¿Alguna vez os habéis sentido
incómodos por una de esas pilladas que consideráis garrafales? Esos momentos en
los que desearíais que La Tierra os engullese. Seguramente todos hayamos pasado
por alguna experiencia de ese tipo y haya conseguido sacarnos los colores
aunque no fuese algo necesariamente malo. Pero, ¿y cuando no somos conscientes
de esas pilladas y, sin embargo, se dan? ¿Nos hemos planteado cuántas veces el
vecino de enfrente ha podido vernos desnudos o cantando a través de la ventana,
cuántos mocos nos habremos sacado en público o braguitas acomodado en el culo con
la mirada de alguien encima?
Son solo algunos ejemplos tontos de la infinidad de acciones que llevamos a cabo diariamente en supuesta intimidad. Esos que, por pura casualidad, alguna otra persona ha compartido desde un ventanal, un escondite o un punto muerto que obviamos. Y es que el mundo está lleno de cómplices que observan y callan. En cuestión de una semana, he visto un par de buenos pechos tendiendo la ropa (jamás llegué a verle la cara a esa mujer), cuatro chicos meando, una señora en bragafaja y un streaptease de esos que hacemos cuando llegamos a casa para ponernos fresquitos. Son momentos que no se buscan y que, mientras a algunos les descubre cierto morbo, a otros les provoca rubor hasta el punto de sentirse violentos. Sean como sean, más o menos cómodos, lo que sí que parece es que llaman descaradamente nuestra atención y nos convierten en auténticos voyeurs.
Parece que llevamos media vida disfrazando la realidad y subiendo instantes a la red pero que lo que realmente nos atrapa son esas situaciones que “se quitan la máscara” y que no “hacen ver”; algo que en ese tipo de ocasiones encontramos. A fin de cuentas, lo que más nos sigue atrayendo son esos momentos más íntimos, esas pilladas inesperadas o esas circunstancias que nos permiten, más que recibir información, ser cómplices. Nos cautiva lo furtivo, está claro, pero aun más lo real y lo sincero.
Son solo algunos ejemplos tontos de la infinidad de acciones que llevamos a cabo diariamente en supuesta intimidad. Esos que, por pura casualidad, alguna otra persona ha compartido desde un ventanal, un escondite o un punto muerto que obviamos. Y es que el mundo está lleno de cómplices que observan y callan. En cuestión de una semana, he visto un par de buenos pechos tendiendo la ropa (jamás llegué a verle la cara a esa mujer), cuatro chicos meando, una señora en bragafaja y un streaptease de esos que hacemos cuando llegamos a casa para ponernos fresquitos. Son momentos que no se buscan y que, mientras a algunos les descubre cierto morbo, a otros les provoca rubor hasta el punto de sentirse violentos. Sean como sean, más o menos cómodos, lo que sí que parece es que llaman descaradamente nuestra atención y nos convierten en auténticos voyeurs.
Parece que llevamos media vida disfrazando la realidad y subiendo instantes a la red pero que lo que realmente nos atrapa son esas situaciones que “se quitan la máscara” y que no “hacen ver”; algo que en ese tipo de ocasiones encontramos. A fin de cuentas, lo que más nos sigue atrayendo son esos momentos más íntimos, esas pilladas inesperadas o esas circunstancias que nos permiten, más que recibir información, ser cómplices. Nos cautiva lo furtivo, está claro, pero aun más lo real y lo sincero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario