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sábado, 3 de agosto de 2024

Veraneos de pueblo, en mi pueblo

No sabe a vacaciones reales si no se viene... si no se vive. Bajas del coche y huele a casa mirando a cualquiera de sus casas. Ese lugar donde en tus veranos has sido tan feliz y de donde llevas tantas historias escritas en tu corazón y tantas personas inscritas en él que inspira raíces, verdad y mucha mucha intensidad. Creo que mi energía aquí vibra en otra frecuencia situada entre la paz, la diversión, la verdadera sensación de tiempo libre y la necesidad de exprimir ese tiempo a la vez... ese que parece que aquí corra más lento, donde realmente se acaba escapando en cuatro días pero que, por su aprovechamiento, queda en el recuerdo como un transcurso de mil años o mil vidas. 

Muchas veces he comparado los veranos aquí como una especie de Gran Hermano en que, lo aquí vivido, aquí se queda, pero en el que las relaciones interpersonales son lo que realmente cuentan. Pueden ser buenas o no tanto: se critica, se ama, se ríe, se bebe, se llora o se baila o se extraña... pero con un extra de pasión añadida y raramente solo/a, de la mano de alguien de tu peña o de cualquier otra generación. Aquí todos somos importantes para la historia que luego recordaremos porque, cuando se sale de esta burbuja vacacional, suelen reinar el cariño y las ganas de volver haya pasado lo que haya pasado. Al menos, así lo he vivido hasta ahora yo.

Aquí, siempre traigo cosas para hacer, libros por leer o faena por planificar... y me voy sin haber hecho nada de ello. Porque, aquí, el cuerpo te pide calle, Ambar, conversaciones, simplemente vernos y juntarnos, sonrisicas y algunos abrazos... y orquestas y charangas también, ¡claro! Lo de siempre con los de siempre aunque todo haya ido cambiando, pero con la intuición de que hay cosas, más místicas que físicas, que nunca van a cambiar. Y a los que vienen nuevos, bienvenidos sean, a las generaciones que crecen y de un verano a otro no reconozco, un: "¿Y tú de quién eres?" y, a los que se van, un brindis o, si siguen vivos, bombardeo de fotos y de amor para que al verano siguiente no falten.

Aquí todo queda reducido a unas pocas calles, secretos a voces, cuatro posibilidades y media a todo, al Pascual o al Zamacén, en la plaza o en el cantón, holas y hasta luegos, te pico o nos vemos directamente allí, querer estirar vermuts y noches y el dobladillo de la panaderia o el bocadillo de jamoncico como broche. Y, al coger de regreso a la ciudad el coche, sabes que te espera la vuelta al trabajo o, si no eso, algo menos humano y más impersonal muchas veces. Vives un pequeño duelo con una incerteza por delante que se hace, en ocasiones, un poco pesada durante el viaje y hasta tu llegada. Y ya está, después llegas a tu destino y todo se normaliza de nuevo, retorno a tus rutinas y el echar de menos el pueblo se relativiza... hasta que vuelves y te preguntas: ¿Por qué he venido tan poco este año? ¿Me escapo un puente de estos allá? Y te prometes recordarte el ir volviendo cuando sea, pero siempre.

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