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martes, 11 de diciembre de 2012

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No son los grados a los que mis pies se sienten ahora, sino los días que quedan para que se cumpla o se desmienta la profecía Maya (o la interpretación más polémica y morbosa de ella): que se acabe el mundo.

No es la primera vez que se anuncia un fin del mundo ni que muchos creen que se trata de manipular y asustar o de hacer de nosotros seres impasibles ante anuncios de catástrofes, pero una vez más no se sabe si será mentira, si será verdad o incluso si se adelantará.

Hacemos la cuenta atrás y nos exponemos como corderitos al 21 de diciembre. Yo no creo, y puede que solo sea una de las mayores campañas de promoción cultural jamás hecha, pero es un día marcado y la gente lo retiene mejor en su cabeza que el día del cumpleaños de su pareja. Unos lo toman de forma angustiosa, otros de forma festiva, a otros quizás les va la vida en ello y otros pasarán más. “¡Qué sea lo que tenga que ser!”, se rumorea. Nadie se moja y es la única alternativa sensata. Creer que tenemos más poder del que realmente tenemos es, una vez más, absurdo y fruto de nuestra imaginación, así que aun más apostar el todo por el todo a la intuición.

Porque lo que está claro es que, intuyamos que es un bulo o que se pueda dar, estamos preparados para aceptar que el mundo puede petar en cualquier momento… que hay cosas aun que se nos escapan y comportamientos nuestros que lo justificarían. Pero que algún ambicioso siga creyendo que puede llegarse a dominar el mundo es, ahora más que nunca, de ilusos (y a la vez un alivio.)

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