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jueves, 27 de abril de 2017

Mi tiempo me costó

Lo que más me gusta de una persona que ha encontrado en su interior lo que no quiere (más que lo que quiere), qué rumbo desea o qué no está dispuesta a permitir, es la pérdida de temores. Eso no solo la hace más confortable consigo misma, sino más capaz de conseguir satisfacciones a nivel personal. Otro de los factores destacables de alguien que ha dedicado el tiempo necesario a sí mismo, a su identidad y a su camino, es la poca incomodidad que siente ante la soledad. Que, por mucho que no sea su mejor compañera de viaje, pueda encontrar en ella un lado agradable, ya bien sea porque haya tenido que acomodarse a ella en varias ocasiones o porque estar con uno mismo pueda ser temporalmente acogedor o incluso algo necesario.

Una persona con esas características, no solo considero que es alguien más libre, liberado de lastres e independiente, sino que está más preparada que nadie para compartir con otras personas, o con otro alguien, todos esos valores y aprendizajes, de forma sana. Es probablemente más capaz de hacer sentir a gusto a alguien desde una posición más cálida, en la que es uno mismo quien se siente a gusto en primer lugar. Además, una vez nos dedicamos tiempo suficiente para descubrir ciertos nudos internos, es habitual que perdamos egocentrismo y que ofrezcamos una versión más generosa a nuestros intereses, ya bien tengan estos forma de persona, de aficiones o de tiempo de relax. Llegar a ese punto, seguramente significa constar de experiencias buenas y malas, de esas para recordar y de algunas para olvidar, pero experiencias varias y choques a las espaldas. Cuando pasamos de quejarnos a reírnos de ello o de la frustración a la reflexión, algo empieza a activarse y a profundizar en el interior. Aunque parezca un coñazo es, sin duda, lo mejor que podemos hacer por nosotros mismos. Hay gente que huye de la estabilidad, pero cierta estabilidad mental nos ayuda a ser más fieles a la obtención de lo que deseamos obtener.

Del mismo modo, a la hora de relacionarnos con otras personas (ya no solo con nosotros mismos) o de encontrar a alguien con quien ir compartiendo ese y más logros de ahí en adelante, se tienen las cosas más claras, algo que resulta aliviador. Ya no tiembla tanto la voz ni se camuflan los pensamientos, ni siquiera las emociones. Somos más justos con nosotros mismos, entendiendo que justo lo que merecemos es poder expresar preocupaciones o sentimientos sin miedo a ganar o a perder. Es más, más vale una pérdida a tiempo que una pérdida de tiempo. Y, con todo ello, cabe destacar que, tener las ideas claras no tiene por qué significar tener más filtros, sino tener unos filtros más fuertes que no permitan que se cuele morralla de esa que nunca quisimos y que, sin embargo, quizás alguna vez aceptamos. Se coge o se deja ir sin titubear tanto, porque no hace falta demasiado tiempo para deducir si una experiencia va a sernos más positiva o un quebradero de cabeza innecesario. Y es que siempre fuimos esa persona que algún día llegamos a ser, solo que por el camino pasamos por algunas etapas de confusión y de dispersión, entre el error y el acierto, para aprender a escoger. 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Els sons, les olors... la il·luminació d'alguna cançó

Els sons, les olors... la iluminació.
Els petits plaers de la vida.
Els més grans moments, millor.

L'entreveure la pujada
quan ja vares baixar sense temor.
El mirar-te als ulls i veure
que deslluernes brillantor.
El somriure quan et brilla
de nostàlgia més que dolor,
d'esperança i de fortuna
i de que afortunats siguem ambdós.
De pensar i de sentir
acabat amb -te,
amb gust de retrobar-nos en un reclam
o en un sol mot.
I que si no tenim res ni ningú,
volguem agafar-nos fort
per si de cas així fos.

De la llum, quan és penombra,
o de quan refà l'ambient a favor.
Aquella que il·lumina
més que l'espai, la pura acció.

Dels sons, els de la pluja al caure
quan llampega i cauen trons.
El de la cançó que embolcalla ment i pit
que entra i remena i dona peu a creació.
Com ara aquesta.

De les olors, la calma d'olorar la nostra,
que junta sigui tan humana
com sigué en temps d'amor;
els únics temps que romanen i que foren de debó.

Que escoltem encara el que ens hem dit
quan ens hem tingut aprop
que la veritat no és altra
que la de quan ens hem parlat piga a piga, cor enfront.

Que quan em miris ara t'enorgulleixis
dels sons, les olors i les llavors,
que deixar de banda ens són impossibles
i compartir, d'encertador.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Hablar de amor es hablar de algo más vital que vulnerable


Alguien se va, alguien desaparece, alguien se muere…. algo queda vacío y ese hueco nadie más es capaz de llenarlo. Es un vacío que únicamente puede alimentarse creando un nuevo espacio de amor dentro nuestro ser. La alegría, el placer o la satisfacción de un logro son estados bastante limitados dentro del tiempo, instantes pero, ¿no creéis que el amor perdura más durante el tiempo? A veces, siendo más o menos evidente a simple vista, por siempre. Amor vencido jamás se suplanta, a amor vencido se le ponen tiritas de distinto amor. Seguramente por eso todos acabamos necesitando amor (porque todos tenemos pérdidas y vacíos) y son tantas las canciones de amor, o dedicadas a este, que siguen suponiendo un recurso de creación en nuestras vidas, una fuente de inspiración constante y un refugio íntimo en muchos casos.
Y cuando hablo de pérdida de amor, hablo de la pérdida de cualquier forma de amor: llámesele de un ser querido, de un gato, de alguien que no conocías pero la presencia del cual te relajaba, de una parte de alguien a quien conoces y sigue vivo, o simplemente de empatizar con el dolor de alguno de tus seres-amor.
Es el amor la única energía capaz de movernos y de decidir sin necesidad de temer si estamos haciendo bien o mal, porque nunca estará tan mal aunque otros puedan creer que no está adecuadamente bien. Porque cuando algo o alguien es amor para nosotros, supone aquello que nos inspira, que nos motiva y que calma el dolor dentro de esos vacíos y carencias que tenemos... y eso es siempre de vital importancia. De la misma manera, solo cuando nosotros sentimos riqueza de amor en nuestro interior, somos capaces acompañar el duelo de otra persona. Cubrimos ese vacío vislumbrando otro camino distinto al sentimiento de apuñalamiento eterno.
Alguien se va, alguien desaparece, alguien se muere… y debemos asegurarnos de que, hasta entonces, le invitamos a conocer el hueco exacto que ocupaba en nosotros. Que por deprisa o por despacio que corran nuestras elecciones en la vida, todos merecemos saber qué espacios nos pertenecen o nos dedican y en qué espacios siempre podremos correr a protegernos con un abrazo, una palabra bonita, una mirada o varios besos. De la misma forma, todos merecemos comprobar que ese espacio ocupado dentro de nosotros pertenece a algo o a alguien que, lo utilice o ya no, le atribuye sentido.
Pese a lo básico que es el amor en nuestras vidas, a menudo nos acobarda hablar de amor. Y es que, el amor complace tanto como duele, las muestras de amor o distintas formas de expresarlo nos hacen transparentes. Se supone que eso es algo que todos decimos agradecer desvelar en otras personas y, paradójicamente, resulta que nos hace sentir vulnerables en un mundo de locos en el que parece sobrevivir más aquel que se muestra menos y aparenta ser un muro firme que aquel que abre su pecho en canal. Tras esta reflexión, probablemente todos pensamos que es un simple caparazón y que en el fondo solo es fuerte y sobrevive quien recibe amor. Y que, nos sintamos hoy más fuertes o más débiles, todos tenemos vacíos y carencias (y si lo dudáis, volved a leerlo con una canción de Leonard Cohen de fondo).
Por eso, si escogemos siempre dar, no debemos exigir menos que recibir. Y por todo lo que hemos querido y ha dejado un vacío irremplazable en nosotros, solo debemos dejar acceder a aquellos que, consciente o inconscientemente, estén dispuestos a ponerle esa tirita de bienestar mientras van creando su espacio al lado.


