Páginas

Translator

lunes, 2 de septiembre de 2013

26 días desconectada en la era de la conexión

No era extraño hacer eso 3 meses al año cuando era pequeña, tampoco un mes y medio cuando era adolescente así que, ahora, hacerlo un mes (o lo que cada uno pueda), es incluso placentero. He asumido que, en la actualidad, el hecho de que alguien como yo aun no tenga whatsapp, tablet o móvil con Internet desde el cual poder coger wifi en cualquier momento desde cualquier parte del mundo, es inusual. (Todo llegará.) Hasta ahí puedo asumir que la rara sea yo, pero solo hasta ahí. ¿Acaso no es más escandaloso que alguien de mi edad se desespere ante la idea de pasar un par de días sin esa conexión? Somos las últimas generaciones que no nacieron con la tecnología bajo el brazo y, en vez de sacarle provecho, nos aferramos a vivir actualizados, al minuto, 365 días al año. Nos estamos volviendo, más que raros, en nuestra propia pesadilla. Existen ya suficientes causas de estrés como para ir sumándoles otras, en el fondo, sin sentido. Porque sí, estar siempre al tanto de todo puede ser agotador, huir de ello y, de repente, no enterarse de tan apenas nada, puede ser agobiante... pero también puede aliviar, hay que llegar a ese punto. Hay muchas más cosas que hacer con los dedos que teclear (y que cosas guarras que estéis pensando ahora) y, las vacaciones, pueden ser una buena oportunidad para comprobarlo.

Desde el fatídico verano adolescente en el que Alex volvió con su ex e hizo que me diese cuenta de que un mes puede ser un mes o bien UN MES, vivo intensa la previa a irme, motivada y con ganas la huida y, con intriga y algo de fatiga, la vuelta. No confío en agosto porque suele ser un mes peligroso pero, cuando de todas formas decidimos evadirnos y marcharnos fuera del ambiente que suele rodearnos, está bien que decidamos hacerlo sabiendo distanciar lo que dejas, con todo lo que conlleva, y aprovechar lo que viene, como paréntesis temporal. No hablo de no comunicarse, hablo de no obsesionarse. En ese sentido, creo que alejarse de la tecnología por un periodo, al fin y al cabo corto, ya no solo sirve como terapia de desconexión y de desintoxicación tecnológica, sino que también nos obliga a ejercer el control de nuestras riendas con recursos más básicos. Nos recuerda a cómo vivir de una forma más austera, más de antaño, más callejera por gusto o por necesidad. Un mundo sin tecnología, ahora mismo, sería un maldito caos, pero nuestro entorno, sin tecnología, sigue siendo posible. Lo recuerdo para que, si algún día pasa, no entréis en pánico, venid a picarme al timbre de casa y bajaré con una cerveza en la mano aunque antes no nos hayamos pasado media hora quedando por Internet.

Un día, estaré tan o más conectada que la mayoría de vosotros ahora. Escribo por ello, para cuando disponga de conexión 24h., poder leer esto y recordar que nos generamos agobio con demasiada facilidad cuando, realmente, debería significar avance. Internet y las redes sociales no son una obligación que nos encadene, son una ventaja para cuando los necesitamos pero, algún break de vez en cuando, también es necesario. No estoy en contra de vivir conectado, sino de no saber vivir, o de malvivir, cuando no lo estamos. Si, de vez en cuando, decimos necesitar desconexión, ¿por qué tratamos de seguir constantemente conectados a todo? La actualidad, los eventos, las ofertas, los amigos, el amor… si todo ello es tan importante sabrá proponernos cosas, de nuevo, tras un mes. Porque, agosto será peligroso, pero ya os digo yo que aun no he encontrado un mes, tras el cual el mundo haya cambiado tanto, que nos sea imposible reengancharnos. Así que aquí estoy, relajando el agobio, re-asentándome en Barcelona y retomando “rutinas” como la de escribir entradas que puedan hablar sobre estas y más reflexiones. Feliz nuevo curso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario