modo de lección. Regla número 1: debes
respetarte a ti misma. Tanto si eres una buena persona como si no, por favor,
piensa en ti. A veces puedes herirte a ti misma intentando ser tan complaciente
y amable con los demás. Lo sé, lo sé, siempre eres encantadora con todo el
mundo porque no sabes ser de otra manera… ¡y tampoco es que quieras! Pero no es un
problema de personalidad, se trata de un problema de experiencia.
Imagina una escalera con varios peldaños. Cada peldaño tiene algunas personas que han sido importantes para ti y otras que no tanto. Ahora céntrate en las que sí y en el peldaño que merecen. Si tú consideras que alguien está en el último peldaño, no te sientas culpable de ello porque, si es así, probablemente será porque esa persona no ha hecho muchas cosas importantes por ti o no ha estado apoyándote en el momento apropiado. ¿Por qué dar, repetidas veces, aquello que tú no has recibido?
Mira, mi mejor amigo empezó a ser mi mejor amigo discutiendo. Porque, cuando yo era un completo niñato, él vino y me dijo: "Que te den. No vas por el buen camino y no creo que debas comportarte tal y como ahora lo estás haciendo. Por tanto, que te den, tío." Y, ahora, él es mi mejor amigo. Alguien importante, quizás a veces no estará a tu lado, pero sí lo estará en el momento en que lo necesites y sabrá aportarte eso suyo que necesitas.
Ser bueno, entonces, probablemente sea ser justo, hacer justicia. Si no eres justa en cada situación, estarás siendo más mala que buena. Tanto si no das nada como si lo das todo o más de lo que debieras... en un caso harás mal ajeno y, en otro, te autodañarás. Entonces, no des o permitas ni más ni menos, busca el equilibrio y deja que los demás puedan encontrarlo. Cada uno a su ritmo ¿sabes lo que quiero decir?
Ve con cuidado, por favor. Está bien para ti tratar de ser amable con todos pero, si continúas así, puedes llegar a sentirte sola o triste en un futuro y darte cuenta de que demasiada gente se aprovechó de ti en un pasado. No le des a nadie lo que no merece… y tú sabes perfectamente lo que cada uno merece de ti. Y, hazme caso, no intentes ser demasiado bondadosa con alguien si esa persona, al final, no sabe valorarlo.”
Imagina una escalera con varios peldaños. Cada peldaño tiene algunas personas que han sido importantes para ti y otras que no tanto. Ahora céntrate en las que sí y en el peldaño que merecen. Si tú consideras que alguien está en el último peldaño, no te sientas culpable de ello porque, si es así, probablemente será porque esa persona no ha hecho muchas cosas importantes por ti o no ha estado apoyándote en el momento apropiado. ¿Por qué dar, repetidas veces, aquello que tú no has recibido?
Mira, mi mejor amigo empezó a ser mi mejor amigo discutiendo. Porque, cuando yo era un completo niñato, él vino y me dijo: "Que te den. No vas por el buen camino y no creo que debas comportarte tal y como ahora lo estás haciendo. Por tanto, que te den, tío." Y, ahora, él es mi mejor amigo. Alguien importante, quizás a veces no estará a tu lado, pero sí lo estará en el momento en que lo necesites y sabrá aportarte eso suyo que necesitas.
Ser bueno, entonces, probablemente sea ser justo, hacer justicia. Si no eres justa en cada situación, estarás siendo más mala que buena. Tanto si no das nada como si lo das todo o más de lo que debieras... en un caso harás mal ajeno y, en otro, te autodañarás. Entonces, no des o permitas ni más ni menos, busca el equilibrio y deja que los demás puedan encontrarlo. Cada uno a su ritmo ¿sabes lo que quiero decir?
Ve con cuidado, por favor. Está bien para ti tratar de ser amable con todos pero, si continúas así, puedes llegar a sentirte sola o triste en un futuro y darte cuenta de que demasiada gente se aprovechó de ti en un pasado. No le des a nadie lo que no merece… y tú sabes perfectamente lo que cada uno merece de ti. Y, hazme caso, no intentes ser demasiado bondadosa con alguien si esa persona, al final, no sabe valorarlo.”
(Charla de Vincent a “frenchie” en Helsinki'11.)
lunes, 7 de abril de 2014
Todo es misterio
A veces perdemos el
rumbo, la noción del tiempo, del espacio y de la identidad. Olvidamos que el
sentido depende de aquello que para nosotros lo tiene y no siempre de aquello a
lo que nos estábamos dirigiendo. Algunos lo llaman "crisis existencial",
otros "malas rachas"… y lo que pasan por alto es que esas son las
rachas en las que más creatividad y abanicos de opciones vamos a ser capaces de
abrirnos. ¿Hacia dónde ir? ¿Junto a quiénes caminar? ¿Cuándo empezar? ¿Qué
buscar? Hacemos cuestiones que resumen el temor que sentimos antes de descubrir
o de decidir. Tantas son las posibilidades y tanta la indecisión que, al final,
es la comodidad la que acaba matando nuestros verdaderos deseos.
Todo es misterio. Nos
cuesta aceptarlo. ¿Por qué nos ahoga? Nos resistimos a dejarnos sorprender. Paremos de hacer
preguntas y de perseguir siempre respuestas. Las respuestas más ansiadas las
tenemos nosotros mismos a base de responder interrogantes con acciones. ¿Qué
es verdad? ¿Qué es mejor? ¿Por qué y para quién? Ansiamos controlar la
evolución de todo y el pensamiento de todos e, intentarlo si quiera, es
completamente inútil. Somos más conocedores de lo que imaginamos. Olvidamos que
siempre nos será más útil perseguir 'lo que sentimos que necesitamos' frente a
'lo que pensamos que queremos'.
jueves, 27 de marzo de 2014
Keep calm and...
… let it flow. Forzar la maquinaria nunca fue
buena idea. Conviene, aun así, no confundir eso con ser fiel a lo que nos apetece. A veces tomaremos decisiones más torpes, otras supondrán un triunfo con buen sabor de boca final pero, mantenernos en esencia, no entiende de equívocos... no al menos en el mundo de lo que pudo haber sido y no fue. No todo depende de uno mismo y, saber separar deseos de antojos, puede hacernos bien. Pero, mejor aun, sernos fieles con seguridad... con la seguridad de que lo que tenga que ser será, sin querer forzar acontecimientos. Es importante dejar fluir las cosas. A veces nos impacientamos. Sentimos todo cercano, fuerte e intenso y queremos que todo sea ahora, ya e inmediato. Respira.
martes, 25 de febrero de 2014
Sociología invertida, es la sometida. Conversa y atiende.
Una de las
cosas más apasionantes de la vida (junto a viajar) es conversar. Al menos a
mí me lo parece. Podemos encontrar paja por el camino (de hecho debemos) pero,
al final, siempre topamos con alguna conversación apasionante. Informar,
enseñar, reconfortar, ayudar o compartir... Sea cual sea la finalidad, hay palabras
que adquieren un peso importante por la forma y por el contenido pero, sobre todo,
por lo que expresan. La expresión… Eso es algo que cada uno percibimos de
manera distinta y que, incluso, se ve influido por la situación personal en la que
nos encontremos. Es lícito que lo apasionante para una persona no sea lo mismo
para otra y que, la probabilidad de serlo, resida en aquello que nos interese
individualmente. Posiblemente, también en aquello que pueda despertar nuestro
interés de repente. Eso es una verdadera habilidad (que los
argentinos tienen bastante desarrollada, dicen) porque, suscitar interés, no
siempre es sencillo.
De todas
formas, el foco del interés probablemente no reside tanto en quiénes somos, en cuál
es nuestra posición o en la temática de la conversación en sí, sino en saber
tratar el tema desde diferentes perspectivas o plantearse nuevos horizontes. Acatarlos
o no, llevarlos a la práctica en nuestra vida o no... pero reconocerlos como realidades
o como posibilidades. Eso es lo realmente interesante. A veces somos como
burros a los que ponen anteojos y no vemos más allá de la línea recta que
nos marcan (que nos marcamos). “Tú, por aquí. Será más o menos duro, será más o menos aburrido,
pero será más fácil y, lo más importante: será socialmente mejor aceptado. Lo
vas a hacer muy bien.” Ser una persona de primera, no arriesgar a equivocarnos
ni en la práctica ni en pensamientos, claro que sí... Así seguro que
aprendemos, así seguro que acabamos amando nuestra vida… (y deseando que algún
día adquiera sentido, claro).
No se trata de ser rebeldes, se trata de permitir que la expresión y la opinión sean derechos mínimos de verdad, sin someternos a una dictadura mental establecida. Somos una cantidad de personas descomunal con una cantidad desorbitante de ideas, de creatividad, de pensamientos y de imaginación. Sin embargo, en algunos aspectos no cubrimos nuestras necesidades e inquietudes y ocultamos nuestros verdaderos pareceres tras la falsedad social, la trastienda de lo que sentimos. Seguramente todos nosotros hemos echado de menos en algún momento de nuestra vida la figura de una persona anónima, desconocida, discreta, imparcial y desinteresada a quién poder contar alguna batalla sin sentirnos condicionados por nada. Hay aspectos que ni instituciones, ni familia, ni algunas amistades están preparadas para escuchar de la forma más clara y pura posible, directamente sacada del sentimiento o de la emoción que lo genera. A la vez, otras veces, simplemente no estamos dispuestos a mostrarlo, como técnica de autoprotección. Distinguir qué conversaciones podemos tener los unos con los otros y quiénes, directamente, no están preparados para conversar, es nuestra responsabilidad.
Todos sabemos que, siendo aquellos con los que la sociedad está preparada para tratar, no seremos ni la mitad de buenos de lo que podemos llegar a ser. Todos formamos parte de esos marcos estipulados entre los que ninguno queremos estar pero a los que todos nos sometemos de alguna manera. Nadie aspira a ser un reprimido, sin embargo, pensadlo, todos en alguna vez lo somos o lo hemos sido. No nos engañemos, nadie va a cambiar eso a nivel global… así que sigamos comportándonos como guste con aquellas “personas de primera” y sin juicio alguno por bandera y, apasionando, a tantos como nos demuestren merecerlo. Es algo que he ido aprendiendo y que una buena conversación, de buena mañana, me ha recordado. Aun quedan muchos prejuicios por eliminar, tabúes y estereotipos que cubrir, bocas que tapar y mentes por abrir.
No se trata de ser rebeldes, se trata de permitir que la expresión y la opinión sean derechos mínimos de verdad, sin someternos a una dictadura mental establecida. Somos una cantidad de personas descomunal con una cantidad desorbitante de ideas, de creatividad, de pensamientos y de imaginación. Sin embargo, en algunos aspectos no cubrimos nuestras necesidades e inquietudes y ocultamos nuestros verdaderos pareceres tras la falsedad social, la trastienda de lo que sentimos. Seguramente todos nosotros hemos echado de menos en algún momento de nuestra vida la figura de una persona anónima, desconocida, discreta, imparcial y desinteresada a quién poder contar alguna batalla sin sentirnos condicionados por nada. Hay aspectos que ni instituciones, ni familia, ni algunas amistades están preparadas para escuchar de la forma más clara y pura posible, directamente sacada del sentimiento o de la emoción que lo genera. A la vez, otras veces, simplemente no estamos dispuestos a mostrarlo, como técnica de autoprotección. Distinguir qué conversaciones podemos tener los unos con los otros y quiénes, directamente, no están preparados para conversar, es nuestra responsabilidad.
Todos sabemos que, siendo aquellos con los que la sociedad está preparada para tratar, no seremos ni la mitad de buenos de lo que podemos llegar a ser. Todos formamos parte de esos marcos estipulados entre los que ninguno queremos estar pero a los que todos nos sometemos de alguna manera. Nadie aspira a ser un reprimido, sin embargo, pensadlo, todos en alguna vez lo somos o lo hemos sido. No nos engañemos, nadie va a cambiar eso a nivel global… así que sigamos comportándonos como guste con aquellas “personas de primera” y sin juicio alguno por bandera y, apasionando, a tantos como nos demuestren merecerlo. Es algo que he ido aprendiendo y que una buena conversación, de buena mañana, me ha recordado. Aun quedan muchos prejuicios por eliminar, tabúes y estereotipos que cubrir, bocas que tapar y mentes por abrir.
jueves, 20 de febrero de 2014
La distancia no se mide en metros
La distancia
es relativa. Os voy a contar la historia de cuándo fui realmente consciente de
ello. Corría el año 2008 y me dieron una beca para ir a estudiar unas semanas a
New York. Fui sin conocer a nadie y me planté en el aeropuerto de Madrid un
buen rato antes de que saliese mi vuelo. La historia y el cómo ahora es lo de
menos, pero conocí a Pablo, un gallego que iba a ser uno de mis compañeros de
viaje durante esos días. Casualidad o no, la primera persona que conocí en ese viaje,
fue la persona de la que tan apenas me separé las siguientes 3 semanas. Como
suele decirse: “Como culo y caca” o “Como uña y carne”. A veces conectas con la
gente y, otras, conectas mucho. Ambos supimos darnos cuenta de ello. ¿Problema?
El viaje llegó a su fin antes de que cualquiera de nosotros hubiésemos querido
y justo cuando más lazos habíamos estrechado entre todos. Éramos como una
pequeña familia de casi-desconocidos que nos conocíamos y congeniábamos ya, incluso más, que con personas con las que
tratábamos a diario en nuestras respectivas ciudades de origen. Podéis
imaginaros la de lágrimas que eché ese día de despedida, y algunos otros, por poner tierra de por medio con los compañeros de ese viaje que tanto me marcó. Entre ellos, que mi amigo Pablo
viviese en Galicia, se me hacía un mundo. Pensé que nunca más iba a verlo y eso
me ponía triste. Galicia, por aquel entonces me parecía inalcanzable, lejana y un
trayecto caro teniendo en cuenta que vivía en Barcelona. Pero la amistad es la amistad y hay energías humanas realmente poderosas.
No,
Pablo no vino a vivir a Barcelona ni se quedó si quiera en Galicia. Como buen
culo inquieto, viajero y emprendedor en aquello que anhela, el curso siguiente
fue a estudiar a Estados Unidos. En aquel momento, Galicia dejó de ser para mí Finisterre
(literal) y me pareció estar a tiro de piedra… cuando parecía que ya era tarde para
darse cuenta de ello. En aquel momento USA me pareció mucho más
inalcanzable que Galicia en cualquier sentido, claro, sin embargo ya no
imposible… la barrera, en mi mente, ya no era tan grande y se me abrían las puertas del mundo por momentos. Así fue como, lo primero que hice
cuando Pablo volvió a Galicia fue ir a verlo, con mi misma economía y la misma
distancia terrenal de por medio. Me di cuenta de que tampoco estaba tan lejos
y, lo más importante de todo: que me merecía la pena. La distancia pues, quizás
solo depende de eso, de cuánto nos merezca la pena, por la razón que sea,
recorrer esas distancias. Pablo volvió a marcharse, a Alemania esta vez, y allá que fui. El pasado año se desplazó a otra ciudad, a Berlín y, ¿qué acabé haciendo? Cogí la maleta y en verano volví a ese país a
verlo. Con una economía mejorable, sin un trabajo estable, pero con muchas
ganas de sentirme viva, sabía que lo que iba a aportarme esa escapada iba a
compensar eso indudablemente.
Pues bien, lo que quiero expresaros con esta historia es que, ahora, la distancia para mí tiene una perspectiva muy distinta de la que tenía antes de ella. Ahora entiendo que, cualquier barrera que nos frena a la hora de hacer algo que deseamos, es una realidad distorsionada por un cúmulo de emociones que nos bloquean. Que la distancia por motivos económicos, por ejemplo, a veces debe esperar, pero otras la establecemos nosotros mismos. Nuestras necesidades personales, la conexión con según qué personas, qué problemas, qué valores, qué culturas o qué inquietudes, hacen que unas distancias nos parezcan demasiado largas y, según qué cercanías prefiramos alargarlas. A veces, ni eso, sino que simplemente se trata de prioridades y, con el tiempo, estrechamos distancias o alejamos lo que anteriormente nos era cercano, por motivos X. ¿Qué motivos tenía yo de perseguir a una persona allá donde fuese que estuviese? Pues ese ya es otro tema del que puedo hablar otro día, pero os puedo asegurar que por ningún otro ciudadano berlinés y, ni siquiera por algunos barceloneses, hubiese recorrido la mitad del trayecto. Así que supongo que la conclusión de todo esto es que la distancia se hace corta en función de la motivación personal y se alarga en función de nuestros miedos y límites. A fin de cuentas, aunque con diferentes costumbres, todos rondamos por algún lugar del mismo globo terráqueo.
Y ya puestos a hablar de distancias, podríamos extrapolar el tema al cotidiano mundo de las redes
sociales sin abandonar el mismo hilo argumental. Por un lado, el tema de
estar o no conectado a alguien a través de una red social que usamos
frecuentemente, está sobrevalorado para según qué chorradas pero creo que nos
parece una chorrada en según qué aspectos importantes. ¿De cuántas personas
sabemos un mínimo de cosas que no sabríamos si no fuese por tenerlas como
contactos? Y, ¿a caso si dentro de un tiempo, no podemos estar estrechando distancias con
cualquiera de esas personas por H o por B? El campo de "conocidos conectados" se ha ampliado y, como en la vida real, los contactos de las redes sociales están,
virtualmente, tan cerca o lejos de nosotros como queramos. Lo poco o mucho que nos podamos conocer a través de ellas, es lo que nos acaba uniendo más u olvidando. Pues bien, lo que quiero expresaros con esta historia es que, ahora, la distancia para mí tiene una perspectiva muy distinta de la que tenía antes de ella. Ahora entiendo que, cualquier barrera que nos frena a la hora de hacer algo que deseamos, es una realidad distorsionada por un cúmulo de emociones que nos bloquean. Que la distancia por motivos económicos, por ejemplo, a veces debe esperar, pero otras la establecemos nosotros mismos. Nuestras necesidades personales, la conexión con según qué personas, qué problemas, qué valores, qué culturas o qué inquietudes, hacen que unas distancias nos parezcan demasiado largas y, según qué cercanías prefiramos alargarlas. A veces, ni eso, sino que simplemente se trata de prioridades y, con el tiempo, estrechamos distancias o alejamos lo que anteriormente nos era cercano, por motivos X. ¿Qué motivos tenía yo de perseguir a una persona allá donde fuese que estuviese? Pues ese ya es otro tema del que puedo hablar otro día, pero os puedo asegurar que por ningún otro ciudadano berlinés y, ni siquiera por algunos barceloneses, hubiese recorrido la mitad del trayecto. Así que supongo que la conclusión de todo esto es que la distancia se hace corta en función de la motivación personal y se alarga en función de nuestros miedos y límites. A fin de cuentas, aunque con diferentes costumbres, todos rondamos por algún lugar del mismo globo terráqueo.
Por otro lado, os aseguro que Pablo y yo podríamos tener mucha más comunicación. De hecho casi nos hemos escrito más cartas que mensajes a la bandeja de entrada y probablemente hemos compartido más abrazos que “holas” electrónicos. Supongo que todo responde a necesidades personales. Por eso se suele decir que, si realmente se quiere quedar con alguien, el tiempo y la distancia no son el verdadero impedimento, tan solo hay que sentir "la excusa". Sin embargo, el medio de comunicación en el que estemos conectados también influye. Puede ser que con algunas personas estrechemos distancias en las redes sociales y eso nos sea suficiente y que, con otras que lleguemos incluso a detestarlas por esos medios, pudiésemos pasarnos ratos y más ratos a su lado. Es decir, la distancia en estos medios no solo debe valorarse como algo no necesariamente negativo, sino que también debe gestionarse. Antes que echar de más, es preferible que echemos de menos en su justa medida y, antes de comunicarnos porque sí, es preferible percibir el sentido. Al final, la distancia más jodida es la que existe cuando estamos emocionalmente lejos de alguien a quien deseamos tener cerca. De ahí que la distancia, realmente, no se mida tanto en metros como en sentimiento ni sea tan física como emocional.
miércoles, 5 de febrero de 2014
La copa menstrual
Cuando recibí
el pedido por correo sentí esa emoción que tiene un niño cuando estrena zapatos
nuevos. No muchas personas me habían hablado de ella y tan apenas hacía medio año
que sabía de su existencia, pero tenía referencias suficientes e información convincente
como para hacer el cambio, comprarla y probar… ¡y llegó justo a tiempo! Hablo de
la copa menstrual. De algo que puede dar un poco de grima a algunos pero que no deja de ser algo útil y normal para la vida diaria de las mujeres. Algunos os estaréis preguntando de qué narices trata y por
eso escribo sobre ella, para que sepáis qué es, para qué sirve y en qué
consiste. Y, si alguna chica también se atreve a hacer el cambio, estupendo, porque
creo que es una auténtica ventaja para nosotras en esos días en los que tenemos
la menstruación.
Es un
recipiente de silicona que tiene forma de copa/campana. Es de uso interno pero
a diferencia del tampón, no absorbe la sangre, sino que va quedando depositada
en el recipiente, lo que me gustó ya que se expulsa y no queda
concentrado. Para introducirla hay que doblarla y acomodarla hasta que haya
entrado entera y sobresalga, un poco, un manguito que tiene para poder luego
extraerla. Una vez dentro, queda de tal manera que se acomoda a las paredes
para que no haya pérdidas y todo el flujo quede en el interior. Para sacarla,
debe estirarse del manguito a la vez que ayudar haciendo un poco fuerza con los
músculos. Como con un tampón, vamos. Una vez fuera, el líquido puede verterse
en el váter y la copa debe lavarse antes de volver a introducirla. Si estamos
en un baño público, esto puede ser complicado a veces, entonces puede limpiarse
con papel higiénico simplemente y, una vez en casa, ya se limpia mejor. No es
recomendable llevarla más de 12 horas seguidas, aunque la frecuencia con la que
se cambie también dependerá de la cantidad de menstruación que se tenga. Difícilmente
se llenará enseguida. Después de utilizarla por última vez tras cada periodo,
debe hervirse durante 5 minutos aproximadamente para esterilizarla de nuevo.
Ventajas: Es
muy cómoda, no produce picores y ni la notas. Se puede dormir con ella sin
ningún tipo de problema y puede hacerse vida normal. No hace daño ni produce
molestias. Ahorras mucho dinero en compresas y tampones ya que, en un
principio, el artículo en sí es más caro (yo lo conseguí por 20€ por Internet),
pero a la larga sale mucho más económico ya que es reutilizable y puede durar
hasta 10 años. Es higiénico y supone menos deshechos para el medio ambiente (a
diferencia también de la compresa o el tampón).