* Hoy se lo dedico a Rubén, quien sabe que aun en la distancia tiene un refugio de amor en mí siempre que lo necesite. Y a mis abuelos, a quien seguiré refugiando en la cercanía mientras pueda.

jueves, 29 de septiembre de 2016

¿Empederneces o enriqueces?

La gente se mueve por dinero pero al mundo lo mueve el amor. Es la conclusión a la que vuelvo a llegar de nuevo cuando escucho la noticia de que un multimillonario se ha deshecho de casi todo lo que tenía excepto de cuatro cosas imprescindibles y otras cuatro con peso emocional. Hoy, a eso se le llama noticia, pero no se trata de un caso aislado. El protagonista hablaba de un momento en el que se había visto desbordado por tanto que había decidido dejarlo todo por ese poco que le compensaba. Es a partir de entonces cuando asegura que empezó a destinar tiempo a cosas mucho más interesantes, empezando por él, lo que principalmente había perdido pese a todo lo material e irreal que había ganado hasta aquel momento.

Y ¿qué es lo que puede llevar a alguien aparentemente poderoso a desprenderse de todo lo que le hace serlo? Seguramente ese poder es más aparente que merecido o entregado que adquirido. Supongo que, para él, deshacerse de todo podía equipararse a cuando, los no tan adinerados, hacemos limpieza de habitación a fondo, pero en este caso a lo bestia. Creo que, cualquier tipo de orden o de limpieza de este tipo, simboliza una barrida de energías negativas: luego nos hacen sentir más tranquilos y mejor. Entonces, cuando decimos que "es que ya tocaba hacer limpieza", en realidad es probable que a ninguna otra persona ni al mundo en si le hiciese falta deshacerse de nada o poner en orden trastos, sino a nosotros mismos como forma de reformular nuestro caos. Se empieza por analizar y reubicar lo de fuera, par acabar accediendo a lo de dentro.

Por poderoso que sea el dinero o todo lo material y, por lo tentadora que pueda ser una vida acomodada, para la gente de economía humilde, y cómoda, para las personas con batsantes ceros en la cuenta, buscamos sentir. Queremos esa emoción impagable que nos haga sentir ricos de verdad, en bienestar, alegría y calma. Así que puede que la gente se mueva por dinero por motivos de supervivencia, de inseguridad o de pura ambición, pero en ese momento de inflexión (que a todos acaba llegándonos en un momento dado), uno busca lo natural, los impulsos y ese mundo interno que necesitamos y que nos involucra, no tanto lo artificial y ese mundo externo que tan solo nos habla y trata de conducirnos. Buscamos la naturaleza, el silencio, el yo conmigo y el todo entre algunos abrazos, por encima de cualquier cosa. Al final, en nuestros momentos más quebradizos (pero más sensatos quizás), buscamos tomar decisiones y poner orden como si nuestro corazón (o nuestra habitación como metáfora) fuese la suite privada de todas las habitaciones... vaciándola de lo decepcionante y llenándola de un auténtico contenido rico y reconfortante: el cariño y el quererse.

sábado, 10 de septiembre de 2016

Ser maestro: aprender enseñando

Empieza un nuevo curso, ciertos nervios recorriendo la barriga y preparativos hasta última hora. Nunca esa previa es suficiente porque, cómo no, vienen ellos y te sorprenden, o porque llegan ellos y, de repente, cambian el rumbo de cualquiera de tus intenciones con sus inquietudes. Ellos son los alumnos, nosotros sus maestros. Ellos nuestra motivación y nosotros una referencia que intenta guiarles: un intenso tándem. Y es que hasta para la improvisación hay que estar preparados en este caso, guiándoles a su paso y dejándonos, a la vez, empapar por sus intereses... posibilitando un equilibrio que nos permita aprender mientras enseñamos y enseñar a aprender. De buenas a primeras, cuando menos te lo esperas, te toca a ti ser el aprendiz, independientemente de la edad de quien te enseña. Y eso es ser afortunado, porque hay valores que aleccionan más y que son más sabios que los propios conocimientos y hay experiencias que no las marcan los años sino la suerte en la vida.

La escuela, no son las clases, los lapiceros o las pizarras, sino las personas, mentes y emociones que conviven en ella y que esperan crecer compartiendo. No existe una fórmula perfecta para el curso, pero sí que hay ingredientes como el respeto, la empatía, la normalización de las diferencias o el interés, que favorecen el bienestar... y el bienestar ya se encarga de que todo lo demás venga solo. En esa tesitura, ser buen maestro, o al menos intentar ofrecer tu mejor versión, no creo que tenga una definición exacta, lo que sí que sé es que enorgullece y apasiona y, sobre todo, regenera mucho amor. Con paciencia, intuición y credulidad por lo que apuesta, un maestro debería tener siempre preparada una actividad o una explicación, pero también un abrazo o una frase con fuerza. Debería saber hablar y transmitir, pero también escuchar y reflexionar.

Ser maestro es trabajar duro sobre papel, pero más aun en la mente. Como si de un juego estratégico se tratase, debe intentar hacer tantas planificaciones como alumnos tiene, tanto a nivel académico como emocional, mirando por el éxito individual y el de grupo. A la hora de la verdad, todo eso es más trabajoso que sencillo, pero también más emocionante y gratificante que cansado. Compensa y recompensa. Dicho lo dicho, ser maestro no es solo un trabajo, sino que se convierte en un estilo de vida (y bien lo saben los que viven el día a día al lado de un maestro). Desconectar del trabajo no es del todo posible porque constantemente trata de empaparse de ideas. Forma parte de una ilusión constante y contagiosa. Pero para el maestro eso no es un sacrificio, es una razón con suficiente peso por la que invertir ganas. Se lidian muchas batallas pero, a la vez, tantas satisfacciones que vale demasiado la pena involucrarse en cada preocupación que nace  o en cada oportunidad que surge.

En muchos casos, la de maestro es una profesión que supone la responsabilidad de ser una de las personas que más tiempo comparte con otra personita que está llena de intrigas, de ambiciones y de deseos... de una personita que se muestra dispuesta a recibir influencias que le inspiren para llegar a saber aprovechar todo lo que le espera, de la que piense que puede ser su mejor manera. Por eso el maestro debe de ser alguien generoso que mire más allá del propio interés o deseo, siendo capaz de centrar la atención y estirar el hilo desde los de sus alumnos: ofreciendo opciones y anunciando posibles consecuencias, pero dejando escoger, acertar o equivocar-se para aprender también de ello. Dejar llegar a ser es favorecer que cada uno pueda identificarse a si mismo y que confíe en que su aportación puede ser tan válida y útil como la del resto. Eso sirve para todos.

La escuela, en muchos casos (en los mejores casos) es una pequeña familia con un gran corazón: uno que late al ritmo de la complicidad entre los que la forman y que respira con la confianza de los que la rodean... tan vital lo uno como lo otro. Por eso, hablando de necesidades, es primordial que tanto el maestro como el alumno amen la escuela y crean en ella, pero no menos que lo que las familias, las instituciones o el resto de la sociedad lo hagan y así lo transmitan. Directa o indirectamente, la escuela es de todos, en la escuela deberían poder caber todos y la escuela necesita compartir con todos lo que en ella se crea. Necesita recibir inspiración que le haga evolucionar siempre a más e inspirar una mirada del mundo desde la realidad de los que ocuparán un día nuestro lugar, ¿no creéis que es una buena inversión de energía y experiencia?

Adoro ser maestra y, aun siendo joven, espero seguir emocionándome por ello siempre. Espero sufrir esos nervios a contrarreloj cada inicio de curso, apenarme un poco en su final y tomarme cada día y a cada alumno como un reto por el que querer mejorar y esforzarme. Espero trabajar con cada compañero para ofrecer, con respeto y admiración, nuestro lado más humano. Espero que nuestro lazo de unión siga siendo la ilusión de ofrecer tanto y tan bueno como podamos porque nuestra causa siga teniendo tanto sentido como hasta ahora. Y espero, sobre todo, seguir sintiéndome tan rica en cariño, en valores y en motivación cada vez que salgo de la escuela... que, en ese momento en el que reflexiono sobre la jornada, pueda seguir confiando en mí y concluir que todo vale la pena, con una sonrisa grapada en la cara.

martes, 23 de agosto de 2016

Gran pueblano 2.16

El mío se llama Burbáguena pero, aunque en realidad no sea mío, todo el mundo dice que es suyo porque así lo siente. Se siente como algo propio, que o es que sea propiedad, sino algo que forma parte de ti y que te viene formando desde hace años: tu pueblo. Quizás no sea el más bonito pero sí al que más encanto encuentras. El mío es pequeño, el típico pueblo que recorres en diez minutos y en el que dices "Hola", "Hasta luego" o "Adiós" al cruzarte con alguien; un pueblo en el que si preguntas "Majo, ¿y tú de quién eres?", puedes acabar descubriendo que sea primo tuyo lejano: tataranieto del hermano de tu tatarabuela pero primo, ahí es nada.

Ir al pueblo es emocionante: la gente de siempre pero a la que raramente ves si no te acercas allí, los resúmenes de sus últimas andadas en dos segundos y la predisposición para vivir una especie de vida paralela en cuestión de un puente, de un fin de año, de una Semana Santa, de un verano o de unas fiestas. Y hablo de gente y de vida, porque es lo que, sobre todos los paisajes, quintos y bailes, el pueblo te da.

Ir al pueblo es intenso: Una semana se vive con la intensidad de quien comparte un mes entero y, varios veranos, con la de toda una vida. El pueblo es una especie de Gran Hermano donde cada relación, discusión, actuación, romance o emoción puede llevarse hasta límites insospechables (y hay que darse por afortunado si no deja secuela en forma de mote, de cotilleo o de huella de identidad). Hay que ir al pueblo con el cuidado con el que normalmente no se va porque, al final, su nostalgia y su forma de hacerte desconectar provocan que te dejes llevar.

Ir al pueblo es incondicional: A veces te balanceas entre lo bueno y lo malo que te ofrece, entre el amor y el dolor que te ha supuesto o entre pensamientos de veranos alternativos frente a la costumbre irresistible del factor sorpresa, el que te ofrece seguir llenando de anécdotas el baúl de los recuerdos. Hay épocas en las que te alejas de él y otras en que lo necesitas, veces en las que es por su soledad y otras en las que, irremediablemente, son sus recuerdos y su compañía los que te mueven.

Y así ha sucedido un verano más... que pese a alguna controversia, la llamada del pueblo ha surgido y la de su gente ha calado. Y es que... "Ai mamá, qué será lo que tiene el pueblo".


PD: ¡Gracias por estos días Gaxupos! (¡Y a los que ya sabéis! -así evito escribir nombres y dejarme a alguien- :) ). Mención especial a la noche mojitera en la mejor compañía posible, donde se dio el punto de inflexión definitivo. Ahora, ¡a por el reto Comisión 2017!

jueves, 16 de junio de 2016

Lo que no es real

Dentro de nuestra realidad (si se puede llamar así) todos tenemos nuestro lado más puro y el que no es real. Nuestra parte real es nuestra esencia, algo así como nuestra base de valores: eso que nos mueve e inquieta y que activa los sentimientos. Lo que no es real (aunque a veces lo vivamos como tal) es esa misma esencia alterada y negativizada por factores externos: eso que hace que mostremos nuestra peor versión.

Me explico. Está claro que a todos nos influye una mala temporada, una mala noticia, un sueño truncado, un amor herido o una ilusión frustrada. Y aun podemos simplificarlo más: A todos nos influyen sensaciones corrientes como la presión, la impotencia, el estrés, el agobio, la impaciencia, el cansancio, un mero día desafortunado... Todo ello hace que nos cambie el humor; nos sentimos enfadados o desanimados, descontentos. Cualquier "sí" y cualquier "no" pueden convertirse en su contrario solo por llevar la contraria. Cualquier emoción se vuelve extremista sin apenas opción a intermedios y cualquiera de ellas es totalmente imprevisible, cambiante, desequilibrada e incluso contradictoria. A la vez, cuanto más mostramos ese humor, menos nos reconocemos y más alimentamos ese incómodo inconformismo. Son épocas (o momentos) en las que necesitamos sentir cerca a aquellos a quienes queremos y recibir cierta atención y comprensión por su parte y, si no es así, nos sentimos (o eso percibimos) tristes, desamparados, super molestos. No es real, son reclamos más que necesidades; un tanto egoístas, más que justas si lo pensamos. Presionamos o esperamos demasiado del resto, priorizando impacientemente nuestro interés.

Todas esas emociones y formas de dirigirnos nos pertenecen, pero no nos hacen sentir identificados. La energía que acumulamos a través de ellas, nos transforma y crea un alter ego desmejorado, ya que en un estado más tranquilo y harmonioso no nos comportaríamos de ese modo. Por eso es importante "perder/ganar tiempo" en reflexionar sobre nosotros mismos e incluso llegar a comunicar nuestro malestar para prevenir antes de tener que curar. Somos los primeros que debemos encontrar el fondo que genera esa actitud para que también el resto pueda entenderlo sin juzgarnos. En ese sentido, mucho mejor ejercer conciencia tratando de ser justos en nuestros impulsos. Van a volver a aparecer en cualquier momento, pero mantener la mente fuerte y llegar a controlar esas reacciones  de antemano, puede mejorarlo. Y sino, siempre nos quedará pedir perdón una vez reviva nuestra esencia. Creo, de hecho, que son las "gracias" y el "perdón" lo que distinguen a las personas´.

(Perdón por desaparecer durante el curso. Gracias a dios porque huela ya a vacaciones.)


martes, 19 de enero de 2016

El cuestionamiento como conocimiento

Este texto empieza en una reunión de maestros, en un centro cualquiera de una ciudad cualquiera, a partir de una reflexión en grupo. Hablemos de conocimientos y de cómo llegar a ellos. Hablemos de que un maestro no es el encargado de crear inteligencia, ya que no es algo que se cree sino que se adquiere. Un maestro es encargado, en todo caso, de guiar el proceso, ya que el verdadero maestro, aunque suene a tópico, es uno mismo, ese que decide con qué quedarse y en qué aplicarlo. Si por algo se caracteriza el conocimiento (igual que el arte) es por estar en constante evolución. Por eso, cualquier afirmación que podamos tener sin cuestionamientos o márgenes de duda, no es conocimiento, sino creencias o experiencias puntuales en todo caso. Por eso mismo es imprescindible mostrar opciones y responder cuestiones, pero dejando escoger, sin eliminar ni infravalorar ninguna idea. Además, una idea, por absurda que parezca siempre tiene un origen y siempre puede desencadenar otra idea más potente.

Cuando algo nos causa interés intentamos investigar sobre ese objeto de estudio, sea ese cual sea, y empezamos a hacer hipótesis sobre él. Una hipótesis no puede hacerse en clave de afirmación. Una hipótesis es una suposición o una sospecha, una teoría que empieza con un “Podría ser que…”, “Yo creo que…”, “Mi hipótesis es que…” y que, si no empieza así, es más bien una creencia bastante asentada que una hipótesis sobre la que nos permitamos descubrir algo. A veces nos asusta que algo nos rompa los esquemas porque, como mínimo, nos hace reflexionar y salir de nuestra zona de confort. Pero algo que en principio nos da pavor puede acabar siéndonos motivo de orgullo. A veces es más conocedor y tiene una aportación más útil y sensata quien asegura desconocer que quien afirma tener la respuesta correcta. Por mucho que tengamos nuestras preferencias, mostrar aceptación sobre la posibilidad de recibir una opinión o respuesta contraria, nos hace más capaces.

Los puntos de vista son relativos. Lo que para mí es largo para ti puede ser corto, lo que para mí es bello para mí puede ser repugnante o, quien para mí puede ser guapo, para ti feo. Está bien basarnos en algo en todo caso. Es decir, para entender nuestra opinión está bien tener en cuenta por qué lo creemos, llegar a detectar qué experiencia o comparación nos hace pensar eso para que podamos ampliar nuestra percepción. Por ejemplo, si para mí tu casa es pequeña y para ti es grande, puede ser que sea porque yo estoy acostumbrada a vivir en palacios que tú considerarías enormes, pero que yo tenga esa perspectiva no debería de ser un inconveniente para que pudiese llegar a verlo desde la tuya. De hecho, sería interesante y conveniente. Para conseguirlo, a veces necesitaremos experimentarlo nosotros también y, otras, nos convenceremos tan solo con posicionarnos al imaginarlo.

El pensamiento multiplicativo se basa en darse cuenta de que una misma cosa o persona puede ser muchas cosas a la vez. Del mismo modo, que cada persona pueda fijar su atención en aspectos distintos a en los que se fije otra no niega, por eso, la existencia de otros igualmente válidos. La clave está en interesarnos en el por qué cada uno tiene opiniones distintas. Eso también supone, como inicio, una fuente de conocimiento. A veces, incluso tenemos que llegar a acuerdos (por ejemplo en un trabajo en equipo, en algún asunto familiar, en un plan conjunto…) y, dar posibilidad a diversas opciones, es signo de riqueza y de un consenso más plural. Creo, pues, que está bien que no veamos el acuerdo como una amenaza a nuestras ideologías, sino como otra opción que puede hacer que descubramos cosas que antes desconocíamos, que no nos planteábamos o que incluso prejuzgábamos. La tolerancia, el respeto y el cuestionamiento son los primeros signos de inteligencia.

viernes, 8 de enero de 2016

Bye bye Fotolog

El peso psicológico que Fotolog tenía para mí era, cuanto menos, importante. Parece poco maduro reconocer eso… seguramente igual de maduro que lo que yo era en aquella época en la que, la polluela (como diría madre), empezaba a descascarar el huevo para salir a la realidad adulta poco a poco.

En aquella época me inicié en esto de Internet. Después de Messenger, Fotolog me pareció una genialidad en la que podía comunicar a partir una de mis aficiones: la fotografía,  una de mis necesidades personales en ese momento: escupir, de alguna manera, todo ese cúmulo de emociones que aprisionaban aquel pecho adolescente y que debían ser expulsadas. Así que me fui aficionando a la escritura como medio de expresión. La mayoría de veces eran emociones e inquietudes que provocaban que hirviese mi interior y me cuestionase muchas cosas. Así fue como, más allá de significar un medio de comunicación con gente, otra manera de conocer amigos que lo utilizaban también con algún fin, o descubrir arte, humor y lo que empezaba a significar la palabra postureo, Fotolog supuso un medio de reflexión personal. En aquella época, me enamoré y hablé de amor, tuve dudas existenciales e intrigas que desquiciaban mi impaciencia, me sentí triste y aprendí a autoanimarme, me aferré a motivos que fui descubriendo que podían alegrarme, jugamos a ser fotógrafos y psicólogos, empecé a definir mi personalidad fijándome y evitando, sobre todo, modelos que no quería seguir y, entre otros y lo más importante, empecé a trabajar mis emociones y a darme cuenta del bien que eso hacía.

Y, desde entonces (una etapa en la que escribía sobre aquello que sentía de una manera más encubierta y con cierta vergüenza) ha habido una evolución en mi forma de expresión de sentimientos, sin tanto miedo, pudor o incomprensión. Eso es aliviador porque creo que simboliza el reflejo de la calma personal a la que, aun inconscientemente en un principio, he podido ir llegando desde aquella época de caos adolescente. Por eso no me canso de repetir que una de las cosas más útiles que cada persona puede hacer por uno mismo y para empatizar más con el resto es interesarse, sobre todo lo demás, por el lado emocional, por los por qués de nuestros malestares, bienestares y sentimientos y por la forma de cómo liberarlos, más allá de simplemente sentirlos. Mantener nuestro lado emocional sano y tranquilo es, en definitiva, gran parte de lo felices que podemos sentirnos.

Ahora, ya hablando en pasado y habiendo explicado lo que significó para mí aquella simple red social, reconozco que venía previéndose su desaparición y que, por la importancia que para mí y para muchos tuvo, quería dedicarle esta entrada. Ahora no podré rescatarla cada cierto tiempo y pasarle el link a alguien para horrorizarnos juntos de aquellas fotos y de aquellos recuerdos mientras nos echamos unas risas, pero sí que mantengo gente fotologuera, recuerdos que nunca mueren y, algo esencial, una copia de todos aquellos textos que guardaré como un tesoro.

domingo, 3 de enero de 2016

Optimismo e ilusión

El otro día encontré por el ordenador un resumen que hice hace tiempo sobre un vídeo de una ponencia que me recomendaron que viese por Internet. La ponencia la daba el economista y profesor Emilio Duró pero, sobre todo, persona. Ese es el fondo del mensaje con el que me gusta quedarme siempre que alguien hace algo espactacular. Todos somos capaces de hacer cosas espectaculares si sentimos de esa manera. A continuación os paso, tal cual lo fui copiando, el resumen de las ideas principales con las que me quedé del vídeo (https://www.youtube.com/watch?v=RCuMd0KPPx8):

Frases
“Hay gente que es feliz por natura.”
“Hay gente que te alegra la vida esté donde esté y hay gente que, esté donde esté, te amarga la vida.”
“Estamos haciendo un mundo en el que tú le dices a alguien “Soy feliz” y ese alguien te dice que no eres racional.”
“El cerebro no ve nada más de lo que tus emociones quieren.”
“El amor se va, pero ella se queda.”
“El cerebro aprende por dolor.  Estamos preparados para sobrevivir.” (Ejemplo: Te pica una avispa y te acuerdas de eso, no de todas las demás que no te han picado).
“Los niños, ¿qué buscan para sobrevivir? Amor. Y la gente de cierta edad, ¿qué hace? Lo mismo, amor. Nacemos para buscar amor y morimos buscando amor.”
“El problema que tenemos ahora mismo es la falta de pasión.”
“El primer problema que tiene la gente es la negación de la realidad.”
“El 99% de cosas que preocupan a la gente no pasarán ni han pasado nunca. La felicidad nunca viene de conseguir algo, sino de tener algo por lo que levantarse todas las mañanas.”
“Cualquier persona que tiene un por qué vivir tiene un cómo. Las personas que no tienen un por qué vivir no tiene un cómo.”
“Si tú no eres feliz, no puedes tener una familia feliz.”
“Tu mente atrae a eso en lo que piensas. Vigilad en lo que pensáis.”
“Si piensas en que todo va a ir fatal, el único que lo sufres eres tú. Si piensas en que va a ir bien, eso que te llevas. Da igual que sea verdad o no, existe la automotivación, que no es ninguna tontería.”
“Para mí la gente estupenda es la que tiene la capacidad de hacerte sentir bien/importante.”
“Solo os cansará aquello que no disfrutéis, a lo que no le pongáis pasión, lo que no os llene. Solo haced cosas que os apasionen.”

3 tipos de cerebros:
“1- Cerebro reptiliano: Lo que tiene que ver con sobrevivir. Tiene que ver con el 80% de lo que hacemos. Hace lo imposible para que me vaya a la cama. La mayoría de las enfermedades las crea el cerebro reptiliano para que cambies la vida. Puede controlarlo más que un estrés. La enfermedad es el efecto, no la causa. Tienes que llevar una vida que te apasione. “Escuchad a vuestro cuerpo”. La gente feliz con lo que hace rinde más. El optimismo es la característica principal de la vida.
2- Cerebro límbico: Se encarga de los puntos del corazón que la razón no entiende. Se encarga de los sentimientos/las emociones. (es donde están las ganas, el entusiasmo, la ilusión…). El ser alegre no es un conocimiento, es una actitud. Ser trabajador, comunicador, responsable… también. El 80% de tu éxito en la vida viene de tu forma de ver la vida y, menos del 10%, de tus conocimientos. Bailad, cantad, poneros guapos cada día, etc.: mantened La Ilusión.
3- Cortex: El racional. Solo sirve para justificar lo que se siente. Luego, nadie es racional, se utiliza solo para eso. La realidad no existe, la realidad la crea tu mente.”

"Para conseguir un éxito personal hace falta:
1- Ser realista
2- Buscar lo que quieres. Qué te gustaría hacer.  (El 85% de la gente no sale nunca a buscar nada. “Aparecerá en mi vida cuando menos lo espere” “Para cada tren hay una estación”… ¡y una porra!)
3- Decir “¿Cómo quiero que vaya?”, y hacer las cosas distintas a como sueles hacerlas si hasta ahora no lo habías conseguido.
4- Saber en qué sitio encontrarlo.
5- Copiar el modelo de aquellos que han conseguido éxito. “No innovéis, innova el genio. Copiad.”
6- Preocuparnos por mantenernos en varios sentidos:
- El físico (“Hay algo por encima de todo que eres tú. Nadie te va a querer más que tú.”)
- El intelectual. (“Estudiad y leed. A partir de los 12 años empiezas a perder moléculas.”)
- La ilusión y la pasión a la vida. (“Poneros guapos, salid, bailad, etc. Cuando estéis entre la razón y el corazón, seguid siempre a vuestro corazón, no vendáis vuestra vida.”)
- Conciencia espiritual.”

Mensajes-conclusiones:
“1. El destino: Todo lo que ocurre en la vida ocurre porque tiene que ocurrir.
A partir de ahora, cuando tengáis desastres en la vida, pensad en por qué os pasa, porque seguro que al final de la vida todo encajará. En palabras de la física cuántica: Cuando tú miras hacia delante, no ves por qué pasan las cosas pero, cuando miras hacia atrás, todo encaja. Si me hacéis caso seréis felices. Todo aquel al que, cuando le pasa algo malo, piensa en por qué le ha pasado y qué puede aprender, dirige su vida. Toda aquella gente que dice “qué mala suerte tengo”, como es víctima no puede cambiar.
2. Seguid siempre al corazón. Levantadlo, haced cosas que os apasionen.
3. Os vais a morir. Y cuando uno sabe que va a morirse pierde el miedo a todo. Llegaste sin nada y te vas sin nada. Por eso no hay derecho a  que no llevéis una vida pasional. Y como vais a morir pensadlo siempre. Cuando tengáis un problema pensad que vais a morir. Entonces desaparecerán todos los problemas, los miedos y demás. Esa es la mejor idea que me han dado para poder seguir los caminos de mi vida. Pierdes en miedo a ser como a ti te gustaría ser.
4. Seguid fieles a vuestra locura.”

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Vergonzoso es, según lo que nos avergüence

¿Por qué, a veces, las personas nos avergonzamos ante lo corriente, lo bello o lo puro? Actuaciones bonitas, decisiones bondadosas, derechos dignos… Como cuando nos pedían salir en el instituto. Como nuestro primer beso en público o al enseñar nuestro cuerpo “como Dios nos trajo al mundo”. Como ir con un ramo de flores por la calle, cantar se haga bien o mal o bailar dejándose llevar, liberando tensiones. Como reconocer una enfermedad, una discapacidad o un desconocimiento sobre algo que se esperaba que supiésemos. Como admitir que nos cuidamos haciendo dieta, que tenemos diarrea, que tenemos un día de perros porque nos duele el corazón y no dolor de regla. Como preguntar a alguien desconocido o no acercarnos a darle la enhorabuena a alguien que ha conseguido emocionarnos. Como ayudarnnos por la calle, mostrar nuestros defectos o ir a pedir perdón. Como admitir que rezamos, que nosotras no somos recatadas en el sexo o que vosotros no sois tan p_tas máquinas. Como reconocer que nos pusimos celosos porque nos superó el miedo. Como reconocer miedo, tristeza y necesidad de alguien. Como hacer una declaración en toda regla o simplemente decir te quiero.

¿Por qué, sin embargo, nos crecemos ante actos mediocres y acciones rebeldes  o atribuimos heroicidad a hazañas villanas? Como “salir, beber, el rollo de siempre”, fumar en público o pasarnos el porrillo. Como tener mucho dinero y tirar de tarjeta de credito “Tranqui, “’t a to’ pagao, estoy to’ forrao y me lo dejo to’ en ropa y alcohol chavales”. O como cuando “fui y le metí un par de ostias a ese pringado”. Como cuando nos colarnos en el metro, somos antisistema, anarquistas y pasamos de las Navidades. Como cuando no participamos porque “son cosas infantiles”, nos hacemos una bañera “porque no la pago yo”, robamos alegando que “no les va de esto”. Cuando decimos 10 palabrotas por frase hablada, nos reímos del débil en grupo o cuando criticamos lo mismo que nosotros hicimos ayer, o aquello que nos hubiese apetecido, intentando convencer de lo mismo. Como cuando intentamos convencer, tratar como ciudadanos de segunda, hablar de clases, de líderes y de terceros mundos. Cuando decimos que nuestra abuela nos cuenta paranoias o que nuestros padres nos comen la oreja. O “Es que yo paso de la familia, ya sabes tío”. Como cuando repudiamos las frases filosóficas e imitamos has la saciedad la burrada más grande que hemos convertido en “moda” o algo “molón”. Y como cuando, tras todo eso, nos atrevemos a llamar “moñas” a algo del párrafo anterior.

A veces estamos fatal, os lo digo de verdad. A veces parece que nos avergüence ser todo lo humanos que somos como si el resto no lo fuese. Como si nos avergonzase más sentir que pensar. ¿Nos sentimos más identificados con lo que creemos que con lo que sentimos? ¿Nos cuesta más reafirmarnos en nuestras emociones que en nuestros razonamientos? Creo que lo que pasa es que nos avergüenza ser juzgados. Uno de los puntos de flaqueza de la sociedad en conjunto es la capacidad de hacer juicios ajenos, más allá de simples opiniones. De considerar “lo que está bien” y “lo que está mal”. Y eso lo creemos siempre en base a lo que somos nosotros mismos y vamos clasificándolo en base a la actuación más generalizada. Nos volvemos intolerantes hacia lo poco común y, como consecuencia, inventamos palabras como “raro”. Y así, poco a poco, nos cargamos la esencia de las personas, disfrazando lo que realmente somos y tal cual nos sentimos o actuaríamos, por lo que se espera de nosotros o es más “correcto” o creemos más coherente en el contexto en el que nos encontramos. Pero os voy a recordar que “hacerse un selfie”, hace unos años era vergonzante, el sin amigos, y ahora es moda y molón.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Humano se nace, y luego ¿qué se hace?

Nacemos humanos. En un contexto adecuado o bien un tanto oscuro, pero nacemos en blanco, con la mente liberada, sin la idea de ir siempre tras hazañas que se lleven por delante lo que sea. Nacemos sin la rabia de quien condena por rencor, por poder o sin razón y, si lo hacemos con alguna predisposición, es la del bienestar. Pero nos vamos haciendo… y no lo hacemos del todo bien, a veces de hecho mal, fatal. La venganza se adueña día a día de corazones demasiado influenciados que han dejado de ser libres, aunque crean que atemorizando lo son más. De personas que expresan inconformismo y frustraciones destruyendo a inocentes para dañar a líderes. Decidme que no es retorcido.

Nos apropiamos de territorios, como si fuesen nuestros, llamamos a todo “mi” y haciendo que, compartir, en algún momento se convirtiese en un gesto de generosidad, en vez de en algo común. Nos disponemos a cubrir nuestras propias espaldas y a contaminar poco a poco el verdadero sentido de la palabra “valor”. Lo confundimos con dinero, con postureo o con religión, cosas que, al fin y al cabo, no son naturales, sino que nos hemos ido inventando. Es verdaderamente lamentable. Está visto que la humanidad en conjunto es un fracaso. A veces intentamos imponer nuestro parecer sin llegar a conseguir ni ser la mitad del mejor parecer que esperábamos de nosotros mismos. La rabia está a la orden del día y eso se traduce en seres insensibles, inflexibles, intolerantes y, sin duda, incoherentes. ¿Podría considerarse ya epidemia la “deshumanización”?

Somos estúpidos y decepcionantes cuando atribuimos mayor sentido a nuestras propias invenciones que a investigar más en la propia gestión emocional, que es realmente lo que en tantas ocasiones puede salvarnos. No nos engañemos ni vayamos de invencibles, las armas pueden eliminar a la palabra en cuestión de un segundo. La hemos cagado distrayéndonos con todo eso que hemos confundido que podía ayudar y suponer un avance para el mundo, dejando muchas veces de lado todo aquello que realmente podía ser un avance personal que influyese en conjunto. Nos ha distraído y poseído también la ambición de poder. Y ahora, ¿cómo lo arreglamos?

Abandonar las ambiciones planetarias y apostar por las relaciones básicas de tú a tú... Sin duda esas son las únicas que pueden trascender, a diario y emocionalmente, con mayor incidencia y consecuencia. Puede ser que eso no vaya a evitar la barbarie de muchos, pero sí a valorar de lo realmente importante de aquellos que apuestan por la comunicación y la paz. Podrán matarnos por causas injustificables, pero sabremos justificar con argumentos más coherentes y satisfechos nuestra elección. Quizás no hacemos historia, porque “hacer historia” también forma parte de un gran bulo, pero podemos hacer de nuestra historia, la que sentimos como verdad, algo más sencillo para conseguir por lo que realmente deberíamos luchar: la tranquilidad.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Dejárselo al destino

Hoy me gustaría saber… ¿Qué hacéis vosotros para sentiros mejor en un momento de agobio agotador? ¿Tenéis algún truco? ¿Alguna vía de escape que os alivie a través de la cual encontréis la calma? Os amparáis en otras personas, os escondéis bajo las sábanas unas cuantas horas, buscáis una escapada furtiva fugaz, rezáis a todos los santos, meditáis, lloráis hasta que sale el diablo por las lágrimas, coméis tabletas de chocolate hasta tener una razón más grande por la que sentirse mal, escribís en un blog, rompéis el reloj? Sé que eso de confiarle nuestro destino al destino puede sonar raro, e ingenuo. Eso del destino puede parecer algo absurdo, algo cobarde… una especie de excusa perfecta para eximir responsabilidades. Pero, una vez toda la carne ha estado y está en el asador, churrascada y preparada para que alguien le hinque el diente o para que se desintegre en mil pedazos, ¿no acabáis por desearle toda la suerte del mundo al destino más allá de vuestras prácticas habituales?


Como si algo externo a nosotros tuviese mayor influencia que nuestros propios actos. Y es que posiblemente no estamos preparados ni para creernos tan afortunados ni tan cenizos cuando algo inesperado nos ocurre y, por supuesto, nos parece la mar de sensato atribuirle la gracia o la culpa a algo ajeno. Lo hayamos hecho bien, mal o fatal, ponemos nuestra esperanza en el destino como si realmente “él” tuviese una justa decisión esperándonos o el poder último de salvarnos. Y es que el destino puede no ser más que una utopía que, paradójicamente, sentimos que ha llegado cuando se da algún tipo de consecuencia a nuestros actos. Y, aun intentando creer que podemos saber qué va a ocurrir tras cada uno de nuestros pasos, cuando algo distinto nos sorprende exclamamos: ¡Cosas del destino!, y nos quedamos más anchos que largos.


Pero es que, ¿veis? Es exactamente eso lo que andamos buscando a menudo, ¿no? Quedarnos más anchos que largos ante algo, especialmente ante un motivo de agobio que intenta boicotear nuestro buen momento. Eso del destino nos permite poder atribuirle un sentido más o menos convincente a algo aparentemente incomprensible y, como si ninguna otra cosa hubiese podido suceder, nos hace asumir, sentirnos más calmados.  Por eso, lo de estar agobiado y dejar de darle mil vueltas a un mismo tema, decidiendo que sea el destino el que así lo ha querido, no me parece un plan tan malo si eso nos hace sentir más relajados. Al fin y al cabo, aunque seamos nosotros mismos quienes lo provoquemos, vamos a hacerlo sin esa presión añadida que a veces nos impide creer tanto en nosotros. Podemos llamarle fe, podemos llamarle destino, podemos llamarle energía o Dios del vino, pero no deja de darnos una oportunidad para practicar en eso de gestionar los infortunios y aprender a agradecer la fortuna, aunque sea algo abstracto, que a veces nos cuesta menos.

martes, 6 de octubre de 2015

Lo del dicho de los malotes

Lo del dicho de las chicas y los chicos malos ya pasó a dichos mejores. Cosas de la edad o vete a saber tú qué. Ya sabéis, lo de “los chicos buenos van al cielo y los malos a todas partes”… podemos suponer qué tipo de personajillo lo inventó. Bien, es posible que durante esos “duros” años de adolescencia, en las que nuestras hormonas y neuronas entran en una fase de esquizofrenia compulsiva, hacerle la revolución al mundo y ser un heartbreaker entre incluso dentro de la legalidad humana y, que te hagan la revolución, es “lloros para hoy, aprendizaje para mañana”. Por eso, ya pasó, ¿no?

Ya son ganas las de ir con una careta o con una coraza entera por la vida, las de estar haciendo el panoli por sentir poder (de atracción, de control, de destrucción). Ya son ganas (o temores) las del nene bueno o la nena mona las de colgarse, a fin de cuentas, de alguien un tanto desequilibrado que hace que su inseguridad alimente probables carencias del otro. Creo que las relaciones en las que hay un malote son tóxicas, a la vez que los malotes con corazón de cordero no son malotes, sino postureo, y a esos solo hay que darles tiempo, algún abrazo y confianza. (Sí, hay gente que jode por convicción pero también gente que jode, que está jodida, y que reclama ayuda a través de sus actos. Aunque fastidie pensar que perdimos el tiempo y fuerzas intentando rescatar a alguno de ellos.)

Sin embargo, cuando ciertas experiencias quedan ya a la espalda, solemos huir de comportamientos que nos generen intranquilidad, de esos nervios que el malote o la malota nos hacía sentir en el instituto con su personalidad arrolladora y que nos hacían confundir atracción por infravaloración. (Qué peligroso es idealizar a cualquier ser viviente.) Ahora, el malote ha hecho historia pero aburren solo de pensarlos y, es el tipo bueno, con quien quieres compartir tus diversiones. Eso es porque, cuando tenemos más claro qué sensaciones nos han sido contraproducentes y cuáles las que queremos seguir sintiendo, solemos acabar buscando la calma personal como trasfondo a todo; y eso pueden aportárnoslo personas sin tanto miedo de exponerse como con ganas de aparentar. (Eso sí, picardía aparte y bienvenida.) 

¿Quizás, a medida que te alejas de esos años adolesmonstruosos (y mira que fueron buenos), parece que la línea entre los “tarados” y los “cuerdos” queda un poco más definida? Espero no tener que volver a escribir dentro de un tiempo negando esa pregunta.

martes, 22 de septiembre de 2015

Ser camaleón

Ser ese camaleón que se adapta y que raramente refunfuña, que decide y que a la vez se amolda… esa es, probablemente, una de las identidades que más nos pueden a favorecer. No se trata de ser conformista ni sumiso, sino de estar dispuestos a abrir nuevos horizontes y, con ello, prever posibles ventajas en algo que no se ajustaba exactamente a lo que habíamos planeado. Y es que a veces encanta… encanta planear como si fuese algo irreplanteable, como si aquella fuese la decisión tomada más válida y la única entusiasta, como si amoldarnos al plan de otro fuese a significar arrebatarnos la razón o perder parte de nuestra personalidad. Sinceramente, qué manera menos amplia de aprovechar la vida.

Bien al contrario, creo que no hay personalidad más beneficiosa que la de ignorar esas ideas y probar planes que quizás nunca se nos hubiesen ocurrido por iniciativa propia pero que permiten escoger, para otra vez, entre más opciones. Por ello me dan pena las personas autoritarias, las que se cierran en banda ante un plan o un capricho (y recalco lo de “capricho") pensando que se hacen algún tipo de favor. Salirse con la suya puede parecer placentero a nivel de liderazgo pero, las personas sensatas, lejos de creer en la figura del líder absoluto, son personas flexibles. Ese “hoy por ti y mañana por mí” que, a menudo, acaba significando un “hoy y mañana por ambos”. Solo aquellos que saben sacarle provecho a un contratiempo, a una situación imprevista o a aquellas actitudes que les rodean, pueden enriquecerse y evolucionar.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

El buzón como caja de sorpresas


No seré la única a la que le fascina cuando el buzón se convierte, en vez de en un depósito de facturas y propaganda, en una caja de sorpresas. Admito que, cuando descubrí esta carta al abrir el buzón, se me escaparon unas cuantas carcajadas que reflejaban incredulidad, inquietud y alegría… Así que me voy a dirigir a ti, al remitente en blanco,  al atento lector y al anónimo escritor:

Sé quién eres. Vale, no, mentira, pero si he conseguido inquietarte por un segundo, me doy por satisfecha. Reconozco que me has sorprendido (ahora se te ha escapado una sonrisa, seguro)  y que mereces, tanto saberlo, como una respuesta. No tengo claro que nos conozcamos ya que, ni mi melena es negra, ni cambio constantemente de portada pero, por otra parte, espero que sí nos hayamos conocido en algún momento porque no sé de dónde carajo podrías haber sacado mi dirección, a no ser que deba sentirme perseguida hasta la puerta de mi casa. (Acosadores no, gracias, deben dejarnos hacer.) Por tu letra pareces alguien seguro. También jovial al decir “face”, pero maduro, modernillo o no tan joven al ponerlo entrecomillado, al escribir con “estilográfica” y al seguir un orden coherente. Bien, eso último no tengo claro que ni la gente madura lo haga. 

Te comiste acentos y te sobraste al firmar, pero aquí está la contestación, por donde me indicaste, al tan atrevido como cobarde acto, a la tan intrigante como original iniciativa. No me importa que me escribas, sabes bien que me gustó, aunque advierto que no quiero convertir esto en un juego a través del blog o la red social y que los juegos con autor anónimo tienen gracia solo por un tiempo. Por eso quizás estaría bien desvelar el entramado, ¿no? Gracias por leerme, por la sorpresa y por tu futura respuesta, ¡seguro! 



PD: Con buen pie… y buena letra.

martes, 18 de agosto de 2015

Impúlsate

Cuando ves clara una cosa, hazla. Como dice la canción, "solo se vive una vez". Te arrepentirás o no, saldrá como esperaste o no, te hará sentir mejor o no... pero, no haciéndola, dejas de ser tu, acorde a lo que sientes, y actúas condicionado. Algunos pensarán que es una locura, otros una simple anécdota y, solo aquellos que lo hayan vivido en primera persona, lo entenderán.
Cuando te das cuenta de que has perdido más oportunidades con tus indecisiones que en tus momentos impulsivos, te replanteas si quizás no es que tomases decisiones equivocadas, sino si debiste lanzarte más veces sin pensar en consecuencias, solo en causas.

jueves, 30 de julio de 2015

"Y creo que muero, si no siento el roce de tu cuerpo"

Cuánto miedo, o bien vergüenza, nos ha dado a veces observar nuestro cuerpo y aun más mostrarlo o tocarlo, ¿no? Pero, ¿podemos llegar a valorarlo y amarlo si no lo hacemos? A veces, por pudor, otras por complejos y, otras, por lo que puedan decir de nosotros, pasamos por alto la exploración del cuerpo humano, algo que, nos parezca más o menos bello, no deja de ser una muestra de naturaleza extraordinaria. Pero, para disfrutarlo lo máximo posible, creo que antes de todo debemos reflexionar sobre algo imprescindible: la negativización  de aspectos corrientes.

Términos como “celulitis”, “granos”, “verrugas”, “cicatrices”, “michelines”, “pelos sin depilar”, “manchas”, “arrugas” o incluso alguna deformidad,  han llegado a sernos percibidos de manera negativa y no como realmente debería considerarse: parte de la más absoluta normalidad. Somos nosotros mismos los responsables de fomentar esa percepción que sigue generando más de algún quebradero de cabeza, cargándose alguna autoestima y egocentralizando algunas otras. Eso sí que me parece de tarados porque, si no es una cosa, será otra y, si no es en la cara, será en la panza o en el culo… pero es triste que veamos como aspectos horribles algunas características que, lejos de ser excepcionales, son comunes entre nosotros.

Saber apreciar cuerpos no es una idea tan descabellada como antesala a lo que pueda haber tras él. La comparación con los demás debería transformarse en un ensalzamiento a la belleza de las diferencias. La exploración de nosotros mismos debería ayudarnos a respetarnos más y descubrir placer en el sinfín de sensaciones que nos ofrece. Y, el descubrimiento de otros ajenos quizás nos haga, a veces más animales, pero también mejores personas y más conscientes de que poseemos y nos rodeamos de más belleza de la que pensamos. Lejos de ser algo repugnante o perverso, el descubrimiento del cuerpo humano es algo básico e incluso placentero si nos lo proponemos.

Sea el nuestro o el de otros, cuando llegas a ver belleza o cariño incluso en aquellos puntos que querríamos cambiar, o en los que podríamos considerar imperfectos, aprendemos a apreciar lo que sí tenemos, como lo tenemos y la forma en la que podemos utilizarlo. Y lo que es tan o más importante, aprendemos a ver aquellos que nos rodean sin tanta competitividad y crítica, sino con particularidades y normalidad, una opción más sana. Así que, está bien que nos cuidemos e intentemos mejorarnos pero, por nuestro bien, más vale que normalicemos y disfrutemos por igual de esos detalles que no nos hacen ni más guapos ni más feos, sino igual de humanos a todos.

miércoles, 15 de julio de 2015

¿Dar o recibir?

No sé si alguna vez os lo habéis planteado, pero el otro día nos lanzaron la pregunta: Qué creéis que da más felicidad , ¿dar o recibir? (Y dejad de pensar solo en connotaciones sexuales, marranos). Probablemente lo primero que viene a la cabeza es que un mix es la combinación perfecta; que “no lo uno sin lo otro”, ¿no? Pero, si se ciñe a tener que escoger entre una u otra acción, ¿cuál creéis que objetivamente hablando aporta mayor satisfacción?

Para algunos, elegir “dar” como respuesta podría sonar demasiado sumiso, de tontos de los que se aprovechan y, otros, podrían preguntarse: ¿quiere decir eso que “dar” tiene una base egoísta si provoca autosatisfacción? ¿Se da siempre con un interés implícito? Seguramente a veces sí, se espera recibir un reconocimiento como mínimo. Pero también espero que, la mayoría de ocasiones, eso sea una consecuencia a que, la motivación principal de dar, lo provoque el placer de tener delante a alguien que lo inspira.  ¿Es posible que haya alguien que se limite a “recibir” sin “dar” en algún momento? Creo que no. Creo que simplemente son impresiones que causan las personas cuando no somos nosotros, o el entorno que conocemos, quienes lo recibimos. En una relación de dos personas, sea esta del tipo que sea, si solo una de esas personas da y la otra se limita a recibir, probablemente la relación tenga todos los puntos para ir en declive. Y no quiere eso decir que esa persona no sepa dar sino que, aunque suene duro, dará a alguien por quien sienta (más) interés, seguro.

Dar a alguien que exige, hace que sintamos desdén y rabia. Dar a alguien de manera voluntaria provoca bienestar porque, durante el tiempo en el que se idea, se hace y se lleva a cabo eso que das, uno se siente coherente con lo que siente. De ahí que, después, esperemos recibir, más que por lo que puedan aportarnos, para percibir que los sentimientos de la otra persona se correspondan a los nuestros. De esa manera, dando, ambos salen ganando. Por eso, si  volvemos a la pregunta inicial, quizás la fórmula perfecta se acerque más a que las dos personas estén dispuestas y motivadas a “dar”. Porque si ambos dan, ambos en algún momento reciben, y solo así puede generarse una relación sana y positiva. “Recibir”, pues, puede simbolizar un reconocimiento hacia nuestra persona pero, “dar”, seguramente sea una necesidad humana de alguien que siente. Y, más allá de por quién o cómo, todos sentimos.

viernes, 3 de julio de 2015

Lo que podría haber escrito mañana

Ama hoy y no mañana. Porque, mañana, es inalcanzable hoy y quién sabe, ya sabes. Si eso, mañana ya volverás a amar hoy. Y así con cualquier verbo. ¡Buen fin de semana!