Existen esas amistades que se crearon y escribieron algún
día por casualidad y que nutren dos personas a través de una pantalla o de un
papel. Son amistades escritas que llegan a ser tan importantes como algunas que
se dicen “hola” mientras se saludan con la mano, o que pueden llegar a
conocerse más que algunas que se miran a los ojos.
Este texto va por todas las amistades de letras a través de
pantallas, de cartas o de mensajes secretos que alguna vez he compartido,
escrito o leído. Por las que no han salido al exterior y se quedaron en “Cuando
encuentre un rato te escribo.”, diciendo mucho antes de perderse, y sabiendo
que, aun con la pista perdida, el contenido estaba a salvo. También por las que
un día decidieron ponerle voz a las letras, salieron a conocerse y han escrito
bonitas historias con cinco sentidos. O por las que siguen siendo
amistades de letras bien temporales, asiduas o casuales pero que, por ahora, siguen
siendo. Este texto va por la capacidad de confiar de una persona al compartir
con otra desconocida cuando se expresan sin miedo a ser heridas. Como quien le
habla a su diario en la página en blanco de un día nuevo pero con respuesta,
muchas veces, gratificante.
Hay amistades escritas incomprendidas y amistades escritas
que algún día debieron o deberían darse un abrazo y compartir algo más que
lecturas tomando “un café”. Hay amistades escritas de las que salen grandes
historias. Algunas emocionan, otras decepcionan y otras pueden llegar a enamorar.
Hay algunas por las que incluso llegas a hacer locuras y algunas, quizás, por
las que tendrías que haberlas hecho. Pero al final, lo que importa, es que hay
o ha habido amistades.
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