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sábado, 26 de abril de 2025

Cosas brutales de mi día a día siendo maestra

Hoy estaba haciendo clase y ha venido un niño de otro curso al cual no doy clase y quien me conocía más que nada de los saludos por los pasillos, por alguna hora del patio, alguna celebración de escuela y por la vibra. He pensado que venía a que le dejase algo para su clase pero de repente ha dicho:

- "Araitz, perdona que interrumpa, pero estaba muy agobiado ahora mismo en mi clase y necesitaba un abrazo tuyo, así que he venido por eso."

¡Pues ya podéis imaginaros mi respuesta! Me ha parecido brutal.

Sin pretensión de ponerme medallas, como esta podría contar muchos otros momentos y alguna que otra anécdota sobre abrazos realmente significativos, conversaciones profundas y mejoras asombrosas de alumnos/as a lo largo de este curso y de estos años como maestra. 

Y es que, la parte de trabajo emocional es la que más disfruto siendo maestra. La más dura, a veces, pero la más gratificante, siempre. Creo que es de lo que más cala en el alumnado y, seguramente, lo más valioso que se llevan en muchos casos de su escolarización. Para mí, son los cimientos esenciales de todo ya que, una base o gestión emocional sana, o más buena que mala, favorece cualquier otro tipo de gestión o de aprendizaje en la escuela y en la vida. 

Por eso, y ahora ya mezclando mi trabajo de maestra con mi rol de madre, os diría que habléis mucho y de todo lo que surja con vuestros hijos/as, que los abracéis mucho y que les hagáis mucho refuerzo positivo. Ya hay muchos factores negativos en el día a día de todos/as nosotros/as que nos pueden llevar a la desconfianza en las propias capacidades, a la frustración, a la desilusión, a la inexpresión... También pasa en el día a día de los/as niños/as. Es necesario e imprescindible hacerles sentir capaces, queridos, comprendidos o buenos, y darles herramientas y estrategias útiles de gestión emocional, para que se lancen a ser también más curiosos, tolerantes, colaboradores o resolutivos, por ejemplo.

La edad no importa. Cada edad tiene sus características en base a cada niño/a y su forma de expresar, de percibir y de llegar a comprender. Pero, bajo mi experiencia, considero que no hay edad para tratar unos u otros temas, sino que el momento es ese en el que cada niño/a siente inquietud, curiosidad, dudas o ilusión por algo. Es responsabilidad y tarea del/de la adulto/a el pensar en cómo abordarlo o qué vocabulario utilizar pero, si el/la niño/a exterioriza un tema es porque dentro de él/ella ya hay cierto conocimiento o, al revés, desinformación, sobre ello. Por eso mismo, creo que es importante darle su espacio adaptado a su momento evolutivo porque, echando la vista hacia otro lado, esperando el momento en el que nosotros/as lo/as adultos/as consideremos adequado o el momento el que nos sintamos más a gusto o menos incómodos/as para abordarlo, lo que hacemos es infravalorar o desproteger.

Por lo demás, hoy por hoy espero que no nos prohíban nunca abrazar en las escuelas porque, siempre y cuando se haga desde la voluntad del/de la niño/a, el cariño, el consuelo, el reconfortar, la voluntad de ayudar y, sobre todo, el respeto, creo que se está llevando a cabo una gran tarea sobre empatía y canalización y compartición de emociones en el contexto escolar, pudiéndose trasladar fácilmente al entorno del/de la niño/a, si hay voluntad por parte de sus adultos de confianza.

jueves, 3 de abril de 2025

Conversaciones con nadie pero de mucho

A veces converso sola como terapia que me saco de la manga. Y os lo cuento porque creo que va estupendamente. No decíroslo y quedar como una loca, sino hacerlo. Pero, ¿sabéis qué? A mí no me engañáis... ¿quién no lo ha hecho o necesitaría hacerlo alguna vez?

Hace tiempo alguien me dijo que, conversando solo ante el espejo, repitiendo diálogos de Harry Potter, logró perfeccionar su inglés. Y doy fe de que a poco estuvo de sacarse el Proficiency después de ello. De pequeña, escuchaba a veces a una vecina cantando por casa cual artista en un concierto y, un poco más mayor, encontraba algunos borrachos por Marina desarrollando con almas libres y a media lengua su gran mundo interior a las 5 a.m. mientras esperaban a que el metro abriese.

Sea como fuere, hablar solo y conversar con uno mismo, creo que es la mar de sano en la mente, pero que el pensamiento exteriorizado está a otro nivel. Seguramente a diferente nivel de necesidad, provocada esta por una emoción algo polarizada. Creo que puede llegar a ser terapéutico y me atreveré a decir que, sobre todo, cuando lleva días rondando en tu cabeza en forma de ideas o en forma de pensamientos que no tienes oportunidad de decir, que no te atreves a decir (aun) o simplemente de soltar. Pensamientos dichos que, una vez fuera de la boca, llegan incluso a replantearse el deseo, las ganas o la necesidad de ser dichos a alguien en realidad. 

Personalmente, he verbalizado exposiciones orales que tenía al día siguiente como si el jurado estuviese delante de mí... ese sería el nivel básico. Pero también he inventado temazos y poemas que, por no haber sido grabados, luego he sido incapaz de recordar pero que me han hecho sentir una genia por momentos. O también he hablado en la radio como si a un millón de oyentes estuviese llegando el mensaje aun sabiendo que lo hacían cantidades con varios ceros menos por detrás. Y, por supuesto, me he autoanimado en voz alta: "Vamos nena, tú puedes.", o he dado las buenas noches en voz alta a alguien en una foto y recibido un abrazo imaginario de vuelta. He incluso rezado como si algún ser divino o llámale universo o energías me fuese a oir o canturreado algún mantra intentando conectar con mensajes secretos de mamá Tierra. 

Pero hay una conversación que me fascina: la del desahogo. Esas palabras que piensas y quieres decir a alguien a la cara pero que no sabes cómo ni/o cuándo y proyectas en forma de teatrillo para ver cómo queda, para sentir, de oído, cómo las recibirías o si realmente las quieres decir así. Porque en la mente todo tiene sentido a la vez que todo está a veces intensificado en bucle pero, una vez a fuera, recibido como espectador o a modo de ensayo, a veces el peso que ese discurso tenía dentro de uno/a mismo/a se reduce o aligera. Seguramente, de esas palabras se vaya a hacer llegar algo a aquel/lla a quien iban dirigidas, pero quizás la parte más incorrecta se autorregula y acaba llegando mejor, desde un punto más tenue. O bien, puede pasar que se relativice incluso la importancia de llegar a decirlo porque ya haya sido así dicho de alguna manera o porque fuésemos a equivocarnos del contenedor al que abocarlo: otro corazón. Quizás acabemos eligiendo empáticamente el del aire. 

Al final, probablemente la necesidad fuese sacar una emoción en forma de palabras y, una vez fuera la capa más visceral, uno/a es más capaz de ordenar y de adecuar mejor el discurso. A modo de grito, de lloro, de monólogo o de narración, sueltas la basura, reflexionas en voz alta y te quedas con la parte del mensaje que realmente es esencial. En conclusión, lo que vendría a ser exteriorizar pensamientos por escrito, sería equivalente a verbalizar conversaciones pendientes con tu persona imaginaria. 

Y ya está. Aunque no sea algo que haga diariamente, bien loca acabo proyectándome hoy y doy un poco de visibilidad a un recurso de gestión emocional como tantos otros.