Es tu
enésimo primer día en algún sitio y ya no estás nerviosa. Estás contenta por
empezar algo nuevo pero, por dentro y hasta que pasan lista por primera vez,
algo reza sin pausa y con prisa porque te toque una buena clase, con buena
gente y en la que te puedas sentir cómoda, sentir tú. Et voilà! “¡No está mal!”
–piensas-. Pasan los días y cada vez lo piensas más, empezando a tener más
motivos que primeras impresiones.
Un día,
antes de lo previsto, ya te sabes los nombres de todos (“¡qué ama!”). Y llegan
las primeras cajetillas de chicles compartidas, algún puñado de apuntes, papeles
volando, donaciones de donetes, fotos agarrando y voces que gritan que te
apuntes. Las chicas ya no van solas al lavabo y se comparten los primeros
gustos, las primeras birras y quedadas en petit comité, decisiones conjuntas,
agobios momentáneos, risas varias y algún
que otro abrazo, ¡ai abrazos! Los primeros “zas” por hacer rabiar, las primeras
sensaciones, algunas innegables proposiciones, congas en el patio ¡o incluso
macro fiesta oficial!
Mucha
gente que por primera vez conoces y que, pasada esa primera toma, todo parece
conocerse desde hace más. Y es que no es tu primera vez en nada de eso, pero
probablemente sí que, como el de tu lado, esperabas con ganas que el primer
contacto con esa novedad fuese más o menos así aunque no estuviese solo en tus
manos. Y cuando lo es y lo ves, te sientes afortunada y la inercia te dice que
te abras y que compartas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario