No era
extraño hacer eso 3 meses al año cuando era pequeña, tampoco un mes y medio
cuando era adolescente así que, ahora, hacerlo un mes (o lo que cada uno pueda), es incluso placentero.
He asumido que, en la actualidad, el hecho de que alguien como yo aun no tenga
whatsapp, tablet o móvil con Internet desde el cual poder coger wifi en
cualquier momento desde cualquier parte del mundo, es inusual. (Todo llegará.) Hasta
ahí puedo asumir que la rara sea yo, pero solo hasta ahí. ¿Acaso no es más
escandaloso que alguien de mi edad se desespere ante la idea de pasar un par de
días sin esa conexión? Somos las últimas generaciones que no nacieron con la
tecnología bajo el brazo y, en vez de sacarle provecho, nos aferramos a vivir
actualizados, al minuto, 365 días al año. Nos estamos volviendo, más que raros,
en nuestra propia pesadilla. Existen ya suficientes causas de estrés como para
ir sumándoles otras, en el fondo, sin sentido. Porque sí, estar siempre al tanto
de todo puede ser agotador, huir de ello y, de repente, no enterarse de tan
apenas nada, puede ser agobiante... pero también puede aliviar, hay que llegar a ese punto. Hay muchas más cosas
que hacer con los dedos que teclear (y que cosas guarras que estéis pensando ahora) y, las vacaciones, pueden ser una buena
oportunidad para comprobarlo.
Desde
el fatídico verano adolescente en el que Alex volvió con su ex e hizo que me
diese cuenta de que un mes puede ser un mes o bien UN MES, vivo intensa la
previa a irme, motivada y con ganas la huida y, con intriga y algo de fatiga,
la vuelta. No confío en agosto porque suele ser un mes peligroso pero, cuando
de todas formas decidimos evadirnos y marcharnos fuera del ambiente que suele
rodearnos, está bien que decidamos hacerlo sabiendo distanciar lo que dejas,
con todo lo que conlleva, y aprovechar lo que viene, como paréntesis temporal.
No hablo de no comunicarse, hablo de no obsesionarse. En ese sentido, creo que alejarse de la
tecnología por un periodo, al fin y al cabo corto, ya no solo sirve como
terapia de desconexión y de desintoxicación tecnológica, sino que también nos
obliga a ejercer el control de nuestras riendas con recursos más básicos. Nos
recuerda a cómo vivir de una forma más austera, más de antaño, más callejera
por gusto o por necesidad. Un mundo sin tecnología, ahora mismo, sería un
maldito caos, pero nuestro entorno, sin tecnología, sigue siendo posible. Lo
recuerdo para que, si algún día pasa, no entréis en pánico, venid a picarme al
timbre de casa y bajaré con una cerveza en la mano aunque antes no nos hayamos pasado
media hora quedando por Internet.
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