Si
estamos compuestos de cuerpo y alma y el cuerpo es nuestro escaparate, el alma
debería encargarse, entre muchas otras cosas, de prepararlo para lo que le espera,
de cuidarlo y disfrutar de él. Comemos
más o menos bien, nos mantenemos más o menos en forma, nos lavamos, afeitamos o
arreglamos, pero… ¿Nos observamos y nos tocamos lo suficiente? Y esta vez no hablo (solo) desde la mente perversa.
Si hay
algo que tenemos a mano a la hora de conocernos, eso es nuestro propio cuerpo y
es un descubrimiento constante. Hablo tanto de sus limitaciones, longitudes,
alergias o colores, como de su relieve, sensibilidad, temperatura, gustos o
reacciones. La importancia de, por qué no, ponernos por un rato delante de un
espejo y poder observarlo sin pudor ni indiferencia, o la de tocar cualquier
miembro como quien agarra una mano, toca un dedo o acaricia la palma. Incluso
la de olerlo si se puede o la de probarlo para los menos escrupulosos.
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