Actividades como dibujar,
cantar, hacer manualidades o jugar, a menudo se relacionan con las etapas
infantiles. Los adultos repetimos una y otra vez: “No sé dibujar.”, “¿Cantar? ¿Quieres
que llueva?”, “¡Yo no bailo!”, “Esto no es lo mío...” No sé hacer esto, no sé hacer
lo otro... Pasamos por alto que, más allá de simples actividades lúdicas, son
formas de comunicación: lenguajes alternativos al escrito y hablado a los
que estamos más acostumbrados. Sabemos utilizarlos, otra cosa es que queramos. Y ya no es cuestión de eso, sino de lo cómodos que nos resulte personalmente o de lo libres que nos sintamos de hacerlo de cara a la galería.
A través de formas de
expresión más artísticas, reflejamos estados de ánimo y rasgos de identidad
que posiblemente solo a través de estas técnicas somos capaces de mostrar en estado
puro, tal y como nosotros los percibimos. Eso nos ayuda a mostrarnos. Se trata de libertad de expresión amplia
y sin códigos, tan válida como cualquier otra, pero no menos. No sé en qué momento decidimos
abandonar ese lado más artístico o “infantil” (para los que prefieran llamarlo
así, aun equívocamente) pero prescindir de ello supone limitar nuestras capacidades comunicativas
y perder en creatividad personal.
Avergonzarnos de utilizar
estos lenguajes nos hace más inútiles. Una cosa es la estética y otra la
profundidad. Quizás las personas nos volvemos excesivamente superficiales con
los años y nos creemos muy capaces de juzgar si esto está bien o lo otro está mejor. A veces obviamos aspectos más importantes. Aunque sea a diferente
escala, los niños tienen una mente más prodigiosa en ese sentido. No creo
que sea cuestión de que las personas adultas seamos más o menos creativas que
ellos, sino de que tendemos a restringir nuestra creatividad restándole
importancia y dedicándole menos tiempo a actividades que pueden ampliarla. Quizás,
aunque conscientemente no la tengamos tan presente, por nuestro propio bien no deberíamos olvidarla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario