Como diría Punset, el ser humano es
extraordinario. En nuestro énfasis por descubrirlo y saberlo todo, muchas cosas
se nos escapan a la vez que cada vez menos. En la actualidad, somos capaces,
incluso, de descubrir avances que nos ayuden en nuestra propia búsqueda de
conocimiento, acentuando esa manera rápida de vivir que tenemos y
almacenando, cuanto más mejor, con menor esfuerzo y en menos tiempo. Es el
método que nos hemos acostumbrado a seguir como corriente. Queremos y
pretendemos saber, averiguar, resolver y alcanzar tanto contenido como nos
sea posible, a pesar de que algunos modelos educativos nos lo pongan complicado
y de que, día tras día, lo de ayer deba revisarse por quedarse, en cuestión de
minutos, anticuado. Parece que, si no sabes cosas, eres un idiota, y quiero
romper una lanza a favor de todos esos idiotas de documentación y bases de datos,
reivindicando la inteligencia emocional por encima de cualquier otro
conocimiento.
No voy a ser yo quien diga que
preocuparse por ampliar nuestro aprendizaje, a cualquier nivel, esté mal. Nada
más lejos de la realidad. Sin embargo, sí que considero primordial preocuparse
por otro tipo de conocimiento que hay que alimentar, constante y
obligatoriamente, para sobrevivir y mantenernos mentalmente sanos; algo básico
para mantenernos vivos en vida. La inteligencia emocional, pues, es ese tipo de conocimiento
que se centra en asimilar lo de dentro para poder llegar a
entender, con ello, lo de fuera. Exactamente, se trata de la
capacidad que tiene, una persona, de manejar, entender, seleccionar y trabajar
sus emociones y las de los demás con eficiencia y generando resultados
positivos. Es decir, la habilidad para gestionar bien las emociones; tanto las
nuestras como las de los demás. Creo, entonces, que preocuparse por saber cosas
es algo alternativo y, según cómo se mire, discriminatorio dependiendo del
acceso que se tenga a ello. Sin embargo, preocuparse por comprender
comportamientos, diseccionar experiencias, sacar conclusiones de estas y actuar
de la mejor manera que consideremos en base a ello, es algo que está al alcance
de todos y que deberíamos imponernos. Es por eso que, ante todo, defiendo un saber en el que 'el fondo' sea importante porque, anteriormente, nos hayamos preocupado un mínimo por 'la forma'. Me parece más interesante porque creo que, a la larga, aprendemos más.
A lo largo de la vida, y más aun si cabe en
la sociedad actual, cualquier tipo de conocimiento es positivo siempre y cuando
el uso que se le dé también lo sea. Nuestra ambición por saber cosas no es
negativa si, la intención con la que vaya a usarse esa información, no tiene
consecuencias dañinas sobre terceros. Eso es algo que escogemos. En cualquier caso,
saber cosas puede hacer que vivamos más fácilmente y resultarnos sumamente útil
en algunos contextos. Pero el saber emocional, puede facilitarnos
increíblemente la vida, personal y socialmente hablando, en cualquiera de
ellos. Así que, más vale que andemos con cuidado a la hora de juzgar a alguien
más por su contenido intelectual que por su sensibilidad al filtrar emociones porque,
mientras el listillo llama tonto al resto, ya está perdiendo la oportunidad de
compartir lo que sabe y de sacar algún provecho de ese momento. Mientras tanto,
los demás, analizan la situación y
preparan su mente para, por ejemplo en este caso, combatir situaciones adversas y a gente, quizás no tonta, pero sí inútil. Es
decir, unos aprenden lecciones y otros dan lecciones de vida. Elijamos,
entonces, conocer a partir de habernos conocido porque, no es más feliz el que
sabe mucho sino el que se siente mejor.
Interesante!
ResponderEliminarPero si el conocimiento, per se, no nos hace más felices, y no se puede tratar como positivo en sí, la certeza con respecto a muchos aspectos de nuestra vida nos garantiza estabilidad, tranquilidad y en definitiva felicidad.
Un abrazo!