Desventajas:
No hay que ser escrupuloso (al fin y al cabo lo que va a parar dentro de la
copa es nuestra propia sangre). Las primeras veces es aconsejable ponerse un salva-slip
por si acaso la colocamos mal hasta que le cojamos el tranquillo. Y, como
siempre, cuidado para los que puedan ser alérgicos al material del que está
hecha.
Como una de
las chicas que a mí me la recomendó, me dijo: “Es uno de los inventos
revolucionarios del siglo XXI para las mujeres”. Por eso, yo os animo a
que probéis ya que le veo muchas más ventajas que inconvenientes. Ante el
desconocimiento, a veces nos cuesta dar el paso y cambiar, pero os quería
informar porque creo que vale la pena. Podéis buscar información y otras opiniones por Internet porque cada día se está conociendo más y la utilizan más mujeres. Ya me contaréis las que la probéis.
PD: Gracias a Alba y a Ruth que fueron las que a mí me la recomendaron.
PD: Gracias a Alba y a Ruth que fueron las que a mí me la recomendaron.
domingo, 2 de febrero de 2014
Actuaciones que se basan en carencias
Hay mujeres que, cuando alguien les gusta, se entregan. Mucho, fácilmente y al 100%. No
desde el principio pero sí desde ese momento en el que perciben un buen trato y
que las valoran como querrían y merecen… Es decir, rectifico, se comportan así
desde el principio porque justamente es el inicio el período en el que más
pueden percibir ese tipo de cosas. Creen que quizás no es para siempre pero que
pueden intentarlo. Y acaban intentándolo solamente ellas cuando, tras los tres
primeros polvos o primer mes de citas, algo siempre ocurre: algo siempre falla
(supuestamente ella) y algo siempre huye (él). Suele achacarse, en cierto modo,
a la “fácil” entrega de ella que no llega a satisfacer el “afán” de
conquistador de él. No sé ciertamente si es ese el motivo principal porque yo,
a veces, he adquirido ese papel y me reconozco habiendo sido una más de ellas en alguna ocasión, pero
sí que estoy casi convencida. Creo que tanto ellas como ellos, deberían
reflexionar acerca de situaciones así y cambiar o adaptarse. Pero ambos. Porque
no se trata de buscar culpables cuando no los hay… tan solo hay circunstancias (que deben descubrirse).
Por eso, si hay circunstancias que sabemos que deben cambiar, hay que buscar la
clave del cambio y afrontar las nuevas oportunidades que surjan para hacerlo
bien, o mejor. Llegar al kit de la cuestión.
El otro día, una conversación me hizo llegar, al fin, a lo
que creo que debe de ser el fondo del problema y la causa de una actuación así, de entrega “demasiado precipitada y ciega”. Al menos, desde entonces, me siento más segura y aliviada, como si hubiese descubierto La isla del tesoro.
Por un lado, creer en la bondad de las personas debería de ser instintivo: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. Partiendo de ahí, nadie debería aprovecharse de nosotros, prometer en falso, crear expectativas exageradas o engañarnos. Menos aun alguien que nos tiene cariño. Pongámonos en la mente de una mujer que piense eso. Quizás esas mujeres tan solo buscan protección... cariño y protección masculina. Hay hombres que marcan un referente o que simbolizan una figura importante en la vida de una mujer. Es una protección inconsciente pero constante que perciben las mujeres y que ellas no pueden aportarse de igual manera (desde el lado femenino) a sí mismas. Quizás quien la tiene la obvia y quien no la tiene la necesita. Por poner un ejemplo, un padre podría ocupar ese tipo de protección afectiva. Pero hay mujeres que carecen o que han carecido de esa figura masculina referente y, lo que en un principio parece haber sido prescindible sin problema, puede que en el fondo se convierta en una carencia que se necesita suplir, llegándose así a proyectar en el terreno amoroso. Como quien lo hace por inseguridades o exclusión. No se es más débil por vivirlo sino más fuerte por encontrar la solución.
Todos somos imperfectos. Es algo sobre lo que hay que trabajar con esfuerzo, primero dándonos cuenta del problema y, después, buscando otras alternativas que puedan cubrirlo. Quizás el mero hecho de darnos cuenta de ello ya es una gran ayuda y por eso he decidido escribir sobre esto, por si a su vez puede ayudar a alguien a recapacitar sobre sus actuaciones.
Por un lado, creer en la bondad de las personas debería de ser instintivo: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. Partiendo de ahí, nadie debería aprovecharse de nosotros, prometer en falso, crear expectativas exageradas o engañarnos. Menos aun alguien que nos tiene cariño. Pongámonos en la mente de una mujer que piense eso. Quizás esas mujeres tan solo buscan protección... cariño y protección masculina. Hay hombres que marcan un referente o que simbolizan una figura importante en la vida de una mujer. Es una protección inconsciente pero constante que perciben las mujeres y que ellas no pueden aportarse de igual manera (desde el lado femenino) a sí mismas. Quizás quien la tiene la obvia y quien no la tiene la necesita. Por poner un ejemplo, un padre podría ocupar ese tipo de protección afectiva. Pero hay mujeres que carecen o que han carecido de esa figura masculina referente y, lo que en un principio parece haber sido prescindible sin problema, puede que en el fondo se convierta en una carencia que se necesita suplir, llegándose así a proyectar en el terreno amoroso. Como quien lo hace por inseguridades o exclusión. No se es más débil por vivirlo sino más fuerte por encontrar la solución.
Todos somos imperfectos. Es algo sobre lo que hay que trabajar con esfuerzo, primero dándonos cuenta del problema y, después, buscando otras alternativas que puedan cubrirlo. Quizás el mero hecho de darnos cuenta de ello ya es una gran ayuda y por eso he decidido escribir sobre esto, por si a su vez puede ayudar a alguien a recapacitar sobre sus actuaciones.
Creo que llegar a hacer reflexiones como esta puede suponer,
por una parte, un paso importante para fortalecer el individualismo de algunas
chicas y, por otra parte, una explicación para chicos que buscaban, muchas
veces, un por qué ante algún tipo de reclamo afectivo que (aun) no sentían.
Creo que empezar a trabajar eso de manera más consciente, e incluso en pareja, puede
suponer un cambio importante y positivo, tanto en la propia mente como en el
enfoque sentimental que se dé a partir de ese momento. Incluso puede servir
para hacerse valorar más, o valorar más, a esas personas ya que, a fin de cuentas, es lo que así de primeras necesitan. Y, al final, triunfará o no el amor porque
eso ya es cosa de dos, pero estarán, seguro, más cerca de ello.
PD: De nuevo hablo desde el lado femenino porque es el que me toca más directamente y desconozco si en los hombres se muestra de igual manera, aunque supongo que sí.
Gracias Lu. (Y gracias Max y Nat por vuestra sinceridad también.)
PD: De nuevo hablo desde el lado femenino porque es el que me toca más directamente y desconozco si en los hombres se muestra de igual manera, aunque supongo que sí.
Gracias Lu. (Y gracias Max y Nat por vuestra sinceridad también.)
domingo, 19 de enero de 2014
La necesidad básica
¿Qué necesidades tenéis? Necesidades, no cosas que os gustaría tener o hacer. Éxito en el estudio, en el trabajo, una buena economía, independizarnos, mantener buenas relaciones, encontrar el amor, permitirnos una escapada, comprarnos nuestro objeto-ilusión... todo eso son objetivos. Pero no, no me refiero a eso. Me refiero a que, a menudo, nos centramos en adquisiciones superficiales comparadas con la necesidad básica para conseguir todo lo demás: encontrar la paz interior. Puede parecer evidente que sin una base no puede construirse todo lo demás, pero no conozco a muchas personas que parezcan darle tanta o más importancia a esa base que a todo lo que hay por encima y que anhelan construir. Me da la sensación de que la base resulta, a veces, tan obvia y a la vez tan invariable que se pasa por alto el trabajo sobre ella. Y obvio sería que considerásemos que ese es uno de los mayores errores.
Voy a aprovechar este domingo espiritualmente gratificante para intentar expresar la importancia que tiene la retroinspección de nosotros mismos antes de marcarnos un objetivo, ponernos un reto o proponernos un cambio en algún sentido. La misma importancia que tiene a la hora de resolver un conflicto, evitar un trato injusto o perdernos entre ilusión e ilusión. Lo interior como principal, lo exterior como subordinado a ello y, como esencial, buscar cierto equilibrio vital que, aun siendo utópico, no deberíamos permitirnos el lujo de dejar de perseguir. Creo que es una de las pocas claves efectivas que puedo encontrarle al bienestar de uno mismo. Y cabe recordar que, un bienestar personal, siempre va a provocar una mayor sintonía con todo lo que nos rodea (a parte de envidia, claro).
Hoy lo hablaba con una chica que he conocido y que hace reiki. Le contaba que, a veces, yo también meditaba aunque nunca hubiese aprendido a hacerlo de una manera concreta, simplemente empecé por casualidad un día que sentí la necesidad de deshacerme de algo que me hacía sentir mal. Ella me explicaba la importancia de que hubiese encontrado una manera personal (que casualmente resulta que no distaba tanto del reiki) ya que cada uno debe ser el que se preocupe por encontrar, al final, la forma más útil bajo sus necesidades y circunstancias. Meditar, en este caso, podía suponer un alto de unos minutos en el camino para encontrar el punto en el que nos perdimos, en el que nos quedamos estancados o que queríamos retomar, pero buscando la mayor calma mental posible.
Hay personas que constantemente intentan amenazar el bienestar ajeno, la mayoría de veces porque sienten que ellas son incapaces de alcanzarlo. ¿Incapacidad o descuido? Partiendo de ahí, construyen un bucle de ansiedad en su interior que les hace olvidar el principal punto de partida a sus problemas: su propio malestar e inconformismo. Está claro que convivir con energías negativas a nuestro alrededor es más que irritable y que, soportar según qué circunstancias, desgasta. Es algo a lo que probablemente debamos habituarnos en según qué sociedades (y quizás cada vez más), haciendo que nos afecte el mínimo posible. Por eso es tan importante buscar momentos en los que la soledad deje de perturbarnos y hacernos sentir invisibles, pasando a esos en los que pueda sernos útil y aportarnos justo lo necesario para convivir con todo lo demás.
Soy consciente de que este es un texto superficial, ya que cada uno es el único responsable de encontrar las herramientas para conocer sus puntos fuertes y sus debilidades, sus necesidades y el excremento del que quiere deshacerse, sus limitaciones y sus objetivos. Los consejos están a pie de calle y pueden resultarnos útiles, pero las soluciones y lo que aprendamos de cada paso en falso, solo podemos encontrarlo nosotros mismos. Preocuparnos por mantenernos sanos, emocionalmente hablando, es el mayor favor que podemos hacernos. Por ello, ya bien sea meditando, llevando a cabo alguna actividad, aislándonos en lugares secretos o cerrando los ojos, sin más... todos deberíamos buscar esos instantes, más en soledad que en conjunto, que nos ayuden a vivir con, al menos, cierta armonía personal (lo que no es poco).
lunes, 13 de enero de 2014
Teorías del escapismo masculino
Tengo dos teorías acerca de los chicos y su
comportamiento escapista ante una posible relación. No ofrezco la solución a
nada y esto puede, reconfortar a algunos, y traumatizar a otros. ¿Queréis
saberlas? Seguid leyendo. ¿No queréis? Huid como ellos.
La primera reflexión me la aportó
una amiga más mayor que, con experiencia y más paciencia que un santo, me convenció: “Si
a un chico le gustas, le gustas desde el principio.” Difícilmente hay vuelta de
tuerca. Si un chico puede llegar a tener algo contigo, en la mayoría de casos lo sabe desde el primer día en que queda contigo, tras el primer vistazo y las
primeras conversaciones. Probablemente nosotras también lo intuyamos, pero
podemos cambiar de parecer con mayor facilidad por detalles más sensoriales. ¿Sabéis
qué creo? Que partiendo de ahí, cualquier esfuerzo por llamar la atención de un
chico al que no se la has llamado desde un principio, es malgastar tiempo. Los
que me conocen saben que apuesto por dejar claro que tenemos interés en
alguien, a esa persona, por lo poco que tenemos por perder. Pero sí que tenemos cosas y
tiempo por perder cuando nos esforzamos en excesivo por algo que no nos
corresponde. Si algo he aprendido con el tiempo (siendo consciente de que aun
me queda mucho por aprender) es que, cualquier sobreesfuerzo por
nuestra parte puede suponer un mero recordatorio para la otra parte, pero no
mayores logros. Por eso es importante, en este terreno, saber abandonar un objetivo en un momento dado y no llegar a torturar nuestra mente ni agotar la ajena. Ya sabéis… a
veces “más vale una retirada a tiempo que una batalla perdida”. O como dijo
Cervantes “El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro
sobrepuja a la esperanza.” Y sí, el peligro muchas veces somos nosotros mismos
cuando, en forma ya de obsesión más que amor (como decía la canción), asumimos
una conquista más ya como reto que como algo que creamos que realmente es buena
idea seguir persiguiendo.
Ahora, la otra
teoría… Una que no podía confirmar por falta de modelos pero que, un amigo, en una noche
de hablar y razonar, llegó a corroborarla: “Los chicos se asustan antes que
darse tiempo a sentir.” Es la típica situación en la que parece que todo va
sobre ruedas pero, de repente, la historia se acaba o desaparecen en combate. Sobre unos solo voy a hacer mención porque no merecen mucho mi respeto: aquellos que tienen interés hasta que consiguen su objetivo (de usar y tirar). Me centraré en los otros. En esos que, seguramente, si permaneciesen bajo “la presión que sienten” en esa ilusión del
principio, llegarían a sentir más de lo que pueden creer, por alguna de las
chicas a las que han dejado pasar. En este caso, algunos sienten peligrar su libertad y temen ligamos que a veces confunden con cadenas. Otros, se ponen el reto pero, esta vez, en forma de mujer. O sea, llegado ese
punto en el que la chispa está a punto de encender la mecha, despistan su objetivo inmediatamente, con otra, como vía de escape a sentimientos más profundos por la que ya están conociendo. Caprichoso, y bastante cobarde también. Me preocupa seguir tropezando con
historias así porque son buenas, pero igual de buenas que efímeras, y eso acaba
transformándose en más vacío que lleno o en alguna situación indeseada. A la larga, no tengo claro si alguien
gana en ese caso. Y es que chicos, no sé si quiero, pero quizás algún día os acordáis de alguna de nosotras (y si es demasiado tarde, me voy a cagar en todo).
En definitiva,
creo que cualquier chica que esté leyendo esto puede sentirse identificada con
alguna de estas teorías y, si no, sentiros afortunadas pero estad preparadas
para poder llegar a experimentarlo. De acuerdo, no es algo para lo que uno pueda prepararse pero, llegado el momento, sí que podemos rehuir de la sensación de culpabilidad porque alguien decida no
querernos de la misma manera en que nosotros lo hacemos. Eso no va a hacer que
esquivemos el dolor o la sensación de caída o fracaso... pero va a ayudar a que evitemos infravalorarnos. Soy consciente de que es fácil decirlo y menos sentirlo pero, a veces, no hace falta buscar culpables ante algo sobre lo que solo el
corazón y su des-sincronismo entienden... nos parezca más o menos acertado o mejor o peor oportunidad para empezar algo.
lunes, 6 de enero de 2014
Magia
Dicen que por arte de
magia no pasa nada y que todo es ilusión. Los niños nos dan lecciones en cuanto a eso y nos recuerdan
que la ilusión es abrir una vía hacia la felicidad. Que, creer en magia, no
significa ser más ignorante que quien decide aparcarla por edad, sino más imprescindible
en la sociedad; cada vez más. Solo hace falta reformular el concepto en sí. Y
es que, mientras los niños juegan a ser mayores, hay algo que no imitan y es la
incredulidad. Ese poner pegas todo lo que pasa por la cabeza del vecino, esa
poca esperanza de que sucedan cosas que no esperamos… Inconscientemente, aquel
que mantiene ilusión por cualquier mínimo detalle, contiene algo imprescindible para un mundo tan diverso y, bajo mi opinión,
maltratado y devaluado como este.
A los adultos nos encanta jugar con la magia y reírnos
de ella: “Si incluso los Reyes Magos acabaron siendo los padres…”. Es lo más
fácil, no creer en nada ni en nadie. También algo triste. Nos alejamos de
cualquier tipo de esperanza desorbitada porque estamos demasiado acostumbrados
a la decepción. Envidian y anhelan la niñez aquellos que desisten de la
sorpresa y se olvidan de encontrar, al menos, una de ellas cada día. Y las hay.
Por eso creo que es tan importante sorprender y dejar que otros lo hagan. Un
regalo, una compañía, un lugar… un detalle. Con la misma energía podemos romper
hoy el papel de regalo de unos calcetines de invierno o el sobre de una carta, que con la que, tiempo
atrás, desenvolvíamos la Game Boy Colour o cualquier otro juguete con el que nos pasásemos toda la noche soñando.
Ninguna sorpresa deja indiferente. Debemos saber apreciar detalles
minúsculos como si fueran los más grandes, porque probablemente lo sean. Incluso aquellos que hoy se quedan sin regalo pueden recibir alguno mejor que no pueda meterse en una caja ni envolverse con papel. Aquello
que nos gustaría alcanzar, o que alcanzaremos aunque lo desconozcamos, es lo que
mantiene la ilusión y lo que frena el pensamiento de que el mundo esté podrido
por completo. La magia está en la cabeza de cada uno y en nuestra capacidad de sorprender y de sorprendernos. Quizás, magia, sea solo eso: ilusión, pero exista... porque a mí no me engañan, esa no son los padres.
martes, 31 de diciembre de 2013
No me llames iluso porque tenga una ilusión
Otro año más que nos echamos encima y, hay años ligeros
y años que pesan. Este, pesa y pasa como el año de grandes oportunidades y
mejores experiencias, pero también de algún amago de amor y alguna convivencia por mejorar. No me gusta hacer balances generales pero este año ha hecho que me
lanzase a hacer algunos cambios, a quererme un poco mejor y a plantarle cara a
lo dañino, por mucho que me costase a veces. Más que acabar, va a continuar, queda trabajo pendiente. Ha habido momentos críticos que no recordaré y
momentos destacados que ya os habré contado, de alguna manera, mediante textos, quedadas o fotografías. Eso sí, los más importantes siempre tienen que ver con personas. Gente que va, buena gente que siempre viene y mejor aun la que permanece.
Siempre son personas las causas de lo mejor y lo peor de cada uno de mis años,
y que así siga siendo.
Quiero escribiros una de las frases más jodidas que
he tenido que escuchar durante este año y luego, en su honor, acabaré esta
entrada en positivo. La frase es breve y dice así: “Eres demasiado positiva
para mí.” Mirad, quiero deciros que, pese a lo que os puedan llegar a decir y
quien os lo pueda llegar a decir, no dejéis de ser positivos porque ahí reside nuestra
salvación existencial y la de algunos de los que nos rodean, incluso aun si os lo discuten. Este año he tenido que compartir muchos momentos con personas desilusionadas en muchos aspectos y eso sí que es realmente jodido. Creo, de hecho, que ese tipo de cosas son las que han ido haciéndome en ese sentido. Es atrevido ser positivo en los tiempos que corren e incluso un esfuerzo a veces, pero creo que es algo esencial para
cuando compartimos ilusiones y aun más para cuando sentimos soledad. Y, ya
se sabe... un año da para mucho y muchas emociones pese a que el 31 de diciembre
no nos parezca tanto el resumen final… Y, el año que viene, no será menos.
Para 2014 tengo varios encargos y puede ser un año importante
e incluso decisivo en algunos aspectos. Tened ilusiones vosotros también, no hay por qué no tenerlas y es de lo poco de lo que podemos apropiarnos. Acabo copiando el texto en
positivo (que he leído por ahí) que antes he prometido. Feliz fin de año a todos ¡y mejor comienzo del
nuevo!
“Cuando alguien evoluciona, también evoluciona todo a su alrededor. Cuando tratamos de ser mejores de lo que somos, todo a
nuestro alrededor también se vuelve mejor. Eres
libre para elegir, para tomar decisiones. Aunque sólo tú las entiendas, toma
tus decisiones con coraje, desprendimiento y, a veces, con una cierta dosis de
locura. Aprender algo
significa entrar en contacto con un mundo desconocido, en donde las cosas más
simples son las más extraordinarias.
Atrévete a cambiar. Desafíate. No temas a los retos. Insiste una y otra y
otra vez. No te des por vencido. Acuérdate de saber siempre lo que quieres. Y
empieza de nuevo. El secreto está en no tener miedo de equivocarnos y saber
que es necesario ser humilde para aprender. Ten
paciencia para encontrar el momento exacto y congratúlate por tus logros. Y si esto
no fuera suficiente... analiza las causas e inténtalo con más fuerza. El mundo
está en manos de aquellos que tienen el coraje de soñar y de correr el riesgo
de vivir sus sueños.”
martes, 10 de diciembre de 2013
En distancias cortas, somos más útiles
Tanta pobreza económica hay en el
mundo, como emocional. Mirad a vuestro alrededor e incluso a vuestra maldita
cara larga de algunas mañanas sin aparente motivo. Es algo que debemos tener en
cuenta a la hora de ayudar. Empezar cambiando eso, es algo imprescindible de cuyo progreso solo podemos notar efectos en las distancias cortas. Digamos que, la clave
del éxito en la ayuda, no está tanto en el fin como en el proceso. El fin puede
conseguirse a través de un parche puntual pero, el proceso, conlleva cierto
contacto emocional que puede servir de guía para alcanzarlo, y ser menos caduco.
La conversación que compartí el
otro día fue gratificante y hablaba de compartir. La impotencia por no poder
poner remedio a muchas de las injusticias de las que, día tras día, somos
conscientes por distintos medios, nos frustra y hace sentir prescindibles. A
menudo, fijamos la vista demasiado lejos, en entornos que, aun siendo parte de
nuestro planeta, no acaban de pertenecernos según dónde nos encontremos.
Entornos en los que podemos ser menos útiles e imprescindibles que si decidimos
priorizar algunos límites. No descartar pero sí priorizar.
Nos empeñamos en enviar dinero a
África, por ejemplo, mientras a nuestro alrededor, constantemente, hay personas
en situaciones mejorables que, la pidan o no, necesitan ayuda. Ese euro que
donamos y que no sabemos ciertamente a quién llega ni qué parte de él lo hace,
me parece más interesante que se traduzca en un abrazo, un bocadillo a medias, una educación o
una conversación reconfortante. Ya sabéis eso que se dice de qué “hay cosas que
el dinero no puede comprar”… sin embargo, esas cosas, son las más útiles y esperadas.
No se trata de hacer demagogia ni seré yo la que me oponga a ningún tipo de ayuda, sea la que sea, pero me parece tan o más importante empezar haciéndolo por algo más
alcanzable. Importante e inteligente, ya que la ayuda es más directa e inmediata.
No está mal invertir, pero mejor es compartir y que la satisfacción pueda ser doble.
Por todo ello, es más útil que,
individualmente, fijemos objetivos más cercanos. Y que, si algún día nos
apetece y podemos permitírnoslo, vayamos a África y compartamos dinero, salero,
educación, experiencias y amor. Del mismo modo, que cada cual que pueda aportar
algo, empiece a hacerlo con su entorno y vaya de menos a más. No abarcar sin,
primero, embarcarse. Al fin y al cabo, por mucho que nos hablen del mundo
entero, solo conoceremos una parte de él y, nuestro mundo, acabará siendo el
conjunto de entornos y de seres en y con los que hayamos convivido. Son esos
los que, aparte de exponernos a situaciones reales y aportarnos una valoración
objetiva, pueden necesitarnos más y hacernos realmente útiles en muchas
ocasiones.
miércoles, 20 de noviembre de 2013
La posesión no nos pertenece
La posesión no nos pertenece, sin embargo, a veces, nos
confundimos llegando a creer que podemos alcanzar cualquier cosa y hacerla
nuestra. Que, algo que hoy nos acompaña, lo hará por siempre o quizás por un
buen tiempo. Que, por adueñarnos de algo y llamarlo “nuestro”, jamás nos
abandonará si no somos nosotros los que lo dejamos escapar o reemplazamos. Mi
casa, mi trabajo, mi dinero, mi ciudad… Todos hemos visto alguna vez como, en cuestión
de segundos, todas esas posesiones pueden cambiar o incluso quedarse nulas. Mis
vecinos, mis amigos, mi amante, mi hombre, mi mujer… mi gente. ¿Por qué iba a
ser diferente en esos casos? De hecho, no lo es. Asumamos que mañana podemos
tenerlo todo y a muchos o nada y a nadie. No somos propietarios absolutos de
nada y hay cosas que, por mucho que nos empeñemos en hacerlas de nuestra
propiedad, nunca nos pertenecen del todo... así que aun menos si se trata de personas.
Cuantas más cosas nos apropiamos, más miedo tenemos a
perder cosas. Cuanto más tememos perder, menos seguridad en nosotros mismos
mostramos. Cuantas más personas queremos dominar, menos confianza depositamos
en esas personas. Cuanta menos confianza tenemos, en general, menos capaces
somos de llegar a tener alguna otra cosa. Mi paciencia, mi razón, mi confianza,
mi amor… detrás de todo eso sí que hay algo que nos pertenece y es nuestra
esencia, que es justamente lo que más abandonamos, a veces, para intentar conquistar
cosas que nos rodean. Cosas que, si dejamos que vayan y vengan por sí mismas,
son más accesibles por voluntad y, quizás no infinitas, pero más bellas, por
reales. Si hay algo más bello que una persona libre, son varias compartiendo
sus libertades. Libres y en común, somos capaces de crear historias que sí que
nos pertenecen una vez vividas. Y, aunque las recordemos cuando ya no nos quede
nada de lo que nos rodeaba en ese momento, creo que es lo único, o de lo poco,
que podemos sentir nuestro. Hechos no materiales que se pueden pensar y sentir
pero difícilmente alcanzar con las manos.
Si sentimos a
alguien parte de nosotros, que sea porque así lo sintamos, pero no debemos confundirlo con una propiedad. Si deseamos caminar junto a esa persona, está
bien que lo intentemos, pero no que pretendamos, para ello, cortarle las alas. Debemos dejar que esa persona viva todo lo que
tenga y quiera vivir. No servirá de nada que suframos, hagamos lo imposible y desaprovechemos el tiempo esperando
el desenlace idóneo porque, hasta que no venga por sí mismo, no existirá tal
desenlace… y toda historia tiene un desenlace, seamos pacientes. Al final, si
no tiene que ser para nosotros, no lo será y de nada habrá servido perder media vida obsesionándonos con ello. Pero,
si tiene que serlo, vendrá, y lo hará en el momento más adecuado. Eso sí, todo
lo que hoy pueda parecernos nuestro, no demos por hecho que mañana vaya a
serlo, solo que vayamos a intentar conservarlo.
domingo, 10 de noviembre de 2013
Ladies and gentleman... Ni contigo ni sin ti
Qué
poco nos soportamos a veces y cuántas otras nos necesitamos y echamos de menos.
Va a ser verdad que somos tan parecidos en unas cosas como distintos en otras y
que, todo aquello que nos distancia en comportamiento, en el fondo nos aproxima
en pensamiento y nos une en interés. Nos encanta quejarnos y despotricar de las
diferencias y discrepancias del sexo contrario, probablemente para ocultar las
nuestras e intentar defenderlas a capa y espada… Cómo si fuésemos mejores los unos
que los otros… ¡Já! Somos igual de contradictorios entre cabeza y corazón y
mejores cuando nos juntamos y nos entendemos, o cuando intentamos hacerlo. No
podemos vivir los unos sin los otros porque somos nuestro complemento, como se suele decir. Nos sacamos tan de quicio como de vicio; lo mejor de nosotros mismos en un
momento dado y los vete lejos pero no tanto como para no poder encontrarte de nuevo.
Hombres…
De los hombres decimos que pasamos de ellos y tan solo hacemos ver que lo
creemos. Despistados por excelencia y mujeriegos por vocación, os criticamos
por vagos, desordenados, despiadados, pasotas, descuidados y mentirosos. Poco
cariñosos y menos detallistas en cuanto a actuación, demostráis nula paciencia
y ni pizca de intención en comprensión. Mujeres… De nosotras opináis que somos
más raras que un perro verde, más verdes de lo que solemos hacer ver y que
hacemos ver que somos simples pero nada que ver. Plastas con frecuencia y
mandonas por inercia, nos regaláis joyitas como etiquetas por repetitivas, perfeccionistas,
restrictivas, celosas y calientapó. Controladoras por definición y con dudosa
autoestima, fuertes de carácter y débiles en decisión.
Con
esta lista y tanto amor no sé si siempre nos deseamos, pero indiferencia no nos
causamos. Aunque, como también se dice que lo malo también tiene su lado bueno, cuando se sabe ver lo
bueno, sale lo mejor y contrarresta todo ese odio que, más que eso, es concreto
y puntual rencor. Porque, ¡ai cuánto daño nos han hecho! pero no veas cuánto bien
nos queda por tener. Hay cosas que, por masculinas que seamos nosotras, solo un
hombre podría aportarnos y, otras que, por afeminados que lleguéis a ser
vosotros, solo una mujer puede mostraros. Y es así como, en ausencia del sexo opuesto, todos somos la mitad de lo que podríamos llegar a ser. Incluso el
solitario pastor se junta con alguna oveja y la monja de clausura se reúne
cada noche con Dios. Nos buscamos… a veces las cosquillas, pero nos buscamos… y,
a modo de polos opuestos, creamos el fenómeno atracción.
jueves, 7 de noviembre de 2013
Posicionarnos como espectador
Aviso a
todos los navegantes: El texto de hoy va a sonar a libro de autoayuda o a
canción mantra. Unos cuantos pensaréis: “¡A mí no me hace falta!” Pero, aunque
no expongo nada nuevo, creo que no es un mal consejo en cualquier caso.
¿Qué
nos pasa para que “últimamente” nos agobiemos tanto y tan fácilmente? ¿Hasta
qué punto disfrutamos de lo que hacemos si estamos pensando en mil cosas
diferentes a la vez? El ritmo social avanza a una velocidad de vértigo y nos
pasamos la vida corriendo en él, olvidando que, lo importante, no son tanto las
tendencias ni el elitismo como la salud mental. Pararnos un rato a hacer cosas que favorezcan
eso o, simplemente, preocuparnos por observar, quizás nos distancie del pelotón
un rato pero haga que disfrutemos más del presente. ¿Es eso posible?
Si os
fijáis, cuando nos salimos del presente, es cuando aparece el sufrimiento.
Desconocemos nuestra esencia porque tan solo nos centramos en lo más
perceptible, en el ego. En lo que nos afecta y en cómo lo hace, no tanto en el origen.
Nos centramos en ese parloteo interior constante que tenemos con nosotros
mismos lo que, es algo necesario para conocernos y saber cómo evolucionamos,
pero también demasiado influyente, a causa de experiencias pasadas, sobre las
que nos vienen nuevas. Solo dejaríamos de escuchar más de lo necesario a
nuestro ego y estaríamos más sueltos si viviésemos exclusivamente en el
presente… algo utópico pero moderadamente posible. Si focalizásemos toda
nuestra atención en él, no crearíamos ese estado de impaciencia, estrés y
preocupación que a veces tenemos. Pasado y futuro están incidiendo
constantemente en el presente y, quizás con la misma constancia, deberíamos
preguntarnos si no demasiado. La mayoría de veces dificulta las relaciones,
tanto con el resto como con nosotros mismos y, fácilmente, hacer predicciones nos
genera agobio y nos inhibe a la hora de tomar decisiones.
No es
que haya una solución permanente para ello, pero sí algunas actitudes que
podrían rescatarnos en más de una ocasión. Por ejemplo, “salir de nosotros mismos”
y posicionarnos como observadores, por ilusorio y abstracto que parezca.
Escuchar ese parloteo, del que hablaba antes, con cierta distancia… como si no fuese
a afectarnos cualquier modificación ante la conducta que escojamos, que es lo
que suele bloquearnos en momentos de esos contra la espada y la pared. Siempre
fue más sencillo buscar soluciones y tomar decisiones en tercera persona que en
primera. Si conseguimos vernos desde un punto de vista menos subjetivo, aunque
no por ello irresponsable, nos juzgaremos menos, nos comprenderemos más,
restaremos agobio y ganaremos seguridad.
miércoles, 30 de octubre de 2013
Lo que necesitas es amor, no amor necesitado
Somos
muy caprichosos. Creamos necesidades de ausencias, como si fuese un reto
conseguirlas. Y, si no conseguimos obtener aquello que deseamos, sentimos
frustración antes de pensar en si, quizás, sí que podemos pasar sin ello. “Esto
me gustaría…”, “Esto haría que estuviese más alegre…” Cuando la necesidad es
más bien una idea o una razón de mera satisfacción, probablemente se acerque a ambición y no sea tan imprescindible. Cuando, sin embargo, se convierte en un
sentimiento que incide diariamente en nuestro día a día y se siente más que
piensa, es algo que necesitamos para que, a partir de nuestros rasgos personales,
caminemos hacia adelante en vez de retroceder pasos en cordura.
Luego
existe el limbo, esa fina línea que a veces separa dos términos. En este caso,
el limbo de la necesidad a menudo reside en el amor. ¿El amor como necesidad o
como algo complementario? Dicen que hay gente que muere de amor… Yo sé de Romeo
y Julieta, y porque se mataron. La realidad es que mucha más gente ha
sobrevivido a sus batacazos así que, seguramente, lo más sensato sea verlo
desde el terreno del deseo más que de la necesidad o acabaremos, también,
matándonos de amor, que es más común. El
amor como expresión es de lo mejor que existe pero, como necesidad,
inhibe nuestra libertad. Nos esclaviza ante una atracción hacia alguien que
deseamos con todas nuestras fuerzas, aquí y ahora. Puede parecer dramático,
pero pensad en todo el tiempo que habéis ocupado pensando en ello hasta hoy,
por ejemplo. No hay más, el amor parece creado por un hechicero que nos condenó a todos y,
por ello, debemos saber absorber todo el placer que nos aporta pero, a la vez, a
dosificar su dolor, porque irá con nosotros de por vida. Pese a eso, el amor es
un ámbito que nos influye, y mucho, pero que no nos impide tener otros momentos
de bienestar. Por ello, para librarnos de caer en el bucle paradójico de odio
al amor, tenemos que saber distraer la atracción en esos otros terrenos.
Dicen
que tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor. Puede que alguna más.
Ahora bien, ¿por qué dejamos que lo único que nos falta influya tanto en lo que
sentimos por las cosas que sí tenemos? Digamos que tenemos dos de esas tres
cosas y que, es más, no están nada mal. “¿Por qué, a veces, dos menos uno
parece dar de resultado cero?” Buscamos la plenitud pero, a esta, no la llenamos
añadiendo necesidades a nuestra vida, sino intentando liberarnos de algunas de
ellas. Nadie va a quitarnos el ansia del deseo ni va a hacer que dejemos de intentar
hacernos con lo deseado… pero que tampoco, nada, haga que nos vaya la vida en
ello como, en ocasiones, parece hacerlo. La necesidad no puede amarse tanto como lo fortuito. Necesitamos amor pero, también, desatarnos de él como mera necesidad.
jueves, 24 de octubre de 2013
Cuestión de fe
¿En qué creemos y en qué creemos o queremos
no creer pero lo hacemos? Raro es aquel que alguna vez no se ha aferrado a
conectar con una fuerza externa, incierta y todopoderosa para sacarse las
castañas del fuego. Desde cristianos hasta rastafaris, pasando incluso por las
Believers, todos tienen su particular Dios del que echar mano cuando las cosas
no están claras y deseamos con todas nuestras fuerzas que algo ocurra o no.
Otra cosa es que sea más o menos efectivo. Aunque no creamos en los milagros,
concedemos ese poder a una fuerza superior que, en caso de que no resuelva el
caso, tiene una respuesta comodín de fácil salida: “porque Dios ha/no ha
querido”. Tener fe, lejos de lo que pueda pensar la moda atea, no es malo, es
un refugio. No creo que haya alguien totalmente ateo y convencido de que nunca utilizará
la fe para sentirse respaldado sin tener por qué sentirse avergonzado por ello.
De igual manera tampoco considero, ni de fiar, ni realmente sano, a alguien que
se limite a vivir estrictamente de fe y que se ciegue en ella.
Acogernos a la fe es una opción personal,
atemporal, gratuita y aliviadora. Haciendo hincapié en lo de “gratuito”. Para
mí, la fe, con dinero de por medio, es un negocio sucio en el que me cuesta
distinguir la borrosa línea que a veces la separa de las sectas. No se es más
fiel por invertir en ello, del mismo modo que no se es más creyente por
lucrarse de las necesidades emocionales de la gente. No hay peor seguidor que
ese, ni ninguno que merezca más que el karma haga justicia con él. Aun tengo en
mente la sensación de culpabilidad y de vergüenza que sitió una mujer que tenía
al lado, una vez que fui a misa, por no haber llevado alguna moneda para echar
en el cepillo. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Y no es que esté en contra de los
templos como lugar de reunión que puede hacer que algunos se sientan más
amparados y acompañados, sino que detesto su uso como lugar de mandamientos e
hipnotismo. Por eso, me gusta diferenciar religión de fe, la cual veo más
amplia y libre y, por el mismo motivo, veo mucho más interesante la fe
individual que la puesta en común.
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