Páginas

Translator

viernes, 11 de enero de 2013

Había una vez una cita



"¿Cómo era? ¿Gustaré? ¿Me gustará? ¿Qué ponerme? ¿Dónde me llevará?" ¡Al carajo tanta inseguridad! Si tienes una cita se debe a que la respuesta a esas preguntas es más fácil de lo que parece unas horas antes del encuentro. Pero… ¡una cosa, una cosa! “¿Te importa que le llame "cita"? ¡Yo lo llamo así!”

El tema es delicado, asusta, y cuando arriesgas, a veces va en ello firmarle el contrato a la soltería a largo plazo. A menudo tratamos de esquivar el poner etiquetas a asuntos sentimentales pero, en la práctica, todos tenemos un punto más retro, y llamar por su nombre a ciertas cosas, para nadie resulta ser necesario pero a veces a todos nos transmite cierta seguridad. Llamémoslo etiquetas, pies de página, acotaciones o paréntesis. Llamémoslo comunicación. No consiste en ponerle un nombre exacto y determinante a nada, ni marcar su absoluta y definitiva permanencia. Consiste en no perder el hilo conductor de algo que, por independientes que seamos y pretendamos seguir siendo, no nos engañemos, no depende únicamente de las sensaciones e intenciones de uno mismo, así que deberíamos tenerlo en cuenta. Y resulta que empezamos confundidos y lo que confuso empieza, turbio acaba. 

¿Cuándo fue tu última cita? Mucha gente me comenta “aquella vez que quedó con X persona” (utilizando palabras ambiguas) y aquel/lla chico/a con el que tuvo algo (por mucho que ese “algo” mereciese ser calificado como algo más). Nos alejamos de la claridad cada vez más y es así como, con frecuencia, cuando alguien nos es claro, paradójicamente lo agradecemos pero huimos. Nos sentimos invadidos o pensamos que nos hemos desacostumbrado a comportarnos de esa manera y nos asustamos. Creemos que no podemos corresponder a esa claridad porque ni siquiera nos habíamos parado a pensar en ello ni esperábamos que fuesen a hacerlo. A menudo preferimos desaparecer del mapa porque el hecho de dedicar un momento a destapar sentimientos nos hace pensar que mostramos debilidad o que estamos dándole demasiada importancia al amor… y  todos venimos dañados. Las nuevas ilusiones deben afrontarse con experiencia y no con escudos, es decir, con prevención pero no a la defensiva. ¿Qué problema hay en querer conocernos un poco... más? ¡Ni que fuese algo infrenable! Estamos perdiendo la buena costumbre de comunicarnos siendo claros, de entrada, por tres razones: actuamos defendiéndonos ya de un daño que aun no nos han hecho, pretendemos tener el poder sobre territorio libre temiendo perder libertad o, aunque nos apetezca, descartamos apostar por algo firme aferrándonos a abarcar con todo aunque sea caminando solo. Así no hay quien toque la patata… ni para mal, ¡ni para bien!

Cuestionándonos si lo aparentemente menos invasivo es lo más fiel a nuestros sentimientos, creo que podríamos perder el miedo a algunas palabras, a algunas propuestas o a la propia sinceridad. El ponerle nombre a todo, entonces, no hay que tomárselo demasiado a pecho (como nada), pero quizás no va tan mal a la hora de hablar con propiedad, entendernos mejor, sincronizar intenciones y sentir seguridad hablándonos claro. Evitar dar pie a confusiones. Al final, el problema más gordo no es si fue una cita, una quedada o un meeting to have dinner, el problema es que, por no hablar claro, quizás ni lleguemos al encuentro. Y si llegamos, nos protegemos con esa coraza antinatural que igualmente nos dejará heridos si así tiene que ser o, lo que es peor, intentamos proteger al contrario entorpeciendo que nos conozca. Es absurdo.

Todo eso que a veces intentamos ocultar, es gran parte de lo que somos y lo que nos hace más humanos. Ni débil, ni tenaz; probablemente todos desearíamos poder actuar de forma natural y hablar claro no es tan arriesgado como sincero. Si queremos conocernos y planeamos, por ejemplo, una cita, intentemos conocernos abiertamente, con respeto y propiedad pero sin tabúes, pudiendo empezar por algo tan tonto como llamar a esto “cita”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario