Cuando queremos conocer a
alguien, formar parte de otra vida, de una comunidad o de un proyecto, es tan
necesaria la motivación para hacerlo como la acogida con la que nos
encontremos. De persona a persona, todo es más sencillo, el tiempo destinado a
conocerse y de conexión es menor y el proceso va rodado. Si el paso se da para introducirse
en un grupo o proyecto conjunto, hay que prever que, el tiempo necesario para
crear vínculos con todos los que forman parte de ello, será mayor. Requerirá un
esfuerzo más grande que no podemos tomar a la ligera ni mucho menos permitir
que nos agobie. Conocer a una persona no es tan fácil como creemos, así que
llamar “conocido” a alguien es un tanto arriesgado si lo pensamos de manera
objetiva. Alguien conocido es alguien de quien tienes más allá de sospechas,
rumores o mitos, alguien con quien has tenido cierto contacto, una idea creada
a través de hechos, conversaciones y cierto interés mutuo, también
objetivamente hablando. Un amigo, es más, significa coger todo eso que un
conocido sabe y aceptarlo, estar dispuesto a formar parte de ello con mayor o
menor implicación, pero sin poner en duda la esencia, la intención y la base
humana de esa otra persona.
Justamente este verano
pasado, por distintos motivos, varios años de por medio y algún que otro
empujón decisivo, me lancé a formar parte de un grupo ya formado y bastante
consolidado del cual ya tenía bastantes referencias, pero desde fuera, claro. Grupo al que quería juntarme pero, el cual, a
la vez y por distintos sucesos, me merecía cierto respeto. “Quien esté libre de
pecado que tire la primera piedra”, dicen, y yo no tiré ninguna piedra pero sí
mis rayadas, prejuicios y temores por la borda, y vino bien. Me di cuenta,
entonces, de lo importante que es que, inicialmente, te reciban de puertas
abiertas, pase lo que pueda llegar a pasar y pese a lo desconocido, mal
conocido o solo a medias con lo que, hasta ese momento, se llegue a constar.
Cuando entramos a un grupo más o menos consolidado, lo primero a lo que debemos
adaptarnos es a acatar unas reglas internas e inconscientes que el tiempo y los
perfiles han ido estableciendo y, a la vez, sentirnos cómodos con ellas. Lo
segundo es entender que es necesario un poco de esfuerzo por ambas partes y, sobre todo, por la nuestra. Debemos comprender que, la necesidad por
integrarnos, la tenemos nosotros y no tanto los demás. Si nos ofrecen ayuda o
ganas de conocernos, de algún modo es algo voluntario que se hace por ilusión o cariño,
así que debemos tener ganas de aprovechar todo eso que nos venga dado. Lo
tercero, y relacionado con lo anterior, es la conexión, eso por lo que se
necesita que haya un interés mutuo por conocerse. El encaje, la forma de
desenvolverse en las situaciones y la ilusión que le pongamos a aquello que
hacemos o comentamos con el resto del grupo, es decisivo.
Personalmente, nunca he
tenido problemas para relacionarme con la gente pero, es cierto que, darte a
conocer en un grupo, no es cosa de cuatro días, sino un proceso y cuestión de
tiempo. Hay gente más cerrada y gente más abierta, gente que cae en gracia y
gente que se lo tiene que currar más, gente que lucha por hacerlo y gente que
se deja vencer. Con este texto, quería animar a todos aquellos que sientan
algún tipo de temor o barrera interna que les impida lanzarse a conocer a
alguien a quien deseen conocer o “tocar a la puerta” de algún grupo del que les
gustaría formar parte. Cada uno debemos tomar las riendas de nuestra vida
tomando iniciativas, más o menos complicadas, pero iniciativas con paso firme
creyendo en lo que hacemos. Y, con este texto, también quería aprovechar para agradecer, una vez más, a mi
nueva peña del pueblo, “Los Gaxupos”, que me recibieran de puertas abiertas, desde
un principio. Es de agradecer que me lo pongan fácil para divertirme, difícil
para arrepentirme y que sea tan sencillo querer abrirme como, con cada uno de
ellos, compartir y llegar a descubrirlos. (Y sí, me he puesto un poco sentimental,
pero es lo que hay.)
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