Hay actitudes de
miedo, y nunca mejor dicho. El otro día, en una discoteca, tuve una conversación
corta pero interesante y en contexto. No solía ir mucho de discotecas porque se
habla poco y se caza mucho, pero la pura diversión como finalidad principal
incita a ello de vez en cuando. El caso es que, los chicos discotequeros, ahora también sienten y a veces viven la noche con más sensibilidad que soltura. ¿Por
qué? Por temor a nuestros mordiscos. Me explico.
El misterio ya
no se plantea tanto en si la chica accederá o no a ser besada al final de todo
el ritual de la conquista, sino en cómo puede llegar a responder a lo largo de
esa estrategia. Estamos las majas (modestia aparte) que van a divertirse como finalidad principal y, después, nos encontramos algunas variedades peligrosas. Por un lado está el modelo nº 1: La que accede antes incluso de
recibir algún tipo de alago, la que muerde, literalmente, y se tira a la
yugular a nada que te descuidas. En un principio, esto podría suponer una
facilidad para ellos pero, aunque parezca mentira, a ellos les gusta conquistar
y ganarse el trofeo. El otro modelo, el 2, es quizás cada vez más frecuente: El
de la arisca. Aquella a la que, tras un piropo responde con un borderío o que
rebosa prepotencia tras cada movimiento. Con la cara ligeramente inclinada
hacia arriba y seriedad fulminante, aprieta morritos en pose chulesca y
mantiene la mirada interesantemente interesada.
Me parece horrible que nos regalen los oídos para conseguir "mandanga", pero igual de feo es el juego de psicología inversa por intentar retener con tu
belleza todo eso que dices detestar, mientras maltratas esas mismas alabanzas con tu carácter. Que la conquista sea
como un juego no justifica que todas las formas valgan. Más humor y menos
humitos. Sí, nenas, sois las fieras de la pista, por partida doble, pero una
decepción para las relaciones humanas. En un contexto heterosexual, si acaban
bailando los hombres con los hombres, que no os extrañe.
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