Llegué a la conclusión de que mi estrategia derivaba de la necesidad propia de hacer llegar a mi hijo que aquella acción suya no llegaba de forma positiva a mí, sino que causaba emociones contrarias. Pero, sinceramente, el hecho en sí mismo, muchas veces no tiene tanta carga real como para impactar de la manera en que lo exponemos, sin embargo, le añadimos peso para generar esa atención necesaria en el otro, para reconsiderar lo dicho o hecho que solo una alerta tiene la capacidad de provocar. Así que, lo que a veces comunicamos, no se ajusta exactamente al kit de la cuestión y, quizás por eso, no permitimos que empaticen realmente con nuestra inquietud. La clave está en comunicar a partir del contexto, concretamente en el contexto interior... y eso supone hablar desde las necesidades que uno tiene ante una situación, más que entrar en el bucle de lo que nos ha generado conflicto o de las formas de gestión ajenas.
Por ejemplo, el otro día estaba en el vestuario de la piscina con mi hijo y este estaba alzando la voz contento e ilusionado por estar con un amigo suyo. Cada vez que yo le escuchaba alzar la voz pensaba que el niño no estaba excediéndose, sinó que escuchaba un niño alegre alegrando el rato a los demás. Alguna persona sonreía, otra comentaba... Sin embargo, una mujer que andaba por allí empezó a resoplar y a expresar descontento ante ello. ¿Por qué una misma situación puede causar efectos tan contrarios? Aquella señora hubiese reñido a mi hijo si por ella hubiese sido y, si le hubiese dicho que no estaba respetando a los demás o que estaba molestando no hubiese sido del todo justa, ya que a la mayoría no nos estaba generando eso mismo. Así, si más allá del hecho analizásemos el contexto interior de cada una, seguramente nos daríamos cuenta de que la diferencia, la base del conflicto, estaría en las necesidades de cada una en ese momento ante esa misma situación, más allá de la conducta del niño en sí. Seguramente mi necesidad en aquel momento era la de sentir alegría por mi hijo al cual había visto algo triste anteriormente y al cual necesitaba volver a percibir disfrutando. Seguramente la necesidad de la mujer era la de descansar la mente y estar en calma tras una jornada laboral intensa o una temporada amarga. Así que, en el supuesto de que la mujer se hubiese dirigido a mi hijo creo que hubiese sido mucho más efectivo trasladar la molestia, no solo desde la queja, sino desde la demanda por necesidad, para dar la oportunidad a la otra persona de empatizar y poder cambiar la conducta desde la no-culpa, sino desde la posibilidad de cambiar esa situación con unos argumentos con los que hubiésemos podido conectar. Pero nos cuesta hacer eso... y más con desconocidos, porque aun nos resulta extraño recibir explicaciones sobre necesidades de personas a las que no conocemos pero con las que, por contra, sí compartimos espacios y momentos.
Personalmente, esto de lo que hablo lo había llevado a cabo muchas veces en el mundo adulto pero, en el mundo infantil, creo que muchas veces se escogen vías rápidas y fáciles de comunicación para hacerse entender o respetar más deprisa que profundamente, más desviando la atención que atendiendo las necesidades que hay detrás de un conflicto en sí. Pero los niños también sienten y necesitan comprender lo que sienten para aprender a autorregularse poco a poco. Qué mejor que hacerlo desde el modelaje ya que, lo que hoy parece que no entienden, mañana ya lo han integrado en sus dinámicas.
Creo entonces que, ante una situación incómoda o desagradable para nosotros, podría ser más adecuado ajustar lo que expresamos acerca de las emociones que esta nos provoca, partiendo de las necesidades del contexto interior de cada uno ante esa situación. Atribuirle a alguien la responsabilidad de estar haciéndote sentir mal sin analizar nuestro estado en el momento en que lo recibimos, puede no ser del todo justo. Entre adultos solemos darnos cuenta de ello aunque no todo el mundo lo apliques. Pero, ¿qué tal ser más concretos también con los niños? Creo que funciona a modo de educación constructiva, basada más en la reflexión y la argumentación que en la culpa y el reproche por sistema. Así, los adultos deberíamos tener el compromiso con nosotros mismos de saber identificar nuestras necesidades (sean estas momentáneas o generales) para poder trasladar queja, disconformidad o disgusto con la responsabilidad de hacer introspección de nuestro estado en ese momento de conflicto: de si nos está afectando más o menos porque realmente hay una conducta inadmisible por corregir o de si hay algo interno nuestro que añada drama o intensidad a la situación.
A modo de ejemplo: "Yo no estoy triste porque tú hayas rallado la pared con colores (algo que puede ser atractivo para un/a niño/a), sino que estoy triste porque mi necesidad es la de orden y limpieza del hogar y esa acción no va acorde a ello, generándome malestar. ¿Quizás podemos estar de acuerdo con que la casa está mejor ordenada y limpia, que esa no ha sido la mejor de las ideas y con que podemos buscar otra alternativa donde colorear?". Y, en el contexto adulto igual: "¿Me pone triste que pases de mi y no contestes a mis mensajes?"- por ejemplo.- "Quizás lo que me pone triste es no poder subsanar mi necesidad de recibir cariño por tu parte porque eres alguien especial para mí y encima estoy falto de cariño en general. Pero tú no generas mi malestar porque hayas querido dañarme directamente o porque sí, sino porque tu contexto interior era distinto al mío. Lo más probable es que tus necesidades de desconnexión, por ejemplo, hayan generado en mí enfado, decepción o intranquilidad, porque justamente lo que yo necesitaba era lo contrario: atención y cariño por tu parte."
Tanto en el mundo infantil como en el adulto, creo que las situaciones más comunes en un desencuentro pueden venir causadas por frustraciones, miedos o inseguridades, carencia de liderazgo o de atención, celos, envidias... Así que creo que, utilizando un vocabulario adecuado para cada edad, podemos llegar a entendernos. Si a la hora de comunicarnos pudiésemos ser sinceros y reconocer el foco de la cuestión de nuestro malestar en la necesidad de fondo que ha quedado sin cubrir con la acción del/de la otro/a, creo que podríamos evitar hablar desde el victimismo y la culpabilidad, pasando a fomentar empatía y colaboración en el bienestar mútuo.
No digo que sea fácil, y mucho menos que lo sea la comprensión de ello para un/a niño/a. Soy la primera a quien repiten constantemente que hablo demasiado con mi hijo, que le doy demasiadas explicaciones ante un conflicto, así que puede que me salga fatal. Tengo poca idea de niños en etapas tempranas y voy improvisando por instinto y desde el amor. Pero sí trato diariamente con niños/as algo más mayores y veo diferencias entre los que traen un trabajo hecho en gestión de conflictos y los que no. Por eso, hoy por hoy pienso que puede ser una vía para enriquecer la educación emocional a largo plazo.