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viernes, 18 de enero de 2013

Míralo-tócalo



Si estamos compuestos de cuerpo y alma y el cuerpo es nuestro escaparate, el alma debería encargarse, entre muchas otras cosas, de prepararlo para lo que le espera,  de cuidarlo y disfrutar de él. Comemos más o menos bien, nos mantenemos más o menos en forma, nos lavamos, afeitamos o arreglamos, pero… ¿Nos observamos y nos tocamos lo suficiente? Y esta vez no hablo (solo) desde la mente perversa.

Si hay algo que tenemos a mano a la hora de conocernos, eso es nuestro propio cuerpo y es un descubrimiento constante. Hablo tanto de sus limitaciones, longitudes, alergias o colores, como de su relieve, sensibilidad, temperatura, gustos o reacciones. La importancia de, por qué no, ponernos por un rato delante de un espejo y poder observarlo sin pudor ni indiferencia, o la de tocar cualquier miembro como quien agarra una mano, toca un dedo o acaricia la palma. Incluso la de olerlo si se puede o la de probarlo para los menos escrupulosos.

Observándonos, podemos aprender, por ejemplo, desde a  sacarnos partido y hasta a reírnos de nuestros propios complejos. Tocándonos podemos descubrir nuestras partes más sensibles, prevenir enfermedades o saber cómo y dónde nos gusta que nos toquen los demás. Cosas realmente importantes, sin duda. Porque, entre otros: Dime lo que te gusta y te daré lo que tú buscas.

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