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jueves, 20 de febrero de 2014

La distancia no se mide en metros

La distancia es relativa. Os voy a contar la historia de cuándo fui realmente consciente de ello. Corría el año 2008 y me dieron una beca para ir a estudiar unas semanas a New York. Fui sin conocer a nadie y me planté en el aeropuerto de Madrid un buen rato antes de que saliese mi vuelo. La historia y el cómo ahora es lo de menos, pero conocí a Pablo, un gallego que iba a ser uno de mis compañeros de viaje durante esos días. Casualidad o no, la primera persona que conocí en ese viaje, fue la persona de la que tan apenas me separé las siguientes 3 semanas. Como suele decirse: “Como culo y caca” o “Como uña y carne”. A veces conectas con la gente y, otras, conectas mucho. Ambos supimos darnos cuenta de ello. ¿Problema? El viaje llegó a su fin antes de que cualquiera de nosotros hubiésemos querido y justo cuando más lazos habíamos estrechado entre todos. Éramos como una pequeña familia de casi-desconocidos que nos conocíamos y congeniábamos ya, incluso más, que con personas con las que tratábamos a diario en nuestras respectivas ciudades de origen. Podéis imaginaros la de lágrimas que eché ese día de despedida, y algunos otros, por poner tierra de por medio con los compañeros de ese viaje que tanto me marcó. Entre ellos, que mi amigo Pablo viviese en Galicia, se me hacía un mundo. Pensé que nunca más iba a verlo y eso me ponía triste. Galicia, por aquel entonces me parecía inalcanzable, lejana y un trayecto caro teniendo en cuenta que vivía en Barcelona. Pero la amistad es la amistad y hay energías humanas realmente poderosas.
No, Pablo no vino a vivir a Barcelona ni se quedó si quiera en Galicia. Como buen culo inquieto, viajero y emprendedor en aquello que anhela, el curso siguiente fue a estudiar a Estados Unidos. En aquel momento, Galicia dejó de ser para mí Finisterre (literal) y me pareció estar a tiro de piedra… cuando parecía que ya era tarde para darse cuenta de ello. En aquel momento USA me pareció mucho más inalcanzable que Galicia en cualquier sentido, claro, sin embargo ya no imposible… la barrera, en mi mente, ya no era tan grande y se me abrían las puertas del mundo por momentos. Así fue como, lo primero que hice cuando Pablo volvió a Galicia fue ir a verlo, con mi misma economía y la misma distancia terrenal de por medio. Me di cuenta de que tampoco estaba tan lejos y, lo más importante de todo: que me merecía la pena. La distancia pues, quizás solo depende de eso, de cuánto nos merezca la pena, por la razón que sea, recorrer esas distancias. Pablo volvió a marcharse, a Alemania esta vez, y allá que fui. El pasado año se desplazó a otra ciudad, a Berlín y, ¿qué acabé haciendo? Cogí la maleta y en verano volví a ese país a verlo. Con una economía mejorable, sin un trabajo estable, pero con muchas ganas de sentirme viva, sabía que lo que iba a aportarme esa escapada iba a compensar eso indudablemente. 

Pues bien, lo que quiero expresaros con esta historia es que, ahora, la distancia para mí tiene una perspectiva muy distinta de la que tenía antes de ella. Ahora entiendo que, cualquier barrera que nos frena a la hora de hacer algo que deseamos, es una realidad distorsionada por un cúmulo de emociones que nos bloquean. Que la distancia por motivos económicos, por ejemplo, a veces debe esperar, pero otras la establecemos nosotros mismos. Nuestras necesidades personales, la conexión con según qué personas, qué problemas, qué valores, qué culturas o qué inquietudes, hacen que unas distancias nos parezcan demasiado largas y, según qué cercanías prefiramos alargarlas. A veces, ni eso, sino que simplemente se trata de prioridades y, con el tiempo, estrechamos distancias o alejamos lo que anteriormente nos era cercano, por motivos X. ¿Qué motivos tenía yo de perseguir a una persona allá donde fuese que estuviese? Pues ese ya es otro tema del que puedo hablar otro día, pero os puedo asegurar que por ningún otro ciudadano berlinés y, ni siquiera por algunos barceloneses, hubiese recorrido la mitad del trayecto. Así que supongo que la conclusión de todo esto es que la distancia se hace corta en función de la motivación personal y se alarga en función de nuestros miedos y límites. A fin de cuentas, aunque con diferentes costumbres, todos rondamos por algún lugar del mismo globo terráqueo.
Y ya puestos a hablar de distancias, podríamos extrapolar el tema al cotidiano mundo de las redes sociales sin abandonar el mismo hilo argumental. Por un lado, el tema de estar o no conectado a alguien a través de una red social que usamos frecuentemente, está sobrevalorado para según qué chorradas pero creo que nos parece una chorrada en según qué aspectos importantes. ¿De cuántas personas sabemos un mínimo de cosas que no sabríamos si no fuese por tenerlas como contactos? Y, ¿a caso si dentro de un tiempo, no podemos estar estrechando distancias con cualquiera de esas personas por H o por B? El campo de "conocidos conectados" se ha ampliado y, como en la vida real, los contactos de las redes sociales están, virtualmente, tan cerca o lejos de nosotros como queramos. Lo poco o mucho que nos podamos conocer a través de ellas, es lo que nos acaba uniendo más u olvidando. 

Por otro lado, os aseguro que Pablo y yo podríamos tener mucha más comunicación. De hecho casi nos hemos escrito más cartas que mensajes a la bandeja de entrada y probablemente hemos compartido más abrazos que “holas” electrónicos. Supongo que todo responde a necesidades personales. Por eso se suele decir que, si realmente se quiere quedar con alguien, el tiempo y la distancia no son el verdadero impedimento, tan solo hay que sentir "la excusa". Sin embargo, el medio de comunicación en el que estemos conectados también influye. Puede ser que con algunas personas estrechemos distancias en las redes sociales y eso nos sea suficiente y que, con otras que lleguemos incluso a detestarlas por esos medios, pudiésemos pasarnos ratos y más ratos a su lado. Es decir, la distancia en estos medios no solo debe valorarse como algo no necesariamente negativo, sino que también debe gestionarse. Antes que echar de más, es preferible que echemos de menos en su justa medida y, antes de comunicarnos porque sí, es preferible percibir el sentido. Al final, la distancia más jodida es la que existe cuando estamos emocionalmente lejos de alguien a quien deseamos tener cerca. De ahí que la distancia, realmente, no se mida tanto en metros como en sentimiento ni sea tan física como emocional.

6 comentarios:

  1. Amo tus post y amo éste. Desde aquel viaje, un poco después, yo te espero en México, por el momento...

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. Bea, que ilusión que comentes en este porque que conste que tú también eres súper importante para mí tras aquel viaje, lo sabes! Pero en este caso, la economía sí que es una barrera, al menos temporal... Love you!

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