Páginas

Translator

martes, 31 de diciembre de 2024

Lo del balance del año y algunos deseos

Un año más pasa y otro llega. Este año no ha sido ni bueno, ni malo... no ha sido nada, sino que hemos sido en él... hemos hecho nuestro año con lo venido y con lo decidido. El otro día hablaba con mis amigas acerca de lo de hacer un balance final... y no veo dónde empieza y acaba ese final. Podría decir que este año ha sido una mierdx y no os mentiría, pero también podría decir que ha sido estupendo y tampoco estaría mintiendo. El balance final creo que, muchas veces, depende de hacia dónde decidimos inclinar más la balanza, seguramente incluso como arma de autoprotección. Me explico. 

Repasando fines de año anteriores me he fijado en que, hace un par de años, mi balance final fue que el año había tenido sus sombras pero que todo lo malo saca muchas cosas buenas y bla bla. Estaba fastidiada emocionalmente hablando y, sin embargo, mi balance final era un mensaje de fuerza. Necesitaba autoanimarme, autoconvencerme, no ser objetiva, creer en el cambio, en la resiliencia o en los milagros. Y mi balance era un "bueno, pero..." como una catedral. Me convenía hacerlo así y luego leerme e impulsarme y autoconvencerme. Yo, este año, tengo emociones encontradas que contrastan mucho. Vuelvo a sentirme yo, he disfrutado muchísimo de la maternidad con mi pequeño cuando la situación me lo ha permitido, de mi trabajo buscando cambios, de mis amigos volviendo a ellos y volviéndome a dejar querer. He vuelto a darle a mi familia el lugar que merecía en mí y ellos me han aportado con creces lo que necesitaba y lo que me quieren. Me lo he pasado bien, muy bien, y he tenido el placer de compartir días o vidas de personas muy bonitas. Eso entre muchas cosas que podría explicar y solo un tema espina que me ha llevado a momentos muy malos, sin duda de los más duros de mi vida hasta ahora. No voy a comentar más sobre este tema por aquí, solo a exponer su existencia y lo duro de tener que vivirlo y lo expongo para seguir explicando el tema del balance.

Este año, entonces, mi cabeza y mi corazón me piden que haga un balance bastante imparcial, equilibrado entre el bien y el mal. A veces, muchos momentos bonitos se ven eclipsados por uno malo y pesado. Y si no lo vale así en peso, nuestra mente nos lleva a hacerlo. A fin de cuentas somos humanos... las vivencias y los momentos alegres nos generan una emoción efímera y más o menos constante porque constantemente podemos encontrar belleza y alegría si entrenamos nuestra mente para ello. Sin embargo, lo triste y destructivo deja más poso... normalmente no lo escogemos, nos viene dado y encima nos lleva a tener que dedicarle un tiempo duro para gestionarlo. Lo triste y duro nos hace aprender (a veces cuando tocamos fondo) a cómo volver a valorar lo bueno y a cómo reinventar nuestro bienestar. Así que, con todo esto, vengo a decir que, como persona que me considero positiva, con confianza pero también confiada, este año siento que necesito hacer un balance bastante neutro dándole un peso mayor del que querría a lo malo. Sin querer devaluar todo lo bueno que he experimentado, necesito no restar importancia a eso malo, ni olvidarlo aunque queme para, teniéndolo presente, crecer y fortalecerme aun más. Es a eso a lo que me refería con que a veces las personas hacemos un balance escogido de una situación, o de un año entero, como síntoma de autoprotección, otorgándole un mayor peso de lo que seguramente merecería nuestra vida a uno de los lados, como ayuda para salir reforzados del año.

Del año que viene no espero nada porque, cuando mucho esperé, mucho tiempo perdí esperando. Por el año que viene siento ilusión de que la vida me sorprenda...es decir, de que mis decisiones, mis pasos y mis hazañas, junto a lo que me venga de fuera, generen paz en mi conciencia y satisfacción en el alma, atendiendo pero también atendiéndome. Al año que viene le pido mucho, sí, porque por pedir que no quede y porque merezco mucho bueno, igual que las personas a las que quiero. Que si el universo confabula, que lo haga favorable a mí y a los míos que, de aprovechar lo bueno, sabemos bastante. Que si algo tiene que afectarme, haya aprendido a que sea lo justo y necesario, lo que merezca llamar la atención, relativizando y destacando lo realmente importante sobre lo realmente impertinente. Deseo un "Hakuna Matata" grabado a fuego en el corazón de muchas personas y menos rabia añadida a este mundo crispado y cruel con demasiados. Qué importantes los detalles tontos y los pequeños placeres de la vida a la hora de salvarnos un poco, no sé si el año entero, pero sí día a día.

lunes, 23 de diciembre de 2024

Yaya, en mí serás eterna

Yaya, gracias por tanto y por estar siempre tan presente en mi vida. Hoy te daría las gracias hasta por las veces que me habías tirado la alpargata desde el otro lado de la mesa o por las que me habías dado con los anillos al responder pero, qué suerte a la vez saber que tampoco haría ya falta porque pude decírtelo todo en vida. Son tantos los momentos compartidos y tanto lo que el yayo y tú habéis hecho por "la mama", por K., por G., por mí y, en realidad, por todos a quienes habéis podido ayudar o dar cariño a vuestra manera, que cuesta despedirse de ti sin pena por mucho que sea ley de vida. Habéis sido unos abuelos muy cercanos, muy implicados, muy entregados e inevitablemente queridos con devoción. Me consuela saber que nos hemos querido y disfrutado mucho y que nos lo hemos podido demostrar... y eso, en parte, es mérito de lo que un día tú y los tuyos empezásteis a plantar. Eso ya no nos lo quita nadie. 

Mujer trabajadora donde las hubiese, movida, de carácter fuerte y de armas tomar. "La mama" decía el otro día que una de tus mayores ambiciones había sido mantener la familia unida y que podías estar orgullosa de haberlo conseguido. Sé que vas a continuar estando siempre muy presente, que te vamos a recordar mucho y que le voy a seguir hablando a tu biznieto de "la abuelita", esa que ahora piensa que se ha convertido en una estrellita pero que en realidad siempre una estrella fue porque, yaya, nadie era más marchosa en una fiestecita como tú... ni a nadie se le arreglaban tan rápidamente los males con un poquito de música como a ti... eso es así. En esas también te vamos a seguir recordando y vamos a brindar por ti.

Cuántos vasos rompiste por el camino pero cuánto ganchillo y costuras hiciste, creando y arreglando algunos otros descosidos y rotos a su vez. No sabes el orgullo que sentía por ti cuando me contabas historias de nuestros antepasados, que el trabajo del campo fue duro pero que estuviste al pie del cañón o que habías aprendido a escribir y a contar sola a base de necesidad por cobrar en la tienda. Me hacían gracia algunas anécdotas como la del niño que te robó el bocadillo, cuando hacías arroz porque a los demás nos gustaba y tú decías que lo detestabas pero comías como la que más o cuando cantabas la canción de "la moreneta" de tu época en Manresa (aunque para mí siempre serás la de "Julio Romero de Torres"). Admiraba tu cultura sobre el telar y esos conocimientos de ir curtiéndote en la vida. Recordaré siempre tu pelo pomposo de peluquería, tus coqueteríos básicos, tus cantos en las misas, tu manera de bailar, tu acentico y hasta tu forma de caminar... Me quedarán ya por siempre algunas dudas sobre temas de los que creo que preferías no hablar, seguramente porque tu generación fuese menos dramática que la mía pero con más tabúes y algo más del qué dirán.

Reconozco que, por mucho que ese lunes dieciséis, en concreto, con las Navidades a la vuelta de la esquina, la noticia me fue inesperada, venía sintiendo cómo te estabas apagando. Me encantó esa manera de describirlo el yayo al llegar y darle el primer abrazo contigo aun presente: "No ha sufrido, se ha apagado". Seguramente era tu momento exacto, en el que marchar llevándote un buen cargamento de recuerdos, tu también, todavía.

Qué días tan raros los de tu despedida, yaya, llenos de emociones encontradas: conmemorando tu vida, asumiendo tu muerte, compaginando tu ida, con responsabilidades de madre y del día a día, en unas semanas delicadas emocionalmente. Entre todo ese revuelo, sin embargo, creo que todos fuimos capaces de encontrar paz al final. Te dimos mimos y amor hasta que se te llevaron. Pude sentir el cambio de tu temperatura, de color y de aspecto, impresionarme pero percibir tu esencia presente hasta el último momento, naturalizando de alguna manera esa fragilidad humana. Comprobé que la gente que nos quiere, nos quiere de verdad porque somos de esas familias de corazón. Leí, yaya, te leí en el funeral algo que había escrito minutos antes, de forma improvisada pero, parece, que muy conscientemente y desde el alma en realidad. Y, por último, qué jotica cantada alrededor de ti tan llena de emoción... qué últimos momentos tan dignos y tan llenos de paz interior que de alguna manera te intentábamos transmitir... qué transcurso de tres días tan sentido pero calmado y de recordar incluso tu ida con cierto cariño.

Podría escribirte muchas cosas más y un sinfín de anécdotas y de momentos, pero acabaré ya diciéndote que, a parte de que tus croquetas seguirán siempre siendo las mejores del mundo, no podría haber tenido una mejor yaya. Gracias una vez más. Te querré siempre mucho.