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martes, 9 de junio de 2015

Niños

Dicen que donde hay un niño hay alegría y parece que es verdad. ¿Quién no ha oído alguna vez, en boca de algún adulto, eso de “¡Quién pudiese volver a ser un niño!”? Incluso a niños que justo empiezan a saber lo que significa “responsabilidad” o que han ido perdiendo su infancia, demasiado deprisa  a veces. Echamos de menos esa felicidad despreocupada y por inercia, esa protección de lo invasivo y esa invasión de atenciones. Lo que está claro es que los niños suelen llevarse el concepto más surreal de la realidad, pero también hacen que saquemos nuestra mejor cara. Si no lo creéis, fijaos en quién se lleva las muecas sonrientes y graciosas entre las caras largas del metro: los niños y los enamorados. O sea, la gente que enamora, que es la única que tiene la capacidad de mover y remover.

Durante este curso he sido más consciente que nunca de ello. Supongo que una de las mayores suertes que se puede tener es la de trabajar de algo que te gusta y que disfrutas, pero quizás aun lo es más si cada día sales del trabajo con una sonrisa grapada en la cara. Siempre he pensado que esa capacidad la tenían, sobre todo, trabajos que te permitían estar en contacto con otras personas, pero resulta que si trabajas rodeada de niños eso puede multiplicarse. Malditos niños y sus fantásticas razones... No depende tanto de si tienes un buen o mal día, sino de aquello que te aporten y seas capaz de aportar. En ese sentido, me parece alucinante la energía que es capaz de transmitir y de generar un niño y, a la vez, sorprendente la evolución que van haciendo a medida que van creciendo. 

Aun no he sido madre pero, siendo maestra, admito que esos que calificaríamos como “niños del diablo” no nacen, sino que se hacen. Ganando en picardía no siempre se gana en inteligencia, si esa inteligencia implica la pérdida de bondad, confianza o motivación. Recordad pues que, el mayor favor que los niños pueden hacernos al resto es el de transmitirnos toda esa energía pura que tienen y los motivos que hay tras ella. A cambio, el mejor favor que podemos hacerles es invertir en su educación emocional para que, aunque vayan madurando, distingan cuánta vida, no solo han sido capaces de dar, sino están dispuestos a seguir dando.

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