No son
los grados a los que mis pies se sienten ahora, sino los días que quedan para
que se cumpla o se desmienta la profecía Maya (o la interpretación más polémica
y morbosa de ella): que se acabe el mundo.
No es
la primera vez que se anuncia un fin del mundo ni que muchos creen
que se trata de manipular y asustar o de hacer de nosotros seres impasibles
ante anuncios de catástrofes, pero una vez más no se sabe si será mentira, si
será verdad o incluso si se adelantará.
Hacemos
la cuenta atrás y nos exponemos como corderitos al 21 de diciembre. Yo no creo, y puede que
solo sea una de las mayores campañas de promoción cultural jamás hecha, pero es
un día marcado y la gente lo retiene mejor en su cabeza que el día del
cumpleaños de su pareja. Unos lo toman de forma angustiosa, otros de forma
festiva, a otros quizás les va la vida en ello y otros pasarán más. “¡Qué sea
lo que tenga que ser!”, se rumorea. Nadie se moja y es la única
alternativa sensata. Creer que tenemos más poder del que realmente tenemos es,
una vez más, absurdo y fruto de nuestra imaginación, así que aun más apostar el
todo por el todo a la intuición.
Porque
lo que está claro es que, intuyamos que es un bulo o que se pueda dar, estamos
preparados para aceptar que el mundo puede petar en cualquier momento… que hay
cosas aun que se nos escapan y comportamientos nuestros que lo justificarían. Pero que algún ambicioso siga creyendo que puede llegarse a
dominar el mundo es, ahora más que nunca, de ilusos (y a la vez un alivio.)
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