Hoy me gustaría saber… ¿Qué hacéis vosotros para sentiros mejor en un momento de agobio agotador? ¿Tenéis algún truco? ¿Alguna vía de escape que os alivie a través de la cual encontréis la calma? Os amparáis en otras personas, os escondéis bajo las sábanas unas cuantas horas, buscáis una escapada furtiva fugaz, rezáis a todos los santos, meditáis, lloráis hasta que sale el diablo por las lágrimas, coméis tabletas de chocolate hasta tener una razón más grande por la que sentirse mal, escribís en un blog, rompéis el reloj? Sé que eso de confiarle nuestro destino al destino puede sonar raro, e ingenuo. Eso del destino puede parecer algo absurdo, algo cobarde… una especie de excusa perfecta para eximir responsabilidades. Pero, una vez toda la carne ha estado y está en el asador, churrascada y preparada para que alguien le hinque el diente o para que se desintegre en mil pedazos, ¿no acabáis por desearle toda la suerte del mundo al destino más allá de vuestras prácticas habituales?
Como si algo externo a nosotros tuviese mayor influencia que nuestros propios actos. Y es que posiblemente no estamos preparados ni para creernos tan afortunados ni tan cenizos cuando algo inesperado nos ocurre y, por supuesto, nos parece la mar de sensato atribuirle la gracia o la culpa a algo ajeno. Lo hayamos hecho bien, mal o fatal, ponemos nuestra esperanza en el destino como si realmente “él” tuviese una justa decisión esperándonos o el poder último de salvarnos. Y es que el destino puede no ser más que una utopía que, paradójicamente, sentimos que ha llegado cuando se da algún tipo de consecuencia a nuestros actos. Y, aun intentando creer que podemos saber qué va a ocurrir tras cada uno de nuestros pasos, cuando algo distinto nos sorprende exclamamos: ¡Cosas del destino!, y nos quedamos más anchos que largos.
Pero es que, ¿veis? Es exactamente eso lo que andamos buscando a menudo, ¿no? Quedarnos más anchos que largos ante algo, especialmente ante un motivo de agobio que intenta boicotear nuestro buen momento. Eso del destino nos permite poder atribuirle un sentido más o menos convincente a algo aparentemente incomprensible y, como si ninguna otra cosa hubiese podido suceder, nos hace asumir, sentirnos más calmados. Por eso, lo de estar agobiado y dejar de darle mil vueltas a un mismo tema, decidiendo que sea el destino el que así lo ha querido, no me parece un plan tan malo si eso nos hace sentir más relajados. Al fin y al cabo, aunque seamos nosotros mismos quienes lo provoquemos, vamos a hacerlo sin esa presión añadida que a veces nos impide creer tanto en nosotros. Podemos llamarle fe, podemos llamarle destino, podemos llamarle energía o Dios del vino, pero no deja de darnos una oportunidad para practicar en eso de gestionar los infortunios y aprender a agradecer la fortuna, aunque sea algo abstracto, que a veces nos cuesta menos.
El destino simplemente es el nombre que le damos al futuro cuando se convierte en presente. Las cosas pasan como tienen que pasar, y yo estoy aquí procrastinando contigo, cuando supongo que ambas deberíamos estar haciendo un trabajo que ninguna terminará hasta el último momento, hahaha. Mucha suerte para todos :(
ResponderEliminarJajaja en ello estaba y en ello estaré mañana por la mañana de nuevo... Que el destino nos reparta suerte señorita!
Eliminar