Escribo en forma de relato pero hay ocasiones que, por sus sensaciones, indudablemente son poesía.
Hay días en los que nos llama como si lo tuviésemos enfrente. No por nuestro nombre, ni a la puerta, sino a latidos. Hay días en que lo anhelamos como si nos fuese el tiempo en ello, como si pararlo y retenerlo fuese solo una cuestión mental estrepitosa y sin poder preverlo. De repente, un escalofrío peina el cuerpo. De arriba a abajo, porque aun está en camino el "para adentro". Cerramos los ojos sin esfuerzo... "que no miro, que imagino". Eso que tantas veces nos rescata y nos provoca el suspiro. Y nos llega su aliento como si lo tuviéramos enfrente, si es que no lo tenemos. Como si nos rozase delicadamente la frente, bajando suave por la nariz, acariciando las mejillas, las de donde sea pero tiernamente, al principio... con deseo al final de ese principio en el que no parece caber fin.
Ese aliento, cálido y húmedo, como anticipando lo que viene sucediendo y se acerca, se impregna en la cara como lo hace el vaho en el espejo en una de esas duchas interminables de una tarde-noche fría y tenue. Viene lento y casi susurrando el "cómeme" de Alicia o de todas sus maravillas. Va abriendo uno a uno cada poro de la piel. Atontando... Hipnotizando... Y lejos de abrir los ojos, quieren estos dormirse en ese sueño. Se incorpora lentamente el cuerpo, con intención y sin lugar a miedo. Avanza poco a poco la cara como corriendo con prisas pero lento... alargando la tensión que duradero haga ese encuentro... El de esa nariz que choca con otra y hace que estalle el inconsciente sobre el consciente, activando la burbuja que capota ese vuelco. Un encuentro que se pasa de salado y se vuelve tan dulce, sensacional y animal que se nota en el interior de nuestro adentro.
Decidido, el rostro se ladea, inspira y acompaña a ese imán invisible, perceptible y devoto, que continúa poco a poco descendiendo, que provoca insensatamente y a lo loco, que locos se vuelvan todos nuestros pretextos. Y justo en ese instante en el que el magnetismo se recrea, las ganas se relajan y se deja llevar el juego, robando labio a labio, mordiendo beso a beso, recorriendo cada rincón de ese momento saciado, llamado deseo. Se reactiva entonces ese pulso que por instantes parecía haber quedado muerto. Que aparece y desaparece entre tensión saciada e impulso resuelto. Justo ahí, se recrean los instintos capturando el momento. ¿Hay algo más sencillo que sea tan intenso? Y es que, viene y se desenvuelve ese beso que se busca y que se siente nuestro.
Y ahora decidme si eso no es poesía.
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