Copié la idea de Lara
cuando un día cambió las tostadas integrales por la fruta. Yo ya iba cada día
con mis mandarinas, esas que coges de la nevera deprisa cuando hace cinco
minutos que deberías haber salido de casa pero, a partir de ese día, cambié de
idea. Y es que no hay nada como un buen chute de potasio a media mañana, claro
que sí, cómo mínimo te deja saciada.
La ventaja de poder
comer sin moverte de la silla es que, si te comes un plátano con la mano
izquierda, puedes estar escribiendo esto o buscando en Internet las propiedades
del plátano, con la derecha, y todo eso estando calentita. Parezca mentira o
no, el inconveniente, por así decirlo, es el poder de expectación que provoca
esta fruta. Y es que parece que no hay forma poco provocadora de comerse un
plátano y, aunque lo he intentado, incluso yo misma me siento sensual.
Entonces descubres que
puedes clasificar a tus compañeros en dos grupos según la expresión de sus
caras al ver a alguien comiendo, inocentemente, un plátano: los perversos y los
prejuzgadores. Los primeros lanzan risitas o abren mucho los ojos durante un segundo cuando te descubren, en tu rincón, plátano en mano cuando se dirigen
al lavabo. Los segundos son aburridos e intentan esquivar la escena manteniendo
su mirada hacia el suelo como si este fuese igual de interesante (por mucho que
sea de color verde, como verde es lo que pasa por sus cabezas probablemente).
Miran levemente de reojo, como quien no quiere la cosa, y aceleran el paso como
si tuviesen más ganas que nunca de regresar a su silla y cambiar formas
alargadas por formatos Excel. Luego hay casos a parte como el de M., quien
parece que esté esperando toda la mañana ese momento en el que decides
desenfundar la peladura y desayunar, para observar la comilona desde el punto
estratégico entre la fotocopiadora y la columna.
Desde que se pela hasta
que el último bocado se acaba, siempre habrá alguna mente malpensada. Pero
supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que, más vale el malpensar
compartido como guiño que el sentirse observado por la rendija de la puerta del
lavabo. De extremo a extremo, el plátano está bueno, pero lo que es mejor aun
es la reacción que parece que causa el único fruto del amor, que es la banana y
en su defecto el plátano. Bien de malpensar, sí señor.
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