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jueves, 26 de septiembre de 2013

Inteligencia emocional

Como diría Punset, el ser humano es extraordinario. En nuestro énfasis por descubrirlo y saberlo todo, muchas cosas se nos escapan a la vez que cada vez menos. En la actualidad, somos capaces, incluso, de descubrir avances que nos ayuden en nuestra propia búsqueda de conocimiento, acentuando esa manera rápida de vivir que tenemos y almacenando, cuanto más mejor, con menor esfuerzo y en menos tiempo. Es el método que nos hemos acostumbrado a seguir como corriente. Queremos y pretendemos saber, averiguar, resolver y alcanzar tanto contenido como nos sea posible, a pesar de que algunos modelos educativos nos lo pongan complicado y de que, día tras día, lo de ayer deba revisarse por quedarse, en cuestión de minutos, anticuado. Parece que, si no sabes cosas, eres un idiota, y quiero romper una lanza a favor de todos esos idiotas de documentación y bases de datos, reivindicando la inteligencia emocional por encima de cualquier otro conocimiento. 

No voy a ser yo quien diga que preocuparse por ampliar nuestro aprendizaje, a cualquier nivel, esté mal. Nada más lejos de la realidad. Sin embargo, sí que considero primordial preocuparse por otro tipo de conocimiento que hay que alimentar, constante y obligatoriamente, para sobrevivir y mantenernos mentalmente sanos; algo básico para mantenernos vivos en vida. La inteligencia emocional, pues, es ese tipo de conocimiento que se centra en asimilar lo de dentro para poder llegar a entender, con ello, lo de fuera. Exactamente, se trata de la capacidad que tiene, una persona, de manejar, entender, seleccionar y trabajar sus emociones y las de los demás con eficiencia y generando resultados positivos. Es decir, la habilidad para gestionar bien las emociones; tanto las nuestras como las de los demás. Creo, entonces, que preocuparse por saber cosas es algo alternativo y, según cómo se mire, discriminatorio dependiendo del acceso que se tenga a ello. Sin embargo, preocuparse por comprender comportamientos, diseccionar experiencias, sacar conclusiones de estas y actuar de la mejor manera que consideremos en base a ello, es algo que está al alcance de todos y que deberíamos imponernos. Es por eso que, ante todo, defiendo un saber en el que 'el fondo' sea importante porque, anteriormente, nos hayamos preocupado un mínimo por 'la forma'. Me parece más interesante porque creo que, a la larga, aprendemos más.

A lo largo de la vida, y más aun si cabe en la sociedad actual, cualquier tipo de conocimiento es positivo siempre y cuando el uso que se le dé también lo sea. Nuestra ambición por saber cosas no es negativa si, la intención con la que vaya a usarse esa información, no tiene consecuencias dañinas sobre terceros. Eso es algo que escogemos. En cualquier caso, saber cosas puede hacer que vivamos más fácilmente y resultarnos sumamente útil en algunos contextos. Pero el saber emocional, puede facilitarnos increíblemente la vida, personal y socialmente hablando, en cualquiera de ellos. Así que, más vale que andemos con cuidado a la hora de juzgar a alguien más por su contenido intelectual que por su sensibilidad al filtrar emociones porque, mientras el listillo llama tonto al resto, ya está perdiendo la oportunidad de compartir lo que sabe y de sacar algún provecho de ese momento. Mientras tanto, los demás, analizan la situación y  preparan su mente para, por ejemplo en este caso, combatir situaciones adversas y a gente, quizás no tonta, pero sí inútil. Es decir, unos aprenden lecciones y otros dan lecciones de vida. Elijamos, entonces, conocer a partir de habernos conocido porque, no es más feliz el que sabe mucho sino el que se siente mejor.

1 comentario:

  1. Interesante!

    Pero si el conocimiento, per se, no nos hace más felices, y no se puede tratar como positivo en sí, la certeza con respecto a muchos aspectos de nuestra vida nos garantiza estabilidad, tranquilidad y en definitiva felicidad.

    Un abrazo!

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