Supongo que fui de las que empecé el
instituto sin tener claro de qué trataba eso del sexo. En mi casa jamás me
ocultaron nada al respecto, pero simplemente aun no había sentido ni la curiosidad ni
la necesidad de descubrir según qué cosas. Fue un poco más tarde. Pero tampoco
había necesidad de correr, ni tenía ordenador para que me saltase spam en
Internet, ni encontraba en mis dibujos animados y series favoritas connotaciones
eróticas tan evidentes. Bendita inocencia. Pero, con el tiempo, las hormonas fueron
despertando mi curiosidad y justo en el instituto me llevaron de excursión a
aprender a cómo poner condones. Esa es la gran educación sexual que recibí
fuera de casa así que, en una época en la que comentar según qué cosas daba
vergüenza, nos informábamos entre amigos. Mientras nos lo tomábamos a risa ampliando
vocabulario que nos sonaba completamente basto y burdo, creíamos que, contándonos
nuestras batallitas y lo que habíamos escuchado, éramos todos unos sabelotodo.
Fui de las tardías gracias a aquellas
cosas de las que sí me habían hablado y aconsejado en casa: “hazlo cuando te
apetezca y porque así lo sientes”, no tanto a la presión social. Siempre que
quise pude sacar el tema en casa y me sentí libre y cómoda de poder hablarlo en
la calle con cualquiera. Para mí era y es un tema más, algo no menos normal e
importante en la vida como ya sabéis los que me habéis leído o conocido alguna
vez. Lo que pasa es que me encontré con que nuestra generación estaba siendo
educada sexualmente desde una doble vía moral: por un lado la de “no hagas eso,
puta” y por otro la de “libérate mujer y que te quiten lo bailao”. Yo estoy
agradecida al entorno habitual en el que he vivido pero, aun así, no debo de
ser la única que se habrá sentido reprimida en algún sentido ni la única que se
habrá visto juzgada en más de una ocasión. Del mismo modo y por suerte, tampoco
debí de ser la única que supo ver que el problema radicaba en esa contradicción
totalmente inconnexa e incapaz de educar a alguien sexualmente de manera
correcta, al menos no con la seguridad y la confianza que un adolescente
necesita.
Y habiendo llegado sana y salva hasta aquí,
entre el bien y el mal (y, eso sí, dando la gracias por tener una idea de cómo se
ponen condones –ai, perdón, preservativos- al menos en el dedo), te das cuenta
de que, en aquel entonces, no sabías de misa la mitad y que cada uno ha hecho
su descubierta en base a su suerte, a su curiosidad y a lo inculcado. Solo
cuando sobrepasas cierta barrera de prejuicios y crees en tu capacidad de
crítica y autocrítica, se abren nuevos debates: ¿Qué me gusta y me satisface? ¿De
qué maneras dar y recibir puede ser compatible con disfrutar? ¿Me conozco lo
suficiente como para darme a conocer? Y ves que la controversia solo acababa de
empezar… Que la que hay cosas que aun no se ha planteado es una “sosa” (la
Virgen Maria personificada) y, la que dice, pide, pretende experimentar o sigue
cuestionándose cosas es, como mínimo, rara (si no volvemos a caer en lo de puta).
Así, a veces, cuesta llegar a saber lo que queremos y lo que no, algo por lo
que preocuparse.
Unos años
después de descubrir que existía el sexo, la conclusión a la que llego es que,
por un lado, debemos educar en la libertad de poder escoger. Desde luego, hay
mucha gente no preparada para ello y que, sin embargo, pretende opinar e
influir en exceso (presiento que porque quieren hacer extensa su propia frustración
y así sentirse menos desamparados y desafortunados). Por otro lado, debemos
educar con la capacidad de cuestionar, de darle al placer el significado que
merece y evitando establecer tabúes. Por último, quizás es importante que
utilicemos las palabras exactas y existentes que el tema precise,
indiferentemente de la edad o de las tendencias. Si alguien quiere hablar del
tema es porque un mínimo de curiosidad le despierta (y hoy en día son pocos los
secretos). Me refiero a que dar
normalidad a algo, aunque sea algo en que se preserve cierta privacidad como en
este caso, normaliza también su existencia. Eso permite que las personas sean
más capaces de respetar, tolerar, pedir información y lo que quieran sin sentirse
juzgadas o con excesivo pudor. Nos quejamos del postureo social pero anda que
el sexual, para bien y para mal, aun es poco…
No hay comentarios:
Publicar un comentario