En los tiempos que
corren lo queremos todo (bueno, bonito y barato). No sé si es una cuestión
generacional, de sociedades que han crecido con algunas comodidades, de
egoísmo, de ritmo de vida o de todo a la vez, pero lo queremos todo y en el
menor tiempo posible. En el rango entran, desde cosas materiales, hasta estados
de ánimo que dependen, en definitiva, de nuestro propio comportamiento. Y
bueno, a menudo nos ceñimos a pensar que algo incierto y abstracto (llámale
Dios porque hasta el más ateo alguna vez le ha pedido algo) va a venir de la
nada y nos lo va a conceder. Y, si no, pues “me cago en la puta” y ya está. Ese
ser divino debe de estar partiéndose el culo y montándose fiestas bizarras
junto a los Reyes Magos y el Genio de Aladín entre listas interminables de
caprichos de los nuestros.
Que si “mucho dinero y
fácil por favor, viajes, belleza y alabanzas, churris, churros y vicios…” y la
tan ansiada felicidad como estado de Nirvana permanente y objetivo final. Como
si nos fuese otorgado sin tener que provocarlo. Algo así como que quien lo alcanza
ya no lo pierde y, quien no lo tiene, “míralo, pobre desgraciado”. Nos cuesta
aceptar momentos de flaqueza porque parece que aquí solo sobrevive “El rey del
mambo”. Postureo, ¿os suena? Los psicólogos están llenos de tarados que quieren
o creen abarcarlo todo y no acaban saboreando nada. Actualmente, las
posibilidades de conquista de lo que sea son muy amplias y, abasteciéndonos únicamente
de efímeras satisfacciones, probablemente no acabamos teniendo casi nada
realmente bueno. Y no hablo de suprimir las primeras, sino de pensar también en
lo segundo, tan o más importante.
Creo que nos agobia el
sacrificio y que no nos concedemos vivir etapas transitorias de conquista. Pero,
a la vez, cuando conseguimos algo bueno que nos viene como de la nada, le
restamos importancia porque no ha requerido esfuerzo. Nos gusta tener suerte,
pero parece no sernos suficiente como para alimentar nuestro ego de ganadores. Sea
como sea, a veces creo que no hemos aprendido a cuidar tanto lo bueno como lo
caprichoso. Algunas ocasiones, conseguimos algo y ya estamos pensando en lo
siguiente, sin conservar su relevancia o intentar añadirle valor. Tendemos a
girar la vista y “a otra cosa mariposa”. Quizás deberíamos recordar más a
menudo que, para que un logro sepa
realmente bien, fuera de que sea fortuito o trabajado, hacen falta 3 cosas: 1-
Saber verlo como un tesoro, 2- Saber merecerlo, 3- Saber seguir ganándolo. Creo
que, tras la primera, las dos siguientes van rodadas y hoy quería recordarlo.
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