Qué
poco nos soportamos a veces y cuántas otras nos necesitamos y echamos de menos.
Va a ser verdad que somos tan parecidos en unas cosas como distintos en otras y
que, todo aquello que nos distancia en comportamiento, en el fondo nos aproxima
en pensamiento y nos une en interés. Nos encanta quejarnos y despotricar de las
diferencias y discrepancias del sexo contrario, probablemente para ocultar las
nuestras e intentar defenderlas a capa y espada… Cómo si fuésemos mejores los unos
que los otros… ¡Já! Somos igual de contradictorios entre cabeza y corazón y
mejores cuando nos juntamos y nos entendemos, o cuando intentamos hacerlo. No
podemos vivir los unos sin los otros porque somos nuestro complemento, como se suele decir. Nos sacamos tan de quicio como de vicio; lo mejor de nosotros mismos en un
momento dado y los vete lejos pero no tanto como para no poder encontrarte de nuevo.
Hombres…
De los hombres decimos que pasamos de ellos y tan solo hacemos ver que lo
creemos. Despistados por excelencia y mujeriegos por vocación, os criticamos
por vagos, desordenados, despiadados, pasotas, descuidados y mentirosos. Poco
cariñosos y menos detallistas en cuanto a actuación, demostráis nula paciencia
y ni pizca de intención en comprensión. Mujeres… De nosotras opináis que somos
más raras que un perro verde, más verdes de lo que solemos hacer ver y que
hacemos ver que somos simples pero nada que ver. Plastas con frecuencia y
mandonas por inercia, nos regaláis joyitas como etiquetas por repetitivas, perfeccionistas,
restrictivas, celosas y calientapó. Controladoras por definición y con dudosa
autoestima, fuertes de carácter y débiles en decisión.
Con
esta lista y tanto amor no sé si siempre nos deseamos, pero indiferencia no nos
causamos. Aunque, como también se dice que lo malo también tiene su lado bueno, cuando se sabe ver lo
bueno, sale lo mejor y contrarresta todo ese odio que, más que eso, es concreto
y puntual rencor. Porque, ¡ai cuánto daño nos han hecho! pero no veas cuánto bien
nos queda por tener. Hay cosas que, por masculinas que seamos nosotras, solo un
hombre podría aportarnos y, otras que, por afeminados que lleguéis a ser
vosotros, solo una mujer puede mostraros. Y es así como, en ausencia del sexo opuesto, todos somos la mitad de lo que podríamos llegar a ser. Incluso el
solitario pastor se junta con alguna oveja y la monja de clausura se reúne
cada noche con Dios. Nos buscamos… a veces las cosquillas, pero nos buscamos… y,
a modo de polos opuestos, creamos el fenómeno atracción.
No hay comentarios:
Publicar un comentario