Tanta pobreza económica hay en el
mundo, como emocional. Mirad a vuestro alrededor e incluso a vuestra maldita
cara larga de algunas mañanas sin aparente motivo. Es algo que debemos tener en
cuenta a la hora de ayudar. Empezar cambiando eso, es algo imprescindible de cuyo progreso solo podemos notar efectos en las distancias cortas. Digamos que, la clave
del éxito en la ayuda, no está tanto en el fin como en el proceso. El fin puede
conseguirse a través de un parche puntual pero, el proceso, conlleva cierto
contacto emocional que puede servir de guía para alcanzarlo, y ser menos caduco.
La conversación que compartí el
otro día fue gratificante y hablaba de compartir. La impotencia por no poder
poner remedio a muchas de las injusticias de las que, día tras día, somos
conscientes por distintos medios, nos frustra y hace sentir prescindibles. A
menudo, fijamos la vista demasiado lejos, en entornos que, aun siendo parte de
nuestro planeta, no acaban de pertenecernos según dónde nos encontremos.
Entornos en los que podemos ser menos útiles e imprescindibles que si decidimos
priorizar algunos límites. No descartar pero sí priorizar.
Nos empeñamos en enviar dinero a
África, por ejemplo, mientras a nuestro alrededor, constantemente, hay personas
en situaciones mejorables que, la pidan o no, necesitan ayuda. Ese euro que
donamos y que no sabemos ciertamente a quién llega ni qué parte de él lo hace,
me parece más interesante que se traduzca en un abrazo, un bocadillo a medias, una educación o
una conversación reconfortante. Ya sabéis eso que se dice de qué “hay cosas que
el dinero no puede comprar”… sin embargo, esas cosas, son las más útiles y esperadas.
No se trata de hacer demagogia ni seré yo la que me oponga a ningún tipo de ayuda, sea la que sea, pero me parece tan o más importante empezar haciéndolo por algo más
alcanzable. Importante e inteligente, ya que la ayuda es más directa e inmediata.
No está mal invertir, pero mejor es compartir y que la satisfacción pueda ser doble.
Por todo ello, es más útil que,
individualmente, fijemos objetivos más cercanos. Y que, si algún día nos
apetece y podemos permitírnoslo, vayamos a África y compartamos dinero, salero,
educación, experiencias y amor. Del mismo modo, que cada cual que pueda aportar
algo, empiece a hacerlo con su entorno y vaya de menos a más. No abarcar sin,
primero, embarcarse. Al fin y al cabo, por mucho que nos hablen del mundo
entero, solo conoceremos una parte de él y, nuestro mundo, acabará siendo el
conjunto de entornos y de seres en y con los que hayamos convivido. Son esos
los que, aparte de exponernos a situaciones reales y aportarnos una valoración
objetiva, pueden necesitarnos más y hacernos realmente útiles en muchas
ocasiones.
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