No hay
vida sin muerte, no hay muerte sin vida... palabras antagónicas y una fina
línea que las distingue, cuestión de un instante. ¿Hasta dónde es vida? O, ¿es
seguro que no hay vida con la muerte? Todo un misterio que nos abruma a veces
hasta llegar a temerlo, y es que lo que se nos escapa de las manos, aquello a
lo que no encontramos una explicación exacta y convincente o aquello que se nos
muestra limitado, nos ahoga. Los humanos somos reticentes ante lo incontable,
pero aun más ante lo abstracto. Pretendemos controlarlo todo y a veces perdemos
el control de lo más importante, nuestra existencia (al menos de la que somos
conscientes).
Asumimos
la vida como algo meramente positivo, igual que no llamamos “regalo” a lo
dañino. Pensamos de la vida que debería ser feliz en ella misma y cuando se nos
presenta alguna adversidad en forma de problema, enfermedad o derrota nos
preguntamos “¿Por qué a mí?”, como si cualquier detalle negativo llegase de un
mundo ajeno al nuestro con la única pretensión de jodernos la extraordinaria
vida. Y así es, nos jode y el paraíso, en un abrir y
cerrar de ojos, se convierte tan solo en un nombre que nosotros dimos a la perfección que, aun a
sabiendas de que no existía o que era absolutamente relativa, nos pasamos nuestra
existencia buscando. La felicidad en sociedad está en lo imperfecto y no es una
adquisición perpetua sino un momento concreto o una sucesión de estos. Quizás,
como suele decirse, tampoco habría momento feliz sin otro infeliz que nos
ayudase a diferenciarlos, a percibirlos y de nuevo ir a buscarlos. Igual que no
hay vida sin muerte por final y no estaremos tranquilos mientras sigamos
avanzando hacia ella sin asumirla sin más.
Sin
llegar a ser totalmente conformistas, hay que asumir lo bueno y malo como
pasajes de la vida. Hay que saber ganar y también perder, y algún día
perderemos la batalla todos pero ahora toca ir ganando.
No hay comentarios:
Publicar un comentario