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jueves, 14 de febrero de 2013

Comerse un plátano en la oficina


Copié la idea de Lara cuando un día cambió las tostadas integrales por la fruta. Yo ya iba cada día con mis mandarinas, esas que coges de la nevera deprisa cuando hace cinco minutos que deberías haber salido de casa pero, a partir de ese día, cambié de idea. Y es que no hay nada como un buen chute de potasio a media mañana, claro que sí, cómo mínimo te deja saciada.

La ventaja de poder comer sin moverte de la silla es que, si te comes un plátano con la mano izquierda, puedes estar escribiendo esto o buscando en Internet las propiedades del plátano, con la derecha, y todo eso estando calentita. Parezca mentira o no, el inconveniente, por así decirlo, es el poder de expectación que provoca esta fruta. Y es que parece que no hay forma poco provocadora de comerse un plátano y, aunque lo he intentado, incluso yo misma me siento sensual.

Entonces descubres que puedes clasificar a tus compañeros en dos grupos según la expresión de sus caras al ver a alguien comiendo, inocentemente, un plátano: los perversos y los prejuzgadores. Los primeros lanzan risitas o abren mucho los ojos durante un segundo cuando te descubren, en tu rincón, plátano en mano cuando se dirigen al lavabo. Los segundos son aburridos e intentan esquivar la escena manteniendo su mirada hacia el suelo como si este fuese igual de interesante (por mucho que sea de color verde, como verde es lo que pasa por sus cabezas probablemente). Miran levemente de reojo, como quien no quiere la cosa, y aceleran el paso como si tuviesen más ganas que nunca de regresar a su silla y cambiar formas alargadas por formatos Excel. Luego hay casos a parte como el de M., quien parece que esté esperando toda la mañana ese momento en el que decides desenfundar la peladura y desayunar, para observar la comilona desde el punto estratégico entre la fotocopiadora y la columna.

Desde que se pela hasta que el último bocado se acaba, siempre habrá alguna mente malpensada. Pero supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que, más vale el malpensar compartido como guiño que el sentirse observado por la rendija de la puerta del lavabo. De extremo a extremo, el plátano está bueno, pero lo que es mejor aun es la reacción que parece que causa el único fruto del amor, que es la banana y en su defecto el plátano. Bien de malpensar, sí señor.

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