Mujer trabajadora donde las hubiese, movida, de carácter fuerte y de armas tomar. "La mama" decía el otro día que una de tus mayores ambiciones había sido mantener la familia unida y que podías estar orgullosa de haberlo conseguido. Sé que vas a continuar estando siempre muy presente, que te vamos a recordar mucho y que le voy a seguir hablando a tu biznieto de "la abuelita", esa que ahora piensa que se ha convertido en una estrellita pero que en realidad siempre una estrella fue porque, yaya, nadie era más marchosa en una fiestecita como tú... ni a nadie se le arreglaban tan rápidamente los males con un poquito de música como a ti... eso es así. En esas también te vamos a seguir recordando y vamos a brindar por ti.
Cuántos vasos rompiste por el camino pero cuánto ganchillo y costuras hiciste, creando y arreglando algunos otros descosidos y rotos a su vez. No sabes el orgullo que sentía por ti cuando me contabas historias de nuestros antepasados, que el trabajo del campo fue duro pero que estuviste al pie del cañón o que habías aprendido a escribir y a contar sola a base de necesidad por cobrar en la tienda. Me hacían gracia algunas anécdotas como la del niño que te robó el bocadillo, cuando hacías arroz porque a los demás nos gustaba y tú decías que lo detestabas pero comías como la que más o cuando cantabas la canción de "la moreneta" de tu época en Manresa (aunque para mí siempre serás la de "Julio Romero de Torres"). Admiraba tu cultura sobre el telar y esos conocimientos de ir curtiéndote en la vida. Recordaré siempre tu pelo pomposo de peluquería, tus coqueteríos básicos, tus cantos en las misas, tu manera de bailar, tu acentico y hasta tu forma de caminar... Me quedarán ya por siempre algunas dudas sobre temas de los que creo que preferías no hablar, seguramente porque tu generación fuese menos dramática que la mía pero con más tabúes y algo más del qué dirán.
Reconozco que, por mucho que ese lunes dieciséis, en concreto, con las Navidades a la vuelta de la esquina, la noticia me fue inesperada, venía sintiendo cómo te estabas apagando. Me encantó esa manera de describirlo el yayo al llegar y darle el primer abrazo contigo aun presente: "No ha sufrido, se ha apagado". Seguramente era tu momento exacto, en el que marchar llevándote un buen cargamento de recuerdos, tu también, todavía.
Qué días tan raros los de tu despedida, yaya, llenos de emociones encontradas: conmemorando tu vida, asumiendo tu muerte, compaginando tu ida, con responsabilidades de madre y del día a día, en unas semanas delicadas emocionalmente. Entre todo ese revuelo, sin embargo, creo que todos fuimos capaces de encontrar paz al final. Te dimos mimos y amor hasta que se te llevaron. Pude sentir el cambio de tu temperatura, de color y de aspecto, impresionarme pero percibir tu esencia presente hasta el último momento, naturalizando de alguna manera esa fragilidad humana. Comprobé que la gente que nos quiere, nos quiere de verdad porque somos de esas familias de corazón. Leí, yaya, te leí en el funeral algo que había escrito minutos antes, de forma improvisada pero, parece, que muy conscientemente y desde el alma en realidad. Y, por último, qué jotica cantada alrededor de ti tan llena de emoción... qué últimos momentos tan dignos y tan llenos de paz interior que de alguna manera te intentábamos transmitir... qué transcurso de tres días tan sentido pero calmado y de recordar incluso tu ida con cierto cariño.
Podría escribirte muchas cosas más y un sinfín de anécdotas y de momentos, pero acabaré ya diciéndote que, a parte de que tus croquetas seguirán siempre siendo las mejores del mundo, no podría haber tenido una mejor yaya. Gracias una vez más. Te querré siempre mucho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario