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sábado, 10 de septiembre de 2016

Ser maestro: aprender enseñando

Empieza un nuevo curso, ciertos nervios recorriendo la barriga y preparativos hasta última hora. Nunca esa previa es suficiente porque, cómo no, vienen ellos y te sorprenden, o porque llegan ellos y, de repente, cambian el rumbo de cualquiera de tus intenciones con sus inquietudes. Ellos son los alumnos, nosotros sus maestros. Ellos nuestra motivación y nosotros una referencia que intenta guiarles: un intenso tándem. Y es que hasta para la improvisación hay que estar preparados en este caso, guiándoles a su paso y dejándonos, a la vez, empapar por sus intereses... posibilitando un equilibrio que nos permita aprender mientras enseñamos y enseñar a aprender. De buenas a primeras, cuando menos te lo esperas, te toca a ti ser el aprendiz, independientemente de la edad de quien te enseña. Y eso es ser afortunado, porque hay valores que aleccionan más y que son más sabios que los propios conocimientos y hay experiencias que no las marcan los años sino la suerte en la vida.

La escuela, no son las clases, los lapiceros o las pizarras, sino las personas, mentes y emociones que conviven en ella y que esperan crecer compartiendo. No existe una fórmula perfecta para el curso, pero sí que hay ingredientes como el respeto, la empatía, la normalización de las diferencias o el interés, que favorecen el bienestar... y el bienestar ya se encarga de que todo lo demás venga solo. En esa tesitura, ser buen maestro, o al menos intentar ofrecer tu mejor versión, no creo que tenga una definición exacta, lo que sí que sé es que enorgullece y apasiona y, sobre todo, regenera mucho amor. Con paciencia, intuición y credulidad por lo que apuesta, un maestro debería tener siempre preparada una actividad o una explicación, pero también un abrazo o una frase con fuerza. Debería saber hablar y transmitir, pero también escuchar y reflexionar.

Ser maestro es trabajar duro sobre papel, pero más aun en la mente. Como si de un juego estratégico se tratase, debe intentar hacer tantas planificaciones como alumnos tiene, tanto a nivel académico como emocional, mirando por el éxito individual y el de grupo. A la hora de la verdad, todo eso es más trabajoso que sencillo, pero también más emocionante y gratificante que cansado. Compensa y recompensa. Dicho lo dicho, ser maestro no es solo un trabajo, sino que se convierte en un estilo de vida (y bien lo saben los que viven el día a día al lado de un maestro). Desconectar del trabajo no es del todo posible porque constantemente trata de empaparse de ideas. Forma parte de una ilusión constante y contagiosa. Pero para el maestro eso no es un sacrificio, es una razón con suficiente peso por la que invertir ganas. Se lidian muchas batallas pero, a la vez, tantas satisfacciones que vale demasiado la pena involucrarse en cada preocupación que nace  o en cada oportunidad que surge.

En muchos casos, la de maestro es una profesión que supone la responsabilidad de ser una de las personas que más tiempo comparte con otra personita que está llena de intrigas, de ambiciones y de deseos... de una personita que se muestra dispuesta a recibir influencias que le inspiren para llegar a saber aprovechar todo lo que le espera, de la que piense que puede ser su mejor manera. Por eso el maestro debe de ser alguien generoso que mire más allá del propio interés o deseo, siendo capaz de centrar la atención y estirar el hilo desde los de sus alumnos: ofreciendo opciones y anunciando posibles consecuencias, pero dejando escoger, acertar o equivocar-se para aprender también de ello. Dejar llegar a ser es favorecer que cada uno pueda identificarse a si mismo y que confíe en que su aportación puede ser tan válida y útil como la del resto. Eso sirve para todos.

La escuela, en muchos casos (en los mejores casos) es una pequeña familia con un gran corazón: uno que late al ritmo de la complicidad entre los que la forman y que respira con la confianza de los que la rodean... tan vital lo uno como lo otro. Por eso, hablando de necesidades, es primordial que tanto el maestro como el alumno amen la escuela y crean en ella, pero no menos que lo que las familias, las instituciones o el resto de la sociedad lo hagan y así lo transmitan. Directa o indirectamente, la escuela es de todos, en la escuela deberían poder caber todos y la escuela necesita compartir con todos lo que en ella se crea. Necesita recibir inspiración que le haga evolucionar siempre a más e inspirar una mirada del mundo desde la realidad de los que ocuparán un día nuestro lugar, ¿no creéis que es una buena inversión de energía y experiencia?

Adoro ser maestra y, aun siendo joven, espero seguir emocionándome por ello siempre. Espero sufrir esos nervios a contrarreloj cada inicio de curso, apenarme un poco en su final y tomarme cada día y a cada alumno como un reto por el que querer mejorar y esforzarme. Espero trabajar con cada compañero para ofrecer, con respeto y admiración, nuestro lado más humano. Espero que nuestro lazo de unión siga siendo la ilusión de ofrecer tanto y tan bueno como podamos porque nuestra causa siga teniendo tanto sentido como hasta ahora. Y espero, sobre todo, seguir sintiéndome tan rica en cariño, en valores y en motivación cada vez que salgo de la escuela... que, en ese momento en el que reflexiono sobre la jornada, pueda seguir confiando en mí y concluir que todo vale la pena, con una sonrisa grapada en la cara.

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